El Pacto Celta - parte I ( Historia )

 

 

Autor : David Carreras

Ilustrador : Marina Polo

El tiempo es una de las medidas más extrañas para un dios inmortal. El ahora, el aquí, el instante o el momento se mezclan en un caldero confuso del que muy pocos saben distinguir sus sabores. Las traiciones lejanas se aferran como clavos en el corazón, es difícil dejar atrás algo que se abraza a ti como un sueño recurrente que pareció pasar ayer. La corriente del tiempo discurre distinta para los dioses, porque no fluye y no cambia, sólo es. Por eso los dioses necesitan de las grandes gestas de los mortales, por eso la acción de aquellos de vida efímera pueden llegar a cambiar lo inamovible.

La tranquilidad era un don apreciado en Takamagahara, pero para Koitashi era otro día aburrido haciendo guardia en el Amenoukihashi, el Puente Flotante del Cielo, en el que su habilidad marcial quedaría desaprovechada en aquellas interminables jornadas en las puertas del hogar del panteón japonés. Era un gran honor custodiar aquellas puertas, pero la batalla estaba librándose en otro lugar  y sabía que él debía estar combatiendo en primera línea. ¿Quién se atrevería a atacar el mismísimo hogar de los Kami?
La respuesta vino con un viento del oeste, parecía llegar el eco de tambores en el horizonte. Koitashi reconocía aquel sonido, había estado antes en esos lugares, saboreó la batalla que se acercaba y sin ver lo que se venía encima llamó a los soldados ashigaru a formar.

—¡En formación, soldados!

Un cuervo más oscuro que la noche de los tiempos se posó sobre la madera celestial, frente al samurái y a los ashigaru formados. El disfraz no engañó a Koitashi, adquirió posición de combate sin apartar la mirada de la criatura.
—¡Muéstrate, bestia! Tus trucos no me engañarán. Soy Koitashi, leal servidor del poderoso Hachiman y guardián de esta puerta. Seas lo que seas, no cruzarás por la fuerza.

El pájaro graznó amenazador, al samurái le pareció verle sonreír cuando ocultó su rostro con las alas y empezó a ganar tamaño. Creció hasta transformarse en una mujer en la flor de su madurez, pelo largo, suelto y negro con lúgubres pinturas marcando su rostro. Apenas ceñía una armadura de cuero que le protegía el torso y las piernas, que disimulaba una silueta fibrada a la par que hermosa. Sus ojos brillaban salvajes, dos pozos de oscura ira que evaluaban al guerrero japonés sin dejar detalle. Un escudo y una lanza eran sus únicas posesiones, puso la defensa al frente y provocó a los defensores nipones con su lanza aullando embravecida.

—¡Vamos valientes! ¡Venid a mi! ¡Soy la Voz de los Muertos! ¡La Portadora de la Ruina! ¡La Reina de los Espectros! ¿Quién se atreve a aceptar mi desafío? —las peroratas de la mujer encontraron respuesta en el airado Koitashi, avanzó hacia ella sin titubear. Una enloquecida hechicera no iba a detenerlo, blandió su katana, quería terminar rápido con aquella burla.

—¡Ashigaru! —rugió inspirando a sus hombres —. Ningún enemigo pasará. ¡Ninguno!

Los soldados respondieron bravos a las arengas de su líder, alzaron sus lanzas yari cerrando la formación.

Sin mediar palabra el samurái cargó en solitario contra la intrusa, la mirada de ella era algo innatural, sus pupilas dilatadas de excitación y la sonrisa de una maníaca desatada. El primer corte de Koitashi debió terminar, pero la mujer interpuso el escudo convirtiendo el ataque del japonés en un contraataque. Los golpes de la guerrera eran toscos, carentes de la sutileza de la esgrima del samurái, no le resultaba difícil sortear los impactos y esperar al momento adecuado para responder. Pero Koitashi supuso demasiado, y muy tarde se dio cuenta de que no se enfrentaba a una mortal cualquiera.

—¿¡Dónde está Hachiman!? ¿¡No soy digna de ese dios de la guerra patético y cobarde?! ¡YO SOY LA MORRIGAN! —el aullido de la mujer empujó al samurái con una fuerza antinatural hacia las las filas ashigaru derribando su vanguardia. Koitashi contempló a la que ya reconocía como diosa sobrecogido, vio un aura rojiza que la envolvía y el brillo azulado que manaba de tus pinturas en el rostro. Ella sonreía diabólica, embebida en una mirada homicida que caía sobre el samurái empequeñecido ante la presencia de la diosa de la muerte y destrucción celtas.

De pronto otra figura apareció tras la guerrera divina, un hombre de rostro ajado por los años que caminaba con el pesar de miles de años de vivencias. Un camino de florecillas silvestres nacía tras sus pasos, la madera de un inquietante cayado golpeaba la del puente. El hombre se puso enfrente de la Morrigan, ella calmó el temperamento sin decir nada, pero seguía moviéndose detrás como un animal encerrado. Koitashi no tuvo dudas en esa ocasión, aquel hombre era un Dios, uno de los Padres.

—Quiero ver a Amaterasu —la voz de la deidad mirando a la multitud sin dirigirse a nadie en concreto. No hubo respuesta, los ashigaru se movían inquietos esperando a una orden de su líder que pesadamente se puso en pie.
—¿Quién es el que se atreve a atacar Takamagahara y luego exigir la presencia de la divina Amaterasu-dono? No pasarás por aquí, seas quien seas. Mi misión es proteger el Amenoukihashi y para pasar deberás matarnos.
—Si eso es lo que deseas —dijo con indiferencia el celta ahora mirando al samurái. El dios empezó a caminar, la Morrigan le siguió de cerca sin avanzarse al que parecía su superior. Paso a paso, sin acelerar el ritmo, aquello puso cada vez más nerviosos a los guardianes. Era como contemplar una fuerza de la naturaleza más salvaje avanzar hacia ellos, Koitashi no lo quiso admitir pero iban a morir sin remedio. No eran rival para ese ser.

Solo hubo una oleada de ashigaru contra el dios celta. Diez hombres fueron barridos de un golpe del cayado de la deidad saliendo despedidos a los laterales del puente, algunos coquetearon con el abismo pero ninguno se precipitó hacia él. El celta hastiado por la situación enfocó su mirada en uno de los ashigaru, no quería matar a ninguno, pero hasta que no demostrara su poder seguirían avasallándole en esfuerzos estériles por detenerlo y perdía el tiempo que debía invertirlo en la diosa solar japonesa.

—¡Sirva esto de lección, guerreros de la Llanura del Cielo! —bramó el celta acercando la punta del bastón que tocaba al suelo al pecho del ashigaru. Fue un toque sutil, casi el roce de una caricia, ni siquiera notó como moría y su alma emprendía el viaje al Yomi. El silencio se apoderó de las filas japonesas, miraron al compañero caído muerto de forma fulminante. La Morrigan sonrió satisfecha ante la demostración, susurró algo hacia el caído y a todas luces fue algo solemne.

Los demás soldados no iban a cejar en el empeño, Koitashi volvió a ponerse al frente tras recuperarse y si aquel era el destino no iba a faltar a la cita.

—¡Soldados! ¡Por Takamagahara! ¡Por Japón! ¡Por Amaterasu! ¡Cargaaaad!
—¡Detente! —una voz femenina de tono musical se impuso en la escena, como un bloqueo invisible el ataque nipón se detuvo y abrió filas hasta las puertas del hogar del panteón. Un pequeño zorro blanco con ocho colas estaba sentado observando a los dioses intrusos.
—Daghda y Morrigan de los Tuatha Dé Dannan. Soy Kasai, hija de Inari, sed bienvenidos a Takamagahara. Vuestra visita era esperada por la luminosa Amaterasu-dono.

Los celtas asintieron satisfechos con el reconocimiento, miraron con desprecio a los mortales que habían defendido aquel puente y recibieron una misma mirada de rencor hacia ellos. La Morrigan volvió a transformarse en cuervo y se posó en el hombro del Daghda mientras seguían al zorro blanco por los senderos del hogar de los dioses japoneses. Dejaron atrás el puente mientras Koitashi miraba lleno de rabia a los invitados de su diosa.

“¿Era necesario esto, Daghda?”

“Del todo, Morrigan. Hay que recordar quienes somos y qué hemos sido, ¿tienes dudas, Reina de los Espectros?”

“Dudo de si esta es la forma de afrontar los desafíos que nos esperan, amado mío.”

“Si recordaras la traición de Amaterasu no sería tu actitud distinta a la mía. Y tú misma te has enfervorecido a pesar de alegar por esos dictámenes de paz de los mortales.”

“Soy quien soy, Daghda. Soy muerte y destrucción, no rehuyo de mi naturaleza, pero tampoco deseo llevarla a aquellos cuyo momento aún no ha llegado. La muerte debe tener un significado glorioso, no el capricho de los poderosos. Tú más que ninguno de los nuestros debería saberlo.”

“Yo, más que ninguno de los nuestros, sé lo que hemos sufrido y lo que han sufrido otros pueblos a manos de las decisiones de los designios de Amaterasu.”

“No vienes a aliarte a ella, ¿verdad?”

“No, querida Morrigan.”

“Ella ya lo sabrá.”

“Lo sabe.”