Los Cuatro Generales 2º Parte - (Historia)

Autor: Oriol Villanueva

Ilustración : Ramon Romero

Anubis había concluido la primera parte de su misión llevando los restos mortales de los cuatro reyes a la gran pirámide de Ra. En la Gran Sala del Conocimiento, situada en las estancias superiores de la pirámide y alineada con el piramidón de oro macizo, los sacerdotes de Thot envolvían las cuatro momias en vendajes de lino, ungidos con oleos bendecidos sobre los que habían escrito hechizos con tinta de oro.

 

En el centro de la sala, cuatro sarcófagos esperaban a las momias, pero estos no eran de madera y oro, sino de cuarzo blanco perfectamente pulido. Justo a su lado, el dios con cabeza de Ibis trabajaba en una gran mesa de madera y oro repleta de pergaminos, recipientes y un alambique de oro en el centro. Mientras mezclaba con sumo rigor los ingredientes de uno y otro recipiente, el alambique destilaba gota a gota un líquido rojo que iba a caer en el interior de un cáliz dorado adornado con jeroglíficos, algunos egipcios y otros muy parecidos a los descubiertos en las pirámides de la Antártida.

 

Thot no llevaba el básico atuendo egipcio. En su lugar vestía una túnica de color celeste en la que podían leerse palabras escritas en la lengua Atlante, la misma que aparecía grabada en el cáliz dorado. También llevaba pintados en los brazos, en espiral, símbolos atlantes y egipcios en oro y plata, que se entrelazaban desde sus dedos hasta los codos. A su señal, los sacerdotes comenzaron a trasladar las momias de los reyes a sus sepulcros de cuarzo, al son de un salmo ancestral que entonaban al unísono. Con sumo cuidado, los colocaron uno a uno en su interior, para después deslizar las tapas sobre ellos, sellándolos.

 

Anubis permanecía en un rincón, absorto ante el ritual, jamás había contemplado un espectáculo semejante. Los sacerdotes rodeaban los sarcófagos cantando y golpeando rítmicamente unos tubos de oro, cuya vibración parecía hacer brillar los sarcófagos, que variaban de tonalidad al ritmo de la melodía.

 

Thot se aproximó al primero de los sarcófagos para verter oro líquido sobre la tapa de cristal. En ese momento, el oro comenzó a fluir sobre la misma como la sangre por las venas de un cuerpo humano. Acto seguido realizó la misma operación, esta vez con mercurio, dibujando un nuevo camino de arterias plateadas que se entrecruzaban con las doradas sin nunca llegar a unirse. Anubis se acercó hasta el sarcófago, atónito, contemplando cómo volvía a cambiar de color, tornándose en un amarillo luminoso, y a su vez emitiendo calor como si algo ardiese dentro.

 

-Para que la vida pueda reanudarse sin mácula, hemos de tornarlos puros. El fuego purificará la carne para que la nueva vida pueda abrirse camino. Solamente resta añadir el último ingrediente.- Explicó Thot al dios del inframundo.

 

-¿Y cuál es el último ingrediente? -Pregunto éste, a quien el conocimiento de sus orígenes atlantes intrigaba tanto como para haber mantenido innumerables charlas con Bastet y Thot desde que Ra hablase a todos los dioses de sus orígenes.

 

-Aquello a lo que los alquimistas humanos llamaban el elixir de la vida o la piedra filosofal. -Respondió Thot, tomando entre sus manos el cáliz que contenía el líquido rojo destilado en el alambique de oro.

 

-No tiene aspecto de piedra.- Alegó Anubis, receloso.

-Podría serlo si dejamos que se solidifique, pero para regenerar el cuerpo de los reyes necesitamos que sea líquido. Ha de fundirse con los sarcófagos para que el proceso se lleve a cabo por completo y así recrear sus cuerpos tal y como estaban en el momento de su muerte. –Thot hizo una pausa para volver la vista hacia su todavía aturdido espectador. -Ahora, Anubis, debes cumplir la segunda parte de tu misión, vuelve a la Duat, ve hasta el reino de Osiris y regresa con los bas de los cuatro reyes, pues para su completa regeneración, deben encontrarse unidos cuerpo, mente y espíritu.

 

 

 

Anubis puso rumbo a la Duat en busca de los ba de los cuatro reyes. Según la tradición humana, el ba es el alma que viaja por la Duat en forma de ave con cabeza humana, sin embargo, la realidad era muy diferente. La Duat se hallaba enterrada bajo la pirámide de Keops. Sus doce niveles penetraban en las entrañas de la Tierra, hasta tal nivel de profundidad que por el río que la surcaba no corría agua, sino magma. El palacio de Osiris se encontraba en el sexto nivel y en él se custodiaban en forma de impulsos eléctricos los datos de los humanos que morían, pero no todos, solamente aquellos a los que los dioses consideraban dignos de ser conservados. De este modo se hallaban, recogidos en vasijas , sus recuerdos, sus emociones, sus personalidades, su ser.

 

Osiris se encontraba sentado, imponente en su trono de oro y antracita pulida, a la espera de Anubis. Decenas de antorchas creaban una ilusión de luces y sombras a su alrededor, que bailaban como si tuvieran vida propia. Su piel de color verde parecía casi negra y su rostro presentaba un rictus serio y concentrado. Sin duda era una visión impresionante y aterradora al mismo tiempo, pero no para Anubis, pues el inframundo era su segunda casa, o tal vez la primera.

 

–Vengo a por el ba de los cuatro generales humanos que Ra ha reclamado para la guerra. -Expuso con solemnidad, aunque estaba seguro de que Osiris ya estaba enterado de todo, siendo como era su predilecto.

 

Osiris asintió e hizo un gesto con la mano. Acto seguido, cuatro escribas tan parecidos entre sí que parecían uno solo reflejado en tres espejos, depositaron frente a Anubis cuatro vasijas de oricalco con bordes dorados, en las que aparecían, grabados, los nombres de los antiguos poseedores de las almas que contenían. Aunque la escritura era egipcia, cualquier arqueólogo habría constatado que estas vasijas no eran como las que se encontraban, repletas de vísceras, junto a las momias. Eran atlantes y recordaban más a un termo de café que a una vasija funeraria.

 

Anubis tomó las vasijas dando por terminada la visita y dispuesto a marchar, sin embargo se detuvo cuando Osiris comenzó a hablar:

 

–Yo también fui reencarnado. Thot y mi amada Isis acudieron a este mismo lugar a por mi vasija. -Sus ojos tenían un brillo distante, el brillo de quien vuelve con anhelo la vista al pasado.

 

–Lo recuerdo. –Asintió Anubis.- En aquellos días era yo quien conservaba y protegía las vasijas de la Gran Serpiente. -No había envidia o rencor en su voz, puesto que la llegada de Osiris al inframundo le había proporcionado mayor libertad, hecho por el cual estaba agradecido.

 

-Estoy convencido de que estos cuatro reyes traerán la esperanza a nuestra lucha y de que gracias a su ayuda venceremos a la oscuridad. Puedes irte, es hora de que vuelvan al mundo de los vivos. –Dicho esto, Osiris devolvió su mirada al infinito, perdiéndose de nuevo en aquellos lejanos días de dolor y gloria.

 

 

 

 

En algún lugar, en el mundo de los vivos, otro dios egipcio asistía a una reunión secreta. De haber sabido con quién se había aliado, Ra habría permitido sin reparos que Horus diera rienda suelta al anhelo que había alimentado durante milenios, darle muerte. Pero Seth no iba a acobardarse ante ningún otro dios, ya fuera de su panteón o de cualquier otro. Era el más poderoso de los guerreros y había sido adorado en el desierto por ello.

 

El orgulloso dios informaba a Moriarty de la vuelta a la vida de los cuatro generales que pronto se unirían a la lucha, comandando los ejércitos de los hombres y trayendo de nuevo la gloria a su civilización. Moriarty escuchaba atentamente las palabras del dios, analizando mentalmente la situación.

 

–No niego que puedan llegar a levantar la moral de los Egipcios, pero dudo que cuatro humanos, venerables o no, puedan suponer una amenaza para nosotros y menos para nuestros poderosos aliados.- Con estas palabras, Moriarty pretendía proyectar su acostumbrada seguridad, cuestión clave en esos momentos, rodeado como estaba de aquellos peligrosos dioses capaces de detectar cualquier señal de debilidad.

 

Loki, tras haber atendido en silencio al informe de Seth y a la conclusión de Moriarty, se dirigió al dios egipcio para formularle la pregunta que le surgía en cada una de las ocasiones en que se encontraban:

 

-¿Se puede saber qué clase de engendro demoniaco tienes por cabeza?

 

Como toda respuesta, Seth gruñó al tiempo que alzaba el puño con violencia, dispuesto a golpear a Loki por su ofensa. Sin embargo, Couguer, que había permanecido oculto entre las sombras, actuó veloz, interponiendo sus cadenas entre ambos.

 

-¡Basta!- Graznó con su voz rasgada. –No estamos aquí para perder el tiempo con vuestras absurdas riñas infantiles.

 

Tras unos largos segundos, Seth, sin apartar todavía su mirada de la del dios nórdico, bajó el brazo, al tiempo que se juraba a sí mismo que algún día ajustarían cuentas. Loki, por su parte, se recostó de nuevo en su asiento, luciendo una flamante e inocente sonrisa.

 

Moriarty había contemplado la escena, impasible. Como si nada hubiera ocurrido, continuó hablando con voz queda, como si mantuviese una conversación consigo mismo.

 

–Los primigenios ya han arrasado las principales capitales. Si los humanos y los dioses aspiran a tener alguna posibilidad, deben mover ficha. Reconozco que incluso a mí me sorprende el grado de destrucción que han sembrado. Seth, ¿crees que YOG-SOTHOTH devastará Egipto por completo?

 

Los ojos de Seth se clavaron sobre el humano antes de responder a su pregunta.

 

-El caos y el orden se necesitan mutuamente, se nutren el uno al otro para engendrar el equilibrio sobre el que se sostiene la creación. Sin embargo, la creación no es el objeto de la lucha de los Primigenios. Estamos hablando de criaturas malévolas, perversas, que promueven el caos y estrangulan el orden, y cuyo único propósito es destruir el mundo, someterlo a sus designios.

 

Tras ajustarse el monóculo y mirando de nuevo a sus aliados, el pelirrojo asintió con gravedad, permitiéndose un instante de vacilación antes de afirmar, en voz aún más queda que antes.

 

-Tal vez el retorno de los primigenios no haya sido tan buena idea como creía…