La Ultima Odisea del Hombre III (Historia)

Autor: Toni Hudd

Ilustradora : Irene Paz

“¡Mierda!” – escupió Ulises, colgando el teléfono.
“¿No está?” – preguntó Penélope dulcemente, poniendo una mano apaciguadora en el hombro de su marido.
“No. Ni Jasón, ni Trisha.” – Ses se sentó, malhumorado. “Y ningún antiguo conocido mío del canal 9 ha conseguido contactar con ellos últimamente.”
“Tranquilo, cariño, se te ocurrirá otra manera, ya verás.” – le tranquilizó ella. “Siempre se te ocurre algo.”
Ses la miró y, pese a su frustración, no pudo evitar sonreír. Penélope poseía una magia que ni los dioses ni todo el poder de la Orden de M podían igualar. Respiró hondo y asintió.
“Voy a hacerte un té.” – le ofreció ella. “Tú actúa como un marido normal por un día. Lee el periódico, corta el césped, quéjate cuando Telémaco se despierte y te moleste…ya sabes, cosas normales. Aprovecha que hoy no tienes matar sicarios ni  deshacerte de sus cuerpos.” – le dijo con un guiño.
Ses rió. P siempre le hacía reír y también sonreír. Pero su rostro se oscureció. La quería demasiado como para dejar que nada malo le ocurriese, y sin embargo sabía que cada día que pasara M estaría más cerca de encontrarles. Tenía que cuidar de ella y de Teleo como fuese. Tenía que eliminar a M, pero para ello necesitaba la ayuda de los dioses, y para encontrarlos necesitaba la ayuda de Trisha, pero la periodista pelirroja estaba desaparecida.
 
Decidió probar por internet. Miró por la ventana mientras se encendía el ordenador y sorbía su té. El Atlántico estaba irascible hoy, igual que Ses, y las oleadas acometían con fuerza las orillas de su islote. A poca distancia veía las luces de Calipso, la isla turística de la cuál era dueño. Los neones del casino parpadeaban contra el cielo gris. Ses chasqueó la lengua y se sentó, dándole vueltas a las atrocidades que había cometido y los problemas que ahora le causaban. Él se los merecía, su familia no.
 
Encontró la web de Elportaldelaverdad y ojeó las últimas entradas. En un lateral había una sección titulada: mapa de avistamientos de Dioses. Clicó y una imagen de mapamundi se abrió, cubierta de puntos rojos. Inmediatamente su vista se fue hacia las Hebridas Exteriores, donde él vivía, islas a la deriva al oeste de Escocia. Le sorprendió ver un punto rojo cerca de allí, en las Shetland. Movió el cursor encima y apareció la palabra Lerwick. Apretó el botón y se cargó una página donde explicaba que los dioses nórdicos se reunían a menudo allí, en una taberna. Su corazón se aceleró con la emoción. Podía llegar en barco en menos de dos días. ¡No tendría que pasar por ningún aeropuerto! Era el plan más seguro para eludir a M.
 
Cogió y cargó las pistolas de dos de los matones, y metió la tercera en una bolsa. Después, sin saber exactamente por qué, metió también su arco y flechas con sumo cuidado. Se despidió de Penélope, nerviosa y preocupada, con un largo beso y promesas vacías de que todo iba a ir bien, y después achuchó a Teleo y le susurró que fuera valiente y cuidase de su madre. Se subió la capucha y bajó hasta la orilla, donde William le esperaba a bordo de Ítaca. Minutos después a penas discernía su isla entre la espuma del oleaje y la llovizna, y su corazón se sintió como el cielo por tener que separarse de nuevo de su familia. Pero esto era por ellos. Todo era por ellos.
 
Tardaron día y medio en navegar de Ceann Ear a Lerwick, pero por suerte el mar no estuvo especialmente mal. ¿Le estaría ayudando Poseidón? Ses no podía parar de pensar en los antiguos dioses. Pasó la mayor parte de la travesía leyendo sobre ellos en la kindle, especialmente sobre Odín y sus hijos, y no estaba seguro de que fueran su mejor opción. Pero eran la más cercana.
 
Desembarcaron y el preguntó por la taberna. No tardó en llegar. Era de noche ya, y la luz y el ruido de fiesta salían por la ventana del edificio de madera como el haz de un faro que le guiaba a su salvación: los antiguos dioses. La puerta se abrió y salió un hombre enorme, que extrañamente fue hasta los columpios de un parque cercano y empezó a balancearse. Estaba demasiado oscuro como para reconocer los rasgos del hombre, pero a Ses le pareció distinguir un parche en un ojo.
Imposible.’ – pensó. ‘¿El Padre de Todos columpiándose y hablando solo?
 
“¿Quién eres y qué quieres, mortal?” – retronó una voz.
Ulises se sobresaltó, pero la costumbre se sobrepuso al instinto, y en vez de alargar la mano hacia el mango de la pistola, simplemente sonrió e hizo una reverencia. Cuando levantó la cabeza pudo ver bien la fuente de su susto. Era un hombre grande, con una poblada barba blanca, a conjunto con el cabello, y una cara cebreada por las rayas de la viejez y la preocupación. Pero lo primero que llamaba la atención era el parche en el ojo.
“Padre de Todos.” – entonó Ses, golpeándose el pecho con el puño y haciendo una nueva reverencia, más marcial esta vez.
“No eres un aesir.” – le espetó el dios con una voz que parecía un trueno, pero el tono era calmado. “No tienes derecho a saludarme así.”
“Disculpas, Señor de la Sabiduría.” – dijo Ses humildemente.
“Concedidas,” – gruñó el soberano de Asgard. “si me dices quién eres y qué quieres. Veo preocupación y propósito en tus ojos, mortal, así que compártelo o sal de mi isla.”
“Vengo a avisaros de que corréis peligro, Padre de Todos.” – explicó Ses. “Sé que sois inmensamente poderosos, pero hay un hombre que se hace llamar M que busca vuestra ruina.”
“Muchos han buscado nuestra ruina, mortal, y han encontrado solo la suya.” – le cortó Odín, con cierta soberbia. “Jottuns, Svartálfars y gigantes de fuego, todos ellos más poderosos que simples humanos. Pero la codicia y la ira fracasan ante el coraje. Dime, mortal, ¿por qué debo temer a este tal M si sé que solo Fenrir puede derrotarme?”
“Por lo que he leído, Tyr fue vencido en Moscú por un dios japonés, y Loki en Londres también perdió su contienda.” – dijo Ses, consciente de que jugaba a un juego arriesgado.
Odín se enojó claramente con estas palabras pero contuvo su rabia.
“M está reclutando dioses para venceros. De hecho, está reclutando los demonios. A todos. Los quiere unir en contra vuestra.” – explicó.
“¿Y qué provecho saca este tal M de esto?” – preguntó el señor de Asgard, intrigado.
“Distraeros. Tiene planes para invocar enemigos más peligrosos aún. No conozco los detalles, pero lo conozco a él. He trabajado con él, para él, durante diez años, por eso sé estas cosas. Tiene más dinero y recursos que ningún otro mortal, y si hay algo de lo que tiene aún más es ambición. Lo llamaría obsesión, si no fuera por qué sé lo inteligente que es. M es vuestro verdadero enemigo, Padre de Todos.”
“¿Y por qué me lo cuentas, traidor?” – le interrogó Odín con una mueca de desdén.
Había llegado el momento del dilema. ¿Debía contarle la elaborada mentira que había preparado o la verdad? Ses dudó y el dios se impacientó.
“No soy un traidor, venerable.”
“Traicionas a tu Jarl.” – le gruñó Odín.
“Sirvo al mundo, a mi especie y a mi familia antes que a ningún hombre. Él me traiciona a mí, ya que pone las tres en peligro. Ya no es mi Jarl.” – explicó Ses. “Y si os lo cuento, Padre de Todos, es por el bien de las cosas a las que sirvo por encima de todo. El mundo y mi especie peligran con los planes de M, y vuestra especie también, Padre de Todos, pues sin Midgard, sin hombres que tengan fe en vosotros, quedaréis relegados al olvido.”
“Pero hay más, ¿cierto?” – le interrogó el dios. “Has dicho que amenazaba las cosas que sirves por encima de todo, y oigo en tu voz cómo te amenaza también a ti. ¿Te sirves a ti mismo, moral?”
“M ha puesto un precio a mi cabeza, y mientras él viva mi familia corre peligro. Es por ellos, mi mujer y mi hijo, por quien temo, no por mí.”
“El temor en nada beneficia al hombre, mortal.” – le amonestó el dios. “Veo valor en ti y veracidad en tu relato, pero los dioses de Asgard somos guerreros, no asesinos.”
“¡Pues marchad a la guerra contra M!” – le urgió Ses, olvidando su lugar. El miedo por su familia le impedía jugar su mejor carta, el engaño.
“¡¿Me estás dando una orden, mortal?! ¡¿A mí, el Padre de Todos?!” – gritó Odín encolerizado, y esta vez su atronante voz sí semejó una tormenta.
“En absoluto, venerable.” – dio Ses, inclinando la cabeza. ‘La he cagado’, pensó.
“Bien.” – contestó el dios, aparentemente apaciguado. “Puede que marche a la guerra contra M, pues, pero antes necesitaré un arma, y tú, mortal, deberás traérmela. A cambio prometo cuidar de tu familia. ¿Te parece un trato justo?”
“Sí, Padre de Todos.” – contestó Ses, aliviado. “¿Qué arma desea, señor?”
Mi arma. Gúngir, una lanza hecha con madera del propio Yggdrassil y nada menos que Oricalco.”
“¿Y dónde puedo encontrarla?” – preguntó Ses, nervioso de nuevo, al ver como se complicaba su salvación.
“Si lo supiera no tendría que enviar a un triste mortal en su busca.” – le gruñó el dios, enfadándose de nuevo. “Encuéntrala. Mi hijo Loki se irá poniendo en contacto contigo. Cuando tengas la lanza, entrégasela a él para que me la traiga, y cumpliré mi parte del trato. Hasta entonces no temas por tu familia, enviaré una valkiria a velar por ellos. ¿Dónde está?”
Una oleada de inquietud empapó a Ses de sudor frío. No sabía porqué pero no quería revelar el paradero de Penélope y Teleo a este dios. Sin embargo, no quería enojarlo de nuevo.
“Mandad a uno de vuestros cuervos que me siga hasta ellos. Será más fácil que daros indicaciones.” – dijo Ses con reverencia.
Esto pareció disgustar a Odín, que apretó la mandíbula, pero se limitó a asentir.
“Ahora márchate, mortal, a por mí lanza, antes de que cambie de opinión.”
Ses obedeció y regresó hacia el pueblo.
 
Cuando la oscuridad se había tragado la figura del mortal, Loki deshizo la ilusión que le había hecho parecer su padre adoptivo y sonrió.
“De modo que eso es lo que trama M. Bien, bien.”
“¿Hablas sólo, Loki?”
El dios del engaño se sobresaltó, pero igual que Ses, era un experto en mantener la compostura. Se giró para encararse a Odín, que se le había acercado por detrás.
“Dicen que es signo de locura, hijo.” – dijo el anciano dios.
“Y de sabiduría.” – sonrió Loki con picardía.
“Siempre con la última palabra.” – masculló Odín. Loki esbozó una mueca de culpabilidad traviesa como respuesta. “He decidido que acudiremos a la reunión de Amaterasu.” – anunció Odín. “Y tu vendrás conmigo.”
“¿Yo?” – preguntó Loki. “¿Confías en mi de nuevo?”
“Jamás, hijo.” – le contestó el Padre de Todos. “Por eso quiero tenerte cerca. Ah, y Loki: conozco tu cara. Estás tramando algo.”
“Jamás, padre.” – sonrió Loki, imitando la voz de Odín.
“Si haces algo que me enoje, dejaré que tu hermano te atice con su martillo un rato antes de volver a encadenarte a aquella roca.” – amenazó Odín, girándose y andando hacia la taberna.
“No somos hermanos.” – murmuró Loki amargamente para sí mismo.
“Para mí lo sois, hijo.” – le llegó la voz de Odín, justo antes de que el anciano dios entrara en el establecimiento.
 
El Señor de Asgard tenía buen oído, y mandó un cuervo a averiguar qué familia tenía que proteger de las tramas de su hijastro.