Talismanes y Demonios ( Historia)

Autor: Marc Simó

Ilustradora : Laura Almagro

 

Tokio, Japón.

 

Se abrochó el último botón de la chaqueta y se metió las manos en los bolsillos antes de repasar mentalmente el camino que tomaría esa noche. Torció por la segunda calle y atajó por la callejuela del descampado. <<Qué frío, ¡Joder! >> pensó. Había descubierto que le gustaba explorar los recovecos de su ciudad de camino a casa, le ayudaba a relajarse después del trabajo y siempre encontraba algún lugar interesante al que regresar con más tiempo.

 

La calle estaba prácticamente vacía, sólo una pequeña farola iluminaba la estrecha y lúgubre calle, unas cuantas cajas y un par de cubos de latón más llenos de basura de lo que deberían decoraban la escena. Nada más pasar la farola una joven de pelo negro, bufanda roja y cabeza baja se cruzó con él. 

 

―Buenas noches ―dijo instintivamente. Sin prestar demasiada atención a la desconocida. El ruido de la ciudad pareció cesar de repente. 

 

―¿Soy Hermosa? ―La voz de la chica parecía un murmullo. 

 

―¿Cómo dice? ―preguntó él.  Empezó a girarse cuando cayó en la cuenta de que no recordaba haberla visto acercarse hasta que se habían cruzado. El chico se detuvo en seco. Notaba, detrás suyo, la mirada de ella clavada fijamente en él esperando una respuesta.

 

―¿Soy Hermosa? ―volvió a preguntar la chica, mientras se acercaba lentamente.

 

Él se giró despacio, sorprendido y extrañado por el comportamiento de aquella joven, esperando verla iluminada por la luz de la farola, pero allí no había nadie. Se encogió de hombros y pensó que su trabajo estaba empezando a afectarle más de lo que pensaba. Miró la hora en su reloj y cuando levantó la cabeza para retomar el camino se encontró a la muchacha delante suyo, quieta, mirándole, era esbelta y vestía un precioso vestido-kimono blanco.

 

―¿Soy hermosa? ―dijo ella mientras buscaba sus ojos con la mirada.  Él la miró antes de contestar.

 

Era realmente preciosa, ahora podía verla perfectamente, parada delante suyo parecía una muñeca. El pelo liso le caía por detrás de los hombros mientras el flequillo recto terminaba justo encima de los ojos. la bufanda roja le cubría hasta las mejillas coloreadas por el frío. 

 

―Sí ―respondió.

 

Un destello de felicidad se dibujó en los ojos de la desconocida. Pero al momento todo cambió. Detrás de ellos la farola parpadeó un par de veces antes de apagarse, una suave y fría niebla blanca los envolvió. Lentamente la chica se fue apartando la bufanda que le cubría medio rostro mientras se acercaba.

 

―¿Todavía crees que soy hermosa? ―Tenía la boca desgarrada por las comisuras prácticamente hasta las orejas. Se podía ver como movía la lengua por dentro de la boca mientras esperaba su respuesta.

 

La expresión de aquel monstruo estaba cargada de odio y resentimiento de una vida pasada. El alma condenada de aquella joven, atrapada y torturada en el reino mortal como un eco de lo que una vez fue, se retorcía de rabia dentro de su muerta prisión de carne. Abrió lentamente la boca mostrando una macabra sonrisa, la sangre goteaba mezclada con una saliva negruzca en un asqueroso baile con la lengua. 

 

El vestido blanco se veía ahora como un kimono roto y manchado de sangre y barro, la pálida piel de su cara había tomado un tono verdoso, y la suave voz sonaba, ahora, como huesos quebrándose. 

 

Las manos de la chica se transformaron en largas garras afiladas mientras las estiraba para atrapar a su paralizada víctima. La piel de los brazos, que no se había caído junto a algunos trozos de carne putrefacta, tenía la textura gomosa e hinchada de un cuerpo que hubiera pasado cientos de años bajo el agua y que ahora volvía para terminar su venganza. Unos metros por encima de ellos, dos siluetas contemplaban la escena.

 

―Lleva catorce en el último mes… ―dijo el hombre-pájaro.

 

―Para eso la pusimos aquí… ¿no? ―respondió el monstruoso hombre de rasgos viperinos que flotaba a su lado―. Pero éste me gusta… Reclútalo…

 

―¿Cómo? ¿De verdad quieres que salve a ése humano? ―se quejó O-Tengu―. Es sólo uno más… ¿Qué tiene éste de especial?

 

―Te recuerdo que Amaterasu te ha ordenado que te lleves a sus Ashigaru para encontrar los talismanes que faltan. Creo que sería interesante tener a alguien que confíe en ti entre ellos. Por si decides que tu otro amigo es un señor más interesante al que servir. ―El señor de los tengu miró con rabia al monstruo que tenía al lado. Cómo podía saber acerca de las órdenes de Amaterasu, cómo podía conocer a M y cómo sabía de la traición de los demonios―. De todas formas, no te he pedido que lo salves. Por eso me gusta este humano ―dijo sonriendo mientras señalaba al chico.

 

Debajo de ellos, iluminado por la farola, el chico había sido capaz de deshacerse del embrujo del fantasma y había puesto distancia entre ellos. Mantenía su mirada fija en el monstruoso ser mientras tanteaba el bolsillo derecho de su chaqueta. Una sonrisa se dibujo en su rostro cuando encontró lo que buscaba. La criatura se balanceaba lentamente sobre su posición mientras ladeaba con curiosidad su cabeza para examinar a su presa, abrió la repugnante boca que le llegaba de lado a lado de la cara y se abalanzó sobre el muchacho que la esquivó con un rápido movimiento de pies y cuerpo. Se giró en dirección al monstruo para no perder el contacto visual mientras acompañaba sus pasos con el resto del cuerpo.

 

El tengu estaba totalmente concentrado en el combate, aquel chico no sólo se había librado del embrujo de la Kuchisake-onna sino que además le estaba plantando cara. Se acercó un par de aleteos para no perderse ningún detalle y pudo ver como el rostro de aquel chico se tornaba oscuro unos segundos. Parecía que el tiempo se había ralentizado en aquel callejón. El misterioso desconocido abrió los ojos a la vez que daba una extraña palmada en el aire y el fantasma retrocedió unos pasos.

 

―Impresionante ―murmulló el tengu―. Parece que sí sería interesante reclutar a éste… Lástima que la dama no tenga previsto rendirse ―sonrió.

 

―No te precipites amigo. ―Las palabras sonaron tan cerca de su oreja, que creyó escuchar los músculos se tensaban para dibujar algo parecido a una sonrisa en el pálido semblante de su acompañante.

 

La joven parecía debilitada tras el ataque de aquél extraño y su cuerpo había perdido consistencia, pero todavía conservaba su sonrisa histérica. El chico sacó lentamente el objeto que tenía escondido en su bolsillo y lo agarró con fuerza delante de su cara. Era una esfera de agua cuyo interior se movía y arremolinaba constantemente. El artefacto proyectaba una suave luz azulada sobre el rostro y el pecho del chico. Acto seguido volvió a repetir la kata anterior pero esta vez el fantasma desapareció tras una espiral de humo negro que fue acompañado de un desgarrador aullido.

 

―¡El talismán de agua! ¿pero cómo…? ―El hombre de ojos rasgados y lengua bífida rió con el grito del tengu que no podía dejar de mirar el combate. Pero al girarse en busca de respuestas Orochi ya no estaba allí.

 

Unos días más tarde…

 

Sólo la luna, desde su elevada posición, podía ver entre la espesura a los cuatro hombres que corrían a través del cerrado bosque que ocultaba el olvidado templo. A medida que se acercaban al punto de reunión iban bajando poco a poco la velocidad, para evitar ser vistos. Las indicaciones de O-tengu habían sido claras, se reunirían con dos de los suyos en las inmediaciones de aquel extraño santuario, luego sería entrar, coger el talismán y salir.

 

Pero algo antes de llegar alertó al líder de los ashigaru. Koitashi, que iba en cabeza, frenó en seco y se ocultó detrás de un gran árbol que ascendía varios metros por encima de sus cabezas. Nobunaka y Masakado, más acostumbrados a sus métodos, no le habían quitado el ojo de encima en ningún momento y se escondieron entre los arbustos. Toshio, el nuevo, no se percató de los movimientos de sus compañeros y saltó al pequeño claro donde tenían que reunirse.

 

Las plumas negras estaban esparcidas por todo el claro, los tonos verdes y marrones del bosque contrastaban con el intenso brillo de la sangre fresca que salpicaba toda la escena; en medio, el cuerpo de un hombre pájaro yacía completamente desmembrado. El latido en su sien no le dejaba pensar con claridad, trató de esconderse pero era demasiado tarde. Detrás del tengu un enorme monstruo a medio camino entre un hombre, un pulpo y un insecto le miraba fijamente a los ojos.

 

La luna se reflejaba en sus gigantescos ojos negros y le confería una extraña aura a su verdosa piel, de entre sus labios goteaba lentamente una baba negruzca que manchaba y quemaba la hierba que salpicaba. El monstruo y su presa permanecieron inmóviles unos interminables segundos. Finalmente, Toshio decidió moverse. Estiró su brazo y una lanza plateada apareció en su mano y la sostuvo en dirección al engendro. Dio un paso a la derecha, luego otro. Los gigantescos e inexpresivos ojos negros que tenia delante no necesitaban moverse para seguirle. El pulso del ashigaru se aceleró un instante antes de cargar frontalmente.

 

La lanza impactó en su blanco, golpeó contra la oscura córnea y la doblegó antes de penetrar en ella como un cuchillo romo en una gelatina. Un líquido viscoso y transparente le salpicó en la cara. La lanza atravesó el ojo izquierdo y salió completamente manchada de sangre por encima de la cabeza. Toshio, todavía jadeante, agarraba con fuerza la lanza cuando se dio cuenta que el combate había terminado.

 

―Gran trabajo, sí señor… pero el próximo que atravieses procura que esté vivo… ―rió Koitashi saliendo de su escondrijo―. Y la próxima vez… estate más atento a mis instrucciones. Muerto no sirves para nada.

 

El muchacho tardó unos segundos en comprender lo ocurrido. El monstruo había conseguido coger por sorpresa al primer tengu, le había atravesado la espalda con una de sus extremidades, pero cuando había cargado contra el otro, él ya había conseguido desenvainar su katana y ensartarlo como una bola de pulpo antes de morir arroyado.

 

―Seguimos con el plan ―gruñó Koitashi―. El Templo está justo delante.

 

La senda labrada en piedra que conducía hacia el santuario pasaba junto a un pequeño poblado de pescadores y más allá se elevaba hacia las montañas. Tras el ataque de la larva primigenia y sin cobertura aérea, los cuatro hombres avanzaban en silencio, atentos a cualquier posible amenaza sin perder el ritmo. Finalmente llegaron. Sus pasos les habían llevado hasta las puertas abiertas de una gigantesca muralla de piedra que custodiaba el templo.

 

El edificio principal estaba flanqueado por cuatro columnas de piedra que servían de base a sus respectivas estatuas, cada una representaba un animal místico de aspecto amenazante y siluetas arremolinadas, los guardianes del templo mantenían sus etéreas miradas fijas en el camino que avanzaba a través de ellas. La construcción parecía dividida en tres partes: la base, que se abría ante ellos y estaba rodeada de un descuidado jardín de cerezos y fuentes rotas. La torre, que se elevaba desde el centro de la base hasta perderse detrás de las nubes. Y finalmente la cúpula, el verdadero templo, que podía intuirse por encima de las nubes por la sombra que proyectaba en ellas la luz de la luna llena.

 

Una sombra detuvo a los cuatro hombres a medio camino entre las estatuas y la puerta de madera de la base del templo. Nobubaka se giró a tiempo de ver cómo la sombra se escondía tras uno de los setos del jardín.

 

―Allí ―señaló a los demás. Un gato blanco como la nieve se asomó y se paró a mirar a los desconocidos visitantes, en dos saltos se posó al lado de la puerta, se sentó sobre sus cuartos traseros y les invitó a entrar levantando la patita izquierda.

 

―Un maneki neko de verdad ―exclamó Masakado.

 

―¿La izquierda era la buena o la mala? ―preguntó Toshio algo desconcertado. Koitashi hizo una señal para que se callaran y entraron en el templo.

 

La sala parecía mucho mayor por dentro, las paredes y la mayor parte del suelo eran de piedra blanca pulida, pero estaba salpicado por algunas losas más oscuras, que se iban ennegreciendo y aumentando en número siguiendo algún misterioso patrón circular conforme se iban acercando al centro de la sala.

 

Encabezados por el ronin, los tres ashigaru, comenzaron a caminar hacia las escaleras de caracol que veían en el centro del dibujo cuando un agudo chillido se ahogo en los labios de Masakado. Koitashi y Toshio se giraron hacia él, estaba completamente paralizado, en una retorcida mueca de dolor, completamente congelado tratando de escapar de un invisible sortilegio. Nobunaka les detuvo cuando trataron de abalanzarse sobre la escultura viviente que era ahora su compañero.

 

―Mirad, es el suelo. ―Masakado era el único que se encontraba encima de una de las baldosas más oscuras―. Es una trampa.

 

Toshio asintió, cogió impulso y saltó contra su compañero, ambos cayeron fuera de la baldosa grisácea. Nada más tocar suelo Masakado se incorporó sobre sus brazos y tomó una profunda bocanada de aire como quien sale del agua tras una larga buceada. Poco a poco fue recuperando el aliento pero el pánico todavía le impedía seguir.

 

―No podemos perder más tiempo, Toshio y yo seguiremos adelante, tu cuida de él hasta que se reponga. Esperadnos aquí ―ordenó el ronin.

 

A medida que se acercaban al centro de la sala se hacía más y más complicado evitar las baldosas oscuras, hasta que en el último tramo desaparecían por completo. Los dos japoneses se encontraban a un par de metros de las escaleras, una distancia que podrían haber superado sin problemas con algo de inercia, pero imposible de saltar rodeados de baldosas negras como estaban. Toshio no dudó, cogió aire y se dejó caer, quedó completamente paralizado. Koitashi actuó rápidamente, usó el cuerpo de su compañero a modo de puente y cruzó sin tocar el suelo, desde el otro lado sólo le quedó tirar de él.

 

La escalera parecía no tener fin, el monótono e incesante giro sobre si misma era desalentador. Pared a un lado, columna al otro, paso tras paso. Sólo las pequeñas ventanas por encima de sus cabezas les recordaban cada cien escalones que no estaban completamente encerrados. Estaban ya exhaustos cuando un rayo de sol atravesó una de las ventanas.

 

―Debemos llevar más de cuatro horas de ascenso, no puede faltar mucho ―animó Toshiro. De un salto se agarró al ventanuco y se levantó a pulso para poder ver el exterior. Cuando se descolgó su cara estaba completamente desencajada―. Nada… no hemos avanzado nada…

 

Koitashi también quiso mirar por el ventanuco, se encaramó y dejó que sus ojos se adaptaran al exceso de luz. Apenas a cinco metros debajo de ellos veía el techo de la base del templo, se dejó caer y sin esperar a que su compañero le siguiera comenzó a subir escalones. Cien escalones más arriba vio a Toshio sentado en el suelo a punto de dejarse vencer por la desesperación.

 

El cascabel de un gato les alertó, venía de detrás de ellos, Koitashi bajó unos peldaños y vio como el gato seguía bajando, hizo una señal a Toshio para que no se separara de él y corrió tras el felino, no terminó una vuelta cuando una puerta de madera lo frenó. Toshio llegó tan sólo unos segundos más tarde.

 

Koitashi empujó la puerta y ésta cedió. Sin comprender cómo, habían llegado a lo alto de la torre, el templo era una gigantesca sala circular, desde la que podía verse todo Japón, las baldosas rojas contrastaban con las columnas y barandillas blancas. Arriba, el gato que los había estado guiando estaba sentado delante de ellos, con una pata levantada y un bastón en la otra. A su derecha un pequeño pedestal de Marfil guardaba celoso una esfera de aire del tamaño de un puño en cuyo interior huracanes en miniatura pugnaban por domarse unos a otros.

 

Toshio se acercó, estiró la mano y cogió el Talismán.

 

Monte Kurama, noroeste de Kioto.

 

O-tengu estaba sentado delante del árbol más alto del bosque, había dejado su katana a su derecha y un pequeño petate negro a su izquierda antes de cerrar los ojos en busca de respuestas. Su posición mostraba relajación y concentración pero su rostro delataba una lucha interna alimentada por el dolor y la ira.

 

―¿Qué tienes en la mano? ―preguntó una voz sin rostro.

 

―El talismán de Tierra, ya lo sabes ―gruñó el hombre-pájaro. Abrió los ojos y observó al extraño humano―… Llegas pronto.

 

―Tenía ganas de verte ―rió M. En ese momento un deformado graznido, el aleteo de plumas oscuras y el crepitar de las hojas secas los interrumpió. La diosa nórdica de Helheim apareció seguida de una gélida brisa mientras se arrebujaba dentro de su capa emplumada. No dijo nada, esperó, en silencio, tras ellos a que diera comienzo la improvisada reunión.

 

Anubis apareció al poco de la nada, saludó con un leve gesto de cabeza y aguardó.

 

Por último, como si hubiera esperado a que todos pudieran contemplar su triunfal entrada, un humo negro rodeó a los otros y formó un pequeño remolino del que aparecieron teatralmente Hades y su fiel can.

 

―¡Bien! No perdamos mucho tiempo ―comenzó el dios griego ―¿Qué sucede?

 

El demonio japonés se puso en pie y cerró el círculo.

 

―No tengo muy clara nuestra alianza humano ―dijo sin rodeos―. Los ashigaru han informado de un asalto de larvas primigenias a mis Karasu.

 

Hela levantó la cabeza con curiosidad y miró al egipcio que tomó la palabra.

 

―Mis guerreros también han sido atacados por los falsos dioses ―apuntó.

 

―¿No pensáis que si no sufriéramos alguna baja los «Dioses» sospecharían algo? Vamos… amigos… esto es una guerra… ―reprochó M. Sus propias dudas le habían asaltado hacía ya días pero el miedo a terminar la guerra en el bando equivocado era una nimiedad en comparación al verdadero terror que le provocaba el mero hecho de pensar en traicionar a los Primigenios.

 

―Han intentado entrar en mi morada, por la fuerza ―añadió Hades. No le di más importancia hasta que mis fuentes me informaron que también habían atacado otros infiernos. ―Hela asintió.

 

―Mi segundo al mando me traicionó siguiendo sus órdenes ―dijo O-tengu mientras mostraba la cicatriz que había dejado en su pecho la katana del que había sido su mejor guerrero y amigo. Los rostros de los demonios se oscurecieron. Algún asalto podía tolerarse, incluso entenderse, pero un ataque directo era intolerable.

 

Los Demonios no eran aliados de los Primigenios, tan sólo eran sus marionetas. Los cuatro miraron a M.

 

―¿Y bien… qué proponéis? ―preguntó el humano.

 

―Jugaremos a su mismo juego ―habló al fin Hela. Un escalofrío recorrió la piel de los otros.

 

―Esta bien ―aceptó M―. Entrega los talismanes a Amaterasu. Jugaremos en los dos bandos como hasta ahora… y cuando la Atlántida sea reclamada puede que tengamos alguna oportunidad desde dentro.