Lideres y Traidores (Historia)

Autor: Toni Hudd

Ilustrador: Marina Polo

Castillo de Nottingham, Reino Unido, Cuartel-Prisión del Cuerpo Inquisitorial De Investigación Paranormal (CIDIP).
― ¿Seguro que funcionará? ―susurró Cernunnos con su voz cavernosa, estirado entre la maleza del bosque que rodeaba el castillo―. Morrigan es poco tolerante con los fracasos ajenos.
― Eso espero ―murmuró Ses, no muy convencido, estirado al lado del gigantón celta. Apenas lo podía ver en esta oscura noche, pero sentía la presencia de la deidad y el olor animal que emanaba―. Lo más importante para M con los que abandonaban la Orden era convertirlos en un escarmiento para los demás, pero para eso tenía que cogerlos vivos. ¿Y qué mejor manera que manteniendo vigentes sus acreditaciones, tarjetas, teléfonos y claves de acceso? Sólo es cuestión de tiempo que te descuides y te delates a ti mismo, decía. Por bien que mientas, no te puedes mentir a ti mismo eternamente. Y a la que usabas algo, te encontraban y… ―Ses enmudeció con un escalofrío―. ¿Despellejaste vivo algún romano? ―se giró levemente hacia el dios de las bestias, que apretó la mandíbula antes de contestar.
― Quemé alguno. Maté muchos. Y celtas que veneraban otros cultos, y furtivos que cazaban con perros en vez de venablos. Pero comparado con mis hermanos de panteón, soy de los pacíficos ―contestó a la defensiva.
― Pues cuando tienes medicamentos y transfusiones de sangre a tu alcance la tortura puede durar días. Casi nadie abandonaba la Orden, créeme ―dijo Ulises, y chasqueó la lengua, negando con la cabeza―. En fin, lamentos por mis errores pasados para luego. Vamos a descubrir si tenían suficientes ganas de cazarme como para pasar mi nombre a los actuales registros de papel, ahora que no hay ordenadores.
Y con eso se levantó de entre la maleza y, tras esperar que Cernunnos hiciera lo mismo, se encaminó hacia las antorchas y el puente levadizo que llevaban al portón de entrada al castillo. Cuando estaban a apenas 150 metros de distancia sacó su espada corta y se colocó tras el dios. Éste se juntó las manos a la espalda. Anduvieron un poco más hasta ser claramente visibles, y entonces una voz les increpó:
― ¡Alto! ¡¿Quién anda ahí?! ―preguntó una voz autoritaria.
― Soy el agente Ses, del CIDIP de las Tierras Altas occidentales. Llevo persiguiendo a este bribón por casi todo el país, y ahora que por fin lo he atrapado quiero meterlo en custodia cuanto antes ―dijo convincentemente.
―Eh… bien. Muéstrame tu placa y tendremos que identificarte para abrir la puerta ―Informó el guardia, menos tajante que antes.
―Sí, claro ―masculló Ses, resaltando con su tono que eso lo irritaba―. Vosotros dos, vigiládmelo anda ―se dirigió a los dos guardias que aún no habían hablado. Obedecieron vacilantemente, más por la inseguridad de si su kevlar y porras les ayudarían contra este barbudo gigantón que por el hecho de que un desconocido le diera órdenes. Era un claro perfil del policía típico del CIDIP. ―Mi placa― anunció Ses, enseñando la que habían robado a un Inquisidor del CIDIP el día antes―. Pero date prisa con lo de la lista, ¿quieres? Éste tiene amigos poderosos y no me gustaría que nos cogieran aquí fuera.
―Eh…por supuesto, Inquisidor ―el guardia saludó marcialmente al ver la placa y picó al portón―. ¡Ben! ¡Búscame rápido si aparece un tal Ulises Mythos en la lista de autorizados para entrar! ―gritó a través de la madera. Desde dentro una voz contestó algo―. Siento tener que ser tan precavido, señor… ―se dirigió de nuevo a Ses― pero estamos en alerta máxima esta noche, y la puerta no debe abrirse a menos que…
―Lo sé, lo sé ―desestimó Ses con naturalidad―, yo ayudé a escribir el reglamento, pero daros prisa, ¿de acuerdo?
Un aullido hendió la noche como un rayo en la oscuridad. Entonces Cernunnos levantó la cabeza y replicó. Los dos guardias a su lado se apartaron de un salto, y hasta a Ses, que había ideado el plan, se le heló la sangre. Tan pronto acabó el lobuno lamento del dios, varios aullidos más lo corearon, esta vez más cercanos, casi en la linde de los árboles.
― ¿Es… es un dios? ―preguntó con titubeo el guardia, reparando ahora en las astas y atuendo del celta.
― Sí, y si lo metemos dentro a tiempo nos darán una medalla por ello ―murmuró Ses, la mirada fija en la línea de árboles, un matiz ligeramente más oscuro en el horizonte azabache. Ahora que llevaba un rato entre antorchas ya no discernía nada en la negrura.
― ¡Corre, búscame el nombre, en cualquier lista! ―gritó el guardia a la puerta. Los dos que estaban con Cernunnos se despegaron un poco, acercándose al castillo.
― ¿Aviso dentro de que hay pro…? ―empezó la voz amortiguada del interior.
― ¡Encuentra el maldito nombre y abre la jodida puerta! ―se desgañitó el guardián. Se oyeron más aullidos, muy cerca, y unas formas negras parecían moverse al otro lado del foso. Los agentes del CIDIP se apretaron contra el portón.
― Ya llegan ―sonrió Cernunnos. Ses se adelantó y le puso la espada en el pecho.
― ¡Ya está! ―sonó la voz de dentro―. Acabo de ver el nombre por aquí al hojear, ahora os abro.
― ¡Rápido! ―le urgió el guardia.
Madera y metal gimieron, y el doble rastrillo se izó, permitiendo que la pesada puerta de roble remachado se abriera hacia dentro. Entonces la voz del que había dentro, que ahora Ses vio sujetando varias hojas en la mano y escudriñando una, habló de nuevo.
―Pero pone que Ulises Mythos está en la lista de busca y captura…
No pudo acabar la frase. Ulises le golpeó con la parte plana de la espada en la sien y cayó redondo. Cernunnos agarró un guardia y lo arrojó directo al foso. Saltó sobre el siguiente empalándolo con sus astas. El que más había hablado quedó mudo, indeciso. Ulises le puso la punta de la espada en la garganta. Tomó una decisión rápida y dolorosa, una que odiaba tomar y por la que pagaría con creces varias noches, pero la adrenalina y las prisas son malas consejeras. Apretó y notó cómo perforaba piel y cartílago. Era acongojante lo afilada que estaba el arma que Diannech le había preparado. Con absoluto control retiró la hoja, habiendo perforado sólo la nuez del hombre. No gritaría, puede que no volviera a hablar, y seguramente dejaría el CIDIP, pero viviría. Cernunnos le golpeó la cabeza y cayó redondo.
En menos de un minuto, antes de que se diera ninguna alarma, varios dioses celtas así como miembros del clan Mac Carrel, transformados claro, atravesaron el umbral y se adentraron en las instalaciones, liberando todos los prisioneros, que eran muchos tras haber traído aquí a los que había en Chester también. Tarannis, dios del Trueno, y Arduina, la contrapartida femenina de Belenos, así como Mac Carrels y otras criaturas, héroes, un grupo de rebeldes conocidos como los Hombres Libres y disidentes de todo tipo salían andando por esa misma puerta al poco rato, mirando la delgada luna como si no la hubieran visto jamás. Y pocas horas después el primer ministro M recibía la llamada para comunicarle la noticia.
 
Castillo de Camelot, Cornwall, 1 mes más tarde.
 
El patio de armas era como un telégrafo de metal. Las espadas entrechocaban, golpeaban armaduras o rebotaban contra escudos, todo produciendo una férrica cacofonía digna de Skrillex. Tristán, magullado, empapado en sudor y sin resuello, esquivó como pudo el último embate de Arturo. Bloqueó arriba, al lado, giró sobre sí mismo y lanzó un arco alto, obligando a Arturo a agacharse y perder visibilidad por un momento. Aprovechó y le golpeó en el casco con su escudo, utilizando la inercia del giro. Arturo exhaló un bufido y dio un traspié lateral, evitando por poco caer al suelo. No era fácil mantener el equilibrio con el peso de la armadura. Tristán respiró pesadamente, muy orgulloso de estar luchando de tú a tú con el diestro Arturo. Éste, por su parte, gruñó, se irguió mostrando los numerosos blasones de dragón que adornaban su escudo y armadura, y cargó de nuevo, con fuerza renovada. Al tercer embate furioso de la espada de Arturo, Tristán trató de retroceder con un paso más amplio del que se debe dar ataviado con tanto peso, tropezó y cayó al suelo. Arturo le propinó un último golpe en el casco que dejó a Tristán aturdido y con los oídos pitando. Acto seguido se giró para marcharse, pero Lance y Gav le barraban el paso. Para cuando Tristán se incorporó y recuperó el oído, Bors y Galahad se habían unido a la contienda, uno en cada bando, y parecía que iban a pasar de los gritos a algo más serio. Afortunadamente apareció la Dra. Ginebra para disolverlos. A Tristán le incorporaron unos brazos fuertes. Era Sir Patx, el herrero. Fueron a sentarse a un banco contra la pared de piedra.
― No entiendo qué tiene Arturo contra mí ―murmuró Tristán, más dolido en el orgullo que el cuerpo.
― Está frustrado por todos los fracasos de estas últimas semanas ―explicó Patx.
― Pero no solo han fallado sus planes, el de Merlín y los dos de Lance también ―protestó Tristán.
― Tris, a Arturo lo que le molesta es que la causa no vaya bien. Si el creyera que otro es más digno líder que él, le entregaría el mando y seguiría ciegamente.
― ¿Seguro? ―preguntó el joven cínicamente―. Me da a mí que Arturo solo ve fallos en los demás.
― Es más justo de lo que crees ―le contradijo el herrero―. Pero con Lance… son noche y día. Jamás verán las cosas del mismo modo. En fin, ten paciencia.
Tristán pasó el resto de la tarde con los otros tres adolescentes, Percy, Isa y Justin, el chico al que habían rescatado en las mazmorras de Chester, que aún llevaba gafas de sol para ocultar sus maltrechos ojos. El pobre debía sentir mucha vergüenza, pues ni Tristán ni Percy, con los que compartía habitación y le guiaban a todos lados, le habían llegado a ver sin las lentes tintadas en ningún momento. Hablaron de la vida antes de que el mundo se fuera al traste, rieron con las imitaciones que Percy hacía de Arturo y comentaron chismorreos como que Lance se había dejado golpear a propósito para pasar más tiempo con Ginebra. Cuando los árboles del Páramo Bodmin empezaban a acariciar el sol, se les llamó a una reunión de urgencia alrededor de la tabla redonda. Cuando todos estuvieron sentados, Merlín empezó a hablar.
― He estado hablando con nuestro querido Primer Ministro ―comenzó, a lo que todos rieron―. Y mientras que nuestras acciones para robarles poder y prisioneros últimamente no han ido muy bien, un grupo de dioses celtas, ayudados por los Hombres Libres, sí han tenido éxito. M propone que nos reunamos dirigentes de los tres grupos, el Gobierno, los Caballeros de Camelot y los Dioses Celtas para firmar una tregua. Insiste en que debemos unir fuerzas…
― ¡Típico! ―le interrumpió Lance―. Ahora que va perdiendo quiere que unamos fuerzas…
― Tampoco nosotros vamos ganando, Lance ―le recordó Merlín con tono amable pero tajante―. Inglaterra sigue plagada de injusticia y miseria. Y nuestras últimas misiones…
― Deberías dejarnos matar agentes del CIDIP sin cuartel, Merlín ―urgió Gawain―. Sino los planes son siempre complicados y…
― Si nos convertimos en aquello contra lo que luchamos, Gav, toda nuestra vida será una gran derrota ―sentenció Merlín.
― ¡Son policías! Torturadores y que…
― Son hombres y mujeres de Britania, como vosotros ―atajó el anciano, cada vez con menos dulzura.
― Aun así, Myrddin―empezó Arturo con respeto―, algo tenemos que cambiar de nuestros planes. De momento no han ido bien, pero al menos ninguno de los nuestros ha salido herido, pero no siempre tendremos tanta suerte.
― Estoy de acuerdo ―aceptó Merlín, rascándose la barba blanca―. Y lo que vamos a hacer es desenmascarar al chivato que hay entre nosotros, al que avisa a M de nuestros planes ―sentenció el anciano. Se hizo un silencio sepulcral. Todos se miraron tensos, sorprendidos―. ¡Oh, vamos! ¿Tan mal maestro he sido que ninguno veis que la forma en la que M se anticipa a nuestros planes deja en evidencia que tiene un topo entre nosotros? Lance Lot, ¿qué tienes que decir al respecto? ―preguntó al apuesto guerrero.
― ¡¿Cómo?! ―Lance se puso de pie como un rayo, su expresión ira pura―. ¡Tú eres el que habla con M por teléfono, Merlín! ¿Cómo sabemos que no estás compinchado con él?
― ¡Pero qué dices, loco! ―gritó Arturo, poniéndose también en pie, y con él casi todos los caballeros―. ¡Discúlpate de inmediato! ―y con esto empezaron todos a gritarse hasta que Merlín golpeó la mesa redonda con su vara, haciéndolos callar.
― El traidor eres tú ―dijo en tono seco el anciano, mirando directamente a Lance pero señalando con el dedo al joven Justin.
―¿Yo? ―preguntó el chico, perplejo―. ¿Cómo voy a ser yo el traidor? Si me rescatasteis y…
―Y has visto como te señalaba. No está mal, para alguien supuestamente ciego ―finalizó Merlín, con media sonrisa en la cara.
El aire pareció solidificarse de tensión, y Tristán sintió un tirón en el estómago, un sudor frío, nauseas. Él lo había traído aquí, él lo había rescatado de la mazmorra… el único prisionero cuando M había trasladado al resto.... claro. Varios caballeros desenvainaron espadas y rodearon al chico.
 
10 de Downing Street, despacho del Primer Ministro M, Londres.

― ¿Qué hay de Kingu? ―le preguntó M a Seth―. ¿Se unirá finalmente a nosotros?
― No lo sé, Señor ―contestó el demonio egipcio―. Estaba muy agradecido por haberlo salvado de la traición Annunaki, pero su prioridad era encontrar a Tiamat. Le dejé partir en su búsqueda, pues ella es la llave a los Iggig, pero… sus viajes le han llevado a Transilvanya, Señor, y Lilith está allí. Temo que Vladimir pueda seducirlo también a él para su causa.
― No te preocupes por Vladimir, tengo un plan para ajustar cuentas de una vez por todas con ese usurpador ―contestó M, perdiendo por una fracción de segundo su omnipresente compostura―. Bien. Sigue supervisándolo todo.
―Señor ― Seth se despidió con una reverencia a la par que sonaba el teléfono. M descolgó.
― ¿Mer? ¡Qué alegría! ―dijo M, con demasiada falsedad―. ¿Llamas para decirme que aceptáis acudir a la reunión?
― Aceptamos, James, siempre y cuando acudan también los dioses Celtas ―dijo Myrddin a través del auricular―. Y, por supuesto, habrá que establecer las condiciones del encuentro, para que ningún bando pueda tender una trampa a los demás.
― Claro, claro ―desestimó M―. Por eso no te preocupes, Mer.
― Lo que me preocupa, James, es lo desesperado que debes estar. Cuéntame, viejo amigo, ¿qué te inquieta tanto? A mi puedes contármelo. ¿Qué te pone tanta presión que tienes que desbaratar todos nuestros planes, delatándome así que tenías alguien infiltrado en mis filas? Un maestro de espías como tú sabe hacerlo mejor, James. De modo que deduzco que algo, más allá de los Celtas y mis caballeros, te tiene tremendamente turbado. ¿Con qué fuerzas oscuras te has aliado o enemistado esta vez, amigo mío?
M había guardado silencio a lo largo de este discurso, apretando la mandíbula. Ahora habló entre dientes: ―¿Qué has hecho con mi hombre?
― ¿Qué harías tú con un espía mío al que le pusieras las manos encima? ―preguntó Merlín con intención.
M suspiró y cerró los ojos con rabia. Alzó el tono: ―¡Sólo era un chico, maldición! Uno de mis descendientes deseoso de demostrar que podía…
― Tranquilízate, viejo amigo. No soy como tú. Pero la próxima vez que te rías de mi piedad, recuerda momentos como éste ―le dijo Merlín, y con eso colgó.
 
Escalinata del Diablo, Glen Coe, Tierras Altas de Escocia.
 
Varios dioses y héroes celtas, así como un par de capitanes de los Hombres Libres, algunos jefes de Clanes y Ulises se arremolinaron en la cima, cerca de los monolitos, intentando escuchar lo que hablaban Morrigan y Ankov.
― M no se fía de mi, sabe que te soy fiel ―estaba diciendo el dios de la Muerte celta―, pero por lo que Balor me ha dicho, su propuesta es sincera. Una reunión para unirnos y crear una fuerza conjunta, con tus hombres, los caballeros de Merlín y sus soldados.
― ¿Para qué? ―preguntó Morrigan en una voz tan suspicaz que parecía un graznido de sus cuervos.
― Para ir a Europa, donde hay una amenaza mayor. A cambio, os entregará de forma permanente Escocia, Irlanda y la isla de Mann, y os ayudará a reconstruir la Galia, un feudo que nuestro panteón lleva negligiendo demasiados siglos ―informó el demonio.
― ¿Y quién liderará esta expedición? ¿M? ¿Merlín? ―preguntó Morrigan con una mezcla de sorna y desdén―. Estos humanos están locos si creen que pueden mandar a los dioses.
― El líder está aún por decidir ―explicó Ankov.