El prisionero del Celaeno (Historia)

Autor: David Carreras
Ilustrador: Marina Polo

 

Cuarto mundo de la estrella Celaeno
La caótica de las flautas y tambores persistía omnipresente. Kur, el antiguo señor sumerio de Irkalla, se retorcía maldiciendo aquel ritmo diabólico que no le había abandonado desde su confinamiento en aquella diminuta celda. Las escasas visitas que recibía nunca le revelaban nada, los retorcidos siervos de los primigenios solo lo alimentaban, nunca lo tocaban ni le hablaban. El único contacto que tenía era una obertura en la piedra que daba al exterior,  donde resquicios de la luz índigo de aquel mundo alienígena o los fragmentos del cielo nocturno espoleaban la ilusoria sensación de que aún tenía esperanza de salvarse. Pero a la vez aquella atonal melodía penetraba en la celda desquiciando a Kur, confinado a todo un universo de su hogar.
—¿Por qué no acabas conmigo ya? —gimió lastimoso el sumerio sacudiendo febril las cadenas que ataban su cuerpo serpentiforme. Su interlocutor, una mujer obesa frente a él que escondía su rostro tras un abanico de color negro, no respondió —. ¡Por el amor de Atlantis! Haz que paren esas flautas... no lo soporto más.. acaba conmigo.. te lo suplico.
Como si fuera una señal convenida, la mujer se abanicó empezando a hablar. La voz de esta sonaba como si hablaran cinco mujeres a la vez, en desconcertante asincronía.
—Oh.. ¿pero es que no aprecias el himno al gran Azathoth, estimado Kur? ¿Para qué negarte tan excelsa melodía? ¡Los Otros Dioses la componen al ritmo de sus lamentables estertores! ¡Solo para ti! —dijo la mujer con sorna, Kur sintió escalofríos al escuchar el nombre del sultán demoníaco, la música proseguía, así como también ella —. Estoy segura que tu querida Isse apreciaría enormemente este regalo.
La mención de la diosa azteca enervó al sumerio, tensó su cuerpo escamoso poniendo a prueba tibiamente a sus cadenas. Sabía de la liberación de Isse, pero también sabía qué podía implicar el interés de su visitante en ella. Un visitante que Kur conocía demasiado bien.
—¡Nyarlathotep! —rugió airado —. ¡Aléjate de ella! ¡No la toques! ¡Te destruiré! ¿Me oyes? Yo.. te destruiré..
La mujer abotargada no se alteró lo más mínimos al escuchar su nombre, incluso se permitió sonreír con malicia que se reflejaba en sus ojos por encima de su abanico.
—Yo no me he acercado a ella, estimado Kur —cada vez que el Mensajero se refería a él con ese afecto, el sumerio sentía náuseas —. Has sido tú que, sabiamente, la has aconsejado para obtener su venganza. El único en quien confía. Un encomiable gesto, ¿verdad? No te pongas muy cómodo, pronto podrás volver a ver tu querida Isse. De un modo.. y del otro.
La ira del dragón Kur estalló, una nueva sacudida más violenta que la anterior, hizo vibrar sin éxito las paredes y cadenas de su prisión. Un rugido de brutal impotencia brotó de sus fauces mientras el primigenio se levantaba para abadonar la sala, tras él lo rugidos angustiados del atlante preso.
— ¡Me suplantaste! ¡La engañaste! ¡NYARLATHOTEP! ¡NYARLATHOTEP!
Escuchando su nombre ser invocado con tanta desesperación hizo que al Caos Reptante le generase una profunda e infinita satisfacción.
 
Olaus Wormius había notado los ligeros temblores en el edificio, pero seguía abstraído por las innumerables estanterías de posibilidades que poblaban la gran biblioteca del Celaeno. Aunque se había negado en un principio de desprenderse de su preciado tesoro, al final dejó el Necronomicón a buen recaudo para disfrutar de los incontables conocimientos que podía adquirir gracias a la posibilidad de acompañar a su amo en aquel viaje cósmico. Pero incluso sumergido en su sed de saber, pudo apreciar la llegada de este bajo la máscara de la Mujer Abotargada, se acercó servil al primigenio.
—Mi señor —bajó la cabeza el monje loco hacia Nyarlathotep —. ¿Todo.. bien? —preguntó con estremecimiento, aterrorizado por haberse atrevido a poner en duda la condición omnipotente de su amo. El primigenio miró burlesco a Olaus con sus ojos femeninos.
—Siempre puede ir a mejor, guardián —contestó divertido, advirtiendo la inquietud de su sirviente se detuvo mirándole de perfil, desde esa posición el monje loco pudo apreciar la aberrante forma que ocultaba el dios tras el abanico. Una marea tentacular que se retorcía desde su vientre hasta el rostro, donde cinco bocas sonreían diabólicas y hablaban a la vez—. Quieres saber.
El monje palideció de terror ante la visión para diversión de Nyarlathotep, encontraba en ello un entretenimiento delicioso. Delicioso hasta que lo aburriera y lo sustituyera, como tantas veces antes que ello.
—Yo, mi señor.. ¿por qué ha confiado el secreto de los Inframundos a esa.. atlante? Podría.. usar ese poder para alzarse en su contra.. —Olaus calló tragando saliva, temeroso por haber puesto en duda la visión de su amo.
—Y yo te pregunto, guardián. ¿Por qué no? La mujer llamada Isse desatará toda su furia contra los otros atlantes por venganza, por odio. La victoria de mis hermanos es efímera, sus limitadas mentes les impiden ver el potencial de los humanos en el cosmos. Yo veo más allá. Veo lo que ha sido, lo que es y lo que será.. porque yo nunca abandoné a la humanidad cuando mis hermanos abandonaron la Tierra hace diez mil años y como lo han hecho ahora —el Caos Reptante profirió una múltiple sonrisa escalofriante —. ¿Para qué renunciar a los humanos y a los atlantes? Contemplar como se abocan al caos, matarse los unos a los otros y saborear su locura es infinitamente más estimulante y enriquecedor. Y de las cenizas que queden, gane o pierda Isse su guerra, yo prevaleceré contemplando mi gran obra seguir creciendo.
La quíntuple voz femenina de Nyarlathotep se fue transformando a una de única de varón, en un parpadeo el primigenio volvía a poseer la presencia del hombre de blanco, de R.
—Que arda su mundo, Olaus Wormius, porque las llamas que lo consuman me resultan totalmente indiferentes. Yo solo contemplaré los resultados con satisfacción —el primigenio cambió de tercio repentinamente, acomodó su traje con galantería agarrando con señorío su bastón —. Ahora volvamos a la Tierra, viejo monje. Creo que las cosas se están poniendo sumamente interesantes en el Reino Unido. Un viejo aliado está actuando tal y como predije, generando el conflicto solo para satisfacer sus insustanciales metas mundanas. Me apetece contemplar lo que ocurre, ¿a ti no?
Olaus corrió a recoger el Necronomicón del lugar donde lo había depositado, iban a volver tan pronto a la Tierra que sintió cierto disgusto de no poderse quedar más tiempo en la gran biblioteca. No sabía que planes tenía en mente su amo, quizá sencillamente no los tenía o abarcaban siglos en el futuro y él era incapaz de vislumbrar su final, ¿qué podía decir? Nyarlathotep era el alma de los primigenios, había estado allí desde que el primero de ellos nació del caos primordial. Atravesando el portal de regreso, que los dejaba en algún lugar de los callejones en ruinas del londinense barrio de Whitechapel, Olaus pensaba que quizá esa siembra del caos absoluto entre los humanos no era más que el mismo proceso que pudieran haber sufrido tantos otros mundos antes que la Tierra. Quizá todas aquellas monstruosidades al servicio de los poderes primigenios fueron algún día civilizaciones que cayeron al ser moldeadas para el propósito de Nyarlathotep y sus hermanos.