Ultima Odisea del Hombre Parte IV (Historia)

Autor : Toni Hudd

Ilustrador : Irene Paz

Los labios de Ses se movían insonoramente mientras leía la carta del bar intentando recordar el castellano que sabía. Pero su memoria y su estómago le traicionaban, pues en vez de fonemas visualizaba el delicioso sabor de las patatas bravas y los morros. Las primeras palabras que usó en aquel idioma fueron para pedir una cerveza al simpático camarero, y no se le notó demasiado el acento. Desde la terraza en la que estaba sentado en la plaza de Ejido, observó las puertas de la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Málaga y esperó su momento. Se distrajo mirando las paredes blancas con letras sobre azul, y contemplando el danzar de los árboles a su alrededor, el sol cosquilleando su piel. Se había pasado la última semana a bordo de Ítaca, el pequeño barco de William, navegando desde su isla escocesa a través del mar de Irlanda, el Atlántico, el Cantábrico, bordeando las encabritadas aguas de Finisterre, donde se les helaron los corazones, y bajando la costa portuguesa, hasta cruzar el estrecho de Gibraltar, para acabar atracando en el puerto de Málaga. Todo para que no le reconociesen en un aeropuerto, y por los crecientes problemas de fronteras cerradas. Su único consuelo era saber que la Valkiria Brunnhyldr estaba cuidando de P y Téleo. Odín había cumplido su palabra, Ses debía cumplir la suya. Llevaba incontables días encerrado en bibliotecas, buscando posibles paraderos de Gúngnir, la lanza de Odín, pero la búsqueda había sido infructuosa. Hasta que entre el spam de su correo electrónico vio una invitación a una charla de un tal Profesor Fabián Alcaide, doctor en Bellas Artes, especialista en el arte mitológico, concretamente, en iconografía nórdica. Y la charla se titulaba: Gúngnir, Mjolnir y otros cacharros de pegar. Prometía. Así que llamó a William y aquí estaba.

 

La conferencia estuvo bien, pero tras inconmensurables horas devorando libros de mitología nórdica, poco aprendió Ses. Pero pudo ver a Fabián en persona, que era lo que buscaba. Ses salió con el resto de la multitud de la sala de actos. Desde que renacieran los dioses, cualquier conferencia sobre ellos solía abarrotarse, y Fabián tenía cierta reputación. Ses tramó un plan rápidamente. Pasó la mirada por la gente y la fijó en lo que necesitaba: una rubia preciosa y elegante. Se le acercó:

 

“Perdone, señorita,” – empezó, sabiendo que en la erre se le había notado el acento británico, “le quería preguntar si…”

“Tengo novio.” – le cortó ella sin mirarle.

“Oh, no, no piense mal.” – se apresuró en decir Ses. “Soy un fotógrafo de Vogue y estamos escribiendo sobre el profesor Fabián Alcaide, y le tenemos que sacar unas fotos y había pensado que usted podría posar con él. ¿Le interesaría? Nada raro ni desnudos, y pagamos bien. Serían cuatro fotos aquí, en la puerta de la facultad, y saldría en Vogue.”

“¡Oh, sí! ¡Por supuesto!” – exclamo ella.

“¡Excelente!” – Ses imitó su entusiasmo. “Voy a darle la buena noticia a Fabián cuando salga. Usted sonríale para conseguir su visto bueno.”

 

Acto seguido se encaminó a la puerta, donde Fabián estaba estrechando las manos de algunos asistentes. No podía creerse que la chica no hubiera reparado en que no llevaba cámara alguna. Sería el traje; cualquier cosa sonaba más creíble con taje. Se acercó al profesor, le sonrió y le dijo en voz baja:

“Soy el chófer de la señorita Freya. Sí, sí, me ha oído correctamente, aquella mujer de ahí, la que le sonríe. Está intentando pasar desapercibida entre los mortales, así que le ruego sea discreto, profesor Alcaide.” – se apresuró a añadir Ses al ver el estimulante efecto que sus palabras habían tenido sobre Fabián. “Si fuera usted tan amable de acompañarme al coche de la señorita, le gustaría hablar un rato con usted sobre algunas de las representaciones de ella que se hacen, y de los mitos que se cuentan. Está muy contenta con su trabajo, profesor.”

“Sí, sí, ¡por supuesto!” – balbuceó Fabián.

“Acompáñeme pues por la puerta trasera. No queremos llamar la atención.” – sugirió Ses.

 

Así lo hicieron. Ses le abrió la puerta del copiloto del coche que tenía preparado, se subió él en el del conductor, y sin que el atónito profesor lo notase, juntó los cables con los que había hecho el puente.

“Ahora recogeremos a la señorita Freya.” – informó Ses.

“¡Perfecto!” – exclamó Fabián entusiasmado. “No me lo creo, ¡conocer a Freya en persona!”

El pobre estaba tan emocionado que no sospechó nada hasta que entraron en la autovía del Mediterráneo, dirección Barcelona – Francia.

“¿Dónde…dónde recogemos a la señorita?” – entonó Fabián.

“Si no le importa, seré yo quien haga las preguntas, profesor.” – le contestó Ses sin un ápice de la cordialidad anterior y dejando entrever las culatas de las pistolas que dormían bajo sus axilas. “No intentes nada raro o te mando directo al Valhala.”

“No me das miedo.” – espetó Fabián.

“Puede que yo no, pero ¿y el Ragnarok?” – preguntó Ses, cambiando de táctica. “Odín necesita tu ayuda para evitar el fin del mundo, Fabián, pero por desgracia me ha mandado a mí a reclutarte, no a una hermosa valkiria.”

“¿Por qué debería creer a un tío que me engaña y secuestra?”

“¿Qué otro valor, a parte de tu sabiduría, tienes como para que te secuestren?”

“¿Cómo sé que sirves al Padre de Todos, y no a la organización que lleva semanas intentando sacarme información?”

“¡Mierda!” – masculló Ses. “Esos hijos de…”

“¿Los conoces?” – curioseó Fabián.

“Trabajaba para ellos. Ahora me quieren matar.” – explicó Ses.

“Hombre, es que muy majo no me pareces, la verdad…” – murmuró el profesor.

“Haremos una cosa, yo te cuento toda mi historia, y tú te crees lo que quieras. Al fin y al cabo, sigo siendo yo el que tiene las pistolas y a Odín de su parte.” – propuso Ses, y no paró de hablar hasta que repostaron a la altura de Valencia.

 

Las siguientes cinco horas las pasaron casi enteramente en silencio. La autopista estaba extrañamente vacía.

“Espero que no nos paren los gendarmes.” – murmuró Ses al divisar la aduana.

“¿Por qué? ¿No hablas francés?” – preguntó Fabián con sorna.

“Hablo excelente francés, pero el coche no es exactamente mío.” – explicó Ulises, aminorando.

“¿Lo has robado?” – exclamó Fabián

“Prestado.” – corrigió Ses. “No intentes nada raro, profesor. Por favor. No lo digo por ti, no te dispararé. Lo digo por el mundo. Odín nos necesita para salvarlo. Créeme. Toma: tal vez así confíes en mi.” – dijo Ses, dándole una de las pistolas Glock 39 de los matones de M. Concretamente, la que estaba descargada.

“¡Mierda, escóndela! Creo que nos van a parar.” – maldijo.

“Paran a todo el mundo desde lo de Madrid. Y con lo de París, Washington, Galicia…”

“¿Qué ha pasado?” – preguntó Ses.

“¿Dónde has estado estos últimos días?” – le preguntó Fabián sorprendido.

“En un barco.” – contestó Ses, estacionando donde le indicaba en gendarme. “Un barco pequeño.” – añadió, viendo que el profesor seguía sin dar crédito.

 

No hubo tiempo para más. Ses tuvo que salir del vehículo. Presentó su pasaporte falso al agente.

“Anglais?” – le preguntó.

“Oui.” – contestó Ses educadamente, ocultando su consternación.

El policía miró de soslayo la matrícula del coche, y entonces la volvió a mirar de nuevo con más atención. Frunció el ceño y movió los labios como si intentara recordar. Una gota de sudor frío caracoleó por la nuca de Ses.

“Es qu’il y a quelque problème?” – preguntó Ulises.

“Un moment s’il vous plaît.” – el policía le indicó que esperase, y se dirigió al garito.

 

Ses le siguió silenciosamente, llevándose la mano a la pistola en la ristra. Esperaba que con amenazarle fuera suficiente, porque ni loco dispararía a un inocente.

¡Maldición! Había otro gendarme en la caseta. Pero estaba de espaldas, a lo mejor…

El policía que le había parado estaba mirando lo que parecía una lista de matrículas. Ses cerró los dedos en torno a la culata del Glock 39 y empezó a desenfundar cuando el otro policía se giró y le sonrió ampliamente. Ses se quedó momentáneamente petrificado. El sonriente gendarme sopló en la oreja de su compañero, y éste se desplomó inconsciente sobre el suelo de la caseta. Ses se apresuró a entrar.

“El Padre de Todos se está impacientando, mortal.” – le dijo el policía con esa sonrisa burlona. Ses reconoció los ojos y la voz.

“Mis disculpas, Loki.” – agachó la cabeza. “Ya estoy cerca de recuperar Gúngnir.”

“Y cuando lo tengas…” – entonó el dios Nórdico con su sorna habitual.

“Te lo daré para que se lo entregues, tal y como pacté con Odín.” – acabó la frase Ses. “No se me ha olvidado el trato.”

“¡Magnífico!” – exclamó Loki dando unas palmaditas infantiles. “¿Te puedo sugerir un cambio de ropa?”

Chasqueó los dedos y el traje de Ulises se convirtió en un uniforme de gendarme. O al menos lo parecía, aunque Ses seguía notando las mismas telas.

“Con eso y esto…” – dijo Loki, entregándole un pasaporte francés con la cara operada de Ses y la placa del policía durmiente, - “deberías poder evitar incómodas preguntas. Y ahora apresúrate, la guerra se acerca y mi padre necesita su lanza.”

 

Cuando Ses subió de nuevo al coche con su uniforme de policía los ojos de Fabián estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.

“¿Pero…cómo has…?” – balbuceó.

“Ya te lo dije,” – contestó Ses sonriendo, - “hablo excelente francés. ¿A dónde nos dirigimos?”

“A la Antigua Stiguna, donde podía comprarse cualquier cosa.” – contestó Fabián.

“¿Gúngnir está en una tienda de chinos?” – bromeó Ses.

“¿De verdad confía en ti Odín?” – respondió el profesor con una mueca.

“¿Qué pasa? ¿No parezco digno de confianza?” – preguntó Ses mientras la pistola de su ristra se balanceaba al agacharse para juntar los cables del puente del coche. Ambos rieron y arrancaron, encaminándose hacia el norte.

¡Cuán largo era el camino de la redención! Pero se decía que Ítaca era el viaje, no el destino.