Los 4 Generales (Historia)

Relato de : Oriol  Villanueva

Ilustración de : Laia Lopez

Cuando Anubis entró en la sala, pues había sido llamado por Osiris, se encontró la sorpresa de que Horus también estaba allí; era la primera vez que el hijo de Isis y Osiris mostraba algún interés por el mundo de los muertos. La reunión fue breve. Horus le entregó una lista con cuatro nombres; él como guía de los muertos al otro lado había llevado a estos cuatro reyes de Egipto a su descanso, ahora debía traerlos de vuelta. Primero, iría a por sus cuerpos; después iría al inframundo a buscar sus almas. Osiris entregó al dios chacal una capa negra tejida por Isis; debía envolver los cuerpos en ella pues así estarían protegidos, por eso se momificaba a los muertos, conservando su cuerpos como anclas que mantenían la conexión con el alma en la realidad material. Tenían que llegar en el mejor estado posible para que Thot pudiera usar su magia atlante como ya hizo con Osiris cuando Set le dio muerte y lo descuartizó.
 
Valle de los Reyes, Luxor. Egipto. 
 
El último grupo de turistas abandonaba la sala donde la momia de Tutankamón yacía en una urna de cristal. Descansaba allí desde que lo sacaron de su famoso sarcófago, y todos los días cientos de turistas que pasaban el día en el Valle de los Reyes contemplaban los restos momificados del Faraón-niño.
La sala estaba a oscuras y en completo silencio y así permaneció durante horas, hasta la madrugada. Ninguna alarma sonó, ni las cámaras de vigilancia captaron la menor imagen cuando Anubis apareció en la habitación. Su gran estatura y su capa negra que le cubría por completo le daban irónicamente el aspecto de la muerte tal y como se conoce en el mundo occidental. Observo los restos del faraón unos instantes con sus ojos negros de chacal. El rey había muerto joven, atropellado por un carro. Apenas había tenido tiempo de demostrar su valía; pronto podría probarse de nuevo y demostrar ser digno de la confianza de Horus. Posó su mano con delicadeza sobre la urna. Un instante después ésta se hacía añicos. Se quitó la capa negra extendiéndola sobre el cuerpo momificado como un sudario, lo levantó con cuidado y desapareció mucho antes de los vigilantes, alertados por el ruido, llegasen a la sala.
La noticia de la desaparición de la momia dio la vuelta al mundo en los noticiarios. La momia se había levantado ella sola y ahora vagaba por el Valle de los Reyes en busca de venganza por haber profanado su tumba... Curiosamente, eso no hizo descender el turismo en Luxor, sino que lo disparó, con una afluencia digna de los tiempos anteriores a la primavera egipcia. Los lugareños estaban encantados.
 
 
Thonis-Heraclión bajo el mar, cerca de Alejandría. Egipto.
 
 
El dios del inframundo caminaba impasible a decenas de metros bajo el mar. Sobek le había entregado “la bendición de las aguas”, lo cual le permitía respirar bajo el agua sin dificultad, al menos el tiempo necesario para ir a por “la nariz más bonita de Egipto”. Las leyendas modernas decían que se encontraba bajo los jardines de la Biblioteca Nacional de Francia, pero él sabía que sólo era una fábula. Él la había ido a buscar cuando el áspid se cobró su vida. La Reina había sido enterrada en Thonis-Heraclión, orgullo del helenismo en Egipto; la isla se había sumergido bajo las aguas hacía 1.200 años, y eso había evitado su expolio y también el descubrimiento del lugar donde descansaban los restos de la última gobernante de la dinastía Ptolemáica. Una mujer orgullosa y fuerte, su alma refulgía y no había miedo en ella cuando Anubis se presentó a reclamarla. Eso complació al dios; la valentía era lo que más valoraba y esta elección le agradaba más que la del Faraón-niño, que para él no había hecho nada digno de relevancia en su reinado.
Al fin, se centró en el presente y en su misión bajo el agua. Tenía que reconocer que prefería el fondo marino al mundo actual; le recordaba al inframundo, todo en calma, donde las luces y las sombras parecían fundirse en el mismo espacio. Los restos de la antigua ciudad sumergida se encontraban por todas partes; los arqueólogos conocían de su existencia desde hacía poco, pero no tenían permiso del gobierno para rescatar las reliquias del fondo marino. Columnas, estatuas, vasijas se acumulaban allí donde mirase, pero no era eso lo que interesaba a Anubis. Siguió caminando por el fondo hasta llegar a unas ruinas de grandes dimensiones. Apartó las columnas de piedra como si no pesaran, leyendo las inscripciones con atención. Se detuvo frente lo que parecía una loseta de piedra con el nombre que buscaba. Levantó la losa adentrándose en la oscuridad. Bajó las escaleras; la oscuridad era casi total, pero eso no era problema para él. Atravesó varias estancias menores llenas de vasijas, joyas y ánforas. En la última cámara, la más grande, se hallaban dos sepulcros: la reina y su amante descansaban juntos, como decía el mito.
Al dios con cabeza de chacal sólo le interesaba uno. Se quitó su capa negra que ondeaba lentamente por el peso del agua y cubrió a la momia con ella, envolviéndola antes de alzarla e iniciar el regreso a la superficie. La momia de la Reina portaba una máscara de oro que ocultaba su rostro momificado, pero Anubis habría jurado que esta le sonreía antes de cubrirla...
 
 
Umm el-Qaab, Abidos. Egipto.
 
La necrópolis estaba desierta, aunque el sol aún iluminaba el horizonte. De todos los reyes que habían venido a buscar, éste era el más cercano a su corazón. Horus Escorpión II era una leyenda para el mundo actual, sólo conocido por el público a través de varias películas de Hollywood, y posiblemente nadie supiera que este magnífico guerrero había existido en realidad.
Hace más de cinco mil doscientos años, cuando los dioses caminaban, luchaban, amaban y lloraban con los humanos, Anubis y Horus Escorpión habían combatido juntos por la gloria y la grandeza de Egipto. Su nombre había hecho estremecerse al resto de gobernantes que pugnaban por hacerse con el control del reino. Sus restos no eran venerados ni observados por miles de turistas. Sus hazañas habían ocurrido en un tiempo tan lejano que el Rey Escorpión se había convertido en un mito.
Su cuerpo, en cambio, descansa en la tumba llamada B-50 en Umm el Qaab, “la madre de las vasijas”,  nombre que se le dio por la cantidad de cerámica descubierta allí. Una pequeña tumba bajo tierra junto al resto de su linaje, la dinastía 0. “Qué paradójico”, pensó Anubis mientras cubría los restos momificados del rey con el manto negro de Isis. “El primer gran Rey y la última gran Reina de Egipto juntos. El mundo entero se estremecerá ante los campeones”. Satisfecho ante la idea se marchó de allí antes de que oscureciera.
 
 
Pirámide de Micerino, Egipto.
 
Ésta era la búsqueda más sencilla. Las tres grandes pirámides habían estado bajo el control de los dioses desde que se alzaron y retornaron al mundo. Anubis recorría el interior de la pirámide subiendo y bajando niveles con tranquilidad. La última elección de Horus era la más sorprendente; Nitocris era un mito entre mitos, ningún arqueólogo moderno había encontrado la menor prueba de su existencia y sólo se la conocía por escritos plasmados por Manetón, sacerdote e historiador egipcio del S. III a.C.
Su historia era asombrosa: hija del faraón Pepi II, Nitocris era la más hermosa y encantadora de sus muchas hijas, y por ello fue la elegida para desposarse con su hermanastro Merenra II, el nuevo Faraón; desgraciadamente, el joven gobernante no disfrutó mucho de su reinado, ya que fue asesinado un año después de acceder al trono en un complot. Nitocris, como su esposa, se convirtió en el nuevo Faraón, cargo en el demostró unas dotes de liderazgo impresionantes. Pero Nitocris, lejos de olvidar la muerte de su esposo, pacientemente urdió su venganza. Con el paso de los años, los asesinos se relajaron, pues ella no mostró ni un mal gesto hacia ellos; así, cuando los invitó a un banquete en su palacio nadie sospechó nada. Una vez los hubo reunido a todos, ordeno inundar las estancias, ahogándolos. Una vez concluida la venganza, marchó a otra habitación y se arrojó encima de unas brasas. Y hasta aquí dice la leyenda...
El propio Anubis sacó el cuerpo de Nitocris de las brasas antes de que lo convirtieran en cenizas y ordenó a sus sacerdotes que fuera momificada y sepultada tras la pared de una pequeña habitación dentro de la pirámide de Micerino, de cuya construcción participara ella durante su gobierno. Su deseo era que permaneciera escondida, lejos de sus enemigos, para que no destruyeran su cuerpo, y por ello su momia permanecía oculta. El señor del inframundo admiraba la cruel justicia de la mujer. Para cuando Anubis llegó a la pequeña habitación, los criados ya habían picado la pared dejando al descubierto la momia. La cubrió como al resto y marchó a la nueva pirámide de Ra. La primera parte de su misión había concluido.