La Orden y el Desollado 1º parte (Historia)

 

Autor: Sergi De la Fuente

Ilustrador: Javi Santamaria

Xipe-Totec se removía inquieto en su trono. Se encontraba en lo alto de su recién reconstruida pirámide en su trono de piedra de aspecto regio tallado con motivos serpentinos. Había sido un día precioso de no ser por unas nubes que se estaban arremolinando en el este y amenazaban con tormenta. Parecía un espectro, enfundado en su atuendo favorito de motivos dorados y plumas de quetzal, todo de un tono verdoso por el deterioro sufrido al cabo de los siglos. Con la cabeza apoyada en el dorso de la mano derecha, el bebedor nocturno reflexionaba sobre lo que había sentido momentos antes... Se encontraba sumergido en un estado de meditación cuando había notado algo extraño en la tierra, pero no conseguía discernir si era una amenaza o una de las recientes enfermedades que acaecía la tierra, de las muchas que habían desplegado los humanos en su ausencia en un increíble alarde de despreocupación. Si su hermano Quetzalcóatl estuviera con él podría preguntarle qué sucedía exactamente, pero no quería molestar al dios de la sabiduría por algo que bien podría ser una nimiedad. Además, era perfectamente capaz de lidiar contra cualquier amenaza, lo que le sacaba de quicio era este desconcierto, en parte provocado por todas esas nuevas sensaciones nacidas de los cambios que han sucedido durante siglos enteros desde su marcha. Decidido a no bajar la guardia, el señor desollado volvió a entrar en un trance de meditación para identificar esa extraña sensación.
 
 
 
Marcos Moriarty Puertas se encontraba en el sótano de una casa céntrica en la ciudad de Alvarado, en el estado de Veracruz, México. A sus pies, media docena de cadáveres de entusiastas fanáticos yacían sacrificados, con la garganta de algunos todavía bombeando sangre de forma tímida al exterior. Todo estaba yendo según lo previsto. Se acercaba el fin de los días, el fin de la era del hombre decían algunos, pero solo unos pocos afortunados como el eran conscientes de la abominable verdad que se acercaba. Y se acercaba sencillamente para reclamar lo que era suyo por derecho propio, para arrebatárselo a unos humanos que creían que eran los dueños de la tierra que pisaban y a unos autos proclamados dioses, que no comprendían que si han gobernado esta tierra durante tanto tiempo era porque sus verdaderos señores no se habían molestado en volver para reclamarla... Y ahora habían vuelto. Marcos Moriarty había visto las señales, visibles para cualquiera que supiera donde mirar, y ahora sería la llave para que los verdaderos amos de todo volvieran a la tierra, su abuelo le había enseñado donde mirar.
 
Todo había empezado hace unos quince años, cuando Marcos decidió tomarse un año sabático en la universidad y marchó de Buenos Aires para ir a Alemania a visitar a unos familiares en busca de respuestas. Su abuelo, James Moriarty, al cual nunca llegó a conocer personalmente, llegó a Argentina en el 48, sin nada más que un maletín lleno de garabatos incoherentes y un poco de dinero en metálico o eso contaba su madre. Eso era lo único que supo de su abuelo antes de llegar a casa de sus primos en Wolfburgo. Sus padres siempre su habían negado en decirle nada y los papeles oficiales no arrojaban más datos que el nombre del pasaporte y el año de entrada en el país. Incluso todos sus papeles fueron quemados poco después de su muerte, en un intento de la familia de extirpar de su memoria a James Moriarty. Pero para Marcos eso no era lo correcto, él quería saber quién fue realmente su abuelo, tal vez no fuera una mala persona, tal vez fue forzado por las circunstancias o realmente sí fue un monstruo de las SS como le decía su padre o un espía británico como decia su madre, pero arrancarlo de la historia como si fuera una enfermedad en la familia no le hace justicia a nadie.
 
Al principio, su familia europea le describió a su abuelo como un loco y un demente. Su abuelo padecía un trastorno maníaco persecutorio en el que creía que unos entes cósmicos venían para devorarlo todo, y que sus secuaces esperaban un momento de distracción para raptarlo y sacrificarlo para atraer a sus enfermizos “dioses”.  Según él, la guerra no era más que una tapadera para dejar un manto de sangre para satisfacer a estos “oscuros”. El podría dominar el poder y conseguir la vida eterna y un control de la humanidad. Finalmente, después de la guerra, marchó de Europa convencido que el cataclismo era inminente y que “eso” llegaría para devastar toda Europa.
Marcos, se puso a rebuscar entre los escasos documentos de su abuelo para poder probar ante su padre que el único delito de su abuelo fue estar enfermo, pero lo que encontró allí no eran los manuscritos propios de un demente. Había una macabra lógica entre todo esos papeles y cuanto más leía mas conexiones veía entre lo que decía su abuelo. Había pautas, patrones, ritos  y señales que divertían a Marcos ante la imposibilidad de que fuese verdad lo que decía su abuelo. Su abuelo no estaba solo, tenia seguidores, LA ORDEN. Una sociedad secreta que investigaba sobre lo que llamaban, los profundos, los primigenios. No eran personas cualquiera, eran autenticas eminencias del gobierno, la ciencia… Pero todo se hubiese quedado en meras coincidencias para el de no haber sido por los sueños. Unos sueños que se iniciaron poco después de empezar a leer esos textos, unos sueños donde se le mostraban unas criaturas de pesadilla y que poco a poco estaban destrozando la mente del joven Marcos.
 
Ahora, quince años más tarde, después de haber visto esa verdad, Marcos estaba preparado para hacer lo que su abuelo había querido hacer y terminar, el era un alto rango ahora en LA ORDEN Algunos de esos seres ya se habían manifestado y el estaba preparado para ensanchar la puerta un poquito más. De pronto, un acólito le sacó de sus recuerdos.
 
- Señor Moriarty?
 
Marcos se giró divertido hacia Guillermo, era entrañable la sencillez de mente de los locales, incapaces de pronunciar correctamente su nuevo nombre o el de sus señores pero entusiastas delante de los cambios que estaban sucediendo a su alrededor y de poder formar parte de ellos. Era una bendición que los gobiernos actuales y los sucesos recientes fueran un caldo de cultivo de gente ansiosa para cambiar las cosas... aunque no fuera hacia lo que ellos considerarían “para bien”.
 
 
Guillermo había demostrado ser un secuaz muy productivo y atento a los detalles, y hasta le había cogido cierto cariño, solo por eso, no lo mataría por esa interrupción, por ahora.
 
- Todo está preparado señor, estamos listos para llamarlos. Siguiendo los pasos podremos romper otro de los sellos arcanos.
 
- Perfecto, ya podemos empezar. Por fin los auténticos señores de esta tierra volverán para reclamarla, y enseñaremos a esos falsos dioses a quién se le debe lealtad.
 
Marcos giró en redondo para dirigirse al piso superior. Su túnica harapienta, con el borde inferior empapado con la sangre de sus fieles, dejaba un ligero rastro rojizo por los escalones. Se dirigió con aire solemne hacia el piso superior de la casa, justo en el centro de una gran inscripción hecha con sangre. Una vez en el centro, alzó ambos brazos hacia el cielo. Alvarado... antiguamente conocida como Atlinzintla, junto al agua abundante en la antigua lengua mexica, sería huésped de una maravillosa transformación.
 
Marcos Moriarty Puertas, conocido en su círculo como Malkaws, empezó a entonar los cánticos para traer de vuelta a los amos de este mundo.
 
Xipe-Totec salió inmediatamente de su meditación. Ahora había podido sentirlo con total claridad, la sensación de algo que no es de este mundo, una sensación que destruiría la mente de un mortal son solo asomarse al abismo que sugiere... una sensación que creía ya olvidada… Su respiración, momentos antes pausada, se aceleró, sus músculos sin piel y picados por la viruela se tensaron alrededor de su vara y las cuencas de sus ojos refulgieron en un verde intenso mientras el señor desollado se levantaba de su trono y se dirigía escaleras abajo en busca de sus asistentes con aire furibundo.
 
Era imposible, esto no podía estar pasando. ¿Quién podría ser tan necio como para llamarlos, o quién poseía ese conocimiento siglos atrás olvidado? Tenía que actuar de forma rápida y contundente si quería mandar todas esas aberraciones de vuelta al frío páramo del que procedían. No había entregado su piel para alimentar a su pueblo para que esas criaturas lo destruyeran impunemente.
Cuando Xipe-Totec llegó a los pies de su pirámide, su ira era tal que alrededor de sus brazos podían verse unas tenues llamas verdes de un color enfermizo. Los sacerdotes, con el cuerpo entero pintado simulando un hombre desollado y un gorro emplumado parecido al de su señor, retrocedieron al ver el aura de odio que cubría al dios. Este, bajó la cabeza hacia los mortales, podía sentir su miedo pero la ira que sentía dentro de sí era demasiado grande como para fingir y tranquilizar a sus seguidores. Con una mirada que infundía terror, se dirigió a Ocatla, el sacerdote de mayor rango.
 
- Preparad un regimiento, esta misma noche nos vamos a la guerra.
 
Ocatla retrocedió al escuchar las palabras de su señor, ¿qué podía haber pasado? Hace solo unas pocas horas Xipe-Totec estaba de muy buen humor, preguntando y preocupándose por los pueblos  y ciudades cercanas, organizando futuras ceremonias y velando por el buen funcionamiento del templo... que habría visto el señor desollado en la cima de su pirámide ¿como para enfadarlo de este modo?
 
- Acaso no me escuchas Ocatla? Quiero un regimiento listo en unas horas, nos dirigimos a Atlinzintla, y yo mismo dirigiré la marcha.

- Pero señor, ¿qué ha sucedido? ¿Qué les tengo que decir a los guerreros? ¿Contra quién luchamos?

- ...los profundos están volviendo a esta tierra y están muy cerca.
 
Ocatla estaba desconcertado. ¿Profundos? El sabía del despertar de otras deidades de otros pueblos, pero ninguna había provocado en Xipe-Totec esta reacción. Pero no serviría de nada preguntarse nada de eso ahora mismo, Xipe-Totec tenía previsto movilizar al ejército y el no sería quien cuestionase sus decisiones. Sin perder ni un segundo, se dirigió a la casa de las águilas a buscar a Tzilmiztli. A medio camino, su señor no pudo contenerse más y profirió un grito de rabia primigenia que hizo encoger de temor los corazones de todos los hombres que lo escucharon.
 
Durante la próxima hora y media, la plaza central estuvo llena de actividad, con los soldados preparándose para la batalla y los sacerdotes elevando plegarias para su protección contra los poderes malignos. Finalmente, al cabo de dos horas, en el patio delante de la pirámide de Itza estaban formando los 365 mejores soldados preparados para hacer cumplir el deseo de su dios. En uno de los pisos superiores, los sacerdotes estaban ociosos desollando a los sacrificios, para posteriormente danzar con sus pieles en honor a la marcha que tendría lugar, y los canalones y desagües de la pirámide rebosaban sangre de las víctimas.
 
Xipe-Totec, en frente del ejército, con el semblante todo lo serio que le permitía su cara sin piel, observaba la escena y asimilaba el poder que emanaba de los sacrificios y las adoraciones de sus seguidores.  Huitzilopochtli superior había dado luz verde a su marcha.
 
Finalmente, levantó su vara, y sin más ceremonias ordenó la marcha. Cerró sus ojos y concentró su poder en su arma, tras lo cual golpeó al aire, abriendo un surco en medio de la nada que poco a poco empezó a ensancharse. En unos minutos, la grieta era suficientemente amplia para que pudieran pasar veinte hombres hombro con hombro, y en el otro extremo de esa grieta podía verse Alvarado, con una tormenta torrencial que apenas dejaba ver sus edificios. Xipe-Totec, miró a Tzilmiztli, el puma negro, con su piel de pantera en vez de la característica piel de jaguar, el que sería el general al mando de las tropas, y este profirió un grito de batalla antes de adentrarse en el portal con sus hombres  hacia la lucha.