El primer acto de Hastur (Historia)

Relato de : Marcos Dacosta

Decisión del ganador del 5º Torneo de Influencia Primigenia: Jordi Magester

Ojos bien abiertos, labios fruncidos en una línea fina y dura, el cursor del ratón temblando en la pantalla plana. Una horrenda sensación sin nombre había tomado residencia en su mente, descomponiendo en su intensidad cualquier intento de razón o lógica. Permaneció sentada frente a su ordenador pero viendo más allá, congelada ante ese súbito abismo de vagos y oscuros presagios que se había abierto ante ella. Era del todo irracional pero, dentro de su incomprensión, una parte de sí misma entendió lo que había visto y ahora aullaba en las profundidades de su cabeza. Se sintió enferma, febriles llamaradas de frío erizando su piel, mas era incapaz de cerrar los ojos y arrastrarse hacia algún lugar seguro lejos del objeto de su espanto. No, necesitaba asegurarse.

El tedio de otra madrugada en casa le había llevado hasta aquel video. El tenue brillo de la pantalla tornaba espectral una expresión aburrida, su mentón apoyado en su mano izquierda, el sonido de los ventiladores de la CPU como única compañía. Su hermana mayor lo había colgado en su red social, una simple grabación de la obra de teatro infantil en la que participó su sobrino. Ella no recordaba que en su escuela, cuando era niña, se organizasen esta suerte de actividades, pero supuso que tales eventos habían de ser comunes en el colegio privado al que asistía el pequeño; si bien no el más reputado, sí el más caro en Hiroshima. Cuando el video comenzó todo era normal... hasta que dejó de serlo.
Volvió a clickear el botón de play y la habitación en penumbras se llenó de colores cálidos.
La luz amarilla de los focos bañaba el escenario del salón de actos, las excitadas voces de los padres formaba una cacofonía de murmullos sobre a la que a duras penas pudo oírse un aviso en el megáfono. Al fondo de la escena, del dibujo de una ciudad oscura a la orilla de un lago surgían deformes torres alzándose hasta un cielo iluminado por dos soles. Líneas inciertas y caóticos colores sin duda realizados por una legión de niños vagamente coordinados. El murmullo de voces dejó paso a un silencio casi reverencial cuando varios pequeños salieron a escena, uno de ellos con una desagradable máscara hecha de papel maché. A pesar del terrible sonido, pudo entender que uno de los personajes, interpretado por una chiquilla de voz chirriante, se llamaba Cassilda. Poco más pudo entender de la obra hasta un momento donde el resto de niños de la clase salen de entre bastidores para entonar una extraña canción mientras los actores principales bailaban en primer plano.

Cuando terminó la canción la pequeña Cassilda se acercó al niño enmascarado.
– Usted, señor –habló de nuevo con su vocecilla puntiaguda, más para el público que para su compañero–, debería quitarse la máscara.
– ¿De veras? –preguntó una voz amortiguada bajo la horrenda máscara.
– De veras, es hora –respondió la pequeña Cassilda asintiendo de forma enfática–. Todos nos hemos quitado las máscaras salvo usted.
Hubo un pequeño instante de silencio, donde el niño enmascarado se situaba en primer plano, dirigiéndose hacia el público.
– No llevo máscara.
Era en este punto donde la calidad del video parecía deteriorarse, la pantalla llenándose puntualmente de cuadrados de colores brillantes, el sonido rompiéndose en chasquidos digitales. Mas ella no tenía intención de volver a ver la horrible introducción al segundo acto de la obra, el cursor de su ratón saltándose partes del video, cada vez más corrompido, hasta que llegó a una escena en la que entre el ruido se podía ver claramente cómo una gigantesca figura de más de cuatro metros hecha con listones de madera y cubierta por una túnica amarilla entraba en escena para horror de los personajes, que caían al suelo de rodillas. Era esa inocente figura la que sin duda alguna iba a llenar su noche de pesadillas. Con un gemido de terror apagó el ordenador directamente, sin esperar a que su sistema operativo se cerrase y, tras tumbarse en la cama, se cubrió de mantas más en un infantil intento de sentirse a salvo que para esperar un sueño que estaba segura no vendría.
La mañana siguiente le llegó a hurtadillas, aprovechando sus breves momentos de inconsciencia para avanzar con velocidad sobre ella. Al otro lado de su ventana brillaba un sol amarillo, algo que por primera vez en su vida encontró profundamente perturbador. Algo dentro de ella le impidió posar siquiera sus ojos sobre el ordenador apagado en la esquina. Lo ignoró, su mirada recorriendo todo su apartamento salvo esa precisa esquina, como si de un extraño juego infantil se tratase. Para su sorpresa logró lavarse, vestirse, maquillarse y hasta prepararse una tostada con mermelada que terminó en la basura por falta de apetito sin echar tan solo un simple vistazo a la oscura pantalla. Quizá pensó que tal vez así todo sería menos real, que seguía siendo la misma persona de siempre, una que encontraba las obras infantiles adorables y no aterradoras hasta el punto de provocar insomnio.
De camino a su trabajo las calles de Hiroshima se le antojaron extrañas, desconocidas, a pesar de que había empleado ese mismo trayecto cinco días a la semana durante los últimos cinco años. Las sombras no estaban situadas donde siempre, los colores se le antojaban distintos, incluso los sonidos de la urbe parecían apagados, como al otro lado de una máscara. Una voz tímida e insegura en su interior quiso culpar al enorme sol colgando en el cielo, pero solo necesitó subir un poco el volumen de su reproductor de música para ahogarla bajo un muro de éxitos de los ochenta. Solo necesitaba dejar su mente en blanco durante unos minutos. Solo necesitaba olvidarse de Cassilda y de la máscara. De esa terrible sensación que le congelaba las entrañas. De la figura alta en amarillo.

Sin aviso, sus pies se detuvieron por sí mismos en la entrada a una bocacalle. Sus ojos permanecieron fijos en la acera durante unos interminables segundos antes de girarse a ver mejor lo que quiera que le hubiese llamado la atención de forma tan poderosa. Allí, en una sucia pared cubierta de pintadas soeces, un extraño símbolo del mismo color que aquel sol enfermo parecía brillar incluso a la sombra. Algo en aquel glifo le hizo recordar la obra de teatro, los ominosos diálogos distorsionados en el video, las canciones de notas extrañas y melodías claustrofóbicas. Tomando de nuevo control de su cuerpo continuó caminando hasta su trabajo, poniendo extremo cuidado en ignorar todos y cada uno de los símbolos amarillos que se iba encontrando por el camino. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí? ¿Por qué no se había fijado antes en ellos?
Su jornada laboral fue confusa y cargada de silencio. Lejos de unirse a sus compañeras en la sala de personal durante el almuerzo, prefirió tratar de masticar su sándwich de máquina en su cubículo. Los números del reloj digital sobre su mesa seguían cambiando, pero ninguna de esas nuevas horas había sido capaz de llevarse con ellas la silueta en amarillo, los símbolos adornando las paredes como ojos atravesando dimensiones entre Hiroshima y el lugar donde el niño enmascarado bailaba bajo los dos soles. El timbre del teléfono le sacó de su ensimismamiento y, al menos durante unos minutos más, le devolvió a una realidad que, en su normalidad, se le antojaba cruel. Como si estuviese gastándole una broma. ¿Es así cómo se siente uno cuando pierde la cabeza? No esperó a que el minutero se arrastrase todo el camino hasta las en punto, a las menos cuarto ya estaba abandonando el edificio sin despedirse de nadie, tratando de controlar un pequeño ataque de pánico.

Deshizo el camino entre su trabajo y su apartamento, ojos de nuevo en el suelo tratando de fingir que, a su alrededor, el símbolo aparecía una y otra vez en los recovecos más insospechados, asomándose burlón en el rabillo del ojo, tentándola a encararlo frente a frente. Un juego en el que ella sabía que su cordura estaba en juego. Todo o nada. Su agitado trayecto a través del centro de la ciudad fue interrumpido por una gran muchedumbre que parecía rodear una de las plazas complicando su paso hasta el otro lado. Hombres, mujeres y niños parecían contemplar curiosos un espectáculo, inmóviles y callados como estatuas salvo para, de tanto en cuanto, preguntarse con voz queda sobre la naturaleza de lo que estaban viendo. Casi sin pensarlo, ella se acercó a su vez a echar un vistazo a aquello que tanta atención había despertado. Simple morbo.
En el centro de la plaza un numeroso grupo de personas parecían estar haciendo una especie de baile, unos de rodillas, otros realizando extraños gestos con sus manos. Los murmullos hablaban de un Flash Mob, nueva moda llegada al Japón. Se deciá que un cineasta famoso que había estado grabando el evento, Jordi Magester, era su nombre.  Hablaban que habia desaparecido hacia unos dias. Todos los noticiarios locales habían publicado con primicia. La ultima vez lo vieron susurrando la palabra amarillo como un demente por los callejones de la ciudad.

Desde esa distancia era difícil descifrar los ecos de sus voces. Velas encendidas en el suelo, manos alzadas... ¿eran eso dagas? Los celebrantes giraban, bailando entre ellos casi... casi como aquellos niños en el vídeo. Ella dio un paso atrás, chocando contra otro espectador. Las voces se alzaron, entonando cánticos en un idioma que ella no reconoció pero que le resultaba repugnante al oído. Uno de ellos sacó un spray de pintura amarilla y comenzó a dibujar algo en el suelo. Ella no necesitaba verlo para saber lo que era. Miró a su alrededor con angustia, el grito de auxilio atascado en su garganta. Pero antes de que ella pudiese chillar, del oscuro grupo de personas en el centro de la plaza se escuchó una palabra con claridad cristalina. Esa palabra era un nombre y repicó como una campana en su cabeza. No pudo hacer nada más que huir.
Subió las escaleras que llevaban hasta su apartamento de dos en dos. En alguna parte del camino había perdido su bolso, pero eso le daba igual. Cerró la puerta principal tras de sí y, tras cerrar con llave, se aseguró de que todos los cerrojos estuviesen echados. Fue entonces cuando corrió hacia la cocina y vomitó en el fregadero; una vez hubo terminado alzó una mano pálida y débil hacia la alacena y, tras coger un vaso, lo llenó con agua del grifo y lo bebió de una sola vez. Se había vuelto loca. Era la única explicación posible. Necesitaba ayuda. Con paso vacilante se puso a buscar una vieja guía de teléfonos en la sala de estar. Tenía que haberla puesto en alguna parte, ¿pero dónde? No importaba. Llamaría a su madre; ella sabría lo que habría que hacer. Desbloqueó su móvil y pulsó sobre "Mamá". Se lo llevó al oído y esperó que diera señal. Y esperó. Y esperó. Sus manos comenzaron a temblar.

Iba a volver a intentar llamar a su madre cuando de fuera vino un ruido lejano, una marea de voces atrapadas entre el horror y el éxtasis. Gritos desgarradores que parecían crecer de intensidad. Dejó caer el móvil al suelo y permaneció inmóvil durante minutos y minutos. Se llevó las manos a los oídos y cerró los ojos, fingiendo que esas voces no repetían aquel abominable nombre una y otra vez. Pronto ni siquiera sus gimoteos podían ahogar el horror en la calle. Sus piernas a duras penas eran capaces de sostenerla y tuvo que tambalearse hacia la ventana, casi como si estuviera borracha. Vio su reflejo en el cristal, una cara pálida y congelada en una expresión de horror. Apartó las cortinas y bajó la mirada.

Al principio no vio nada, pero en la esquina al final de la calle pronto aparecieron hombres y mujeres corriendo, chocando contra los coches aparcados, como si fuesen incapaces de verlos para luego continuar su lunática carrera, indiferentes a heridas abiertas y huesos partidos. Luego llegaron los celebrantes bailando, todavía bailando, seguidos de una procesión de gente que aullaba incoherencias que parecían coagular en una sola y horrenda palabra. Y pronto la calle se llenó de un solo color. Era más alto que en la obra de teatro y su presencia fue recibida con enloquecidos alaridos por aquellos que como ella se habían asomado a las ventanas. Los adoradores continuaron recorriendo la calle, anunciando la venida del terror de más allá de nuestro mundo. La figura en amarillo estaba pasando por debajo de su ventana.

Ella pronunció entonces el espeluznante nombre casi en un susurro y el Rey la miró. Ella se alejó de la ventana de un salto y comenzó a gritar hasta que sus cuerdas vocales dejaron de emitir sonido alguno y su horror se quedó afónico; luego siguió gritando en silencio.