Mitos Renacidos I - Última Estación

  Mitos Renacidos I

Última Estación

 Por Marcos Dacosta

Karasu Tengo

Ilustración: Asier del Rosal

Cerró los ojos nada más tomar su asiento habitual.

En realidad era incorrecto hablar de asiento habitual alguno, pues unas veces se subía al tren por los vagones delanteros y en otras ocasiones en aquellos a la cola, según la cantidad de viajeros que se encontrasen en el interior o bien esperando a las puertas. No obstante, en todos y cada uno de los vagones, la misma luz halógena tornaba sus párpados pesados, los mismos asientos estaban situados de la misma manera y con el mismo recubrimiento azul. En todos los vagones su sitio era pegado a la mampara que separaba los asientos de la primera puerta del compartimento. Había ocasiones en la que el lugar estaba ya ocupado y era obligado a sentarse en otro lugar. Esos días le ponían de mal humor y procuraba no pensar en ellos.

Umehara era un hombre rollizo, entrado en los cuarenta, mujer e hijo, un salaryman como los cientos que diariamente usaban los trenes del metro de Tokyo para desplazarse desde sus hogares en la periferia hasta el corazón económico de las islas. Apoyaba su cabeza contra la mampara de plástico, su boca entreabierta, su respiración lenta y pesada, la luz reflejándose en su calva; el murmullo de las conversaciones, el ocasional sonido de móvil, las puertas abriéndose y cerrándose, eran todos sonidos a los que se había acostumbrado tras dos décadas de trabajar para la compañía de sol a sol e ignoraba sin mayor dificultad.

Al igual que él, muchos otros viajeros aprovechaban el largo trayecto para arañar horas de sueño a un horario inmisericorde, aferrados a sus carteras y portafolios, cabeza hundida en el pecho. Sin embargo, cada vez que el tren se detenía en una de las estaciones, algunos de estos pasajeros abandonaban su letargo y salían mecánicamente del vagón. El paso de los años había grabado en lo más profundo de su mente la duración del viaje, o bien el número de paradas entre su trabajo y el hogar. Quizá una mezcla de ambas. Quizá fuera algo distinto. Umehara era a estas alturas un experto en esta secreta técnica compartida por trabajadores en medio mundo; entre que cerraba los ojos y los volvía a abrir había un entreacto de sopor y bosquejos de sueños que duraba los varios kilómetros que había entre el centro y su prefectura.

Cuando despertó se encontró con un vagón por completo vacío.

La extrañeza que le produjo tal situación le hizo otear sus alrededores con una expresión curiosa en la cara. ¿Se habría quedado dormido? ¿Era esta la parada final del tren? Al otro lado de las puertas y ventanas del vagón, en vez de la aséptica luz de algún andén de metro o estación de tren, solo había tinieblas. Volvió a buscar cualquier indicación de su situación con la mirada, tan solo la fría claridad del interior del tren en contraste con lo que esperaba afuera. Asió su cartera, se incorporó y se acercó con paso cauto a la puerta enfrente suyo. Con los pies firmemente plantados en el suelo y su mano derecha sujeta a la barra de seguridad, se inclinó hacia delante, sacando la cabeza para inspeccionar el lugar. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la falta de luz.

A juzgar por la escasa claridad que ofrecía la iluminación del tren, la oscuridad frente suya parecía ser el andén de una estación de metro. Antigua. Abandonada. Restos de basura se amontonaban en el suelo como ofreciéndose protección unos a otros. En las columnas podía ver carteles y comunicados de un blanco amarillento y sucio que él recordó haber leído alguna vez décadas atrás. Con cierto nerviosismo dejó atrás la iluminación artificial y, estirando el cuello, trató de ver si había alguien en los otros vagos o en la misma estación. Lo que encontró frente a él, no obstante, fue una pluma negra bastante grande depositada en el suelo. Con esfuerzo, se agachó doblando la barriga y la cogió entre sus dedos, llevándosela hasta cerca de sus gafas para inspeccionarla mejor.

No deberías de estar aquí, dijo una voz en su mente, asustando a Umehara quien no pudo evitar dar un pequeño salto hacia atrás, la pluma negra descendiendo suavemente hasta el suelo.

Elevó su cartera y la aferró hasta su pecho, mirando nervioso las sombras a un lado y al otro.

¿Te has perdido?, continuó esa voz incorpórea.

El salaryman asintió más por reacción que porque de verdad buscase continuar tan incómoda conversación, gotas de sudor perlando su frente y mejillas. Frente a él, una figura se recortó en la negrura, avanzando hacia el hombre apoyándose en un bastón de bambú, el sonido de este al tocar el suelo resonando en la vacía estación. Los ojos de Umehara se abrieron de par en par cuando la luz iluminó las facciones de su acompañante.

Cabeza y alas de cuervo, cuerpo de hombre. Primero se fijó en el pico negro, afilado, luego en los ojos astutos y fríos de rapaz. Su vista siguió por los brazos deformes de la criatura, de los que florecían plumas negras como la que estaba a sus pies, y que terminaban en garras de ave de presa. Umehara abrió su boca en un grito de horror silencioso.

Demasiado tarde, anunció el Karasu Tengu sin mover su pico, mirando primero al tembloroso humano y después a la oscuridad de los túneles.

Este siguió la mirada del demonio hasta más allá de las vías del metro. Un profundo aullido les alcanzó, haciendo temblar su pecho y su corazón; algo primario, bestial. Algo que se estaba acercando. A la carrera. Siempre hambriento.

Es el lobo que sueña con devorar el sol, anunció el hombre cuervo, cada palabra inflamando de miedo la mente del mortal, que se volvió hacia el Tengu aún más aterrorizado. No puede salir a la superficie, tiene que seguir perdido aquí abajo, explicó mirando con ojos astutos a Umehara. ¿Conoces estos túneles?

Llevaba trabajando para la compañía más de veinte años, cada día sentándose en el vagón del metro y siendo conducido a su trabajo como tantos otros, sin prestar atención a las sombras que se movían detrás de las ventanillas del metro. No, no los conocía. El demonio no esperó a su respuesta.

No importa. Si sobrevivimos mi señor querrá hablar contigo.

Umehara ahogó un sollozo.