El renacer del Horror de Dunwich (Historia)

Relato de : Marc Simó

Decisión de la ganador del 6º Torneo de Influencia Primigenia : Fernando Losada 

Las extrañas palabras de Armitage en 1928 acerca de la naturaleza de aquel monstruoso horror fueron fielmente recogidas y publicadas por un periodista local que recopiló todas y cada una de las disparatadas versiones de lo ocurrido a los excéntricos pueblerinos de Dunwich y las sacó a la luz con no demasiado éxito editorial.
 
Antes que de una historia verídica o de una historia de terror, el escaso público al que llegó la tachó de sádica sátira de las gentes de Dunwich. Llevadas al oscuro límite de la cordura por culpa de sus excesivos años de anti-cultura endogámica y que había deformado tanto sus físicos como sus cerebros, convirtiéndoles en carnaza de mitologías y folklores más propios del medievo europeo que del actual mundo moderno.
 
Sin embargo, una de esas pocas copias llegó a manos de Joseph Flagstone un joven bibliotecario estatal encargado de custodiar la biblioteca de uno de esos pequeños pueblos al Norte de Salem de los que nadie en su sano juicio visitaría por propia voluntad.
 
El joven Flagstone apenas tenía 19 años cuando recibió un extraña oferta de alguien desconocido proponiéndole una gran recompensa por permitirle retirar un libro de su biblioteca de manera "permanente". El embalaje estaba firmado por un tal W. Whateley y parecía realmente interesado en una vieja y polvorienta traducción de un libro más antiguo y más misterioso y del que ya nadie recuerda su paradero ni su origen. El ejemplar portaba como título el Necronomicón  grabadas en extrañas letras rojas y apenas había sido abierto en dos ocasiones en los más de doscientos años con los que se había fechado la primera vez que se abrió.
 
Al terminar de leer la oferta, dirigió su mirada a la destartalada caja de cartón que venía juntó a ella, contenía tres docenas de antiguas monedas de oro como muestra de la buena voluntad de su nuevo "mejor amigo". Y, aunque le pareció una más que interesante cantidad, las misivas de aviso de su homólogo de la biblioteca de Miskatonic en Arkham le llevaron a decidirse por poner a buen recaudo el libro, las monedas y a posponer la decisión unos cuantos días.
 
Había pasado más de un año desde todo aquello y, ahora, tenía prácticamente olvidada aquella misteriosa oferta cuando el libro de la horrorosa historia de Dunwich llegó a sus manos. Un nombre, Wilbur Whateley, escrito en aquellos terroríficos relatos le hizo recordar su oculto alijo. Y, al ver que tras un año nadie había echado en falta el libro quiso replantearse la sustanciosa propuesta. Dolorosa, penetrante y cruel fue su frustración al descubrir, unos capítulos más tarde... que el mismo día que se envió la carta con la generosa oferta, su interesado benefactor había muerto tras ser mordido por un perro. En ese instante una idea, brillante y clara como la luz del Sol, le iluminó de nuevo su futuro:  <<Si ese hombre le había ofrecido 36 monedas de oro por el libro seguramente tendría más en su casa y si los pueblerinos no se querían acercar a su casa por miedo a las estrafalarias fábulas y a los absurdos cuentos infantiles, él sí lo haría.>>
 
Hizo los preparativos y cogió lo estrictamente necesario, si su plan tenía éxito le bastaría con el libro, las monedas y un pequeño mapa de carreteras de Massachusetts para empezar su nueva vida lejos de la tediosa y oscura monotonía en la que el destino y Dios le habían abandonado.
 
Al llegar a la vieja finca de los Whateley un leve pero nauseabundo aroma, como un viejo rastro adherido en los mismos cimientos de la montaña, le recibió. Pareciera que ni animal ni planta se hubiera atrevido a acercarse a menos de 30 pies de la derruida granja, los restos de paredes y techos seguían amontonados allí donde hubieren caído meses atrás. El suelo, deformado como por enormes pisadas de un gigantesco y desproporcionado elefante. El aire, pegajoso y viciado en la garganta. Y allí, de pie, con la carta en la mano y rodeado de escombros en los que la nada y la muerte eran las únicas especies que podían considerarse como autóctonas, toda esperanza de una nueva y próspera vida bajo el mecenazgo de su desconocido amigo parecía estar escurriéndose como agua maldita de entre sus jóvenes manos.
 
Pero todo cambió en tan sólo unos segundos. Cuando ya se disponía a abandonar aquel lugar, reparó en el pequeño cobertizo destartalado en el jardín trasero. Una oxidada anilla de poco más de 7 pulgadas abría una trampilla en el suelo que conducía a un improvisado y descuidado sótano. Pieles humanas y de reses decoraban las paredes de la estremecedora estancia que evocaba la imagen de un altar en una cripta, dónde el objeto de culto y adoración no era otra cosa que una pequeña mesa de trabajo debajo de una estantería atestada por igual de polvo, libros y manuscritos. Debajo de la mesa, en un lateral, un cofre con su tesoro le aguardaba plácidamente. Cargó su descubrimiento y varios de los libros y manuscritos y puso rumbo a su nueva vida más allá del océano.
 
Los viajes del joven Flagstone le llevaron a conocer diferentes ciudades y pueblos del viejo continente. Finalmente a los 27 años decidió establecerse en el que antaño fue conocido como el último pueblo de la tierra, la vida en el pueblo le era familiar y en concreto el acervo cultural de Finisterre le recordaban en cierto modo a su pueblo natal. El día a día estaba profundamente marcado de las artes ocultas y la brujería pagana. <<Meigas, las llaman aquí…>> sonrió mientras pensaba en la madre de Wilbur.
 
Allí, su vida cambió por completo, decidió comenzar de cero. A pesar de ser un extranjero en extrañas tierras, las gentes del pueblo supieron acoger rápidamente a un joven apoderado americano. Buscó una casa en la que establecerse, y adaptó su apellido por el de Losada, mucho más común en la zona. Con el oro compró en metálico unas cuantas tierras en los fríos aledaños de la villa que le garantizaron renta y liquidez suficiente para no hacer nada más en su vida que dedicarse a la contemplación. Sus aportaciones económicas a la comunidad le granjearon una buena fama entre sus vecinos.
 
A los 35 años conoció a Carmen, una atractiva muchacha 15 años más joven que él, morena, risueña y esbelta, de ojos brillantes y llenos de vida. Joseph se enamoró de ella nada más conocerla.
 
Finalmente logró seducir a la joven hija de los Vázquez y darle los mejores y más felices años de su vida. La felicidad, sin embargo, trajo consigo la peor y más oscura noticia de todas. Tras varios intentos y pasados ya los 40, los médicos comunicaron a la pareja que jamás podrían tener descendencia. La noticia fue un duro golpe para ambos. Pero el amor que les unía era mayor que la mayor pena y Joseph se encargó de que cada mañana su esposa despertara con una sonrisa en sus labios y que cada noche se acostara entre sus brazos.
 
Carmen sólo pudo reprocharle a su marido, que su dedicada y concienzuda atención hacia ella fuera a terminar algún día.
 
En este mundo, tarde o temprano, todo tiene un fin y el de Joseph llegó a finales de 1990, a sus 81 años, por una angina de pecho mal tratada que pudo con él. Viuda y desesperada, la que fue seguramente la mujer más feliz de toda la zona, cayó en profunda pena que fue incapaz de superar en más de año y medio.
 
Una mañana de invierno de 1992, Carmen reunió las fuerzas y el valor suficiente para volver a poner orden en su vida y pasar la más amarga página de su historia. Se había quedado sola, para siempre. Con 68 años estaba condenada a reptar por los últimos años de vida sin nadie que la acompañara, pero se había resuelto a pasarlos con dignidad.
 
Esa mañana subió al desván y se puso a recoger las cosas de su difunto marido, pasando uno a uno por todos los recuerdos encerrados en su memoria. Prácticamente había terminado, cuando encontró una vieja caja de cartón en las que todavía quedaban varias docenas de monedas de oro y algunos libros viejos en mal estado. Tras contar las monedas por tercera vez pudo fijarse bien en aquellos tratados de ciencia oscura y funestas historias. Abrió y leyó, página a página interiorizó cada fragmento y cada pasaje. Y a punto estuvo de, como otros tiempo atrás, pensar que todo aquello eran meras fantasías y alucinaciones de algún enajenado, pero no lo hizo.
 
Las aterradoras palabras recogidas en aquellos volúmenes contaban historias que parecerían imposibles a cualquier lector ajeno. Sin embargo, aquellas monedas de oro eran reales y quizás, sólo quizás, aquellos rituales también lo fueran. El miedo se mezcló con la esperanza, en uno de aquellos tratados de brujería se hablaba de la posibilidad de engendrar un hijo independientemente del estado o de la edad de la madre. Leyó ávida y desesperada una y otra vez las disparatadas aserciones acerca de lo sobrenatural y lo desconocido que prometían llenar aquel oscuro y lóbrego pozo en su corazón, tratando de decidirse a dar la espalda a la voluntad del Señor y abrazar a un Nuevo Dios capaz de ofrecerle aquello que le había sido negado.
 
Advertía empero el manuscrito, en una nota aparte, que el conjuro debía realizarse en local oscuro de más de 17 pies de alto y 20 de ancho, cerrado a cal y canto  y en el que jamás nada ni nadie ajeno al ritual pudiera entrar o salir sin consentimiento. El vástago así engendrado debía ser atendido con todos los cuidados al menos durante los tres primeros años y, como un niño normal, no dejaría de crecer hasta pasados los veinte.
 
Sólo una semana le llevo tener todo lo necesario preparado. Al principio se había sentido estúpida por plantearse siquiera que algo así, contra-natura, pudiera funcionar, pero poco a poco se había convencido de que nada malo pasaba por intentarlo.  Una de las tierras de su esposo tenia una casa a medio construir, prácticamente al final de la Rúa Cabello, a las afueras del pueblo, torciendo al oeste en dirección a una pequeña cala. Por fuera, tenia la apariencia de estar terminada, las anchas y altas paredes amarillas ocultaban que dentro no había pared alguna levantada. Sería un lugar perfecto, tranquilo y apartado.
 
Unos minutos después de terminar el blasfemo ritual y destrozada por haberse dejado llevar por la fantasía rompió a llorar en mitad de la nada. Le costó varias horas recomponerse lo suficiente como para permitirse salir y afrontar su soledad. Pero al tratar de incorporarse comenzó sentir algo dentro de su cuerpo. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba encerrada en aquel descuidado y oscuro almacén, el círculo hecho en blanca tiza sobre el frío cemento se había desdibujado merced de la sangre que había salido de su interior mientras aquel intenso dolor se había clavado en su misma alma como una aguja de lana incandescente.  En poco más que minutos se había formado en su vientre, se había desarrollado y había salido de ella. Lo cogió entre sus brazos y lo miró. El llanto se apoderó de sus ojos, en parte por el dolor que había pasado y por otra parte por el hecho de comprender cuan enorme había sido su error al mirar el rostro de aquella criatura.
 
No se puede decir que fuera algo deformado pues su naturaleza le hacía ascos a toda forma que pudiera ser esperada. Era entre blanquecino y etéreo más bien redondo o como un huevo de 13 pulgadas, estaba caliente y húmedo al tacto, una viscosa mucosidad lilácea recubría el cuerpo del recién nacido, la piel hinchada y abultada asemejaba la de un cadáver abandonado varios días bajo el agua. Contaba con un solo ojo encima de una gran boca sin labios y cuatro pequeñas pero hinchadas extremidades que asemejaban tentáculos antes que brazos o pies.  Rápidamente, sin soltar a la criatura, cogió otro de los libros y comenzó a recitar otra sarta de blasfemias mientras miraba como aquella cosa tomaba, lentamente, forma de un niño casi humano. Soltó el libro y alzó al niño con ambas manos; lo examinó y lo abrazó mientras sollozaba, de rodillas en el frío y ensangrentado suelo susurró a aquel demonio de otro universo… -Fer… Fernando Losada Vázquez… tu eres mi hijo…
 
Esa noche, ni los avisos de los perros de todo el pueblo con sus incesantes ladridos, ni los de la Tierra con la ira de agua y truenos que se desató en los cielos, fueron atendidos por hombre alguno. Nadie supo que esa noche el hijo de YOGG SOTHOTH había regresado.
 
Nada excepto, quizás, un leve hedor proveniente de la casa amarilla de las afueras pudo haber hecho sospechar a los lugareños que algo tan horroroso y monstruoso se ocultaba entre las paredes de la casa de la vieja Carmen. Si bien su comportamiento se volvió más reservado y ajeno a la vida del pueblo, nadie pudo reprochárselo tras la muerte de su esposo y fue achacado a su avanzada edad.
 
Durante los primeros años, el niño se satisfacía con alimentarse con la sangre de gatos y pequeños animales de la zona pero, a medida que crecía, la madre se vio obligada a comprar y criar animales mayores para sostener las crecientes necesidades de su hijo. Hasta los quince años el desarrollo de Fernando fue exageradamente rápido, hasta el punto de llegar a aparentar la constitución de un adulto de más de veinticinco años ya a los trece. Pero mantuvo las proporciones esperadas para un humano. De su padre había heredado parte de su omnisciencia pero se mostraba tosco con las artes y saberes terrenales, casi como si su mente se llenara cada día de conocimientos ajenos a nuestra realidad.
 
Fue a partir de esa edad, los quince, que su verdadera naturaleza comenzó a imponerse al conjuro que había lanzado su madre años atrás. A medida que pasaban los días, su cuerpo parecía hincharse, como si su piel humana fuera un disfraz viejo que empezaba a quedarse pequeño a lo que realmente vivía en su interior, al verdadero hijo de “El Oculto”.
 
Carmen trató de contener con el mismo conjuro inicial al ser que había dentro de su hijo y que luchaba por salir. Pero los años, la culpa y el imperdonable desgaste físico y mental de criar y mantener a su hijo pudieron con ella. Carmen falleció en diciembre de 2013. No quedó nadie que pudiera controlar, cuidar, alimentar y contener a aquella bestia.
 
¡¡¡KOTHOGA, YGNAIIH YOGG SOTHOTH YGNAIIH!!! Fueron las palabras que se escucharon en Finisterre el 30 de marzo de 2014 pasadas, ya, las nueve de la noche. Quienes pudieron escuchar esas palabras y todavía pueden contarlo, afirman que fue como si sus corazones perdieran toda esperanza por la vida y solamente pudieron quedarse allí, de pie, esperando a ver el amargo final que les ofrecían aquellos chillidos.
 
Aquel monstruo había derruido la casa de los Losada desde dentro, sólo 3 meses más tarde del fallecimiento de su madre, cuando el hambre fue superior a todo otro pensamiento. Cruzó con apenas dos zancadas el terreno que lo separaba del pueblo y se puso a destrozar cuanto pudo en busca de algo con lo que saciarse. Y, de ser posible, mejor si era con sangre.
 
A su alrededor, la tormenta que golpeaba violentamente el lugar llenaba rápidamente las enormes huellas que dejaba el monstruo en barro y asfalto a su paso. Los lugareños, asustados, corrían a entrar en sus casas buscando una falsa sensación de seguridad, pues habían podido ver como salían despedidos cascotes de casas y vehículos destrozados a medida que ese rugido invisible había ido avanzando hasta llegar a la calle principal del pueblo.
 
No sólo sentían el temor de que un monstruo como los de Madrid, Paris o Washington había aparecido entre sus casas, también sentían un horror, más profundo, más visceral, el horror a lo desconocido. No sólo estaban a merced de aquella descontrolada criatura apestosa, que había inundado con su aroma a cobre oxidado y azufre, sino que tampoco podían verla.
 
Este pensamiento duró poco entre aquellos que, a eso de las once y media de la noche pudieron ver como las nubes de tormenta ocultaban el blanquecino rostro de la luna y dejaban el pueblo iluminado meramente con las escasas farolas que todavía quedaban en pie. Por un instante, cuando la luz natural había desaparecido por completo pudieron ver, como allí, de pie, el enorme monstruo succionaba la sangre de una de las hijas de la familia Lago y lanzaba el cuerpo vacío y seco a escasos metros de la ventana de su casa.
 
Ningún parecido quedaba ya con su anterior aspecto, la criatura, tan ancha como alta, se alzaba un par de metros por encima de las casas de su alrededor. Como un gigantesco huevo entre blanquecino y lila, con media docena de cabezas que salían de su cuerpo y otras protuberancias y tentáculos que podían funcionar de extremidades. Con uno o dos enormes ojos saltones por cabeza, escudriñaba en todo momento cuanto le rodeaba, tratando de no perder detalle de cuanto poder llevarse a cualquiera de sus grandes bocas, aberturas en la piel, como profundos y negros cortes, sin labios, pero con afilados dientes y delgadas lenguas que restallaban como látigos al cambiar de dirección. Pronto las nubes volvieron a dejar paso a la luz de la luna y aquella aterradora visión desapareció. Pero no el monstruo.
 
Como si jugaran a un macabro juego de escondite, las gentes del pueblo pasaron la noche tratando de descubrir cuan cerca estaba la muerte de sus puertas cuando, entre víctima y víctima, el monstruo se detenía y rugía su verdadero nombre, el nombre que se había dado a si mismo <<KOTHOGA>>. Nadie acudió esa noche, ni ninguna otra, mientras el monstruo siguió atormentando Finisterre.