La senda de Orion ( Historia)

Autor: Juanma Percevan

Ilustrador: Hector Herrera

Heliópolis…

Había caído ya el sol en los dominios del desierto y sin embargo aún sentía el cálido aliento del astro reflejado en el espejo de la noche. Ra observaba con interés la circunferencia completa del satélite que bailaba, noche sí y noche también, una melodía blanca y muda con la Tierra. Era consciente de que los recientes acontecimientos en las ruinas de lo que una vez fue su ciudad cambiarían el mundo. Horrores cósmicos se cernían sobre cada vez más lugares. No podía quedarse de brazos cruzados. Sus hermanos tenían virtudes incontestables, pero ellos eran la sabiduría, eran la ciencia. ¿Serían suficientes Puntos de Poder? Dagda…

- Thot, ¿cuántos quedan? –Ra hablaba mirando aún al infinito, aunque el Dios Ibis estaba apenas a un paso, apoyado en Obelisco más antiguo, en el Primero. Aún llevaba la túnica ritual azulada; en ella y en sus brazos las estrellas hacían brillar de manera tenue trazos de origen atlante.

- Mi ardiente serenidad, más de los que jamás hubiéramos pensado construir. Estados Unidos, Italia, Francia, Israel, Reino Unido, Turquía, El Vaticano… Pero no creo que los humanos sepan de su importancia.

- Y sin embargo no han dejado de levantar monumentos votivos a los rayos solares, mi fiel constructor, a su caída perenne en la Tierra, a la creación del tiempo y el espacio, de la muerte y la vida.

- Bien, Amaterasu llegará cuando se alce de nuevo el sol. Prepara los planos mi buen alquimista. Y memorízalos. Nunca más verán la luz, no hará falta.

 

 

Despuntaban las primeras luces que bañaban el oleaje del desierto cuando llegaron los invitados del panteón egipcio. Gizá saludaba a los visitantes extranjeros con la pétrea mirada de su Esfinge, guardiana del descanso de los muertos y garante de los secretos de su pueblo. No siempre tuvo una cara amable, pero la nueva y rota fachada escondían el poder latente que aún residía en su interior. Y eso era algo que no había pasado desapercibido para Ame no Oshido Mimi. Él veía con claridad la capacidad del guardián, así como de las tres nuevas estructuras apuntadas más allá de las antiguas y desgastadas pirámides levantadas en honor a Keops, Kefrén y Micerinos. Era extraño, las tres nuevas brillaban con fuerza en su parte más apuntada, parecían reflejar y extender el calor del astro rey que poco a poco se desperezaba en el horizonte. Los pasos de Mimi eran calculados y livianos, mientras que los de su madre brillaban al contacto con la arena, Amaterasu estaba disfrutando de cada segundo en unos dominios donde el Sol era el rey.

Fue Bastet quien los recibió una vez franqueada la esfinge. No hubo palabras entre la diosa felina y los invitados. Era lo convenido, nadie antes que Ra. La triada fue poco encaminándose a la pirámide más próxima y más grande de entre las tres nuevas. Bastet no llegó siquiera a entrar, sólo indicó con un gesto a los japoneses que debían seguir.

 

Ninguno de los dos estaba preparado para lo que se escondía tras las piedras. Era una única e inmensa estancia cálidamente iluminada pero no había antorcha o apertura alguna. La pirámide estaba completamente hueca y vacía si no fuera por un pequeño trono de oro. Mismo material del que estaba recubierto el suelo y las cuatro paredes apuntadas. La figura que estaba sentada en el trono se levantó apoyada en un báculo tan alto como él. Su ojo derecho comenzó a brillar, a refulgir de un dorado radiante y a cada momento con una mayor intensidad. Todo el interior de la pirámide respondió al gesto de su señor y reflejó su luz aumentándola exponencialmente, tanto que Mimi tuvo que apartar la mirada y llevarse las manos al rostro. Fue inútil, aún así la luz cegó momentáneamente su mirada.

- Bienvenidos seáis a mis dominios.- La voz de Ra tronó dentro de la estructura y sin embargo no había un arrojo de altivez o agresividad en su rostro.

 

Pasó un tiempo hasta que Mimi pudo volver a ver colores y formas cuando abría los ojos. ¿Qué había pasado? La luz le había dejado ciego y sin embargo no había sido una experiencia desagradable. Es más, se sentía revitalizado, podía notar como el poder recorría su forma humana. Su madre estaba junto a Ra y Thot, cerca del trono.

- Acércate por favor -la voz de Ra volvía a escucharse atronadora, pero con un tomo mucho más familiar-. Amaterasu me ha dicho que junto a Hachiman, eres uno de los dioses más juiciosos de entre los de tu panteón.

Con paso vacilante, el dios japonés cerró la reunión a cuatro dentro de la pirámide. Y fue Thot, con voz muy queda y neutra el que habló.

- Como bien sabéis, mis buenos señores, nuestra familia siempre fue erudita y la búsqueda del conocimiento fue nuestro sino cuando La Atlántida era nuestro hogar… y también el vuestro. Fruto de nuestro trabajo pudimos lograr que el Oricalco pudiese ser moldeado, diseñando las armas que más tarde Hefesto vio nacer en su fragua, hicimos que el mercurio recorriera engranajes y venas insuflando energía y vida, pudimos hacer que el Oro reverberara y aumentara nuestro poder… Todo en aras de una convivencia pacífica.

Hoy nos enfrentamos a una amenaza que nos supera como atlantes y sólo unidos podremos hacerla frente. Desde que aparecieron, hemos estado estudiando los Puntos de Poder y cómo usarlos. Son muy volátiles y e inestables, pero mirando a nuestro glorioso pasado he hallado la respuesta mirando a las estrellas. Mercurio, Oro, Oricalco… todos proceden de ellas.

-De ahí el Oro que forra el interior de la estancia.-Dijo Amaterasu con voz queda y una sonrisa en la cara.

-De ahí el Oro que acaba tanto las pirámides como los obeliscos.- Volvió a apuntar Thot-. El Oro, como material resultante del choque entre Novas, es capaz de conducir este poder y reflejarlo convertido en energía para que nosotros podamos hacer uso de él siempre que consigamos que vibre e una onda de frecuencia adecuada. -Esa es la razón de que cuánto más cerca estamos de ese tipo de energía, más poderosos nos encontramos.

-Ame no Oshido Mimi puso voz a sus pensamiento maravillado, esa era la razón de que vieran atraídos por los Puntos de Poder. Pero… antaño ya conseguiste algo parecido con el uso de las Tres Grandes Pirámides, ¿por qué construir otras completamente nuevas? Fue Ra el siguiente en hablar.

-La respuesta, mi querido hermano japonés, está en las estrellas y en su eterno y lento divagar por el lienzo nocturno. Caímos en el sueño del Olvido hace ya milenios y las Tres Grandes ya no apuntan a donde debieran, por eso hemos construido estas. En otro tiempo, Tres estrellas indicaban en el firmamento un vórtice, un camino una vía… El cinturón de Orión separaba la influencia estelar de dos gigantes: Sirio y Aldebarán. Aprendimos a usar esa anomalía y a moldear su energía gracias al metal estelar. Thot se esmeró en hacer los cálculos e indicarnos los nuevos emplazamientos donde debían levantarse “las Tres”.

-Los obeliscos, -explicó el dios ave-, actúan como repetidores, trasladando el potencial de los Puntos de Poder mucho más allá de su zona de influencia y sin restricción alguna para ningún panteón. Cualquier atlante puede reclamar ese poder. Es nuestra mejor baza para luchar contra esa raza cuyos sectarios hacen llamar Primigenios. Sin embargo habría que concentrar muchos Puntos de Poder aquí, algo que se me antoja complicado debido a las antiguas rencillas entre algunas de nuestras familias. Y además, hemos detectado obeliscos en muchas partes del mundo, todos de manufactura egipcia, pero vuestros dominios, querida diosa, están ciegos de ellos. No podremos ayudaros a luchar en esos territorios con nuestra tecnología… de momento. Y nos falta una pieza en este puzle. Un engranaje que catalice los Puntos de Poder en energía pura, que nos dé la chispa, que los encienda… Nos falta el arma de Oricalco más sofisticada de entre todas los que diseñamos antes del hundimiento. La Vara de la Vida y de la Muerte.

-¿Dagda? -Advirtió Amaterasu.

-Dagda. –Confirmó Thot.

-Esa es la razón de nuestra presencia aquí. Advertirnos que dentro de esa planificación, toda la familia japonesa será moneda de cambio para que el panteón Celta se piense siquiera aceptar en ayudar con su pieza el ingenio que una vez más habéis conseguido para hacer frente a la Amenaza común. Me conoces demasiado bien, Ra. Ambos vemos muchos más soles que éste que nos alienta. Hablaré con él, Ra, visitaré al panteón celta.

-Todos nosotros acudiremos a tu llamada ante una posible agresión Celta o en vuestros dominios o en cualquier otro lugar. Tienes mi palabra.-Ra aseveró su promesa golpeando su bastón dorado contra el suelo provocando una reverberación en toda la estructura y en las otras dos anejas, sellándola en el océano de arena. El Dios había hecho una promesa, sus dominios eran testigos.

 

Mimi asistía en silencio al pacto entre Dioses, al pacto entre Mitologías, al pacto entre Hermanos. Pasaron el resto del día intercambiando impresiones, Thot les explicó que el primer paso era sustituir los piramidones de los obeliscos repartidos por el mundo. Para los europeos contaban con la ayuda del panteón griego, preferían no contar con la ayuda de Loki. En América, Huitzilopochtli, buen amigo de Thot en otros tiempos sería el encargado y en las regiones africanas serían ellos, los egipcios. La zona asiática era el problema.

-Y sin la vara de Dagda no hay forma de … -preguntó Mimi.

-Lo hemos intentado, -respondió el Dios alquimista, pero hasta el momento sólo Hator ha sido capaz de, momentáneamente, hacer de catalizador. Sólo fueron unos momentos, pero lo consiguió. Acabó agotada y tuvo que hacer uso de todo su poder, pero consiguió dar vida a los Puntos de Poder y repartirlos entre todos nosotros a conveniencia. Eso demuestra que los cálculos de alineación son correctos.

-Pediremos ayuda a Dagda- Afirmo muy a su pesar Amaterasu.