El pergamino de los Titanes 2º Parte (Historia)

Autor : Marcos Dacosta

Ilustrador: Guillermo García

De pie, en uno de los recovecos de la extensa biblioteca que llamaba hogar, la pelirroja permanecía de pie, labios fruncidos, mirada intensa que, tras escudriñar todas las sombras y luces del lugar, parecía ahora determinada a intimidar a los objetos hasta que estos revelasen una verdad oculta. De manera inconsciente se cubrió la boca con la mano derecha, su otro brazo cruzado sobre su pecho. Odiaba esa sensación, tener todas las piezas delante suya pero sin incapaz de interpretar el significado. Otra criatura más humilde y sensata habría claudicado días atrás, pero no ella. Jamás ella. Esto era algo que le carcomía el alma, que desvelaba sus noches y ensombrecía sus días. Era algo que se le escapaba, pero cuya solución tenía casi al alcance de los dedos. Día tras día tras día.
Se quitó las gafas y aprovechó para frotarse los ojos. No necesitaba un espejo para saber que estos estaban completamente irritados. De hecho, y a juzgar por la dificultad que tuvo en hacerse la coleta esa mañana, tampoco necesitaba un espejo para saber que tenía el pelo hecho un desastre. Desde luego no era precisamente la imagen que uno asociaría a la palabra 'diosa', pero era lo que había y a la mujer no podría importarle menos. Alzó la cansada vista hacia las cámaras de seguridad que vigilaban los pasillos de la biblioteca y estas le devolvieron la mirada con guiños de luz roja. Hacía una semana, y varias horas que se fundían ya en su extenuado cerebro, alguien había entrado en su sancta sanctorum y extraído uno de los más importantes documentos que el lugar contenía. No, no alguien. Un dios. Un mortal no habría podido eludir la red de cámaras, sensores de movimiento y guardias que mantenían el lugar a salvo.
Huellas sobre una mesa cubierta de polvo eran la única pista que había indicado a la mujer que se había cometido el hurto, motivo por el cual hacía varias noches decidió arrastrarse hasta la guarida del Pitia y consultar al oráculo, mas aunque parecía entender ciertas partes de su críptica respuesta seguía necesitando algo que conectase las piezas del complejo juego que comenzaba a atisbarse y le había tomado a ella por poco más que un peón. Grave error, pensó, muy grave error. Un dios había robado su manuscrito... pero ninguno de los que conocían de su existencia habría sido capaz de hacerse con él de esa manera. No. El ladrón no podía ser un dios griego... pero tenía que tener tratos con uno. El sol cubierto de nieve.
Un chillido agudo proveniente de alguna otra parte de la planta sacó a la mujer de su ensimismamiento y, tras reconocerlo, decidió ignorarlo y retomar la enredada madeja de pensamientos entre ella y lo que a esas alturas parecía evidente. El chillido se repitió una vez más, desconcentrando de nuevo a la pelirroja que, con un bufido llenó de hastío, se puso de nuevo las gafas y atravesó la biblioteca cargando todo su peso en cada pisada. El irritante sonido se escuchó de nuevo tras una de las puertas que separaban la biblioteca del resto del edificio, mas la mujer no necesitaba indicación alguna sobre el origen de esa particular interrupción. Abrió la puerta con rabia y se encaró con el responsable.
– ¡Por todos los dioses, deja al búho tranquilo! –rugió ella en griego antiguo, posando una mirada amenazadora a su visitante.
Reclinado en un canapé, con la clase de apariencia descuidada que requiere horas frente al tocador, se encontraba el dios Eros, tratando de hacer rabiar al iracundo búho mascota de la pelirroja. La criatura aleteaba con violencia en su percha, tratando en vano de llevarse alguna de las falanges del rubio con una tormenta de chasquidos de pico y arañazos de garras. Ante la irrupción de la furiosa dueña de la casa, Eros se alejó del búho y alzó las manos en el aire.
– Sé que no vas a creerme pero empezó él –se excusó el dios con premura–. De veras, ¿no podías haberte comprado un gato como todas las solteronas de tu edad? Creo que Isis tiene gatos y...
Una mirada asesina por parte de la mujer, casi idéntica a la del todavía irritado búho, fue más que suficiente para hacer callar al joven. Ella se acercó hasta la agitada ave y, tras unas caricias y murmullos, manteniéndose siempre fuera del alcance del pico, logró tranquilizar a la peculiar mascota.
– No vuelvas a hacer eso, pierde plumas cuando se estresa –comentó la pelirroja, ahogando un gruñido al tener que agacharse para recoger algunas de las plumas del ave–. ¿Qué motivo te ha llevado a molestarme? ¿No estabas ocupado con templos, iglesias y esas insignificancias con las que Zeus malgasta tu tiempo?
– ¿Es que no puedo visitar ya a mi tía favorita? –contestó el dios del amor frunciendo el ceño.
La mujer logró a duras penas contener la primera respuesta sarcástica que acudió a sus labios tras una sonrisa fría y con cierto desdén. Incluso los dioses se atan a reglas no escritas y a líneas que no era de buen gusto traspasar. Con la segunda ya no tuvo tanta suerte.
– He de reconocerte cierta astucia, dios del amor, de estar en el lugar de Zeus el último sitio en el que se me ocurriría buscarte sería en una biblioteca –se burló ella en su mejor voz de diosa, profunda, cargada de sabiduría–. ¿Y qué atuendo es ese que llevas? Esa camisa me daña la vista.
Eros puso los ojos en blanco, se pasó las manos por la cara y dejó escapar un hondo suspiro.
– Mientras tú te quedas aquí sincronizando tu menstruación con la heroína de alguna novela, otros salimos a bailar y disfrutar de nuestro regreso –contestó el rubio con exagerado hastío–. Y esta camisa es preciosa, resalta mis ojos y ninguno de mis amantes se ha quejado de ella.
La pelirroja iba a hacer otro afilado comentario sobre la horrenda combinación de colores de la mentada camisa cuando se quedó congelada. De nuevo las piezas aparentemente inconexas enfrente suya. Bajó la mirada hacia sus manos, su pulgar acariciando con delicadeza las plumas de búho que había recogido antes del suelo. Volvió a mirar a la camisa de Eros, sus colores chirriantes. Los amantes del dios del amor. Las plumas marrones en su mano. Como un ordenador, su memoria pronto reprodujo las palabras de Pitia, el oráculo: nieve cubriendo el sol, un rayo roto bajo el mar, un ojo azul, verde y amarillo. Tenía sentido, estaba ahí, esquivando su mente consciente pero casi al alcance de la mano. Casi. Tan solo...
Eros advirtió el cambio en la mujer, sus ojos yendo de un lado a otro, un brillo de astucia en unos ojos rojos enmarcados por ojeras. Se incorporó preocupado e intentó hablar, solo para que la pelirroja alzase un dedo impidiendo siquiera que un solo sonido abandonase la garganta del dios. Él ni siquiera se atrevió a moverse, contemplando cómo la pensativa anfitriona parecía haberse quedado atrapada dentro de su cabeza, sabedor de que la ira de esta podría volverse de nuevo contra él de osar interrumpirla por una segunda vez. Incluso el maldito búho parecía haberse quedado inmóvil. Entonces la pelirroja miró a los ojos de Eros.
– Un pavo real –comentó ella con una voz extraña que pareció sacar eco de donde antes no lo había–. Es un pavo real.
El dios del amor le devolvió la mirada en silencio. Parpadeó. Miró al ave nocturna. El pájaro observó al rubio.
– A tu dueña se le ha ido la cabeza.
Si la mujer escuchó el comentario no prestó atención a él. Se acercó hasta el joven con paso solemne, él sentado, ella de pie mirándole desde arriba. El rubio se sintió desnudo, como si la pelirroja no solo le estuviese mirando a él, sino escrudiñando todos sus secretos. Por supuesto él sabía que esto no era así, pero no evitó que se le erizasen los pelos de la nuca. Ella se inclinó hacia adelante.
– Tengo que ponerme en contacto con Hera y tú sabes cómo –comentó la dueña del búho en su mejor voz de diosa. No era una pregunta.
– Sabes que Hera se marchó tras su separación de Zeus y yo me quedé aquí –trató de explicar el dios, intimidado bajo la sombra de la mujer–, ¿cómo iba yo a saber nada?
– ¿De verdad piensas que yo me creo que el dios del amor iba a aceptar la separación de Zeus y Hera sin tener algún plan para juntarlos de nuevo? –preguntó ella, recriminando al joven dios como una profesora a su alumno–. No, Eros. Vas a ponerme en contacto con Hera y vas a hacerlo ahora.
El rubio iba a replicar, pero tras unos segundos de silencio se limitó a bajar la mirada. El búho se removió de nuevo en su percha y la mujer acudió junto al ave a hacerle unas carantoñas, una sonrisa triunfal en su rostro.