La Segunda Gran Guerra 1º Parte (Historia)

 

Autor: Marc Simó

Ilustradora: Alba Aragón

Estaba sentada, vestida con un extraño uniforme militar de gala con reminiscencias a una noble armadura feudal de intensos rojos y naranjas, el pelo recogido cómodamente por dos agujas y el espejo en su mano.

Tenía la mirada fija en el vasto océano que se abría delante de ella a través de los más de diez metros de cristal inteligente que hacía a la vez de ventana y de pantalla del puente de mando del colosal buque de guerra.

―¿Y si estamos solos? ―preguntó Hachiman mientras seguía con la mirada el avance de los dos puntos rojos que se dirigían hacia la Antártida.

―Lucharemos solos ―respondió Amaterasu sin apartar su vista del mapa. Esperaba que sus palabras sólo quedasen en eso.

El Arca de Yamato y el Manasikatuma surcaban solitarios los cielos mientras su capitana esperaba, cada vez más preocupada, noticias de las demás familias. Los hechos transcurridos en las últimas semanas lo habían precipitado todo, los primigenios habían logrado dispersarse por todo el planeta repartiendo caos, locura y muerte indiscriminadamente, la apertura de los portales y la personal cruzada de los Sumerios les había obligado a dividir sus recursos y diversificar sus esfuerzos en miles de tareas infructuosas a la vez que cada familia quería afrontar la guerra “a su manera”. La diosa Sol había tomado una difícil decisión que había tratado de posponer demasiado. Tenían que reorganizarse y atacar.

 

El Arca de Yamato era en realidad una base de operaciones completa, sus prácticamente trescientos metros de eslora y más de setenta metros de manga le conferían la capacidad de albergar una fuerza militar mucho mayor de la que ahora disponía Amaterasu. Aún así confiaba en la capacidad armamentística del buque.

Musubi meditaba en silencio en la cubierta del Manasikatuma, era un navío mucho más modesto que su compañero pero también más rápido y manejable, capaz de brindar cobertura perfecta al Yamato. El monótono ruido de las hélices de las embarcaciones resonaba en su cabeza y alejaba cualquier pensamiento ajeno a la inminente batalla mientras el zumbido eléctrico de los motores electromagnéticos sonaban como un suave mantra que le ayudaba a concentrarse cuando una alarma del interior llamó su atención.

―¿Qué sucede? ―preguntó nada más llegar a la cabina de mando.

―Otro buque se acerca al objetivo ―respondió Koitashi señalando la ubicación.

Una embarcación parecida al Manasikatuma pero considerablemente más estrecha apareció en el horizonte, refulgía con el color del Sol al amanecer mientras avanzaba, firme, en dirección al punto de encuentro.

―El Mandyet… ―susurró el Dios―. Avisad a la diosa, Ra ya ha llegado.

El Skíðblaðnir apareció poco más tarde y se unió a la comitiva de navíos voladores.

―¡Colocad las naves en posición! ¡Enviad emisarios y convocad a los Padres al Arca! Organizaremos el ataque desde aquí ―ordenó Amaterasu antes de abandonar la estancia tras un sonoro golpe de puerta.

Las piernas le fallaron y se tuvo que apoyar en la pared del pasillo para no caerse al suelo, los recuerdos de la Atlántida, los muertos, los desterrados, todo se le vino encima una vez más. Trató de apartar todos aquellos pensamientos de su cabeza, necesitaba pensar con claridad, no podía volver a permitir una masacre como aquella.

Antes de una hora los buques de guerra habían aterrizado en el frío hielo Antártico, lo suficientemente lejos de la ciudad para no alertar a los Antiguos Dioses que ahora la habitaban. Rápidamente, habían desplegado pequeños campamentos alrededor de las naves y ya estaban organizando el asalto.

―¡Es una locura! ―exclamó Odín―. Nos aplastarán como a cucarachas. Ni el Valhalla nos esperará después de esta masacre.

―No hay tiempo para esperar a los otros ―reprochó Amaterasu―. Ni siquiera sabemos si vendrán… pero si nos detectan… los antiguos sí llamarán al resto y no quedará nada que podamos hacer. Tenemos que actuar.

―Esto debe ser serio ―interrumpió una voz detrás de ella. Era la cálida voz de un viejo amigo que acudía para luchar a su lado, una vez más.

―Zeus ―suspiró aliviada.

―Hacía mucho que no te veía tan enfadada y dispuesta a la batalla, me alegro.

Un pequeño zorro blanco como la nieve interrumpió la reunión en la cubierta del Yamato, llevaba un sedoso pañuelo rojo a juego con las marcas de guerra dibujadas en su cara cuando con dos saltos captó la atención de los Dioses.

―Los humanos también han llegado ―explicó Amaterasu―, es la hora.

Más de seis mil cascos azules, trescientas máquinas terrestres y ochenta cazas habían alcanzado la costa Antártica en los diferentes buques de guerra humanos que había dispuesto la ONU. Liderados por el flamante USS Gerald R. Ford (CVN-78), el mayor portaaviones de los Estados Unidos había ultimado sus preparativos a marchas forzadas y había entrado en operaciones un año antes de la fecha esperada. Amaterasu dispuso de ellos en diferentes puntos de ataque.

El primer grupo de ochenta soldados avanzaba lentamente en dos pelotones, manteniendo la formación, por el vasto y escabroso terreno blanco que separaba el improvisado campamento de la mística ciudad perdida mientras los tanques que flanqueaban cada pelotón mantenían el ritmo atentos a cualquier amenaza. Bajo el eficaz estampado de blancos y negros hubieran podido pasar completamente inadvertidos hasta la misma muralla de la Atlántida, tomar posesión del objetivo y mantenerlo en cualquier situación de combate estándar.

A menos de un kilómetro de distancia de la ciudad, el ruido de una explosión ahogada detuvo el avance de la sección, tras ella, un pequeño temblor sacudió el suelo. Los soldados se apostaron armas en alto buscando objetivo. Con el segundo estruendo se resquebrajó el suelo de hielo separando en dos la pequeña avanzadilla. Con el tercero se levantó, haciendo rodar a lado y lado a los dos grupos de atacantes. Debajo de la capa de hielo apareció un inmenso y repugnante monstruo de color verde, tenía el tamaño de una ballena adulta, la cabeza como la de un pez abisal de afilados diente y abultados y musculosos brazos que apartó dos de los tanques de un manotazo y aplastó otro contra el último tras una rápida carrera sobre el hielo.

Los soldados que habían logrado recuperar una posición estable comenzaron a disparar al gigantesco ser que ya había cogido a un par de soldados y los había engullido. Bajo la presión de las balas, el engendro marino, se giró y con un gutural chillido volvió a hundirse bajo el agua. Los segundos se hacían interminables para los hombres que buscaban con sus armas cualquier signo de que Dagon pudiera asaltarles de nuevo. Pero ese no era su destino.

Cientos de metros más atrás Thor estaba, igual que los demás, a la espera de las órdenes de Amaterasu, si los centinelas de la ciudad pensaban que se trataba de un mero ataque por parte de los humanos se conformarían con soltar a las bestias y ellos tendrían una oportunidad para acercarse y, si conseguían mantener la lucha cerca de la ciudad, los primigenios no podrían usar gran parte de su arsenal para no destruirla.

El Dios nórdico no quiso esperar más, enviar a la muerte unas cuantas oleadas de humanos no iba a servir para nada, lo mejor era alcanzar la ciudad con una carga frontal. Alzó su martillo y apuntó directamente hacia la ciudad, los setecientos soldados de su escuadrón y la mitad de guerreros nórdicos cargaron a su orden.

Corrían entre el irregular paraje que se extendía bajo sus pies tratando de alcanzar al primer batallón cuando, a menos de doscientos metros de alcanzar a los supervivientes del primer ataque, el ejército nórdico vio como una densa nube gris se había formado rápidamente encima de sus compañeros y había descendido hasta envolverlos. De la nube sólo salieron los gritos de dolor y los cuerpos que saltaban por los aires varios metros más allá desde su aterrador interior antes de impactar contra el suelo por última vez.

―¡Ángeles descarnados! ―gritó Thor―. ¡Que no os atrapen! ―rió antes de hacer sonar el cuerno de guerra.

Dvrger, Harald y Baldr cargaron juntos contra la cerrada nube que empezó a disiparse cuando los grises cuerpos de los ángeles comenzaron a caer muertos al frío suelo.

Cuando Ra vio a las tropas del hijo de Odín acometer contra la ciudad extendió sus brazos y ordenó que soltaran los anclajes que retenían al carnófago. La bestia se retorcía ansiosa mientras la liberaban y aplastó dos de los esclavos que estaban con ella. El dios Sol sabía que era una bestia indómita e impredecible pero era una arma que nunca le había fallado y hoy tampoco lo haría. Ra miró a los ojos de la bestia, sonrió y la bestia cargó.

 

En el campamento base la diosa japonesa daba órdenes y gritaba a cualquiera que se le acercara, nada estaba saliendo según sus planes, Thor se había abalanzado sobre la puerta principal y los egipcios le habían seguido, en vez de esperar a que los suyos y los griegos tomaran posición en la parte de atrás de la ciudad. Gracias a esto, los primigenios habían detectado la presencia de los dioses y habían hecho saltar la alarma. Las puertas de la ciudad se habían abierto y miles y miles de criaturas cargaban ahora contra su desorganizado ejército. <<¿Qué más podía salir mal?>> En aquel momento Amaterasu enmudeció.

La respuesta no se hizo esperar, Yig y Azathoth habían salido detrás de sus ejércitos a defender la Atlántida. Para cuando la las tropas helenas y japonesas alcanzaron su posición una hueste de gusanos gigantes y monstruosas criaturas cargadas de tentáculos ya habían tomado la llanura exterior de la ciudad. El Asalto por sorpresa había fallado y ahora poco quedaba por hacer. Amaterasu había anotado otra derrota en su lista de errores, una derrota de la que ya nada importaría después.

En el campo de batalla el ejército de hombres y dioses flanqueaba la ciudad desde diferentes frentes y era incapaz de ganar un solo paso, cada oleada de monstruos y criaturas que destruían era rápidamente substituido por una nueva, los ejércitos primigenios parecían no tener fin y ellos, sin embargo, sólo lograban cansarse un poco más, asalto tras asalto. Y sólo estaban luchando contra sus siervos, los dos dioses antiguos contemplaban el espectáculo desde las puertas de la ciudad.

Un cuerno de batalla sonó en el horizonte. Odín ensartó un Cthonian y levantó la cabeza.

―¡Las Valkirias, padre! ―gritó Thor―. ¡Ya han llegado!

El Dios de dioses contempló con orgullo como sus guerreras cabalgaban los cielos a lomos de sus corceles voladores para unirse a la batalla, avanzaban empuñando sus armas y jaleando gritos de guerra. Nada más tocar tierra, Sigrun desmontó de un salto y atravesó con su espada a un soldado que trataba en vano de recargar su arma.

Las valkirias cargaban sin piedad contra los hombres segando las vidas de aquellos con los que se cruzaban mientras las terribles criaturas que no cesaban de salir de la ciudadelas las vitoreaban y animaban a su deformada manera. Odín, contemplaba pálido el grotesco espectáculo que brindaban sus doncellas de batalla.

―¿Pero qué significa esto? ―preguntó confuso. Thorey se giró hacia él, sonrió y un fuego verde brilló en sus ojos sedientos de sangre.

―Esto ―comenzó mientras caminaba contoneándose provocativa hacia Odín―… esto significa que las valkirias somos libres, padre, ahora servimos a alguien que jamás cuchichearía a nuestras espaldas, alguien que jamás nos traicionaría. ―Thorey interrumpió su discurso cuando Thor saltó entre ella y su padre para detenerla. Sin embargo, con un único movimiento la guerrera bloqueó el ataque del Dios del Trueno y lo tiró al suelo―. Lo ves…

―¿De qué estas hablando Thorey? Nosotros jamás os traicionaríamos, somos vuestra familia ―respondió mientras ayudaba a su hijo a ponerse en pie.

―¡No! Ahora Ella es nuestra familia ―dijo señalando la imponente figura de Ithaqua que se había formado detrás de ellas―. ¡Hermanas! ¡Cargaaaaad! ―ordenó a la vez que el fuego de los ojos de todas ellas se hacía más intenso.

En el otro lado de la ciudad la batalla iba todavía peor. Zeus lanzaba oleadas de relámpagos que hacían estallar a las repugnantes criaturas mientras Hachiman danzaba entre ellas cercenando cabezas y miembros con su katana de fuego. Pero nada detenía el imparable avance de la hueste primigenia. Los Dioses se habían visto abrumados y los habían acorralado contra una pequeña cordillera. No podrían aguantar mucho más. Una enorme masa informe de carne putrefacta un par de docenas de tentáculos y seis protuberancias parecidas a cabezas se abalanzó hacia ellos a través de sus propias tropas, devorando, aplastando y empujando cualquier cosa que estuviera en su camino.

El Horror de Dunwich se detuvo cuando llegó al inexistente perímetro de seguridad que los ejércitos aliados trataban de mantener. Sonrió con todas sus bocas y se precipitó sobre ellos con una velocidad impropia de dicha aberración.

En ese momento un humeante mascarón de proa impactó contra el hijo Yogg Sothoth, la negra nave gemela del Mendyet, el Mesektet, apareció cargada de demonios y golpeó y derribó al monstruo. Los siervos del inframundo habían podido adentrarse hasta el corazón de la batalla en diferentes zonas gracias a su alianza con los Señores de la Atlántida y ahora campaban a sus anchas por el hielo Antártico.

Desde lo alto del Mesektet, Anubis ultimó los preparativos, ordenó avivar el fuego de la caldera que había en el mascarón y abandonar el barco, el último viaje del barco de la noche tenía rumbo fijo hacia las murallas de la ciudad. Antes de unirse a la batalla O-tengu, ordenó a sus hombres-pájaro descender sobre las criaturas primigenias y permitió a Yama Uba comandar el ejército de Nues a su antojo.

Ése era el momento de recuperar el terreno perdido, escudado por el ejército de infernales demonios, Zeus abrió un paso lo suficientemente ancho para poder sacar a los guerreros de aquella ratonera de tentáculos y volver a tomar el control de la situación cuando un aterrador bramido, mezcla de locura, dolor y odio resonó por todo el campo de batalla.

En ese instante el combate se detuvo, criaturas, humanos y dioses se giraron en dirección al ensordecer ruido incapaces de discernir su verdadera naturaleza. Una densa niebla se había formado en la costa y se extendía hasta donde alcanzaba la vista impidiendo ver cualquier cosa más allá. De nuevo el alarmante rugido estremeció a todos. Algunos de los soldados entraron en pánico y comenzaron a correr en todas direcciones tratando de encontrar una salida que les permitiera abandonar aquel infierno. En sus cabezas miles de posibles, horripilantes y dolorosas muertes se sucedían una tras otra.

Poco a poco una oscura y creciente silueta del tamaño de una montaña se fue dibujando tras la niebla. Cada paso que daba la gigantesca criatura hacía temblar toda la zona a la vez que hundía bajo su peso el ancestral hielo antártico. Cthulhu siguió avanzando hasta que su quitinosa y mojada piel verde brilló bajo el sol.

En lo alto del Yamato Amaterasu seguía perdida, miraba aquél mapa de luces flotantes que representaba el campo de batalla incapaz de reaccionar, por cada batalla en la que su ejército se hacía fuerte perdía cuatro posiciones.

―Mi Señora. ―Koitashi interrumpió sus pensamientos―. No puede seguir así… la necesitan.