La misión de Aka Mitsuki(Historia)

Autor: Juan Manuel Barrera

Ilustrador: Carles Hernandez

Japón,  7:30 A.M. Saitama…
Mitsuki era una más entre los más de doscientos usuarios que esperaban con ansiedad la llegada de ese engendro mecánico maravilloso que se movía por el subsuelo de la isla de Honsu.  Embutida en unos vaqueros azules y con un jersey negro arlequinado, era una más mirando con desesperación a ese arco de piedra, ese Portal que la luz parecía incapaz de atravesar, pero por el que todos ya podían escuchar el rugido del dragón metálico que de un momento a otro les llevaría a todos desde Saitama a Tokio. Sólo sus rasgos europeos la hacían diferente, pero nadie se fijaba en algo más que en su destino, en su destino y en cada uno de los segundos que le separaban  de él.  Ella no era una excepción, sus ojos castaños, a juego con su pelo largo y lacio miraban a través de unas lentes correctoras al color de la oscuridad y al reloj de su muñeca, como si estuviera sola, como si  no importara nada más.
El suelo bajo sus deportivas bailó levemente, pero el ronroneo de la tierra apenas disuadió a los convocados.  Sufrían una buena terna de ellos a diario y habían adaptado su vida y la sazón sus construcciones para sufrirlos y soportarlos.  Pero cuando las luces del techo comenzaron a titilar en un extraño juego de claroscuros, las más de las cabezas dirigieron sus ojos al cielo empedrado de la estación.  Mitsuki cerró los ojos, deseando que llegara el transporte.
Algo no iba bien. No.  Definitivamente algo no iba bien.  Cuando abrió los ojos la soledad dominaba la escena. Estaba sola.  Parecía imposible…, pero no había más alma que la suya donde apenas hace un suspiro había un rebaño.  Volvió a cerrar los ojos con la esperanza de que la imaginación o un desayuno demasiado rápido o en mal estado le estuvieran pasando factura.
Abrió un ojo con mucho cuidado.  Al sentirse acompañada del aliento de la humanidad en la estación abrió el otro y se relajó.  Miró al suelo, suspiró  y rezó para sus adentros que tendría que cambiar de vida.  El suelo volvió a rugir, esta vez de manera más violenta.  Mitsuki inspiró profundamente y levantó la cabeza mientras la luz de los soles de Led de la estación volvían a tener un eclipse total.
Sola…
Había vuelto la iluminación a la estación y estaba completa y absolutamente sola.  Cerró una y mil veces para volver a abrirlos y demostrar a sus sentidos que no había nadie más que ella en aquel lugar.  Giró frenéticamente la cabeza en todas direcciones buscando, gritó aunque ya sabía que nadie iba a responder.  Los vomitorios de acceso y salida habían desaparecido, todo era pared. Un limpia y pulcra pared. Lloró desconsolada, sabiéndose atrapada en una pesadilla de la que no podía escapar.
- ¿Cómo demonios…?
De repente el ulular de un viento frio y siniestro se hizo dueño del silencio que rodeaba a Mitsuki, hasta entonces sólo había podido escuchar el frenético latir de su propio ser, acelerado y ávido de un descanso.  La brisa provenía del túnel por el que debiera haber pasado su transporte.  El sonido fluía como una canción macabra, pero esa melodía de otro mundo acunó su miedo y disparó en ella un deje de curiosidad.
Bajó a las vías, consciente de que ningún tren subterráneo atravesaría el dintel de piedra.  Mientras paso a paso se iba acercando al final del reino de la luz, más acogedora le parecía la oscuridad que tenía ante sí.  En ese mar profundo e insondable alcanzó a ver un par de puntos brillantes en paralelo al horizonte del suelo, a una altura considerable del mismo, y de un color que oscilaba a cada parpadeo que daba.  Uno de sus pies tropezó con algo en el suelo.  No se había dado cuenta de que ya estaba dentro del túnel.   No le dio mayor importancia, pensando que sería uno de los raíles.  Al poco de proseguir su andadura, sus pies se volvieron muy torpes, porque a cada tanto trastabillaba y volvía a trabarse en su camino.  Pero ya  le daba igual, cada vez tenía esas dos luciérnagas impertérritas flotando más cerca. 
Un susurro llegó a su  mente sin pasar los tímpanos y detuvo su navegar errante por aquel océano oscuro.

  • ¡………….sssssssssssssssssssssturrrrrrrr!

Sus ojos vieron. Mitsuki abrió de par en par sus ojos y encontró la mirada del Rey Amarillo entrando en su ser.  Vio otros mundos, galaxias lejanas, horrores cósmicos indefinibles devorando planetas, le vio a Él, aún dormido, vio el Despertar. Vio la Tierra y vio Carcosa. Vio R`yleh y la Antártida.  Vio la Senda y comprendió. Un sol estalló…
Estaba de nuevo en la estación de Saitama, esperando como todos y cada uno de sus compañeros.  Todos tenían su mirada en el túnel. Ella no, ella miraba al frente.
 Miró a Hastur, el Rey Amarillo tenía embutido su cuerpo tentacular bajo un abrazo de incontables vendajes ajados y de un color pálido, parduzco, que le daban un aspecto antropomorfo.  Sin embargo la constelación de tentáculos que eran él nacían de donde sus atavíos no llegaban a envolver  se movía en todas direcciones lentamente alrededor de él y lo alzaban del suelo. Apenas una fina línea oscura delineaba su mirada en el rostro.  En ella, dos soles ardientes refulgían poderosos.
Mitsuki sonrió queda.  El suelo tembló una tercera vez, la oscuridad volvió a intervalos.  Ya no estaban.
 

La Madriguera, Nueva York…

-Y vuelvo a ganar señores … ¿Jugamos otra? –La jovial voz de Mitsuki acompañada de su sempiterna sonrisa sólo se veía desdibujada por un curioso brillo en los ojos tras las gafas cada vez que Trisha o  Pak formalizaban un duelo de cartas  sobre la mesa del pequeño estudio que hacía las veces de base de operaciones.  Una  y otra vez, de manera incansable, había conseguido vencerles en todos y cada uno de los duelos que habían tenido.  Y lo curioso es que cuando había entrado por la puerta ese mismo día no tenía noción alguna del juego.  Tenía un don innato, sobrenatural, para el juego.
No tiene sentido Aka, -dijo Trisha-, creo que todos sabemos el resultado antes siquiera de barajar. Además, antes has dicho que nos conocías, que sabías quiénes somos y de qué manera puedes ayudarnos. 
Pak asentía en silencio y, con reservas, miraba a la joven que unas horas antes se le había aparecido como por ensalmo en el quicio de la entrada.  Eso, sin mencionar el insondable dolor que aún le quemaba el pecho.  No auguraba nada bueno, por eso creía que el silencio era su mejor arma, necesitaba saber más sobre Aka, no se fiaba de ella. Había aparecido tras sus sueños con Hastur y tras la marcha de Midori. El seguia con los debates por el manuscrito, no podía confiar en las coincidencias.

Mitsuki, sin perder la sonrisa, respondió a las silentes preguntas del Monje mirándole directamente a los ojos, obviando a Trisha, a la Madriguera, al mundo entero:
-Sé que un valioso volumen obra en vuestro poder y que es el legado de algún Dios al que le ha costado deshacerse de él.  Pero lo más importante es que sé interpretar el contenido de esos legajos y a quién tenéis que acudir para que transformen esos trazos de tinta  en algo tangible que pueda determinar la victoria de la guerra que ahora mismo, la humanidad y sus deidades, libran sin descanso frente al Horror insondable.   La decisión de confiar en los dioses para tamaña empresa creedme que es sólo vuestra, pero si queremos ayudar, tiempo es lo único que no tenemos.
 –Acto seguido, Mitsuki sacó de su bolso tres billetes de avión.  Destino, la isla de Sicilia.  Apenas tenían tres horas para llegar al aeropuerto.  Habían estado perdiendo unas horas maravillosas “jugando”.  Y lo peor es que parecía que Aka se estaba divirtiendo viendo las caras de sus acompañantes.  En menos de diez minutos salieron de La Madriguera, unas horas después volaban rumbo a la isla del sur de Italia.
         -Nos vamos al Etna.  El volcán Etna.
 
         No había pasado ni una hora desde que comenzó el despegue desde el aeropuerto JFK con destino a Punta Raisi en Palermo cuando las temidas turbulencias azotaron al avión mientras el océano Atlántico escondía su azul bajo un manto de nubes.  Mientras por el rostro de Pak y Trisha se cruzaba una sombra de preocupación, Mitsuki  sonreía.
         -Es el momento –dijo Aka en un tono neutro un tanto siniestro.  Acto seguido, las luces del interior del avión titilaron, algo que a Pak le resultó demasiado familiar. Cuando la luz  comenzó de nuevo a ser constante y las turbulencias cesaron, el Monje se dio cuenta de una realidad aterradora, ¡Estaban todos dormidos!  Sólo él y Mitsuki, que miraba le fijamente, parecían estar fuera del embrujo.
         -¿¡Están todos…!?
         -Sí.
         -Los pilotos…
         -Tranquilo, el piloto automático es quien dirige ahora la nave.  Será sólo un momento.  Mi señor quiere que sólo tú conozcas cierto secreto… -Dicho esto, alzó su mano y el extraño símbolo de su palma refulgió con un brillo espectral, Pak tuvo que cerrar los ojos y apretar muy fuerte la mandíbula  hasta casi romperse los dientes mientras se doblaba ante el dolor insoportable que ardía en su pecho.  Cuando cesó, abrió los ojos y no dio crédito a lo que le decían sus sentidos.
         Hacía frio, mucho frio y apenas sus ojos podían ver nada más que una oscuridad que los rodeaba por completo. Para cuando su cuerpo ya había empezado a tiritar, pudo distinguir algo más que la figura de su siniestra acompañante.  Había bajado su mano y estaba de pie junto él y aunque el extraño símbolo de su palma seguía brillando, él ya no sentía ningún dolor.  Alrededor de ambos, sólo había piedra en lo que parecía una cueva amplia y vacía.  El eco de su siguiente pregunta confirmó su suposición.
         -¿Dónde estamos Aka?
         - Mira…
         En el centro mismo de la cueva comenzó a brillar levemente pero cada vez con mayor intensidad azulada una piedra de forma oval. Estaba sobre un pequeño montón de tierra y rodeada de un círculo de piedras.  Al acercarse ambos al centro de la estancia la luz se hizo aún más brillante, iluminando la inmensa cueva. Pak sostuvo el aliento, parecían pisar el suelo de una enorme burbuja de piedra truncada.  Calculó que tendría unos quince metros de altura en su punto más alto, las paredes eran imposiblemente regulares… 
         Aka avanzó hacia el grupo de piedras que formaban un círculo y pasó su mano sobre todas y cada una de ellas.  Cuando acabó, se giró hacia Pak y le sonrió.
         -¿Ves la runa? –dijo la joven heraldo señalando a la brillante piedra azulada.  En su centro, un tosco tallaje oscurecía la roca.  Cuando vengas aquí, envuélvela con esta tela.  A partir de ese momento,  las Valkirias serán libres.
         -¿Libres de qué?
         -Hazlo
         -Pero…
         -¡Tú hazlo…!
         No fue Mitsuki la que le exhortó a Pak, pero daba igual, ella había levantado de nuevo su mano y el frio dejó paso al dolor, que volvió a inundar al Monje.  Esta vez duro mucho menos, pero la sensación de vértigo fue mucho mayor.  Cuando abrió los ojos, una mano ejercía una suave presión  en su hombro.
         -¡Pero qué…!
         -Tranquilo, ya hemos llegado, -dijo Trisha.  Has estado durmiendo como un tronco casi todo el viaje.
         -¿¡Qué!?
         - Mitsuki ha salido la como alma que lleva el diablo, me ha dicho que quería ser la primera en bajar. Hasta en eso quiere competir, ¡qué mujer! 
         -Ya lo creo.
         -¡Ah!, me dijo que no te olvidaras la revista que te ha dejado en la bandeja del asiento, que tenía un artículo muy interesante sobre no se qué. –La cara de Pak era un poema. El título del reportaje central de la publicación rezaba: “Siberia: Tunguska, en la cueva de hielo más grande jamás encontrada.”
 
         Llegar al volcán Etna fue más fácil de lo parecía.  Hacía semanas que nadie se acercaba a sus inmediaciones, grandes temblores, algunas descargas de lava en erupciones rítmicas y algún fenómeno extraño vaciaron de turistas y autóctonos los pueblos cercanos.  Al menos eso ponía en el diario que habían encontrado bajo uno de los asientos del  coche que habían decidido alquilar en el mismo aeropuerto.  El italiano de Trisha era los suficientemente bueno como para entender que a donde iban, estarían tranquilos. No había hecho falta discutir quien conducía el 4x4 que habían adquirido, Aka se había lanzado como una bestia y le había arrancado de las manos del pobre comercial, que asustado, perdió pie.  Pak iba detrás, leyendo con detenimiento el artículo  de la revista que Mitsuki le había legado en el avión. 
         Cuando la carretera cambió su nombre por el de camino  y más allá olvidó tal calificativo, el trío puso pie a tierra justo para sentir cómo la tierra enfurecía y la garganta de la montaña esputaba grandes nubes de ceniza y alguna roca incendiada.  Muy turístico…
         -¿Y ahora qué? -Dijo Trisha. Mitsuki comenzó a levantar la mano, pero Pak se lo impidió con un rápido movimiento.
         -No, guapa, otra vez más no.  Duele demasiado.
         -Tranquilo, sólo iba a señalaros que tras aquella gran roca hay una oquedad que conduce directamente a la fragua.
         -Fragua… ¡Hefesto!  Es a él  a quien debemos entregar el grimorio, ¿verdad?
         -Sí Pak, pero no está solo…
         Efectivamente, la piedra escondía en su regazo un oscuro sendereo que no hacía más que descender y aumentar de temperatura.  Además, el olor a azufre corrompía el aire con cada zancada que daban.  No obstante, justo antes del  límite de lo soportable, unas voces retumbaron en las entrañas de montaña.
         -Te lo vuelvo a repetir, porque parece que esos músculos te impiden escucharme… ¡No te vuelvas a acercar a ella!  Es mi mujer, si vuelves a intentar siquiera dirigirle la mirada, te juro que yo…
         -¿Tú qué…? ¿Me golpearás con tu martillo y me convertirás en una herradura?  No sueñes con dominar el brío del Dios de la Guerra, tullido.
         -Este tullido colocará tu cabeza sobre el yunque y a fe que la moldearé hasta convertirla en algo parecido a tu culo.
         -Y aún así, Hefesto, mi cara sería más agraciada que tu rostro.  Incendia con esos humos tu fragua y trata de ayudar al Olimpo, es indispensable que empuñemos armas más poderosas que en la última Gran Guerra.
Toc, Toc…
         -¿Interrumpo…? –Aka saludaba a los dioses con una mueca divertida mientras Trisha y Pak contemplaban asustados la escena y mirando cómo Mitsuki golpeaba la roca más cercana como si de una puerta se tratara.
         -Mortal… ¡vas a entender lo que significa esa palabra cuando tu cabeza mese la horizontal desplegada de su cuerpo!
         -Despegada Ares, se dice despegada…
         -¡Lo diré como me dé la gana herrero!  Además, deberías ser tú quien defendiera tu morada.  Es normal que “Ella” prefiera a otro.
         -¡ARES…!
         -¡HEFESTO…!
         - Silencio… .-Fue la voz de Hastur la que había ordenado a los dioses con un susurro.  Ambos se giraron hacia los humanos.  Pero uno de ellos había desaparecido.  Era Hastur a quien contemplaban sus ojos.  El avatar del primigenio se había esfumado y por un momento en su lugar había parecido el Rey Amarillo.  Fue sólo un instante, pero su presencia encendió a los dioses griegos.  Pak y Trisha no entendía que pasaba, ellos sólo seguían viendo a  Mitsuki
         -¿Qué  haces Tú aquí engendro, quieres probar el filo de mi espada?
         -Déjamelo a mí, Ares, voy a moldear esos harapos hasta que mi yunque quede satisfecho.
         Fue el Heraldo y no su señor, que había vuelto a ocultar su presencia, quien rompió la tensión justo en el momento en el que el cristal derecho de sus gafas empezaba a resquebrajarse. –Mi señor sólo pide la atención de vuestras mercedes.  No tengo apego a mi vida y no he guiado a estos mortales hacia vosotros para que demostréis nada más que vuestra habilidad, dijo mirando a Hefesto, o vuestra ferocidad, dijo mirando a Ares.  Para lograr equilibrar la balanza de una guerra que ambos ya perdisteis una vez.  Pak y Trisha os traen un volumen con legajos acerca de un arma que sólo vosotros sabréis crear y dirigir.
         -Mi fragua no forjará armas que no sean dignas. –Dijo Hefesto.
         -La guerra no es un juego  niña, ningún arma es poderosa si no lo es quien la empuña. –Dijo Ares.
         -Lo que traigo aquí, no es un arma, es “el Arma”.  Pak, Trisha, acercaos y mostrad a los dioses los dibujos e instrucciones que contiene ese tomo que con tanto celo habéis guardado. Sólo ellos pueden leer las paginas que tiene, he ligado su vida a las mismas.  Su destino es el de los Dioses, recordadlo…
 Mi misión acaba aquí,…mortales, dioses… intentad no  morir pronto, “quiero seguir jugando con vosotros”.  Abrió  su mano, dejó latir el símbolo que detentaba su palma y un arco de luminosidad amarillenta  la envolvió a cada segundo, aumentando de intensidad hasta que sólo fue luz.  Entonces, desapareció.
         Pak fue el primero en dar un paso. Aunque  fueran  dioses ahora estaban todos en el mismo barco.  Se lo ofreció a Ares y este, con una rabia desmedida se lo arrancó de las manos con furia. Se lo cedió a Hefesto con suavidad, sabiendo que era a él a quien estaba destinado, respetando su oficio.
-Ven aquí mortal, dijo  a Trisha y dime qué pone mientras inflamo la fragua que dará vida a la esperanza de Dioses y humanos.
         Ella con miedo al principio, pero con una confianza salida de la responsabilidad de saberse la última oportunidad de su raza, se acercó al gigantesco yunque  y comenzó a descifrar las líneas del grimorio…
-Thalos…
… Y el volcán volvió a rugir durante nueve días.  Nueve eternos días durante los que la fragua trabajó y en los que hombres y dioses sellaron una alianza y aprendireon a controlar el nuevo poder que se presentaba entre sus manos.