La Segunda Gran Guerra, el Vinculo Olvidado (Historia)

Autor: Toni Hudd
Ilustrador: Ernesto Gomis

Egipto, unos días antes.

 

Ra contemplaba dubitativo el mapa de la Antártida tal y como había quedado tras emerger R’Lyeh, o como el siempre la había conocido, Lemuria, y las banderitas que marcaban las posiciones donde debían colocarse según el plan de Amaterasu. El plan era maestro, pero adelantarlo a mañana era una auténtica locura, pensó Ra. Pese a todo, intentó empatizar con su hermana Sol y el dolor que le debía causar a ella ver como los Primigenios destruían el mundo ciudad a ciudad y los dioses solo podían llegar tarde para encontrar escombros y cadáveres. Estaba claro, había que atacar su centro neurálgico, recuperar la Atlántida y descabezar a la serpiente. De todos modos, igual no todas las familias llegarían a tiempo, y si no estaban en posición…

 

―Mi señor ―se anunció Thot, ya recuperado del cautiverio al que Tiamat le había tenido sometido hasta el día anterior―…hay un sumerio aquí para verte.

Ra escuchó un segundo par de pasos que se adentraban en la estancia, pero ni siquiera levantó la vista del mapa.

―Habéis matado a Tutankamón y a muchos de mis hombres, por no hablar de los inocentes que asesináis a diario en vuestro demente plan de venganza ―empezó Ra con tono seco y autoritario―. Ya he aceptado la tregua con Tiamat. No tengo nada más que decirte, Igigi.

―Majestad, no me insulte ―espetó la voz del sumerio. Pese al título respetuoso, no había traza de cordialidad en su tono―. Yo soy Anunnaki, no uno de esos monstruos.

 

Ra se giró intrigado y vio un musculoso hombre de barba pelirroja con el trueno danzando en sus ojos.

―¿Marduk? ―preguntó. El robusto dios asintió.

―He oído que marchas a la guerra contra los Primigenios y que uno de tus ejércitos se ha quedado sin general ―dijo el sumerio sin tacto alguno―. Ponme a su frente y eliminaré a esos engendros de la faz de la Tierra, Majestad. Sólo pido que después me prestes a esos hombres para…

―Marduk ―le interrumpió Ra―, si eliminas a los Primigenios te daré todo Egipto si hace falta.

―No quiero Egipto, Dios Sol ―contestó el sumerio con sequedad―. Sólo quiero liberar a mi gente y hacer pagar a esa harpía demente de Tiamat por lo que les está haciendo ―masuculló con la mandíbula apretada y pequeños relámpagos crepitando a su alrededor.

―Marduk… ―empezó Thot en un vano intento de calmarle―…Tiamat ha sufrido mucho, intenta comprender que…

―Cállate cotorra ―le cortó el sumerio.

―Soy un ibis…―susurró Thot e inspiró profundamente para serenarse. «¿Ninguno de estos Sumerios se da cuenta de lo poderoso que soy realmente?».

―Trato hecho ―accedió Ra―. Prepárate, Marduk. Partimos al alba.

 

 

 

 

Cubierta del Arca de Yamato, la noche tras el primer asalto a R’Lyeh.

 

Tras la intervención de Amaterasu y las fuerzas de la reserva, junto con los celtas que llegaron justo a tiempo, las fuerzas de los Dioses y la Humanidad habían conseguido retirarse del fracasado asalto sin ser completamente aniquilados. Ahora, después de que todos se replegaran a sus respectivas naves, se habían reunido dirigentes de las distintas comitivas en el Yamato, que flotaba pacíficamente sobre las olas de la costa antártica, ahorrando combustible. Zeus fue el primero en hablar.

 

―¿Cuál es la factura del Barquero? ―preguntó mirando directamente a Amaterasu, pero los ojos de ella estaban fijos en el suelo.

―Tyr y Harald están al frente de los cascos azules en la cabeza de playa donde se han establecido ―contestó Odín―. Dicen que han perdido cerca de una tercera parte de sus efectivos, y que otros están intentando desertar, ¡Cobardes!

―Nosotros hemos sufrido bajas similares ―informó Ra―. Y Bastet y Anubis están gravemente heridos, pero el plan que éste y Seth tramaron ha funcionado ―miró aprobadoramente al dios cocodrilo―. La embarcación Mesektet se estrelló contra la puerta oeste de la ciudad, abriendo una brecha permanente en sus defensas. Es un sacrificio doloroso pero aceptable para mi mejor embarcación.

Hubo miradas de desprecio para el Dios Halcón y su materialismo, sobretodo por parte de los celtas, pero resumieron sus recuentos de bajas sin dilación. Eran similares: entre los muertos y los atemorizados, casi la mitad de los soldados humanos de cada facción estaban fuera de combate, y un puñado de dioses habían resultado heridos de gravedad. Todos quedaron mudos, sumidos en sus trágicos pensamientos.

 

―El plan era una mierda ―dijo Thor al fin, rompiendo el silencio.

―Falló la ejecución ― apuntó Hachimán―. El plan era excelente.

―¿Excelente? ―preguntó Thor con desprecio― Si la intención era que los humanos fueras masacrados sí, era un plan excelente ―dijo con sorna.

―¿Tenías uno mejor, gaijin? ―le desafió Susanoo llevándose la mano a la empuñadura de la katana.

―Claro que lo tenía, jejeje ―contestó Musubi―. ¿No lo viste cargando sólo, a destiempo, descubriendo nuestra presencia para poder matar unos pocos ángeles descarnados? Fue un golpe de efecto increible, nunca había visto tal maestría estratégica… ―entonó con su habitual sarcasmo.

―¿Te burlas de mi, gordo? ―gruñó Thor.

―En absoluto ―sonrió Musubi con aún más ironía.

―¿Quieres más de lo que te di en Sidney, Musubi? ―le espetó Baldr adelantándose.

―Baka, deberías pagar vuestra deuda con los que han muerto por vuestra estupidez ―dijo Aji-Kone haciendo girar su lanza.

―¡Pues ven a cobrarla a mi martillo, pequeño hombrecillo! ―le retó Thor.

―¡Basta! ―gritaron Odín y Hachimán a la vez, intentando poner orden.

 

―¿Tenemos que luchar codo con codo con esta turba? ―preguntó retóricamente Belenus―. Por Tutatis, preferiría aliarme con los romanos. Al menos eran disciplinados.

―Ah, ¿ahora sí queréis luchar? ―preguntó Zeus con su voz atronadora―. Porque esta mañana, que yo sepa, os habéis perdido casi todo.

―Hemos llegado justo a tiempo para salvarte el culo, Griego, así que muestra respeto ―dijo el Galo altivamente.

Daghda intervino justo cuando Zeus generaba un relámpago en su mano para atacar a Belenus.

―Hace pocos días los esbirros de Yig se movilizaron de Paris asolando Bretaña y Normandía, mientras una marea de engendros de Shoggoth atacaron las costas de Irlanda y un lobo gigante aterrorizaba Escocia ―explicó―. Hemos tenido que solucionar eso antes de venir.

―¿Y vosotros qué excusa tenéis? ―se giró Zeus, igual de belicoso, hacia Coatlicue y Chicomecoatl.

―Xiuhtecuhtli y Chalchiutlicue están ayudando al Desollado, que ha tenido problemas con Dagon en sus tierras ―informó la matriarca azteca―. Y no sabemos nada de Huitzilopochtli, Quetzalcoatl ni Mictlanteculhi desde que fueron a abrir el portal.

―Abrir el portal, otra espléndida idea… ―se burló el Señor del Olimpo.

―Zeus, quiero paz ―apuntó Daghda secamente―. Pero si vuelves a menospreciar el sacrifico que hizo mi hijo Angus, te haré maldecir el día en que Rea te trajo al mundo.

 

Morrigan intervino antes de que la amenaza de Daghda llegase a más.

―La culpa no es de Zeus ―empezó, y entonces señaló con odio a Amaterasu―, es de esa zorra a la que seguís…

Pero quedó muda cuando, con la velocidad del rayo, Hachimán cruzó la estancia y le puso el filo de su katana al cuello.

―Si vuelves a insultar a la Dama Sol ―dijo con voz calmada pero autoritaria― ni tu despecho justificado te protegerá de mi katana, ¿entendido?

Todos estaban cogiendo ya sus armas, preparados para el conflicto, cuando Koitashi irrumpió en la estancia y gritó:

―¡Se acercan una aeronave y un porta-aviones por la retaguardia!

 

Los dioses olvidaron sus frustraciones y rencillas y salieron rápidamente a la cubierta posterior. Las hélices del Arca de Yamato empezaron a girar perezosamente, pero de inmediato supieron que no les daría tiempo de alzar el vuelo. De entre las eternas nubes grises que jamás abandonaban el continente helado apareció una alargada nave triangular, baja y maniobrable, que parecía alimentarse de relámpagos y propulsarse mediante la energía de éstos. Los que tenían mejor memoria reconocieron el juguete preferido de Tiamat cuando iba a las batallas de la Primera Gran Guerra, milenios atrás: era el Carro de la Tormenta. Y por las aguas heladas, apartando icebergs como si fueran boyas blancas, el USS Carl Vinson CVN – 70, que había estado destinado en el Golfo Pérsico, se les aproximaba a una velocidad peligrosa con centenares de los enloquecidos soldados de Tiamat aullando en cubierta.

―¡Los sumerios nos atacan! ―gritó alguien.

―¡Hombres! ¡A los cañones antiaéreos! ―ordenó Koitashi.

 

Los dioses contemplaron perplejos como algunos de los soldados ahigaru de Amaterasu se acercaban a las baterías antiaéreas pero eran interceptados por monstruos alados salidos de la nada. Ugallu, Lamassu y Lilith los dejaron inconscientes en un abrir y cerrar de ojos, y bloquearon la entrada a las armas de la popa del Yamato. El Carro de la Tormenta apareció sobre ellos y se detuvo, levitando en el aire. Tiamat y Kingu saltaron a la cubierta de la aeronave japonesa, ambos luciendo una sonrisa hambrienta. Tras ellos, el portaviones que habían incautado a la marina americana se detenía pesadamente para que sus tripulantes pudieran lanzar garfios de abordaje y trepar hasta la cubierta del Arca de Yamato.

 

Con su ejército organizándose a su espalda, Tiamat dio unos pasos al frente pero se detuvo al escuchar un encolerizado grito de guerra. Miró hacia arriba y vio a Marduk, daga serrada en mano, abalanzándose sobre ella desde el piso superior. Dio un potente salto que lo llevaría, en un arco descendiente, directo al cuello de ella. Todo sucedió como a cámara lenta. Salían relámpagos desde el musculoso cuerpo del guerrero, pero el Carro de la Tormenta los absorbía todos. A medida que Márduk se aproximaba a Tiamat, ésta abrió la boca y una pequeña cabeza draconiana con largo cuello salió de su garganta y cerró las fauces sobre la cara de Márduk como lo haría una pitón. Con la misma velocidad tiró del desequilibrado guerrero directo hacia Tiamat, que lo apresó enroscando sus colas a las muñecas, tobillos y cuello de Marduk. Acto seguido la protuberancia draconiana se retrajo dentro de su boca como una lengua dantesca, y la Matriarca Igigi tragó con gesto de desagrado y sonrió de nuevo.

 

―Un pequeño regalo que me dejó Yogg-Sothot ―siseó, lamiendo la cara de Márduk con su lengua bífida mientras aplicaba más tensión a las extremidades del héroe Anunnaki―. ¡Ahora sufre cómo yo he sufrido todos estos añosss!

―Puedo aguantar cuánto dolor físico me inflijas, bruja ―alardeó Marduk.

―¿Físssico? ¿Quién ha hablado de dolor físico? ―preguntó ella haciéndose la sorprendida―. Mira a tus hermanosss ―le escupió y lo levantó lo suficiente como para que pudiera ver el mascarón del portaaviones.

 

Encadenados a la pared de metal un par de palmos por encima de donde rompían las olas, con ganchos clavados en diferentes puntos de sus cuerpos para sujetarlos, Marduk vio horrorizado como los Anunnaki que Tiamat había capturado escupían y tosían tratando de no ahogarse. Intentó forcejear, amenazar o hacer algo contra Tiamat, pero ella le tenía demasiado bien sujeto, y su Carro de la Tormenta privaba a Marduk de usar sus poderes.

 

―¡Tiamat! ―dijo Ra desde la balconada donde estaban los dioses―. Habíamos pactado una tregua. Él es mi nuevo general, para sustituir al que tú mataste. Déjalo ir.

Con un siseo de rabia Tiamat obedeció, lanzando a Márduk contra una de las torretas de la aeronave.

―¿A qué has venido, Ummu? ―preguntó Thot dulcemente, acercándose a ella.

Ella miró de reojo a sus tropas. Si alguno diera muestras de ofenderse porque este dios la llamara igual que ellos tendría que castigar a Thot. No podía permitirse ni un segundo de debilidad. Por suerte eso no ocurrió.

―¿Quieres que sanemos a Apsu? ―siguió el dios Ibis.

―¿De veras podréis? ―preguntó ella en voz queda. Thot asintió.

―¡Tiamat! ―dijo Ra de nuevo.― Curaremos a tu marido y a cuantos quieras de tus hombres. Pero a cambio debes liberar a los Anunnaki.

 

Hubo un tenso silencio mientras ella consideraba la oferta. Sólo Thot reparó en que ella tenía los puños cerrados con tanta fuerza que le goteaba sangre de las palmas.

―Por favor, Tiamat ―le imploró Ishtar―. Te prometo que no sabíamos que estabais vivos…

―No te conviertas en lo que tanto odias, Ummu ―le susurró Thot.

―A todos menos a Enki ―aceptó ella―. Un líder debe sufrir las consecuencias de sus decisionesss, aunque no las tomase con maldad ―sentenció mirando fijamente a Amaterasu. La Dama Sol bajó la vista al suelo nuevamente. Entonces Tiamat se giró a Enlil con desprecio― Además, yo no soy una traidora. Cumplo mis pactosss.

Enlil asintió con gratitud y abrazó la Tablilla del Destino con aún más fuerza.

―¡Pero que quede clara una cosa! ―rugió Tiamat por encima de la tormenta que se estaba arremolinando―. ¡Cuando esto acabe, iré a por ti, Amaterasu, y no pienso acatar ni una sola orden tuya! ―la señaló acusadoramente.

―Pues vayamos dentro y escoged un nuevo Comandante ―invitó la Dama Sol.

―¿Amaterasu-sama? ―preguntó Hachimán consternado, susurrándole. Por respuesta ella posó su mano en el brazo de él y le sonrió con tristeza.

 

 

Una vez dentro renació la trifulca. Los japoneses más belicosos, Susanoo y Aji-Kone, y también Zeus defendían que no había motivo alguno para escoger nuevo comandante, que Amaterasu era la más adecuada y experimentada. Pero el resto de griegos y los nórdicos se cerraron en banda, postulando que el único candidato adecuado era Zeus y Odín respectivamente. Los Egipcios querían a Ra y los celtas insistían que no hacía falta comandante alguno, mientras los sumerios no cesaban de murmurar entre sí que los dioses se habían vuelto locos y débiles. La discusión llegó a su ápex cuando Thor propinó un puñetazo en la cara a Apolo y griegos, nórdicos, japoneses y egipcios se enzarzaron en una gran pelea, unos intentando poner paz y otros guerra, todo esto con las carcajadas de Tiamat y los Igigi de fondo.

 

Pero una voz consiguió hacerlos callar y detenerse, una preciosa voz con el característico toque celta que entonó una canción que todos conocían desde la infancia, si bien creían haber olvidado. El cantar de Epona los embrujó a todos, pendientes de cada nota de su bailante voz, que alargaba y moldeaba las palabras en belleza. Bran el Bendito empezó a tocar el laúd para acompañarla, y Cernunos su flauta de pan.

 

«Flota en meeedioo del maaar
Una gran iiislaaa sin paaar
De sabeeer un maaanantial
Lemuria eees la capitaaal

Y las famíiilias deeel lugaaar
Quisieron paaaaz para su hogaaar
Los lídereees de paaanteóoon
Juntáronseee en reeeunióoon.»

 

Entonces Brigid y Ogmios empezaron a dar palmas, acelerando el ritmo, y Cernunos y Bran les acompañaron con los tacones en el suelo mientras tocaban. Danu había armado su violín y acarició las cuerdas con el arco. Epona empezó un bailecito de puntillas, sonriendo, y empezó la siguiente estrofa ya con una melodía alegre.

 

« Los Celtas bebemos y danzamos
Entorno al fuego con el cual curamos
¡Cantamos, bailamos y a relatar!
¡La Atlántida es nueeestro hogar!»

 

Chicomecoatl se le acercó y, siguiendo el ritmo de Epona, cantó:

« Los Aztecas buscamos sabiiiduría
Predecimos las eras, la noche y el día
¡Calendarios y eclipses a trazar!
¡La Atlántida es nueeestro hogar!

 

La siguió Ra con su voz argentada de rayo de sol.

 

«Los Houriiidas somos cooonstructores,
Cientíiificos y saaanadores.
¡Únete a nuestro viaje astral!
¡La Atlántida es nueeestro hogar!»

 

La siguiente fue Frigg:

 

«Los Nóoordicos muy aveeentureros
surcamos el mar, corazones guerreros.
¡Fooorja, entrena y a luchar!»

 

Pero antes de que acabase, Odín se le adelantó y vociferó el último verso, falto de ritmo o musicalidad alguna:
«¡La Atlántida es nuestro hogar!»

 

Todos rieron a carcajada limpia, el compañerismo y fraternidad de milenios pasados invadiéndoles de nuevo con algo tan simple como una canción. Entonces se giraron hacia la comitiva griega, inconscientemente buscando a Hera con la mirada para que ésta cantara su estrofa. Afrodita reparó en cómo la sonrisa que Zeus había esbozado con la payasada de Odín se iba tornando en tristeza, y cogió las riendas. Dio unos pasos adelante y cantó:

 

« Los Griegos conquistamos con nueeestro arte

Héroes y musas para enaaamorarte

Y si no, un buen plan para atacar

¡La Atlántida es nueeestro hogar!»

 

Kurami y Musubi cogieron a Amaterasu cada uno de una mano y la arrastraron unos pasitos adelante, para empezar a danzar a su alrededor mientras cantaban:

 

«Los que aaadoramos el soool naciente

Meeediaremos entreee la gente

¡Honooor, bondad y a meditar!

¡La Atlántida es nueeestro hogar!»

 

Para los últimos versos ella se les unió, y por unos instantes el sol brilló de nuevo en sus ojos. Entonces quedaron todos en silencio de nuevo y se giraron hacia los Igigi. Los pares de ojos fueron posándose lentamente sobre Lilith, pero la endemoniada deidad sumeria no cantó. Empezó a bufar como un gato acorralado, el miedo y la locura en sus ojos. Ishtar le tomó la mano e hizo gestos a Tiamat para que hiciese lo mismo. La matriarca sumeria le tomó la otra, sin saber bien por qué. Entonces, bajo el solemne silencio, Ishtar las hizo avanzar unos pasitos y, muy lentamente, entonó la estrofa sumeria:

«Los Sumeeerios sooomos aaartesanos»

Lilith abrió la boca y esta vez su voz sonó tan cristalina como cuando era la doncella más pretendida de Lemuria, si bien despojada de la jovialidad que entonces la había caracterizado.

«De papiiiro, piedra, bronce y grano.»

Las lágrimas empezaron a deslizarse por su mejilla. Tiamat tuvo que recorrer a toda su voluntad y orgullo para retener las suyas, y se unió a Ishtar y Lilith para el tercer verso:

«¡Jardiiines, templos y cuuultivar!»

Y todos, absolutamente todos los presentes cantaron las últimas palabras juntos:

«¡La Atlántida es nueeestro hogar!»

 

Rompieron en vítores de júbilo, risas y abrazos, cuando Koitashi les interrumpió una vez más:

―¡Los Primigenios nos atacan! ¡Yig se dirige con una hueste directamente al campamento base de los cascos azules!

―¡Pues démosles su merecido! ―gritó Tiamat―. ¡Nadie estropea mi canción!

 

Se pusieron prestamente en marcha. Zeus asumió el título de Comandante temporalmente, hasta que pudiera debatirse de nuevo. Cada uno fue a preparar sus tropas mientras Mushussu, Hermes y los Kitsune de Inari iban de una nave a otra, coordinando las diferentes facciones e informando de los planes de Zeus.

 

 

Campamento de las fuerzas de la O.N.U.

 

Yig sonrió. Los humanos no estarían preparados. Jamás lo estaban, no para la muerte. Dio la orden de atacar. Sus tropas avanzaron y estaban casi en el perímetro de defensas de los humanos cuando éstos se percataron y abrieron fuego. «Los humanos siempre tarde para todo», pensó Yig para sí mismo. «Que al menos sean puntuales para su muerte». Dio la señal para que se iniciase el ataque aéreo y anfibio que acabaría con esas fastidiosas hormigas con cascos azules.

 

Veinte minutos después, sin embargo, su sangre fría de reptil se le heló del todo en las venas. Estaba perdiendo, si no había perdido ya, y tendría que rendir cuentas ante Cthulhu, o peor aún, Yogg-Sothot. No podía creerlo. Tiamat en su Carro de la Tormenta con los sumerios alados flanqueándola, junto con el traidor de O Tengu y sus Kurasu habían entretenido lo suficiente a sus Moradores de las Tinieblas y Ángeles Descarnados para que el Arca de Yamato y el Skíðblaðnir los acabaran de hacer trizas. Libres de la distracción aérea, los humanos habían podido centrar su fuego en las tropas terrestres de los primigenios y contenerlos allí. Para colmo, Griegos y Celtas por un flanco y Nórdicos y Egipcios por el otro estaban despedazando lenta pero inexorablemente a su hueste, acercándose cada vez más a su posición. Y en la retaguardia un reluciente muro de ashigaru japoneses, comandados por Hachimán, Susanoo y Aji-Kone les cortaban la retirada. Al fondo vio emerger por fin a Dagon con sus profundos y Yig suspiró aliviado. Pero su gozo duró poco. Hela, Bergelmir e Ymir estaban esperando al horror marino para ajustar cuentas de la contienda que habían tenido aquí mismo meses atrás. Bergelmir empezó a helar las aguas, dificultando la salida de los profundos, mientras Hades y sus espectros, Poseidón y Hela mataban a cuantos conseguían emerger. Ymir, irguiéndose hasta el máximo de su colosal tamaño, bramó como un elefante y cargó contra Dagón, golpeándolo duramente con su maza. El engendro salió despedido y cayó de nuevo al agua.

 

Yig miró a su alrededor. Estaba perdido y sin escapatoria. Por suerte estaba protegido por Los Ofidios, sus guerreros de élite, su vieja guardia. Aún podían salir de esta luchando. Pero entonces vio como el Carro de la Tormenta bajaba como un meteorito del cielo y se estrellaba en medio de sus tropas, aplastándolas. Al instante saltaron decenas de enfurecidos soldados de la aeronave, disparando e incluso acuchillando a sus guerreros serpiente. Los monstruosos Igigi los lideraban, y en concreto Kingu, que soltaba bocanadas de fuego y hielo mientras arrancaba cabezas. El frío clima antártico volvía lentos y torpes a su reptiliana élite, y Yig supo rápidamente como acabaría la contienda. Avanzó para ayudar a sus guerreros. Un puñado de dioses menores serían presa fácil para él, pero hubo un silbido de aire y Yig notó una fuerza invisible que lo inmovilizaba. Enlil había aparecido detrás suyo y estaba musitando un encantamiento aprisionante mientras sujetaba la Tablilla del Destino, que brillaba emanando poder. Yig sonrió. Disipar magia era su especialidad. Cerró los ojos y se centró en destruir el hechizo, pero le requirió mucha más energía que de costumbre. Gruñó y se decidió a matar a ese Mago Oscuro, pero entonces se percató de que Tiamat se acercaba directamente a él, despedazando cuantos horrores se ponían en su camino. Señor de las Serpientes se preparó. Él era uno de los Antiguos, de los Señores Primigenios, y no se amedrentaría ante una insignificante diosa.

 

De repente notó un terrible dolor punzante en la espalda y el brazo se le quedó como dormido. Giró lo que pudo la cabeza y vio a Zeus, con el talismán de Trueno, sonriendo. Odín y Ra también se le acercaban, el primero enarbolando Gúngnir de nuevo, para perdición de sus oponentes. Un nuevo trueno le impactó, luego un golpe con la vara de Daghda. Cada vez que se intentaba encarar hacia un oponente, otro lo atacaba por detrás, y todos parecían poseer armas suficientemente poderosas. Gúngnir, el Ojo de Ra, la Katana de Fuego de Hachimán, la Lanza de Lugh… todas probaron su carne, debilitándolo. Sólo le quedaba un arma, un último as en la manga. Miró a los ojos a Tiamat, que ya estaba a tan sólo un paso de él, y vio el odio, el dolor y la locura que en ellos asomaba.

 

―Tiamaaat ―siseó, intentando hipnotizarla con sus palabras―, brava Tiamat, recuerda que los odias. Lo veo en ti, como no soportas que hayan vivido cómodamente mientras tu sufríasss…

Ella siguió acercándosele. «Maldición», pensó, «probaré con el miedo».

―Tiamaaat, piensa. Ellos no te pueden proteger, yo sí. Ellos no pueden proteger a tus niños, yo sí. Piensa. Si no estoy yo para intervenir por ti, ¿qué harás cuando Hastur y Yogg-Sothot os ataquen?

Tiamat le miró fijamente a los ojos y, sin pestañear, le clavó su mano en el pecho, por debajo del pectoral quitinoso. Yig gorgoteó y unas gotas de sangre verde asomaron por sus labios. Tiamat hurgó algo con la mano mientras le siseó:

―Cuando Hastur y Yogg-Sothot ataquen, les haré lo mismo que a ti. Les arrancaré su negro corazón del pecho ―espetó a la vez que dio un tirón y sacó la mano del pecho del primigenio, sujetando el músculo cardíaco aún palpitante de Yig―, y me lo comeré delante suyo ―concluyó y pegó un bocado a la sangrante masa de carne que sostenía y lo escupió a los ojos de Yig, que cayó inerte sobre el hielo. Entre los funestos sonidos de la batalla, un cántico se hizo escuchar por encima del estruendo:

―¡Ummu, Ummu, Ummu!

 

 

―¿Qué vas a hacer con las Valkirias? ―preguntó Zeus a Odín horas después.

―He ordenado a Loki infiltrarse en las filas primigenias y romper el hechizo que las ha hecho enloquecer ―contestó el Padre de Todos.

―¿Te vas a fiar del Tramposo? ―preguntó el Señor del Olimpo con incredulidad.

―No, pero tal vez los Primigenios sí. Enhorabuena por la victoria, Comandante ―se abrazaron y se despidieron.

 

―Enhorabuena por la victoria, Comandante ―repitió dulcemente Amaterasu. Zeus se giró a mirarla―. La necesitábamos. Ya sé que una batalla no decide la guerra, pero…

No pudo acabar la frase. Zeus la había abrazado fuertemente y le susurró al oído:

―Enhorabuena a ti, Amaterasu. Cuando llegue el momento les diré la verdad, amiga mía, que todo esto ha sido tu plan, que te deben la vida, no rencor. Al final lo entenderán.

Amaterasu sonrió.