El Renacido Imperio Britanico (Historia)

Autor: Toni Hudd
Ilustradora: Aisha Ullah 

Isla de Anglesey, Gales, Año 60 D.C.
 
― ¿Me estáis exiliando? ― preguntó el joven druida con desconcierto―. Siempre os he servido fielmente, y con el mejor corazón… ―protestó dócilmente, sin dar crédito a lo que oía pero sin olvidar con quién estaba tratando y el respeto que se merecían.
― Precisamente es por tu corazón que hacemos esto ― le cortó Daghda, hablando por primera vez en aquella reunión. El tono profundo de su voz hizo parpadear al iniciado, replantearse la situación.
― Si es lo que realmente deseáis… ―entonó sin convicción el chico.
― Lo es ― sentenció Morrigan siendo inusitadamente dura con él.
― Partiré al alba, pues ―anunció el joven druida con una mirada suplicante, su tono implorando que cambiasen de opinión. Pero no surtió efecto.
― Permanece en Avalon hasta que des con el Cáliz. Después vuelve aquí, a Albión, a nuestro encuentro ― ordenó Daghda y le dio una vara a Morrigan. La diosa la tomó y se la entregó al druida.
― Toma, Myrddin. Te ayudará ―le dijo al chico con su dulzura habitual y entregándosela―. No me olvides, ¿eh? ― añadió pasando la mano por los largos cabellos del joven y besándole la mejilla.
― Jamás, mi Señora Morrigan ― y con una reverencia a ambos se alejó del cromlech, de vuelta al bosque donde había la mayor reunión de druidas de la historia. También sería la última.
― ¿Segura que no debíamos decirle la verdad? ¿Que las dos legiones de Cayo Seutonio Paulino se dirigen hacia aquí, y que por eso necesitamos que huya? ― preguntó El Señor del Caldero una vez el muchacho ya no podía oirlos.
― Myrddin nos es ciegamente fiel, Daghda, pero jamás antepondría nada a salvar vidas. Se lo habría dicho a los demás. Precisamente por eso debemos salvarle, por su corazón.
― ¿Crees que desciende de uno de los niños perdidos?
― Puede ser, su familia es de gran influencia en las tierras de los Dummoni, en Cornwall ―respondió ella.
― Espero que sobrevivan a la ocupación romana ―musitó Daghda.
― ¿Ya te das por vencido? ― preguntó Morrigan con recriminación ―. Ankov ha preparado bien a Guttuart, y yo tengo a Boadicia lista para un levantamiento.
― Jamás tomarán Caledonia ni Eyre, por supuesto, pero Britania…tengo mis dudas ― musitó Daghda―. Zeus les enseña estrategia, Hefesto les forja las armaduras y el propio Ares infunde de valor a las legiones.
― ¡Bah! ―Morrigan chasqueó la lengua con desdén―. ¡Sólo veneran a sus sombras! “Júpiter, Marte…” ―entornó los ojos―. Oscura será la hora en que los Celtas nos dobleguemos a los falsos Olimpos.
― Suerte que la oscuridad es uno de tus campos, pues ―comentó Daghda sonriendo. No le agradaba la ira de Morrigan aunque, por supuesto, a menudo la necesitaba―. Los Houridas ya han sido vencidos por los romanos. Pero no importa. Los fieles de Odín cruzarán el Rhin quitándoles tierra, y nosotros a ellos en Frisia. Es el ciclo, querida, debe haber noche para que salga el sol de un nuevo día, debo quitar una vida para dar otra… ―murmuró, girando lentamente su vara―. Pero a Myrddin había que salvarlo hoy.
― Sí… ―asintió Morrigan, mirando el romper de las olas tormentosas.
 
Londres, Segunda Batalla de Gran Bretaña, a la vez que se libra la última lucha en la Antártida.
Los pilotos de la RAF estaban reviviendo la pesadilla de 64 años antes, pero en vez de los Messerschmitt de la Luffwafe se enfrentaban a Ángeles Descarnados y Moradores de las Tinieblas. Los Typhoon FRG4 y los Tornado GR4 surcaban los cielos como habían hecho los Hurricane y Spitfires durante la Segunda Guerra Mundial, sus sonrisas de tiburón frustrando la invasión alemana. Ahora, durante la Segunda Gran Guerra, estaban luchando al límite para defender su isla de la invasión primigenia.
Hacía apenas diez minutos se había abierto un portal enorme en el London Eye, la gigantesca noria que dominaba el skyline de la ciudad y que había sido construido para el cambio de milenio por un hombre con traje blanco y enigmática sonrisa. Del portal habían salido hordas de primigenios, que empezaron a destrozar la ciudad, y con ellos Yogg-Sothot. El terror prendió la metrópolis como sus incendios del siglo XVIII, el pánico y la destrucción omnipresentes en la escalofriante cacofonía de gritos y derribos en que se convirtió el aire. El Támesis fluía rojo y obstruido por escombros.
Con los SAS, la élite de las fuerzas británicas, luchando en la Antártida, solo quedaban los pilotos de la RAF y algunos batallones sueltos guarnecidos en Londres para enfrentarse a la amenaza. Y lo hicieron espléndidamente, luchando hasta el último aliento, dando la vida por su isla. Anularon la mayor parte de la hueste primigenia y ganaron suficiente tiempo para que el resto del ejército llegase a la capital, incluida la marina, que navegó río arriba. Pero el auténtico enemigo era formidable. Yogg Sothot derribó de nuevo el puente de Londres, demolió el Big Ben, aplastó el palacio de Buckingham. Sorbía energía del monolito de Trafalgar Square y cargaba contra el ejército británico. Entonces, cuando todo parecía perdido, varios proyectiles y bombas impactaron simultáneamente en Yogg Sothot. El Dios Exterior brilló como un sol y explotó en una terrible tormenta eléctrica que desactivó aviones, tanques, rifles, pistolas, teléfonos, relojes, repetidores, generadores, barcos y el metro por igual. Aquellos artilugios jamás se volverían a encender. A los cegados supervivientes de las fuerzas de la Reina solo les quedaban las bayonetas para defenderse, pero Yogg Sothot, convertido en un millón de burbujas, se retiró aburrido ya de aquella contienda.
Así fue como la mayor parte de Gran Bretaña sobrevivió a la Segunda Gran Guerra más o menos intacta, aunque sin ejército ni posibilidad de reconstruirlo, pues sin poder importar petróleo ni nitrato de potasio para la pólvora carecía de sentido. Se reabrieron las minas de carbón del norte, la gente migró de las ciudades al campo y hubo elecciones, pues el antiguo Primer Ministro había muerto cuando los primigenios atacaron el 10 de Downing Street. El BEHP, British Empire Human Party, arrasó, y su candidato, M, fue recibido por la Reina para hablar de cómo enfocar la nueva situación. Políticas de populismo xenófobo, sobretodo hacia lo sobrenatural pero atacando también a otras minorías, fueron una de las principales promesas de la campaña del Lord de ojos heterocrómicos, y dejó muy claro en todo momento que no eran negociables. Unificó todos los diarios en uno, que sería gratuito y distribuido por todo el reino, para sustituir las televisiones que ya no podían emitir. Se apostó por los caballos y el carbón, el gas del mar del norte y los buques de vela que tanto poder habían dado a la marina británica antaño. La policía antidisturbios ocupó las calles para mantener la paz, armados con kevlar y legitimados por los Sheriffs del nuevo Cuerpo Inquisitorial de Investigación de lo Paranormal. Dependían del Ministerio de Magia y Paganismo, que inició una purga de todo lo que consideró una amenaza. La tradición británica debía imperar, órdenes de M, salvador del Renacido Imperio Británico y de la Reina, eso dijeron los pregoneros en cada pueblo, aldea, villa y ciudad. En todas las que se atrevían a entrar, claro, pues en Escocia, Gales y la desolada Irlanda la gente se negó a darle la espalda a sus dioses cuando volvieron de la Antártida. Eran Celtas antes que británicos. Y en una villa de Cornwall, en el sur de Inglaterra, la gente también había decidido seguir otro liderazgo.
 
Castillo de Camelot, Páramo Bodmin, Inglaterra.

Tristán miraba boquiabierto la enorme construcción de piedra blanca, refulgiendo entre los oscuros árboles del páramo cual perla entre las algas. Sobre todo si a las ostras les divirtiese fabricar perlas con torreones, minaretes, muros y puentes levadizos, claro. El castillo parecía sacado de un libro de fantasía, o tal vez era que las fantasías se habían inspirado en él. Tristán clavó suavemente los talones en los flancos de su corcel y el animal aligeró su trote hasta colocarse a la altura de Merlín, que montaba muy cómodamente para alguien de su edad. El propio Tristán no lo hacía mal, teniendo en cuenta que sólo llevaba unas semanas aprendiendo. Pero desde que despertara del sueño y recuperara el uso de sus extremidades, la espada, el arco, la cetrería y la monta se le antojaban tan naturales como aprender a manejar un móvil nuevo o pasarse el último shooter del mercado. Algo era diferente dentro de él, y era una suerte, porque el mundo entero había cambiado de golpe.
—¿Cómo ha construido este castillo tan rápidamente, Myrddin? —preguntó Tristán, sus ojos como platos centrados en la imponente fortaleza a la que se acercaban.
—¿Por qué crees que lo construí rápidamente? —preguntó el anciano druida, como siempre formulando preguntas antes que dar respuestas.
—He paseado miles de veces por el páramo y jamás lo he visto. Ni yo ni nadie, vaya —afirmó Tristán con la certeza de la juventud.
—Ha ha ha, perdona que me ría muchacho, ha ha— Merlín soltó alguna carcajada y se llevó un dedo a los ojos, aunque en ningún momento denotó falta de respeto— ¡qué gracioso se me hace cuando alguien tan joven como tú me habla de miles de veces! Puede que ni yo haya estado aquí tantas…
—Bueno, puede que miles no, pero vamos, que ya me entiende… —contestó Tristán con la más leve de las irritaciones.
—Sí, te entiendo. Pero entiéndeme también tú a mi. Hace mucho, demasiado que ya no soy joven. Así que permite que tu ingenua vitalidad refresque a este marchito anciano.
—¡No está marchito, Myrddin! —exclamó Tristán, ahora indignado de verdad—. Usted cabalga como nadie y me ha pegado ya dos o tres palizas con las espadas de madera.
—Pero no son esas las que cuentan —le sonrió a través de la larga barba blanca—. De todos modos gracias, Tristán. Me llenas del sentido que a veces me falta. Así que a cambio, te contaré un secreto. Diseñé e hice construir este castillo para intentar hacer de Inglaterra una sola y salvarla de la oscuridad. Ahora lo necesito de nuevo. Si nadie lo ha visto en estos siglos es porque la tecnología, o magia, como lo quieras llamar, de los dioses celtas lo han protegido de la vista. Es paradójico que la tecnología que los encumbró los haya derribado.
—¿A qué te refieres?
—¿Esto quedará entre tú y yo por ahora?—preguntó Merlín, bajando la voz. Tristán asintió. El druida suspiró y se atrevió a confiar—: Los dioses fueron humanos corrientes una vez, Tristán. Pero en su isla, la Atlántida, hallaron la semilla del mal. Los primigenios habían dejado una biblioteca con el conocimiento necesario para que evolucionaran, se mejoraran genética y tecnológicamente, se convirtieran en seres extraordinarios y poderosos, en un reto. Y entonces regresaron y hubo la Primera Gran Guerra. Aquella vez, pagando un precio desorbitado, los dioses ganaron. Esta vez, en cambio…
—¡Esta vez ganaremos los humanos! —exclamó Tristán. Myrddin le sonrió, pero no dijo nada.
Con un gruñir de enormes cadenas estirándose y los quejidos de la madera milenaria, el puente bajó, permitiendo a la docena de jinetes cruzar sobre el foso. Desmontaron y llevaron los caballos a las cuadras. Tristán se entretuvo a mirar a un herrero que había allí, forjando corazas para caballos.
—¿Te gustan las bardas, chico? —preguntó el hombre con la cabeza rapada y la barba corta.
—Mucho —contestó Tristán con sinceridad, espiando los grabados de dragón en los que trabajaba el artesano—. ¿Es para Arturo?
—¡Sí! ¿Has reconocido su blasón? ¡Ah! —exclamó cuando dos de sus tres gatas se le metieron entre las piernas—. ¡Fuera, Titi! ¡Largo Mossa!
—Ya vendré a verte —dijo Tristán por encima del barullo, preocupado por rezagarse. Siguió hacia lo que esperaba fueran las cuadras, ató a su caballo, le aflojó la cincha y le quitó el bocado. Le llenó la cuba con agua de una gran cisterna y le puso alfalfa en el comedero. Poco a poco iba acostumbrándose a esta rutina. Casi había acabado cuando escuchó voces.
—Lance, me alaga mucho…—estaba diciendo la voz de la Dra. Ginebra.
—Y te encanta —la interrumpió Lance con su tono más pícaro, que lo era mucho.
—Sí, y me encanta, pero… —concedió ella.
—Y te pone un poco —siguió él.
Tristán se asomó, preocupado. Ginebra estaba con la espalda contra una columna, sujetando un lirio precioso, y Lance estaba muy cerca, su cara a meros centímetros del de ella, su mirada y sonrisa picaronas haciéndolo repulsivamente apuesto. Lo que daría él por las agallas de Lance para hablar así con Isa.
—Bueno, basta ya —dijo la doctora irritada, y apartó a Lance, que ni opuso resistencia ni dejó de sonreír. Ella suspiró y le miró de nuevo—. Lance…eh…ya sabes que Arturo…
—¡Bah! —sopló él, perdiendo su cara conquistadora y golpeando suavemente una bala de paja—. Es que no veo absolutamente nada en él que no pueda darte yo.
—Es que soy yo la que lo tiene que ver, es mi prometido, no el tuyo —le sonrió ella con las últimas palabras, para suavizar.
—Si Arturo fuera mi prometido, preciosa, —Lance recuperó su talante—, le dejaría muy claro que o me enamora más o me voy contigo. Bueno, de hecho no se lo dejaría claro. Me iría contigo directamente. ¡Oye! No suena tan mal plan. ¿Crees que le puedo convencer de que me pida matrimonio? —bromeó.
—A veces no sé cuál de los dos es más tonto, de verdad —sonrió Ginebra.
Tristán se encaminó hacia el interior del edificio principal, desorientado y con la ardiente carga en el pecho de un secreto que se quiere pero no se puede contar.
*****
En la gran Sala de Caballeros del castillo había dos docenas de sillas colocadas en círculo. En el centro faltaba la mesa que aún estaba en casa de Myrddin, donde se habían estado reuniendo hasta ahora. La silla de Merlín y las dos de sus lados eran las más imponentes y majestuosas, pero ambas estaban vacías. En una había una M enorme en floridos grabados en la madera, mientras que la otra lucía un blasón de escudo triangular con la bola del mundo, sobre el cual un samurái y un vikingo cruzaban espadas. Repartidos por las otras se hallaban el diputado Arturo, los policías Bors y Dagonet, el bombero Galahad y la doctora Ginebra, y juntos al otro lado los hermanos Lot de las Orcadas, Gareth y Gawain, y su primo Lance; cerraban el círculo los tres jóvenes, Percy, Isa y el propio Tristán.
La reunión prosiguió como las que ya habían tenido en la mansión de Castle Close. Merlín hacía un repaso de la situación y pedía opciones de cómo actuar, Arturo proponía algo, Lance se lo desestimaba, y ambos bandos se enzarzaban en una acalorada e infructuosa discusión ante la perplejidad de los jóvenes y el desespero de Merlín. En la de hoy el druida les había informado que Morrigan les había pedido ayuda para liberar a algunos de sus siervos que el Primer Ministro M había capturado. Como a los dioses los vigilaban muy de cerca y era fácil transportar los prisioneros de una cárcel a otra en secreto, nunca los encontraban. Pero tal vez Merlín y los suyos sí pudieran. Formularon dos planes de ataque, el de Arturo y el de Lance, y Merlín dijo que debía meditar cuál prefería seguir, así que se retiraron todos a sus aposentos.
Tristán y Percy compartían habitación, lo que era desafortunado, pues Percy no paraba de hablar de lo colado que estaba por Isa mientras Tristán se mordía la lengua. Ginebra y Arturo discutían en su estancia mientras Lance y sus primos jugaban a cartas en la suya. Y Merlín, tras pensarlo largamente, cogió uno de los poquísimos teléfonos vía radio que quedaba en el país, posiblemente en el mundo, y tocó el botón de llamada.
—Mer…¡que agradable sorpresa! —entonó la sabia voz al otro lado del auricular con un punto de acidez burlona—. Ha pasado demasiado tiempo.
—Hola James —suspiró Merlín—. Sí. Suponía que ser Primer Ministro de tu Nuevo Imperio Británico te mantendría demasiado ocupado para charlar con un viejo amigo.
Renacido Imperio Británico, Mer, somos tradicionalistas, no nos gusta lo nuevo, he he. Y sí, salvar Inglaterra requiere mucha dedicación, por supuesto, pero sabes que para ti siempre haré un hueco —continuó con cierta sorna M, disfrutando de la situación.
—¿Salvar Inglaterra? Acabar de hundirla, dirás —reprochó Merlín, su rostro ensombreciéndose.
—No, todo es parte de un plan mayor. Confía en mí, viejo amigo.
—Sabes que ya no puedo, James. Conozco demasiado bien tus planes mayores.
—Sí puedes. Las cosas han cambiado, deja que te lo demuestre —pidió M, esta vez su voz más sincera.
Merlín se pasó la mano libre por el pelo y se rascó, pensativo. Respiró hondo, se mordió el labio, sacudió la cabeza y dijo—: Tan viejo y tan tonto. De acuerdo, James, confiaré en ti una última vez. Mis muchachos y yo vamos a atacar la cárcel donde tienes a los Mac Carrell y otros prisioneros. Deja la seguridad mínima, no mandes nadie a Cornwall a buscarlos y sabré que me puedo fiar de ti.
—Estoy en un momento delicado, Mer. No puedes pedirme que haga el ridículo públicamente y retrase mis planes varias semanas…
—Si quieres que confíe en ti, James, ésta es tu última oportunidad.
—Me has dado ya varias de ésas, Mer.
—Sí, y seguramente te daría varias más. Pero si me fallas, entregaré la espada a uno de mis muchachos y, créeme, no tienen los siglos de amistad que me ablandan el juicio respecto a ti. Pero lo que sí tienen es un ejército, y si hace falta, tendrán un dragón. ¿Qué harán tus hombrecitos de kevlar contra el fuego y el acero de Camelot, James?
Hubo una pausa en la que Merlín escuchó como el aire silbaba en la agitada respiración de M al pasar entres sus dientes apretados.
—Ya veremos —fue la respuesta del Primer Ministro, toda su máscara de afabilidad desvanecida por completo. Merlín escuchó el pitido de final de llamada y guardó el artilugio en su baúl. Se tumbó en la cama y contempló el cuadro de la pared. Era una de las varias copias de él y M, mucho más jóvenes y mucho más sonrientes.