El Pacto Celta 2º Parte: Los Portales Estelares

 Autor: David Carreras 

Ilustrador: Hector Herrera

Los jardines de Takamagahara permanecían intactos en los recuerdos del Daghda. El dios lo recordaba todo, el aroma de los cerezos, la magnificencia de los robles rojos, el arrullo de los riachuelos. El retrato más prístino del espíritu de Japón, pero para el celta aquella naturaleza estaba domada a la voluntad de unos pocos. Aunque admitía la belleza sublime de aquel lugar, él siempre preferiría la salvaje y agreste armonía de la naturaleza libre. Pero curiosamente en el reino de los kami había caído una luz sombría, apagada como si la misma Amaterasu no se encontrase allí.

Delante de él y Morrigan, la kitsune Kasai contoneaba sus ocho colas que flotaban bamboleantes, como si cada una tuviera su propia personalidad enzarzadas en un baile hipnótico. La espíritu zorro volvió la cabeza levemente hacia los dioses.

—Es un gran honor poder ser vuestra guía, Daghda-dono, Morrigan-sama. Mucho tiempo desde que el honorable panteón celta nos agasajó con su visita —dijo la servidora de Inari. El Daghda tampoco había olvidado las retorcidas conversaciones, tan llenas de matices como huecas en sinceridad. La cuervo Morrigan se paseaba de un hombro a otro, el dios notaba la incomodidad de mujer, cada paso anunciaba una emboscada y la luz de Takamagahara permanecía macilenta sin brillo alguno.

—Ten la certeza que no es un honor ni un placer estar aquí, espíritu —respondió brusco —. Deja de perder mi tiempo, llévanos ante Ella.

Kasai no se inmutó por el tono del dios celta, sí aceleró el camino hacia su destino. Descendieron por una avenida preñada de pétalos blancos, un adoquinado que moría en una gran explanada de tierra circular. Una gran colina presidía el centro del lugar, en su pico descansaba una humilde capilla de madera con un altar de piedra pequeño. Pero el Daghda conocía aquel lugar, su mirada bajó a la base de la elevación, no le fue complicado localizar la obertura en la roca. Antes de que la Morrigan preguntara por aquel sitio, Él ya respondía.

“Ama-no-Iwato.”

—Ama-no-Iwato, la Caverna Celestial —anunció a la vez la kitsune.

—Que apropiado —murmuró el celta con sorna.

—Mi señora Amaterasu os espera en su interior. Yo me despido aquí. Ha sido un honor.

La criatura de ocho colas no esperó una despedida, ni tampoco aguardó recibirla. Su silueta se evaporó levantando un banco de pétalos de cerezo. El Daghda, con la Morrigan al hombro, avanzó hacia la cueva de la que, cada vez se percibía mejor, una luz incandescente brotaba de su corazón.

“Es una trampa.” advirtió la Reina de los Espectros.

“No aquí. No en su refugio. Hace eones, Amaterasu se escondió en esa cueva asustada y enojada por los destrozos de su hermano Susanoo. Sus siervos acudieron a mi en busca de consejo, yo estuve el día en que Ama no Uzume la atrajo al exterior, yo fui uno de los que movió la roca para cerrar la cueva antes de que se volviera a esconder.” respondió con una pizca de nostalgia, apretó con fuerza su cayado recordando otros que estuvieron presentes en aquella celebración.

Ambas deidades no tuvieron que avanzar mucho por las galerías subterráneas, la voz de la diosa solar japonesa anegó las cavidades internas de la caverna.

—Has matado a uno de los míos, Daghda —la voz manó de todos lados —. No sabía, no obstante, que las costumbres de los celtas se hubieran envilecido tanto en el Olvido. Especialmente siendo los invitados en el hogar ajeno.

Los dos dioses siguieron adelante, el Daghda siseó.

—No es mejor trato que puedan recibir los traidores y los cobardes, Amaterasu.

—Sé a qué has venido, Eochaid —declaró la voz sin rostro —. Tus intenciones son tan cristalinas como agua de manantial.

El celta apretó tan fuerte su bastón que su madera crujió.

—No te acepto que uses ese nombre, bruja japonesa. Ya no —gruñó —. Tus engaños, tus intrigas, tus falsedades. Todo eso terminará hoy. Ahora —amenazó el Daghda con ira contenida. La luz al final del pasillo de piedra se iba haciendo cada vez más intensa.

—¿Y luego irás a por el viejo Odín, que no luchó con suficiente bravura? ¿A por el omnipresente Ra, cuyo celo por los secretos no os permitió descubrir el secreto de las Puertas? ¿Lanzarás una campaña de conquista contra Mictlán? ¿Quizá los aztecas no hicieron suficientes sacrificios humanos? ¿O devolver la afrenta griega por conducir a sus ejércitos que aniquilaron a tantos de vuestros sacerdotes? Los hijos de Dana a la conquista del mundo, el Panteón Celta abocado a la venganza más ciega y abyecta mientras los Primigenios engullen lo que quede del mundo —las palabras de Amaterasu eran punzantes como saetas, apuntaban al alma. Daghda continuó avanzando, cada vez más henchido de furia.

—¡CÁLLATE! —rugió el dios golpeando la piedra con el cayado. En el acto la piedra se agrietó, consumió la vida de los múltiples líquenes y hongos que poblaban las paredes de la cueva.

—Es justicia, víbora. Justicia por los míos. Por Brahma y su pueblo exiliado, por tantos atlantes muertos. Por tantos traicionados por tus maquinaciones y subterfugios. El Sol de Japón se oscurecerá para siempre hoy.

La Morrigan acompañó la declaración con un graznido horrible, luego el silencio se propagó por las profundidades de la tierra. Solo los pasos del dios celta y el de su bastón se atrevían a desafiarlo.

—La justicia, viejo amigo, empieza por uno mismo —la voz se moduló ya cercana, la escuchaba al doblar la última esquina —. Y tú, Eochaid, estás renunciando a ella por la venganza.

El Dagdha giró esa esquina, lo que vio lo dejó totalmente desconcertado. Era una sala de cristal, la superficie de cada uno de sus rincones estaba totalmente pulida, todo en una forma semiesférica. Las paredes reflejaban una luz cálida y dorada, cuya fuente era el de una mujer arrodillada frente al acceso de la estancia. Amaterasu poseía una belleza sobrenatural, había dejado caer su liso y oscuro pelo sobre su espalda, tenía los ojos cerrados y su cabeza agachada hacia el suelo. Vestía un imposible kimono amarillo de largos pliegues que descansaba a su alrededor en perfecta circunferencia. En las manos de la diosa, extendida por el mango hacia donde habían entrado el Daghda y Morrigan, una katana que ofrecía a los dioses celtas.

—Si el Daghda que conocí hace tiempo sigue aquí, obrará con la infinita sabiduría que me llevó una vez a amarlo —dijo solemne la japonesa, su voz no titubeó ante lo que estaba ofreciendo al dios.

Él dudó, al principio extendió la mano hacia la espada sin miramientos, pero un impulso tan familiar como antiguo le detuvo. Morrigan contemplaba la escena sobrecogida, optó por el silencio y observar los acontecimientos.

—Nos abandonaste —dijo con fisuras en la gelidez de su tono —. Nos dejasteis a tantos a la merced de esas cosas de otro mundo.

Amaterasu hundió aún más la cabeza, compartió el dolor de las palabras del Buen Dios.

—No hay ciclo que no recuerde el sacrificio que me vi obligada a hacer, Eochaid. Mis truenos son mis gritos de impotencia, mi lluvia la tristeza por los que no pudieron regresar —confesó la diosa compungida, más su voz no temblaba —. Pero volvería a tomar esa decisión, viejo amigo. No puedo arrepentirme por salvar a tantos, no puedo suplicarte perdón porque el mío no lo buscas.

El celta movió la cabeza aturdido, paralizado sin contraer un músculo de su rostro. Morrigan se movió de un hombro al otro, comprendiendo la situación, pero dejó que el Daghda tomara la decisión. Éste tomó la espada con decisión, desenfundando la hoja con el gesto.

—No, no busco tu perdón —respondió el dios alzando la katana sobre su cabeza —. Quiero que me mires, Amaterasu.

La diosa no se movió.

—Si hago eso me odiarás aún más, Eochaid.

—Si no lo haces, te odiaré eternamente por no detenerme.

La diosa alzó su rostro hacia el del dios, sus miradas se cruzaron y un huracán de recuerdos y emociones chocaron. Ambos vieron el sol reflejado en la mirada del otro, la prístina sensación de contemplarse como hubiera sido el otro de haber surgido en otro tiempo y lugar. Ambos dioses, ambos el astro rey, ambos con la responsabilidad de tantos a sus espaldas. El sol celta bajó la espada con lentitud, el sol japonés contuvo la respiración.

—Sé como liberar a los que fueron encerrados, Eochaid. Sé como abrir los Portales Estelares, traer de vuelta los exiliados por tanto tiempo —las palabras de Amaterasu sonaron reconciliadoras, el Daghda miró a un lado con abatimiento, ella se avanzó a sus dudas —. No miento, viejo amigo. Tú por encima de muchos otros, sabes que nunca te mentiría en algo así.

El dios celta quiso resistirse ante la evidencia, a su vez Morrigan apretaba sus garras en el hombro del dios con furia contenida. Algunos hilos de sangre fluían de la carne rasgada por el cuervo, aunque el Buen Dios permanecía indolente ante la situación mirando con ojos iracundos a Amaterasu. Ante el silencio de este, ella prosiguió.

—Hay un material venido del cielo, el oricalco, es la fuente de poder que alimenta los Portales. Durante generaciones, los nuestros lo usaron para construir nuestros artefactos más poderosos, pero estábamos ciegos a su verdadera naturaleza. Del espacio, Eochaid, incluso los propios Portales están construidos del mismo material refinados con técnicas desconocidas. El oricalco es la base de su tecnología, la llave que puede abrir las puertas cerradas y traer de vuelta a nuestros hermanos —la japonesa era cauta en su exposición, estaba segura de que mucho de lo que le contaba al Daghda ya lo sabía, pero era un paso necesario para que supiera qué se estaban jugando —. Los egipcios han indagado sus secretos, pero carecen de vuestra experiencia, incluso poseemos artefactos construidos con oricalco como los vasos canopos usados en sus rituales. Estamos muy cerca, Eochaid, cerca de descubrir sus secretos.

—Los Portales nunca pudieron ser abiertos. Solo cuando Ellos nos atacaron, parecían.. obedecer Su voluntad —murmuró el Padre celta reflexivo, uniendo piezas por si mismo.

—He enviado a mis ashigaru a buscar todo el oricalco que queda en el mundo, si logramos reunir el suficiente puede terminar con esta guerra antes de que se desate con toda su destrucción. Si trabajamos juntos, como antaño..

—No envenenes mis sentidos, bruja. No uses tus artimañas altruistas conmigo —interrumpió hostil la deidad, Morrigan acompañó el comentario con un graznido desagradable. Amaterasu cerró los ojos como si sufriera el dolor de los muertos que se iban sucediendo en la Tierra a cada segundo.

—Los Primigenios han regresado. Los Panteones debemos permanecer unidos, Eochaid. Os necesitamos a todos, juntos prevaleceremos o volveremos al Olvido, y esta vez será definitivo —explicó con suavidad cogiendo la mano del celta —. Necesitamos al Panteón Celta de nuevo con nosotros, sois una de las familias más antiguas de la Tierra, vuestros conocimientos y poder son un recurso necesario para esta nueva Gran Guerra que se avecina.

—Pides mucho, diosa. Pides mucho a un pueblo traicionado —respondió dolido.

—Juro por los míos que liberaré a los que fueron encerrados, Eochaid. Juró que liberaré a los hindúes de sus prisiones y los traeré de vuelta, sólo necesito tiempo para reunir los recursos para hacerlo. Pero eres tú quien recuerda la localización de los Portales, tú y Brahma erais nuestros grandes sabios. Conocíais sus localizaciones, allí donde reposaban las puertas. Podemos reunir los recursos, tenemos el método para abrirlos, pero tenemos que saber donde están. El tiempo se agota, Daghda. El fin de la era de los dioses y de los hombres ha llegado, de nosotros depende que nacerá después de ese final.

El Daghda miró con frialdad a Amaterasu, el hombro enrojecido por la presión de una Morrigan rabiosa le empezaba a molestar. La Reina de los Espectros lo sabía, también que aquel desenlance era necesario para la supervivencia de todos, pero aquello no lo hacía más llevadero. El Daghda respiró hondo, buscó apoyo en la mirada inexpresiva del cuervo y la encontró.

—Lo haremos, Amaterasu. Los celtas iremos a la guerra. Os ayudaré a encontrar los Portales.

La japonesa asintió lentamente, casi pudo percibirse un suspiro de alivio, pero el Buen Dios añadió algo.

—Esto no cambia nada entre nuestras familias, Amaterasu. Hay algo mucho más grande en juego, pero ni por asomo creas que te he perdonado.

—Lo sé, viejo amigo. El odio que surge del amor es el más intenso de todos.

 

Mientras el Daghda y la Morrigan abandonaban Takamagahara por el Puente Celestial, sus ojos se dirigieron a una pira funeraria que llameaba rodeada por los soldados ashigaru a quienes se habían enfrentado al llegar. La diosa de la guerra saltó sobre el hombro del Buen Dios.

“No debimos matar a ese mortal, querido mío. No era su momento.” reflexionó la Morrigan.

“¿Te compadeces de él, Reina de los Fantasmas?” preguntó con un hilo de sorna el dios.

“Digo que no era su momento, y los valientes merecen una muerte mejor que la de un arrebato de ira.” respondió con tempo pausado.

“No está muerto, solo dormido, pausado por mi cayado. Cayó en la sombra.”

 

El Daghda regresó sobre sus pasos hacia la pira, los mortales le abrieron paso con asombro y no hubo palabra entre ellos. El samurái Koitashi contempló las acciones del gran dios celta, vio como alzaba su cayado de acabado rústico y posaba su punta sobre el cuerpo casi deshecho del ashigaru fallecido. Fue un acontecimiento extraño, la chispa de la vida recorrió lo que estaba muerto y la carne era reparada en una vorágine de llamas. El Pacto Celta se había consumado con el gesto del Daghda, el mortal se alzó de nuevo vivo sin creer lo que había pasado, miró al gran dios ante él.

—¿Cómo te llamas, mortal?

—Masakado, señor.

—Masakado. Aprovecha este don que los celtas te brindan, cumple tu deber tan dignamente como lo has hecho hasta el día de hoy.

Desde lo más profundo de Ama-no-Iwato, la diosa del sol tenía los ojos cerrados, pero veía claramente.

Sonrió con esperanza.