Planes de Guerra ( Historia)

Autor: Toni Hudd

Ilustradora: Alba Aragón

EL PRIMER ASALTO
 
Palashi, al norte de Calcutta, Bengala, India. 23 de Junio de 1757
El acre olor a pólvora quemada y la podredumbre del hospital de campaña no hacían ningún ademán de disiparse. Pese a que el sol ya casi se hundía en el océano Índico, la tarde seguía siendo calurosa y húmeda tras el monzón, y aún más dentro de la tienda de mando, sobretodo ahora que había seis personas en ella, tres frente al escritorio, uno sentado tras él, y dos más a las espaldas de éste.
― Una vez más, mi más sincera gratitud, Mir Jafar ―dijo el Coronel Robert Clive, poniéndose en pie y estrechando la mano del mandatario hindú―. Sin tu…eh…pequeña traición…
― Realineación estratégica ―le sugirió en un susurro el hombre de barba canosa que tenía detrás el coronel.
―¡Eso! Sin tu realineación estratégica no hubiéramos podido vencer ―concluyó el General en Jefe inglés. El caudillo hindú, por su parte, mantuvo en todo momento su máscara de inexpresividad e hizo una leve inclinación de cabeza.
―Gracias, Colonel ―agradeció con un fuerte acento hindú en su inglés y sin rastro de amabilidad en la voz―. Pero “Mir” ya no es…
―Sí, sí, por supuesto, Gran Visir Jafar ―le interrumpió el Col. Clive―. La Compañía Británica de las Indas Orientales cumple sus pactos. Serás instaurado como Gran Visir tan pronto lleguemos a Calcutta.
―Gracias, Coronel ―acabó el hindú, hizo una reverencia y salió de la tienda.
―Y gracias a vosotros, Mayor Kilpartrick, Mayor Grant ―dirigió a los otros dos oficiales―, sin el coraje de su infantería y el acierto de su artillería la batalla hubiera sido otra. El Imperio y el Rey se lo agradecen, al igual que yo. ¡Ración doble de ron para sus hombres!
―Gracias, Coronel ―contestaron al unísono y abandonaron la estancia.
―Y por último, ―siguió el Col. Clive, girándose hacia los dos hombres con uniforme sin distinciones a sus espaldas―, Lord Myrddin, Lord Moriarty, ah..¡haha! ―los abrazó vigorosamente―. ¡Vosotros sois los auténticos artífices de esta gran victoria! ¡Sólo 7 bajas! ―exclamó―, ¡y los 20.000 del ejército del Sultán Siraj con los pies en polvorosa!
―Han sido 22 bajas, señor, pero sí, una gran victoria ―puntualizó Merlín.
―¡Bah! Pero 15 eran de nuestros mercenarios hindús, no cuentan ―desestimó el general sacando una bonita botella de cristal―. Vamos, brindemos con mi mejor whiskey por vuestros planes y artimañas. ¡Convencer a Jafar para que se pasara con sus 30.000 hombres a nuestro bando! ¡Increíble! ¿Y el plan de batalla? ¿Tapar los cañosnes durante el monzón y hacer ver que se nos había mojado la pólvora para atraer su carga, y luego volarlos a los siete infiernos? ¡Jamás se me hubiera ocurrido! Sois el auténtico diablo en persona, y mejor aún, ¡en persona británica! ―sirvió y bebieron. Tras más comentarios que incomodaban a los dos caballeros y las acaloradas risas del Coronel, Robert Clive preguntó―: ¿Cómo puedo recompensar a mis héroes pensadores?
―¿A parte del oro y la licencia de exportación que nos ha prometido? ―preguntó Merlín con una mirada significativa, recalcando el trato al que habían llegado.
―Sí, sí. La Compañía de las Indias Orientales siempre… siempre cumple… ―balbuceó el Col. Clive, habiendo tomado ya mucho whiskey―, debemos tener una amistad duradera y mutuamente provechosa.
―¿Nos puede prestar un par de compañías para hacer un viajecito a las montañas del norte? ―pidió el caballero de monóculo y ojos heterocrómicos. El coronel accedió y, tras otra copa y la despedida, los dos asesores salieron de la tienda.
―¡Listo, pues! ―exclamó satisfecho el pelirrojo de iris diferentes―. Al norte, a ver si encontramos la Khanda con la que batir la amrita.
―Tú y tus reliquias ―rió cariñosamente el de larga barba canosa―. Yo ansío aprender de los monjes de la zona. ¿Sabes que dicen que pueden meditar incluso en el calor de la batalla para recuperar energía, predecir ataques y parar balas de cañón con las manos?
―Mis reliquias perduran para siempre, Mer. Tu gente muere.
―Pero ya que nosotros no, James, debemos intentar aprender el máximo de ellos, retener la belleza y sabiduría del mundo en nuestra mente.
―Cuando seamos dueños de nuestro propio imperio, Mer, temo que gobernaré solo mientras tú hablas con flores y pájaros ―rió con simpatía.
―James, sabes que debemos mantener el anonimato. Si no pudiéramos ir cambiando de identidad, la gente preguntaría por qué a penas envejecemos ―le recordó por enésima vez Merlín a su compañero, poniéndose algo serio. M se giró para encararse con él, y una chispa de ambición le brilló en los ojos. Puso una mano en el hombro de Merlín y otra en su nuca, y le dijo:
―Algún día tú y yo gobernaremos el mundo, Mer. Y será un mundo libre de sufrimiento e injusticias, como siempre quisiste, un mundo de oportunidad para todos.
Merlín sonrió soñadoramente y se abrazaron con la ternura de una amistad de más de un siglo.
 
 
Castillo de Camelot, Cornwall, Renacido Imperio Británico, la actualidad.
Tristán salió al patio. Necesitaba aire fresco y no aguantaba más fingiendo que todo iba bien. Porque nada iba bien. ¡Las cosas iban fatal! Primero había conseguido enemistarse con Lance y Arturo, cuando lo que intentaba era justamente llevarse bien con ambos. La reunión para perfilar el plan exacto había transcurrido como todas: Myrddin tenía ya pensado las bases y las explicaba. Gawain y Ginebra daban ideas geniales, junto con alguna alocada de Lance. Arturo, siempre calculador, exponía cuales eran demasiado arriesgados y porqué, y curiosamente desestimaba los planes de Lance como los más temerarios. Entonces ellos dos se enzarzaban en acusaciones cruzadas y se negaban a aceptar el liderato del otro, con lo que se acababa votando. Y esta vez, al preguntarle a Tristán, él había dicho: «Me gusta más el plan de escape de Arturo pero creo que Lance debería liderarlo». ¡Y ambos le habían bufado a la vez!¡Qué injusto era todo! ¡Si además era la verdad! El plan de Lance, pese a que les hubiera dado renombre y ridiculizado más a M, era demasiado peliculero. El carismático alcalde de Bodmin y ganador de una edición de Supervivientes, cuando los realities aún importaban en la vida de la gente, siempre pecaba de arriesgar demasiado, mientras que el prudente Arturo solía tener planes más a prueba de fallos. Pero a la hora de dirigir…Lance sabía cómo animarte, cómo alentarte, ¡cómo inspirarte a dar lo mejor de ti! Arturo por el contrario, frío, distante y casi robótico, se limitaba a gruñir. Pues bien, ambos le habían gruñido por su sinceridad; sólo Myrddin le había sonreído. Pero eso no era lo peor, lo peor era que en el plan…¡Percy e Isa debían hacerse pasar por una pareja feliz!¡Qué injusticia! ¿Y si se enamoraban de verdad?
―¿Qué pasa Tristán? ―la voz sacó al joven de sus pensamientos.
―Ah…hola, Sir Patx ―saludó Tris al herrero con desgana.
―¿No estás emocionado de que os dejen a los niños ir a la misión?
―Eh, sí, supongo ―contestó Tristán encogiéndose de hombros. Miró el taller del herrero buscando cambiar de tema. Vio el calendario con Pícara de los X-men en su versión más sexy y no pudo evitar pensar en Morrigan desnuda sobre el lago…y en Isa, que tendría que hacer de pareja de Percy. Suspiró y siguió mirando―. ¡Qué chula te ha quedado la barda y armadura nueva de Arturo! ―exclamó al ver las elaboradas piezas con blasones de dragón.
―Jeje, gracias. Las únicas que me salieron mejor son las del propio Merlín.
―Pero…¿él tiene armadura? Si no lucha, ¿no?
―Ya no… ―suspiró Sir Patx con melancolía―, cree que su época ya pasó. Pero deberías haberle visto en su día. Ven, ayúdame a preparar la barcaza para esta noche y te lo contaré.
Arhipélago Ceann Ear, Hebridas exteriores, Escocia.
Las olas se encabritaron aún más, salpicando a Ses que aguardaba de pie sobre las rocas. Pasaba muchas horas aquí desde que Brunhilda la valkiria regresara a su tierra y su señor. Ahora sólo él vigilaba, y desde que M se convirtió en Primer Ministro lo hacía mucho más aún. La niebla descendió y envolvió la isla, ocultando las luces de Calisto y hasta el propio mar, haciéndole sentir en un desierto gris que evoca el sonido de las olas del pasado. Ses se puso tenso y sacó una flecha de la aljaba. Nunca había niebla por la tarde. Con pasos cautelosos volvió hacia su casa, donde Penélope y Téleo estarían preparando la cena. Le pareció ver un movimiento y puso la flecha en la cuerda. Entonces lo vio otra vez, un borrón rojo. Se acercó. Poco a poco discernió una figura femenina con una melena pelirroja que caía majestuosamente a su alrededor. Ella y un enorme caballo Shire blanco y negro a su espalda eran lo único que reconocía en la gris bruma, densa como una nube de tormenta. Se acercó un poco más, el arco listo. La mujer era hermosa, muchísimo, y su vestido verde dejaba a la vista una amplia porción de senos perfectos.
―Ven, valiente, ven a mi ―le incito la voz de ella sin mover la boca.
Ses notó como una fuerza invisible tiraba de él hacia la aparición, cómo todo su cuerpo la deseaba, tan hermosa, atractiva e indefensa. Dio un paso hacia ella pero antes de dar el segundo reparó en que no se oían ya las olas. Se concentró hasta escuchar la silbante cadencia del mar acariciando las rocas con sus dedos de espuma, y escuchó también el llanto de Telémaco en la casa. Parpadeó, sacudió la cabeza y la niebla de disipó. Entonces vio que la doncella pelirroja y su caballo levitaban, y que su próximo paso hacia ella, de haberlo dado, le hubiera arrojado acantilado abajo, al inmisericorde rompeolas. Saltó hacia atrás, sobresaltado. La aparición rió con la música del bosque.
―La mayoría pican, ¿sabes? ―dijo ella con orgullo y una caída de párpados―. Se pierden en la niebla para siempre.
―Epona ―jadeó Ses, respirando pesadamente por el susto―. ¿Qué quieres de mi?
―Ay, mi dulce Ulises, siempre tan serio y preocupado ―jugueteó ella, acercándosele y acariciándole la mejilla―. Morrigan te necesita para una misión. Te ofrece a cambio que las ondinas protejan tus islas de M y cuantas amenazas vengan.
―¿Pueden hacer eso? ―demandó él, incrédulo.
―Eso y más ―sonrió ella, con su dulce picardía―. La pregunta es, ¿puedes ayudarnos en lo que necesitamos?
 
 
 
Chester, Norte de Inglaterra.
El cuartel de interrogatorios del Cuerpo Inquisitorial de Investigación de lo Paranormal (CIDIP) de la ciudad estaba en el antiguo casco victoriano, dentro de las milenarias murallas romanas, en el cruce entre la calle Bridge y la Water Gate. Los dos guardias de la puerta se calentaban las manos con el aliento, lanzas contra el hombro. La cosa estaba tranquila y la noche iba a ser larga. Se sorprendieron cuando dos jóvenes se les acercaron, riendo y hablando más alto de lo que debían, andando en eses. Eran una chica mona y un pecoso pelirrojo que ni siquiera parecían mayores de edad.
―¡Eh, vosotros! ―les llamó uno de los guardias―. ¡Venid aquí inmediatamente!
Los jóvenes quedaron mudos. Susurraron algo y se aproximaron con pasos dubitativos y algo descoordinados, ella cogiéndose fuerte al brazo de él.
―Eh…buenash nochesh, agentesh ―murmuró el chico humildemente, sin poder disfrazar el alcohol en sus palabras―. ¿Hay algún problema?
―¿Tú qué crees? ―gruñó el guardia amenazantemente―. Desorden público…beber siendo menores…¡y en la calle tras el toque de queda! ―se avanzó y cogió al chico de la solapa―. ¿Qué demonios creéis que hacéis?
―Eh…mi familia está celebrando una boda allí, en la posada The Old Boot, y…―bajó la voz― quería probar suerte con esta hermosa chica… ―hizo un gesto con la cabeza. Los guardias rieron.
―Está bien, haremos la vista gorda. Pero volved de inmediato a la posada…¡en silencio! Y…os requisamos la botella ―dijo arrancándole el recipiente de las manos. La pareja volvió en silencio a la posada, unos metros más allá, y los guardias se sonrieron―: ¡Whiskey del bueno! ¡Con lo que cuesta conseguir! ― y bebieron.
Diez minutos después los narcóticos que había en la bebida habían hecho efecto y ambos roncaban plácidamente en el suelo adoquinado de la calle. Percy e Isa, que se habían quedado en la puerta de la taberna tras su actuación, dieron la señal, y ellos dos, Arturo, Tristán y Bors salieron y llegaron hasta la puerta del cuartel de CIDIP. Bors levantó a uno de los guardias dormidos y le puso la cara a la altura de la rendija en la puerta. Acto seguido Arturo picó, y una voz preguntó desde dentro: ¿Qué pasa?
―¡Ábrenos, anda! Tengo que mear ―dijo Percy, imitando perfectamente la voz del guardia que les había hablado.
La rendija se abrió y se cerró, y escucharon las pesadas cerraduras. En cuanto la puerta empezó a abrirse, el enorme Bors se lanzó contra ella con todo su peso. Hubo un gruñido del hombre al otro lado cuando la pesada hoja de madera le golpeó en la cara. Bors y Arturo entraron prestamente y bajaron las escaleras a las mazmorras, Tristán siguiéndoles con la ballesta en alto. Había dos hombres más en el sótano, el carcelero y el torturador, que estaban de sobremesa. Arturo y Bors los cogieron por sorpresa y los noquearon en un abrir y cerrar de ojos.
―¿Por qué no hay más? ¿Por qué están vacías las celdas? ―preguntó Bors gruñendo.
―No sé ―respondió Arturo―. Tristán, vigila estos dos. Vamos Bors.
Y con eso se adentraron en las entrañas del recinto. Tristán miró a su alrededor y escuchó un gemido. En una de las celdas había un joven hecho un ovillo. Tristán dejó la ballesta, cogió las llaves del cinto del carcelero y se peleó con la cerradura. Los barrotes gimieron con artrosis de óxido y el joven sollozó, tapándose la cara.
―Tranquilo, tranquilo, no voy a hacerte daño ―lo intentó tranquilizar Tristán.
―Mis…mis ojos... ―se lamentó el joven, con la vista desenfocada―. No veo nada.
Tristán iba a decirle algo, a preguntarle el nombre, pero justo vio que el carcelero empezaba a moverse. Dejó al prisionero, corrió a la ballesta y apuntó al alguacil, que se arrastraba hasta la cuerda de la campana de aviso.
―¡Quieto! ―le ordenó Tristán―. ¡Quieto o disparo!
El hombre giró la cabeza hacia Tristán, lo miró de arriba abajo y siguió reptando hacia la campana.
―¡Lo digo muy en serio! ¡Le mataré! ―amenazó el joven, apuntando a la cabeza del hombre. Sabía que debía disparar, que de lo contrario se daría la alarma…pero no pudo. El carcelero alargó la mano y tiró de la cuerda. Desde el exterior llegó un repicar de campanas. Tristán suspiró. Bors y Arturo entraron corriendo y dejaron inconsciente de nuevo al alguacil con una fuerte patada. Cogieron al ciego y salieron de allí.
En el exterior les esperaban Percy e Isa, impacientes y nerviosos tras el repicar de las campanas. Habían atado a los 3 guardias y habían cogido parte de sus corazas de kevlar y armas. Antes de que ninguno pudiera mediar palabra, se oyeron pasos pesados y voces, y se giraron para ver una docena de antidisturbios emerger por la boca de la calle. Al percatarse de lo que pasaba, formaron un muro con sus escudos transparentes y empezaron a avanzar hacia ellos, porras metálicas preparadas para partir hueso y cráneo.
―Maldición ―masculló Arturo desenvainado. Los demás le imitaron―. Preparaos.
Tristán levantó la ballesta, pero no encontraría hueco entre los escudos, así que se la colgó a la espalda y sacó su espada. Se colocó instintivamente entre los policías e Isa. No tenía miedo, solo remordimiento por haber dejado que sonase la campana. Justo entonces retronaron cascos por la vieja calle adoquinada. Cinco jinetes aparecieron detrás de la línea de antidisturbios sobre caballos preciosos y nerviosos. Los cinco llevaban armadura, pero los caballos no. Cargaron contra los policías, que rompieron la formación. Entonces Arturo y Bors atacaron también, derribando e hiriendo a los agentes. Tristán hizo lo mismo, abalanzándose sobre uno y bajando la espada en un arco difícil de esquivar para darle en la rodilla. El policía gimió y cayó.
― ¡Vamos! ―le urgió un jinete, parándose a su lado y levantándose el visor. Era Lance. Tristán se giró para comprobar que todos se estaban subiendo a las grupas de algún caballo y aceptó la mano de Lance. Cabalgaron calle abajo por Bridge Street, bajo el portón romano-victoriano y hasta los embarcaderos del río Dee, donde Sir Patx esperaba en la barcaza. Se subieron todos, incluido el joven ciego y los cinco nuevos caballos que habían robado del hipódromo y armas y equipo de la mazmorra. La barcaza se alejó de la orilla y siguió río abajo.
―Tendremos que bloquear la esclusa en cuanto la pasemos ―comentó Lance. Arturo asintió―. Es una suerte que en Chester les guste tener el hipódromo en pleno centro de la ciudad, ¿eh, chicos? Bien luchado Tris, enhorabuena Percy por la actuación…
―Deja de animarlos ―gruñó Arturo―. Ha sido un fracaso. Sólo había un prisionero y Tristán la ha cagado dejando que den la alarma…
―A lo mejor Myrddin se equivocó de prisión… ―sugirió Galahad.
―No. Aquí es donde mi abuelo y M se conocieron, en la guerra civil inglesa ―dijo Isa sacudiendo la cabeza―. Aquí debía tener sus prisioneros importantes. No sé qué puede haber fallado…
 
Número 10 de la calle Downing, Londres, la noche siguiente.
―¿Sí? ―preguntó M descolgando el auricular.
―Pri-pri-primer Ministro… ―empezó una voz nerviosa― soy el Sheriff del CIDIP de Nottingham… ha…ha habido un problema en la prisión…se…se han escapado.
―¿Quién? ―preguntó M haciendo un tremendo esfuerzo para controlar el tono de voz.
―To-todos, señor ―balbuceó el Sheriff―. Los dioses Celtas han irrumpido y…
El Primer Ministro M colgó con violencia y dio un grito de pura rabia enfocado al cuadro que tenía colgado tras su escritorio―: ¡Merlííííííín!