El pergamino de los Titanes (Historia)

Autor: Marcos Dacosta

Ilustrador: Iban Casanovas

– ¿De veras tenemos que ir a verle? –se quejó el joven, ladeando la cabeza y pasándose la mano por su pelo rubio–. Sabes que no le soporto.

– No contaba con tu presencia en esta velada –respondió con sequedad la mujer en un griego antiguo que contrastaba con la moderna zona industrial de esa parte de Atenas–.

– Estaba aburrido y se habían acabado las telenovelas –dijo el  otro encogiéndose de hombros y sonriendo divertido–.

La pelirroja ajustó sus gafas como única respuesta y continuó caminando por las avenidas vacías con una altiva mueca de desagrado en la cara.
Aunque a esas horas de la noche los dos viandantes tan solo parecían compartir la calle con ratas, gatos y ráfagas de viento, los atentos ojos de la mujer escudriñaban las sombras entre las naves industriales, casi esperando atisbar una amenazadora silueta aguardando para cogerles por sorpresa. Tras ella, el joven la seguía con la vista fija en el suelo, perdido en ensimismamientos que nada tenían que ver con sucias callejas donde la luz de las farolas se reflejaba en aceite de motor. En más de una ocasión él tardó en advertir que su acompañante se había detenido delante suya, chocando contra ella y teniendo que esgrimir una disculpa rápida para aplacar la creciente irritación que se atisbaba tras las gafas de la pelirroja.

Juntos continuaron recorriendo el laberinto de viejos almacenes y talleres cerrados, ella parecía bastante segura de cuál era su destino, pero el rubio juraba que habían girado a la izquierda tres veces seguidas en la última intersección. En todo caso prefirió mantener la boca cerrada dejando escapar, como mucho, un suspiro cansado de tanto en cuanto. Al menos había tenido la precaución de llevarse sus zapatillas deportivas y una confortable chaqueta de cuero marrón antes de adentrarse en la noche ateniense acompañando a la que, tal vez, a grandes rasgos, dependiendo de a quién preguntase uno, podría considerarse su tía. Y aunque él no había heredado la inteligencia de esta, no hacía falta ser un genio para saber que muy pocas cosas eran capaces de agitarla como lo que fuera que le había hecho abandonar su refugio y ponerse a perseguir sombras en este lugar.
Al cabo de unos minutos un mal disimulado brillo de reconocimiento iluminó la cara de la pelirroja y, con más aplomo del que podría corresponder a su tamaño, se encaminó hacia una vieja nave a medio comer por el óxido y la ruina. Cinco rápidas zancadas a través de una entrada cubierta de asfalto agrietado y pronto ambos se encontraron frente a una puerta de metal cerrada. A ella no le hizo falta comprobar la manilla para saber que ningún candado o cadena iba a impedirle el paso. No aquí. El joven se cruzó de brazos y soltó otro suspiro hastiado, alternando su atención entre la mujer y el oscuro cielo cubierto de nubes.

– De veras, no le soporto –dijo de nuevo el rubio–. Aún estamos a tiempo de ir a cenar por ahí, ver una película, ¡tal vez incluso buscarte un novio! Seguro que podemos encontrar a algún mortal al que no le importe el olor a mierda de búho y...

La habitual verbosa respuesta cargada de soberbia que él estaba esperando no solo no llegó, sino que en su lugar se impuso un frío silencio. El joven se sintió empequeñecer con milímetro que la mujer se acercaba a él.

– ¿A quiénes guardas lealtad, Eros? –y aunque la voz de la pelirroja sonaba tan petulante como de costumbre, el rubio notó el acero acechando entre las palabras.

– No sé a qué te refieres –respondió sin apartar su mirada de los ojos de la mujer y evitando el reflejo automático de tragar saliva.

– Sabes perfectamente a qué me refiero –contestó ella en el mismo griego moderno que empleaba él.

Él no iba a responder y ella tampoco lo esperaba. Después de unos tensos segundos de quietud, la mujer retrocedió unos pasos y la brisa nocturna pareció retornar junto a todos los pequeños ruidos de los alrededores. Dio media vuelta y, tras abrir la puerta de la vieja edificación, entró con el mismo paso seguro y confiado de antes. El joven se pasó las manos por la cara y soltó otro largo suspiro, luego siguió a la pelirroja al interior de la nave.
Lo primero que advirtió fue el penetrante olor de los múltiples tanques químicos dentro del lugar; intentó cubrirse su boca y su nariz con su camiseta y su mano izquierda, pero aún así el hedor le quemaba los pulmones y le hacía llorar los ojos. La pelirroja estaba unos pocos pasos delante de él, cubriéndose la nariz con el antebrazo. En el centro de la nave, una figura solitaria se mecía adelante y atrás sentada en el suelo, desde la distancia era posible percibir unos grandes ojos en blanco.

– Aguardaba vuestra visita, mis señores –proclamó de repente Pitia, el oráculo, sus ojos ahora entrecerrados y mirando de manera somnolienta a los recién llegados, como si no fueran más que un sueño pasajero.
Eros no pudo evitar un bufido sarcástico a pesar de los tóxicos en el ambiente; cuando los enrojecidos ojos de la pelirroja se volvieron hacia él para recriminarle la falta de respeto, el rubio no pudo hacer más que señalar al oráculo y encogerse de hombros. Cubriéndose la boca con una mano, la acompañante del joven dio unos pasos hacia delante.

– Mi buena Pitia, acudo hoy a ti para que me reveles aquello que yo misma no alcanzo a ver –comenzó ella, su voz calmada pero poderosa. La voz de una diosa habituada a ser escuchada–. Alguien irrumpió en mi biblioteca y tomó algo de ella. No quedó registro alguno en mis cámaras de seguridad ni en la lista de visitantes, sin embargo el culpable no pudo evitar consultar su premio en una de las mesas dejando marcas sobre el polvo que la cubría.
– ¿Todo esto es por un libro? -exclamó el rubio con incredulidad mirando a ambas mujeres.

El oráculo se incorporó lentamente.
– Los padres de los padres –se pronunció Pitia, arrastrando cada sílaba. La pelirroja asintió, su boca de nuevo cubierta–. ¡Atended a mis palabras, mi señora! ¡Veo nieve cubriendo el sol y un rayo roto brillando en las profundidades! ¡Un ojo azul, amarillo y verde lo ve todo!

La profetisa pareció enfocar sus ojos en algo más allá de las paredes de la nave y comenzó a gritar, derrumbándose en el suelo y cubriendo su cabeza con sus brazos. Eros puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. La pelirroja asintió de nuevo a la figura en el suelo y se dispuso a salir del edificio ignorando las muecas irritadas del joven.

– No os olvidéis de vuestra Pitia cuando lleguéis a lo alto, mi señora –vino una voz frágil del centro de la sala–, las estrellas se mueven y los Antiguos regresan. Ya lo sabéis. Ya lo sabéis...

En silencio, ambos dejaron atrás la nave aunque sabían que el fuerte olor químico continuaría pegado a sus ropas durante el resto de la noche. Una vez fuera Eros comenzó a toser y a carraspear, escupiendo copiosas cantidades de saliva en un vano intento por conseguir que su garganta dejase de arderle. La mujer simplemente se apoyó contra una pared y respiró con dificultad.

– ¿Se puede saber a qué demonios vino todo esto? –preguntó irritado el rubio, deteniéndose por un momento para volver a escupir–. ¡Dioses, tendría que haberme quedado en casa! ¡Un libro! ¡Todo esto por un libro!

– Es un pergamino. Un pergamino sobre los Titanes –aclaró ella con voz ronca, sus ojos todavía rojos clavados en Eros–. Alguien los quiere de vuelta y ahora sabe cómo.

El joven se quedó mirando a la pelirroja en silencio, incapaz de moverse o de pronunciar sonido alguno a través de su dolorida garganta. Los padres de los padres. Ahora comprendía la premura de la mujer en acudir al oráculo, ¿pero qué significaba todo aquello del ojo y la nieve? La pelirroja se apartó de la pared y caminó hasta volver a quedar frente a frente con el joven.

– ¿A quiénes guardas lealtad, Eros?