Refuerzos Nordicos: Guerra Fria (Historia)

Autor: Javi Góngora 

Ilustrador: Carles Hernández

Cerca de Kajaani, Finlandia
 
La noche era fría y seca. Para ser otoño, no parecía hacer tanto frío como marcaban los termómetros. No obstante, se apreciaba el calor que brindaba el gentío de la taberna y el hidromiel.
 
Harald estaba en la barra bebiendo, solo. Se acabó la jarra de hidromiel y pidió otra inmediatamente. Y ya había perdido la cuenta de cuantas llevaba. 
 
De repente, un hombre (medio gigante dirían algunos), chocó contra él.
 
-Eg, viggila cong lo queg gaces- le dijo Harald intentando mostrar la mayor serenidad posible.
 
El hombre se giró, con el rostro de quien acaba de tener el peor día de su vida.
 
-¿Qué has dicho, barbudo borracho?
 
-Queg vigilegs o teg aggancarge la cabezga- contestó Harald sin saber lo que estaba haciendo.
 
El hombre, después de soltar una carcajada, alzó el puño para pegarle un puñetazo y acabar de dejarlo inconsciente. Pero, no se sabe cómo, Harald logró esquivarlo cayendo al suelo.
 
Cuando el gran hombre vio que estaba en el suelo, armó la pierna para patearlo hasta cansarse. De repente, Harald vio como otro hombre, sin mediar palabra, hizo volar a este hombre de un empujón lo suficientemente fuerte como para que no pudiese levantarse del golpe. Cogió a Harald y se lo llevó fuera de la taberna.
 
A un escaso kilómetro de la taberna había un lago. El lago, de unos tres kilómetros de perímetro, estaba situado al lado de un frondoso bosque. Hizo un agujero en la placa de hielo y metió a Harald, que estaba medio dormido. Después de tocar el agua con el cuerpo, Harald despertó de golpe.
 
-Hola Harald, soy el guardián de la puerta del Asgard. Vengo a buscarte por orden del mismísimo Padre de Todos, Odín. -dijo Heimdall.
 
-¿Odín? ¿Qué querrá esta vez ese vejestorio? -contestó Harald, que tenía un notable dolor de cabeza.
 
-Toma- dijo Heimdall mientras sacaba una carta del bolsillo y se la tendía a Harald.
 
Harald leyó la carta detenidamente. Era una citación para presentarse ante Odín. En ella se explicaba con todo detalle dónde y cuándo era la reunión. No se había señalado ningún detalle de la misión ni de la posible recompensa que pudiese obtener por realizarla con éxito.
 
-Ya veo.-<<tiene el sello oficial de Odín, así que no debe ser ninguna farsa>> pensó Harald. - ¿Y si no quiero presentarme?
 
Heimdall metió la mano en el bolsillo otra vez. Sacó otra carta, pero esta vez era una orden de arresto por traición a la corona Asgardiana.
 
-En caso que no te presente serás arrestado por traición- le dijo mientras le tendía la carta- Ya sabes lo que significa eso, ¿no?
 
Harald no contestó. Quedó dubitativo un rato, hasta que acertó en preguntar por la recompensa:
 
-¿Y qué sacaré yo de todo esto? ¿Dinero? Un rango respetable dentro de la orden Asgardiana?
 
-No conozco los detalles. Tan sólo sé que debes presentarte.
 
En ese momento, Harald de lo que tenía menos ganas era que le embaucaran en otra misión, que seguramente sería bélica, pero de lo que tenía menos ganas era de ver su cabeza colgando de la puerta de los calabozos de Asgard.
 
-Entonces que así sea. -Harald ya se había repuesto bastante de la borrachera.
 
 
Vuolijoki, Finlandia
 
 
Sonó el despertador. Tyr se despertó entre bostezos profundos y gestos de cansancio. Aunque sólo habían pasado cinco horas desde que se acostara, era una de las noches que más había dormido en el último mes. El trabajo lo tenía agotado, pues el volumen de trabajo que había tenido en el astillero así lo requería.
 
Se levantó de la cama con pereza y de dirigió al baño, donde se tomó una ducha de agua casi helada. Las duchas con el agua fría le ayudaban a despertarse. Tenía tanto sueño que se demoró demasiado en la ducha y, en apenas diez minutos, se hizo unas tostadas, se vistió y se puso en camino, pues ese día era la inauguración del nuevo gran barco pesquero que, con su actividad, ayudaría a relanzar la economía de la ciudad. Y quien mejor para dirigir el proyecto que Tyr, uno de los mejores barqueros de todo el país.
 
Llegó un rato antes de que llegase todo el mundo, pero entre los saludos a las autoridades que habían asistido, el muelle se llenó de un gentío que no esperaba.
 
Diez minutos más tarde empezó el acto:
 
-Señoras y señores, damas y caballeros: les presento el nuevo barco Freija I, el mayor barco que haya visto la ciudad. - dijo el alcalde mientras señalaba con las manos el impresionante barco.
 
La gente aplaudió. El alcalde pidió silencio con las manos y prosiguió:
 
-Y todo esto no habría sido posible sin la ayuda y el trabajo de Tyr. En consecuencia, queremos hacerle entrega de las llaves de la ciudad.
 
En ese momento, la gente volvió a aplaudir mientras el alcalde le daba la llave insignia y posaba para las cámaras. A Tyr lo único que le interesaba de todo aquello era que acabase y que pudiese descansar un rato.
 
La ceremonia siguió su curso. Primero habló el regidor de pesca, seguido del presidente de la región y, finalmente, el alcalde realizó la clausura y la muchedumbre empezó a disuadirse.
 
Un rato más tarde, después de volver a hablar con todos los peces gordos, Tyr volvió a su casa. Era casi ya mediodía, pero se moría de ganas de llegar a su cama y dormir.
 
Emprendió el camino hacia la parada del bus más cercana. Vivía relativamente cerca del puerto, pero prefirió la comodidad de ir sentado a caminar en pleno mediodía.
 
Pocos minutos después de llegar a la parada, vio que una figura se acercaba a él. Lo reconoció al instante pese hacer mucho tiempo que no se veían, pues su rostro era difícil de olvidar.
 
-Hola Heimdall, cuánto tiempo. ¿Qué te ha hecho venir hasta aquí?- le preguntó todo lo amable que el cansancio le permitió.
 
-Hola Tyr. Vengo en nombre del Padre de Todos a darte esta misiva. - contestó Heimdall mientras sacaba una carta del bolsillo -Se trata de una misión que se te ha encomendado.
 
Tyr abrió la carta y la leyó detenidamente, en ella vio los detalles del día de la reunión, pero ni rastro de qué se trataba.
 
-Lo siento, pero no puedo aceptarla. -contestó. -Llevo largo tiempo trabajando y ahora necesito unas merecidas vacaciones.
 
-Siento ser portador de malas noticias -Heimdall sacó la segunda carta. -Tienes de vacaciones hasta el día de la reunión, pues si no aceptas serás condenado por traición, y ya sabes qué significa eso.
 
A Tyr no le gustó nada esto, pero no tuvo remedio y aceptó.
 
-Bien. Nos vemos el día de la reunión. Hasta entonces, descansa. Lo necesitarás - contesto Heimdall antes de irse en la dirección que había venido.
 
 
Unos días después
 
Tyr llegó a una enorme casa. Frente a las puertas de madera, estaba Heimdall, guardando la entrada.
 
-Bienvenido Tyr. Entra.- dijo mientras abría la puerta. -Ya estáis todos.
 
-¿Que quieres decir con ya estáis todos? ¿Quién más va a participar? -contestó Tyr preocupado, mientras entraba en la casa.
 
-Entra y lo verás. -Respondió Heimdall.
 
Llegaron al comedor, una gran habitación con un enorme trono de madera al fondo de la sala. Tyr miró a un lado y vio a Harald, pero antes de que ninguno de los dos pudiese decir nada, una figura inmensa con un parche en el ojo entró por el fondo de la sala.
 
-Gracias Heimdall -dijo. -Ya podemos empezar.
 
Odín caminó lentamente hasta el trono, dejó el bastón a un lado y se sentó. Al sentarse, el trono crujió como crujen las ramas secas de los bosques cuando son pisadas. No obstante, el asiento aguantó el peso firmemente.
 
-Bienvenidos, Tyr y Harald. Gracias por haber venido sin oponer resistencia.- comentó Odín.
-Cómo ya sabéis, os he citado para una misión secreta. Se ha iniciado una gran guerra, con la alianza de las cinco grandes mitologías para parar  de nuevo la Invasión Primigenia.
 
Ambos asintieron, así que Odín prosiguió.
 
-Amaterasu nos convocó para realizar la alianza y se erigió como una de las líderes, pero no me fio de sus intenciones de preservar la paz; temo que todo sea un engaño para debilitarnos y así relegarnos al olvido. Nosotros, los nórdicos, siempre se nos ha caracterizado por el belicismo que recorre nuestras venas. De este modo, debemos reforzar nuestro armamento para poder afrontar la gran guerra sin perder de vista otra posible traición japonesa. Heimdall, procede.
 
Heimdall saco dos sobres y se los tendió a Harald y a Tyr.
 
-Quiero que os infiltréis en la armada de los Estados Unidos de América- dijo Odín mientras abrían los sobres. -Aquí encontraréis toda la información que necesitáis. Tú, Tyr, serás el teniente Geor McGallaghan y tú, Harald, el coronel Tyshaun Rose. Vuestra misión es coaccionar al general Kevin Wright. Él tiene acceso a gran parte del armamento. En el sobre encontraréis una lista de sucesos aprobados por este hombre y tapados por los servicios secretos que, si saliesen a la luz, tumbarían gran parte del organigrama del ejército.
 
Harald y Tyr revisaron esta serie de sucesos. Iban desde escándalos nocturnos hasta escándalos por torturas a prisioneros de guerra. Después de analizar con detenimiento todas las hojas, Tyr preguntó:
 
-Esta misión es suicida. Sabes que a la que empecemos a coaccionarle intentaran silenciarnos, ¿verdad?
 
-Sí, pero confío en vuestro bien hacer. Nunca habéis fallado en vuestros propósitos, y estáis bendecidos por nosotros, los Nórdicos. A parte, en cualquier caso, si la cosa se pone fea tomaremos cartas en el asunto. No podemos dejar a la humanidad al mando de unas armas cuando no saben a quién se enfrentan. Tanto por salvarlos a ellos como a nosotros debemos asegurarnos que lo poco que tienen sepan usarlo. Amaterasu está informada de lo que hacemos, no de mis intenciones de usar a la humanidad contra ellos si vuelve a tomar decisiones por su cuenta.
 
Tyr y Harald se miraron el uno al otro. A ninguno de los dos le gustaba la idea, pero sabían que no se podían negar. Ya que Odín los recibió en persona, cualquier intento de negación desataría su ira.
 
-Tenéis cinco días para prepararos. Viajaréis a América el martes que viene. Mucha suerte, y recibid las bendiciones de los Aesir. -dijo Odín mientras se levantaba del trono y se iba hacia la puerta de salida.
 
Sin mediar palabra, Tyr y Harald salieron a los exteriores del edificio. Sabían que era una misión casi imposible, pero iban a intentarlo.