Gúngnir (Historia)

Autor: Toni Hudd

Ilustrador : Miguel Vico

 

La Madriguera, New York.
 
Pak pulsó el botón de enviar. El correo había salido por transmisión segura hacia su viejo conocido Ses. No sabía si el griego-escocés le creería o no, si quiera si aún estaba vivo. Sólo podía esperar. El Houhou silbó una bonita nota en la esquina de la estancia. Había llegado el momento. Tuvo otra nausea y se llevó instintivamente la mano al símbolo del Rey Amarillo en su pecho. ¿Cómo podía saber si se trataba de una trampa o no? ¿Podía confiar en los dioses? ¿A cuál debía decírselo?
La puerta del despacho de Pak se abrió súbitamente y entró Trisha como un rayo. El Monje, aún sumido en sus pensamientos, abrió sorprendido los ojos y sonrió a la reportera.
 
―Pak, no queda mucho tiempo… Todos empiezan a mover sus fichas, y tenemos este libro en nuestras manos. ¿Qué deberíamos hacer…? ―preguntó.
Pak se levantó tranquilamente y se acercó a Trisha, que lo miraba estupefacta. Le colocó la mano en el hombro y sonrió.
―Creo que ya lo he decidido. Movamos nuestra ficha.
―Ten cuidado en Sigtuna, Pak.
―Y tú en Méjico ―le contestó él con una sonrisa preocupada.
 
Se acercaron titubeantemente el uno hacia el otro, sus labios acercándose por instantes, sus miradas fijas en las pupilas del otro. El Houhou cantó de nuevo y el hechizo se rompió.
―Debo partir ―masculló él, incómodo.
 
Trisha apretó los labios y asintió tensamente. Pak bajó la vista, cogió su bolsa, y se dirigió hacia el fénix japonés. Le acercó una dubitativa mano, como quien va a tocar algo que cree incandescente, inspiró hondo y acarició las suaves plumas del ave con su palma. La estancia a su alrededor se desvaneció en una bocanada de llamas tibias, luz verde, azul y roja a la vez, y con un mareo se encontró en un oscuro callejón. Hacía frío y el aire era mucho más limpio que en la sofocante Gran Manzana. Seguía habiendo un baile de luces, pero venía del cartel de un hotel con un nombre en alfabeto escandinavo: Hödjǣn Hotell Sigtuna. Tuvo que usar todo su compostura para no caer de bruces al suelo y vomitar. Mientras jadeaba vio levitar un pluma brillante, que se mecía en el aire hasta posarse en el suelo. La recogió y la guardó en el bolsillo de su chaqueta, por si acaso. Miró al cielo: también allí bailaban las luces de la aurora boreal. La visión le reconfortó y le dio poder, se acercó con pasos tambaleantes al hotel, entró y fue directo al mostrador. Un joven de impecable uniforme le saludó:
 
―Hallå herr, Välkommen.
―Eh…Do you speak English? ―preguntó Pak apurado.
 
El chico asintió y Pak pudo negociar una habitación con desayuno, y un mapa de la ciudad. Tuvo una nueva pesadilla con Hastur esa noche, y le dolía el pecho y el hombro al despertar. Bajó al desayuno, el cielo aún oscuro como estaría casi todo el día, y se sirvió una copiosa ración. No sabía exactamente dónde estaba Gúngnir, así que sería una jornada cansada recorriendo el pueblo en su búsqueda. Estaba a punto de empezar la segunda suculenta salchicha de jabalí y reno cuando escuchó dos voces quedas hablando en castellano a su espalda, y sonrió para sí mismo. «Estamos en todas partes», pensó. Iba a girarse y saludar cuando la segunda voz le resultó extrañamente familiar.
 
―¿Qué? ¿Te has podido conectar a internet? ―había preguntado el primero.
―Sí ―contestó el que Pak creía conocer―. He recibido un correo…interesante.
―¿De Odín?
―No, profesor Fabián. De un supuesto viejo amigo.
―¡Ah, genial! Siempre es bonito reencontrarse con…
―Puede que siga con la Orden profesor, no lo sé. No quiero arriesgarme. Pero dice que viene aquí, a Sigtuna. Así que tendremos que darnos prisa. Si alguien más puede encontrar Gúngnir, ése es Pak, el del mail. Sabía más que nadie de estas cosas.
―Bien, pues nos daremos prisa. ¿Por qué ruinas quieres empezar? ¿Las del templo de Lars o las de Olof? ―preguntó el tal profesor Fabián.
―Ninguna. Repíteme el acertijo que encontraste en el pergamino, por favor.
―Como quieras, Ses ―aceptó Fabián. Se aclaró la garganta y recitó:
 

 

«La Vara del Caminante
Que muchos creen perdida
Se encuentra en verdad escondida
En el corazón de la ciudad mercante.
 
Más guardada que en cualquier fortín,
De manos negras o ambición cobarde,
Ni siquiera el que de todos es padre
Podría acceder al ansiado botín.
 
Falso dios de hogar y velo.
Los que creen no buscarán.
Y los que viven no creerán
En el metal que cayó del cielo.»

 

 

―¡Exacto! ―exclamó Ses―. «Falso dios de hogar y velo. Los que creen no buscarán». Me parece que Gúngnir estará en una iglesia cristiana, no una nórdica.
―Pero… ―empezó a protestar Fabián, aunque se mordió el labio y quedó en pensativo silencio.
―¿Hay alguna iglesia cristiana aquí que fuese construida mientras aún se creía en los antiguos dioses nórdicos?
―Sí, la de Santa María es del siglo XIII.
―¡Perfecto! Pues vamos, tenemos que llegar a misa ―bromeó Ses.
 
Tan entusiasmados estaban con sus deducciones que no repararon en el hombre de la coleta que les observaba en el reflejo de su cuchara. Pak apuró la salchicha y les siguió disimuladamente por las frías calles de Sigtuna.
 
Una vez terminó el servicio matinal, Ses y Fabián se perdieron entre las antiguas columnas de ladrillo rojo. Después forzaron un par de puertas y llegaron a la pequeña sala reservada para que los párrocos orasen.
―«Los que creen no buscarán» ―dijo Fabián asintiendo.― Tienes razón, nadie que aspire al Valhalla buscaría Gúngnir aquí.
―No ―dijo Ses, mirando alrededor de la habitación. Había crucifijos colgados en las paredes con cojines aterciopelados en el suelo adyacente, para orar cómodamente. Pero en el muro del fondo en vez de una cruz había un tapiz de Odín entregando su ojo derecho a cambio de conocimiento, y el suelo frente a esta pared era de fríos adoquines, desnudos de cojín alguno. Nadie rezaba al Padre de Todos.
―Odín fundó esta ciudad en el siglo V, cuenta la leyenda, la primera ciudad de toda Suecia ―comentó Fabián distraídamente.― Luego se convirtió en el mayor mercado…
―¿Cómo se postra un Aesir ante su señor? ―le interrumpió Ses, su mirada fija en el tapiz.
―Rodilla derecha en el suelo, la izquierda levantada, para que la espada no se dañe. Puño izquierdo cerrado sobre el pecho, puño derecho al lado de su rodilla ―informó el profesor.
 
Ses adoptó la pose descrita frente al tapiz, y cuatro adoquines bajo sus puntos de presión cedieron. Hubo un pequeño temblor y mucho polvo, y con un gruñido pétreo la pared se desplazó a un lado lentamente, como si bostezara tras un sueño milenario.
―¡Por los dioses, lo lograste! ―exclamó Fabián.
―«Y los que aquí viven no creerán» ―citó Ses con una sonrisa.
La puerta de madera que daba a la sala graznó suavemente al abrirse, y ambos se giraron, Ses desenfundando las pistolas como un rayo. El hombre que acababa de entrar se quedó inmóvil, levantando lentamente las manos. Sin embargo Ses no leyó miedo en su rostro, simplemente intentaba transmitir calma. Y entonces le reconoció.

―Pak ―masculló Ulises entre dientes.
―¿Eres tú, Ses? ―preguntó el Monje, confundido―. Andas como Ses, hablas con la voz de Ses y tienes sus ojos, pero ni tu cara ni tu cicatriz son de Ses.
―Me salieron algunas arrugas cuando descubrí que me habías inculpado de ciertos robos… ―empezó Ses con sarcasmo―, y como me dijeron que el botox es peligroso decidí pasar por quirófano. ¿Te manda M?
―Sabes bien que abandoné la Orden hace mucho ―explicó Pak.
―¿Cómo sé que puedo fiarme de ti? ―preguntó Ses―. Es demasiado sospechoso que tras años de silencio me mandes un correo electrónico la tarde antes de encontrarnos buscando Gúngnir.
―¿No crees en el destino, Ses? ¿Ni siquiera en esta época de dioses?
―Intento fabricarme mi propio destino. Lo siento, Pak, no puedo correr riesgos. Mi familia depende de esto ―dijo, y el pesar era palpable en sus palabras.
 
Sin dejar de encañonarle con una de las pistolas, con la otra mano ató las muñecas de Pak y después lo amordazó. El Monje no opuso resistencia alguna. Cuando terminó, Ses cogió su bolsa y los tres entraron por el túnel que había quedado expuesto al correrse la pared. En cuanto cruzaron el umbral ésta se cerró tras ellos. Se miraron dubitativamente. La luz del túnel era tenue y oscilante, como si proviniese de la mismísima aurora boreal, y no se apreciaba lámpara alguna. Ses y Fabián dieron unos cautelosos pasos adelante y de repente el suelo se abrió bajo sus pies.
―¡Aahh! ―gritaron al caer  por una trampilla a un foso con agua tan fría como el invierno sueco que les llegaba casi a los hombros.
―Brrrruuuurrr ―castañeó Ulises tiritando.
―¡Algo me ha rozado la pierna! ―exclamó Fabián.
―¿De veras? ―preguntó Ses consternado, mirando alrededor.
―No, pero es que me ha recordado tanto a la escena en la Estrella de la Muerte, cuando caen al vertedero, que…―empezó a decir el profesor, riendo. Pero cesó de golpe cuando, con un nuevo estruendo, las paredes laterales del foso empezaron a acercarse lenta pero inexorablemente hacia ellos.
―Te odio ―murmuró Ses cínicamente.
 
Intentaron trepar frenéticamente, pero las paredes heladas no ofrecían agarradero alguno. Los muros seguían aproximándose, sellando su suerte.
―¡Ses, nos va a aplastar!¡¿Qué hacemos?! ―gritó Fabián en un ataque de pánico.
―¡No sé, lee lo que pone en el techo! ―urgió Ulises, señalando una inscripción sobre ellos.
―¡No entiendo ese idioma! ¡No es sueco!
―Muhuhu muhú ―balbuceó Pak a través de la mordaza, y levantó sus manos atadas por las muñecas.
―Joder ―masculló Ulises, y se sumergió bajo el agua. Emergió unos segundos después con su arco y una flecha. La encajó en la cuerda, tensó e intentó apuntar, pero el frío le hacía temblar demasiado. Las paredes se seguían acercando y los nervios y el miedo empeoraron su tiritera.
―¡Ses, por favor! ―suplicó Fabián desesperado.
 
Ulises cerró los ojos e imaginó que era Penélope la que imploraba, pidiéndole que volviera a casa. Visualizó la sonrisa de su mujer, el amor que sentía por ella, a Téleo cabalgando sobre sus hombros… Abrió los párpados y apuntó de nuevo, sus brazos quietos como montañas. Tensó y disparó. La flecha cortó la cuerda que ataba las manos de Pak y se clavó en el techo sobre él. Las paredes ya estaba a menos de un metro una de la otra, y avanzaban. Pak se quitó la mordaza, miró la inscripción del techo y habló en una lengua que ni Ses ni Fabián reconocieron. Las paredes se detuvieron. El Monje anudó la cuerda con la que le habían atado y se la tendió para que treparan.
 
―¿Qué idioma era ése? ―preguntó Fabián jadeando.
―Atlante ―contestó Pak.
―Lo siento, no debí desconfiar de ti. Gracias ―se disculpó Ses.
―Tranquilo ―sonrió el Monje.
Cruzaron por las paredes que tan cerca habían estado de aplastarlos y siguieron pasillo adelante. Llegaron a la sala que había al final, y allí, en una alargada urna de cristal, brillaba Gúngnir a la luz de un orbe luminiscente.
 
―Es preciosa ―murmuró Fabián escudriñando los delicados grabados en los anillos de la lanza y los glifos de cuervo que formaban la cruceta a ambos lados del trisquelión del Padre de Todos.
―¿Cómo se abre la urna? ―preguntó Ses.
―Intuyo que con ésa llave ―sugirió Pak señalando al interior de un gran cáliz de piedra. Todos se asomaron. Al fondo de un líquido púrpura había una gran llave dorada.
―Probemos ―dijo Ses metiendo la mano―. ¡Au! ―exclamó dolorido, retirando la mano en acto reflejo y agitándola.
―¿Muy fría? ―preguntó Fabián.
―No ―contestó Ulises, mirando perplejo sus dedos y negando con la cabeza.― Simplemente duele mucho.
―Pues lo volcamos ―propuso Fabián, inclinando el pesado recipiente con esfuerzo. Pero el líquido no salía por el borde. Desafiaba mágicamente la gravedad.
―Creo que hay que bebérselo. Parece Queimada Calisto, hecha con sangre de cierva y veneno de la víbora de Skaoi ―dijo Pak.
―Yo es que soy más de piña colada o daiquiri… ―comentó Ses irónico.
―Lo digo en serio ―insistió Pak―. Es una mezcla que deja inconscientes y vulnerables a los atlantes. Interfiere con su metabolismo de envejecimiento retardado de forma tóxica, volviéndolos casi casi mortales.
―«Ni siquiera el que de Todos es Padre podrá acceder al ansiado botín» ―recitó Fabián.
―¿Y le haría algo a una persona? ―preguntó Ulises.
―Los dioses también son personas, Ses ―le recriminó Pak.
―A un mortal… ―se corrigió Ses entornando los ojos.
―Sinceramente, no lo sé.
 
Cayeron en silencio los tres.
―Yo tengo que cuidar de mi familia, Pak ―empezó Ses, como excusándose―. Si me pasa algo…
―Yo tengo que salvar el mundo, Ses ―Pak negó con la cabeza―. Ahora mismo tengo que hablar con Ares, y tal vez algún otro dios, sino…
―Eh, chicos. Yo soy el menos importante aquí ―dijo Fabián―. Ya lo pruebo yo.
―También eres el más inocente ―le contestó Ses―. Sálvate.
―Exacto ―dijo Pak―. Ses, ¿lo echamos a suertes tu y yo?
―De acuerdo ―asintió―. ¿Apostamos poder?
―¿Qué es eso? ―preguntó Fabian.
―Algo que se hacía en la Orden ―explicó Pak―. Cojes entre una y cuatro piedrecitas, y tus oponentes también. Ponéis las manos el medio, y cada uno dice lo que cree que sumarán en total. El que más se acerque al número exacto gana, el que menos pierde.
―Toma ―dijo Ses ofreciéndole cuatro guijarros del suelo al Monje.
«¿Le hago trampas?» ―pensó Ulises, colocándose una de las piedras con el anular al lado del puño de la camisa, listo para hacerla desapareces si hiciera falta. En la Orden tenía fama de suerte, pero Ses intentaba fabricarse su propia fortuna. Ahora, sin embargo, tenía un gran dilema moral. No quería morir, su familia dependía de él, y ansiaba verlos con toda su alma. Pero sabía que Pak era buena persona, y no se veía capaz de engañarle así. Dejó que la piedra rodara de nuevo hacia su palma.
 
Apostaron y Ses perdió. Respiró hondo y se resignó. «Todos los hombres mueren, no todos viven de verdad», se dijo a sí mismo.
―¿Le pedirás a Odín que cuide de mi familia por mí, por favor? ―le pidió a Pak.
El Monje asintió.
―¿Quieres que lo beba yo? ―le ofreció
―No, gracias ―se negó Ses―. Es lo mínimo que puedo hacer para enmendar mis errores.
Fabián hizo ademán de detenerle, pero Ses dio dos pasos decididos, se agachó e inclinó el cáliz para que líquido púrpura le llegara a los labios. Se llenó la boca y tragó, obligándose a drenar todo el fluido de golpe. La garganta le quemó con el acre sabor, y nada más acabarlo corrió a una esquina y devolvió.
 
―¿Ves? ―le dijo Pak frotándole la espalda―. Me tendrías que haber dejado a mi. Después de los chupitos del Lobo, esto es agua.
―¿Qué? ―preguntó Ses con voz débil.
―Nada ―le sonrió Pak.
 
El monje fue al cáliz y cogió la llave, abrió la urna y sacó la lanza. En el momento de tocarla hubo una fuerte ventada, y la pared a la sala de rezo de la iglesia se volvió a abrir. El trío salió del túnel y de la iglesia. Una vez fuera Ulises sacó de nuevo una pistola, apuntó a Pak y dijo:
―Lo siento, viejo amigo, pero necesito que me des la lanza. No puedo permitir que M la recupere. Debo entregársela a Loki.
―¿A Loki? Démosela a Odín ―propuso Pak con su calma característica―. Confía en mí, Ses, por favor. Tengo que comunicarles algo importante a los dioses. ¿Vienes conmigo y le entregamos su oricalco a Odín?
 
Ses tensó la mandíbula. Odiaba este tipo de elecciones. Quería confiar en Pak, pero no podía poner en peligro a su familia. Respiró hondo y tomó una decisión.
 
―No puedo ―negó con la cabeza.
―Ses, ambos sabemos que esa pistola no funcionará hasta que se seque ―le dijo Pak con tranquilidad.
―Huh ―rió Ulises amargamente, bajando el arma.
―Ses, en ningún momento me habías dicho que querías darle Gúngnir al Tramposo ―le recriminó Fabián―. No te puedes fiar de él.
―Odín me dio esas instrucciones ―se defendió Ses.
―¿Alguno de sus cuervos estaba en su hombro cuando hablaste con él?
―No ―contestó Ses tras pensarse la respuesta.
―Pues igual era Loki disfrazado de Odín. Ya sabes los efectos ópticos de los que es capaz ―advirtió Pak.
 
―Buenas tardes, caballeros. ―Los tres se giraron súbitamente hacia la voz que acaba de saludar, y vieron un hombre alto, con capa, sombrero y bastón que esgrimía una amplia y hambrienta sonrisa de tiburón―. ¿Hablabais de mí? Espero que fuera porque ya habéis encontrado Gúngnir y queréis dármela.
―Loki ―empezó Ses con reverencia, interponiéndose entre el dios nórdico y Pak, que trataba de ocultar la lanza tras su espalda―, si nos llevas ante tu padre, será un placer entregarle…
―No es mi padre ―le cortó el Tramposo con un gruñido ―. Dadme la lanza mientras aún considero que os merecéis seguir con vida ―amenazó.
 
El trío se miró tensamente, hasta que un trueno les hizo alzar los ojos a las nubes. De entre los oscuros nimbos que pastaban apaciblemente en el cielo, apareció una figura aún más negra, galopando imposiblemente por el aire, sus ocho patas un borrón de velocidad. Poco a poco se acercó al grupo, hasta que los ocho cascos chispearon contra el suelo adoquinado de la calle. El Padre de Todos bajó de Sleipnir con una agilidad insospechada para su edad, y pasó una férrea mirada sobre el grupo.
―¿Qué haces aquí, hijo? ―le preguntó con voz pétrea a Loki.
―Eh…yo… ―empezó titubeante.
―Loki me encomendó que encontrara Gúngnir para vos, Padre de Todos ―se adelantó Ses―. Gracias a sus instrucciones, y por supuesto los esfuerzos de mis valientes compañeros, hemos conseguido recuperarla ―acabó, arrodillándose como Fabián le había explicado.
―¿Es cierto lo que dice, Loki? ―preguntó el dios nórdico.
―Eh, sí, por supuesto, padre ―sonrió el medio gigante.
―Muy bien. ¿Y dónde está mi lanza?
 
Pak se puso en pie y se la tendió.
―A ti te conozco…¡eres Pak, fuiste con Trisha a la reunión de Amaterasu!
―¿Trisha? ¿Trisha Sellers? ―preguntó Ses incrédulo, pero nadie le hizo caso.
―Sí, Padre de Todos. Y traigo información además de la lanza. Creo que el primigenio conocido como Hastur, el Rey Amarillo, quiere ayudaros en la contienda.
―Y M ha unido a los demonios contra los dioses, en cualquier momento os traicionarán ―intervino Ses, cayendo en la cuenta que Odín seguramente no sabía eso aún.
―¿Cómo? ―vociferó el Padre de Todos―. Loki, ¿tú has oído algo…? ―empezó, pero su hijo adoptivo había desaparecido―. Maldición. Venid conmigo. Esto debe hablarse con calma, y vuestros esfuerzos recompensarse. Subid a la grupa de Sleipnir ―indicó Odín.
Fabián subió de un brinco, ilusionadísimo cual niño en navidad.
 
Pak se acercó a Ses.
―¿Por qué has encubierto a Loki? ―le preguntó.
―M es enemigo más que suficiente ―le constó Ses cansadamente―. No quiero otro.
Pak asintió, trepó a la grupa del inmenso caballo y, una vez se hubo acomodado, tendió una mano a Ses.
―Estamos intentado salvar el mundo, Ses ―le dijo―. A Trisha y a mí nos encantaría que estuvieras a nuestro lado. Además, tengo un nuevo maestro que está intentando formar un cónclave de hombres y mujeres buenos y justos, para proteger…
―Cónclaves, Órdenes, Organizaciones…ya he tenido suficiente ―le interrumpió Ses―. He visto el mundo, y es lo más precioso y único del universo. Pero lo que tú me pides que salve es la humanidad. La realidad, Pak, es que por cada tú y cada Trisha hay diez como M, cien como sus esbirros y mil como yo, con ganas de hacerlo mejor pero sin conseguirlo. La humanidad, como conjunto, no merece que la salven. Nos decimos que sí con la esperanza de que alguien nos cuide. Creemos en divinidades porque sabemos que no somos suficientemente buenos para merecernos el mundo por quien somos. Sólo los que valéis dais a los demás sin esperar recibir. He luchado demasiados años y resultó ser por la peor de las causas. No me quedan fuerzas para luchar más, salvo por mi familia.
―Entiendo cómo te sientes, Ses, pero no sufras por tu familia. Si ayudas a los dioses Odín o Amaterasu podrán protegerlos. ¿Qué dices, te apuntas? Será una aventura, como las que tanto te han gustado siempre.
―De acuerdo. Ayudaré a los Dioses, no a la humanidad. Cuando esto acabe volveré a casa, nada de Cónclaves, ni Concilios ni Comunidades del Anillo, ¿entendido?
―Entendido ―sonrió Pak izándole por la mano a la grupa de Sleipnir―. Pero si cambias de opinión tú solito serás bienvenido.
―Eso no pasará.
―Ya lo veremos.