El metal que cayó del cielo - ( Historia)

Autor : Toni Hudd

Ilustradora : Laura Almagro

Pak aprovechó la salida simultánea de Muork y Churkin para poder escurrirse entre la marabunta de periodistas sin que nadie se percatase. Los reporteros vociferaban preguntas y cegaban con los flashes, peleándose por acercar micrófonos y grabadoras, y el cielo gris derramaba alguna lágrima por el devenir del mundo, pero Pak estaba sumido en sus propios pensamientos. Esto no podía ser. Se apresuró en rodear el gigantesco edificio de vidrio donde tenía su sede la ONU y acudir al punto de encuentro con Fox. Se subió a la parte trasera de la furgoneta, donde Tayron, Trisha y Midori esperaban.
“¡Enhorabuena Pak!” – exclamó Trisha abalanzándose sobre él y abrazándole.
“Lo hemos escuchado todo por tu micrófono.” – sonrió Tayron, recuperando el dispositivo que le había puesto al monje en la cintura. “Le habéis dado bien a ese cerdo que manipulaba a los rusos, ¿eh?”
“¡Sí, todo ha salido bien!” – sonrió la reportera pelirroja, visiblemente feliz.
“Yo no estaría tan seguro.” – contestó Pak, sombrío. “El individuo al que hemos echado se hace llamar M. Lo conocía por reputación, cuando fui iniciado en su Orden. Aunque solo una pequeña parte de lo que se contaba de él fuese verdad, puede ser un serio problema.”
“¡Maldigo a todos los emes del mundo!” – masculló Fox en su voz profunda desde el asiento delantero.
“No digas eso.” – le reprendió Pak amablemente. “Otros que también se podrían conocer por M son antagónicos de nuestro enemigo.”
Los pasajeros se sumieron en silencio mientras la furgoneta avanzaba paralela al Hudson, de camino a la guarida.
 
 “Midori, ¿estás bien?” – preguntó de repente Trisha, al ver que los labios de la chica japonesa se movían silenciosamente. La ashigaru se mantuvo en silencio, sus ojos fijos sobre la pared opuesta de la furgoneta, brillando levemente. Tayron fue a zarandearla, pero Pak le detuvo.
“Puede que esté hablando con Amaterasu.” – avisó.
Cuando el vehículo se detuvo ante la entrada de la guarida del portal de la verdad, Midori salió de su estupor.
“Tenemos que hablar.” – dijo ella. Entonces señaló la puerta y añadió: “Dentro.”
Entraron en la vivienda. En la sala trasera había ya dos formas imponentes, rodeadas de un halo que emanaban luz y comandaban admiración y obediencia.
“Amaterasu-sama”. – susurró Midori, haciendo una reverencia.
“Midori-chan.” – contestó la diosa con su voz de sol líquido, de cantar de ocarina. “Amigos humanos, creo que ya conocéis a Huitzilopochtli.”
La diosa sol señaló a la otra imponente figura, que se adelantó.
“He conocido a Pak hace un rato, en la reunión.” – aclaró. “Al resto os conozco sólo por lo que Amaterasu me cuenta. Antes de nada, gracias por vuestro apoyo.”
 
Siguieron con las presentaciones y formalidades un rato más, pero al final Huitzilopochtli cambió el tema de la conversación bruscamente.
“Debemos discutir el asunto de las armas.” – sentenció. “La Lanza del Destino que nos habéis presentado está muy bien, pero como he dicho, necesitamos más. Los dioses estamos reuniendo las nuestras pero, ¡oh desgracia!, estamos topando con problemas.”
“¿Problemas?” – preguntó Trisha.

“Sí, pequeña.” – contestó Amaterasu. “Y por eso necesitamos vuestra ayuda.”
“¿Nuestra ayuda?” – la reportera no daba crédito.
Los dioses asintieron.
“Solo confiamos en vosotros.” – aclaró la diosa Sol.
“Y solo un humano las puede recuperar.” – añadió Huitzilopochtli. “Pero no sabemos cuáles de nuestros siervos las usarían para fines propios, o cuales están siendo vigilados por nuestros enemigos.”
“Pero…¿cómo? No entiendo.” – Trisha estaba perdida.
“Verás, en el pasado fuimos adorados, pero también temidos, envidiados, incluso odiados.” – empezó el dios colibrí.
“Y cuando caímos en el profundo sueño del olvido perdimos algunas de nuestras reliquias.” – continuó Amaterasu. Parecía que cada uno de ellos supiera lo que iba a decir el otro.
“Por miedo a que otros las usaran, por codicia o por la lealtad de nuestros siervos, las reliquias que necesitamos están ocultas, pero con trampas que impiden que alguien nacido en la Atlántida pueda recobrarlos. Y ahora las necesitamos más que nunca.”
“Si ellas tenemos pocas o ninguna posibilidad de derrotar a estos temibles enemigos. Ya no somos tantos ni tan poderosos como fuimos.”
“Y la última vez estuvimos al borde de la destrucción.”
Los dioses se sumieron en un silencio melancólico, grave y largo como una noche en la tundra.
 
Fue Pak quien lo rompió.
“La Orden conoce la existencia de estos objetos, y seguro que los estará buscando.”
“Pues por eso os urjo, más que nunca, a que nos ayudéis, pequeños.” – susurró Amaterasu.
“¿Qué son estos objetos?” – preguntó Trisha. “¿Armas avanzadas o varitas mágicas?”
“Son diferentes todos ellos.” – aclaró Huitzilopochtli. “Pero todos ellos son tremendamente poderosos, y más cuanto más cerca estén unos de otros. La clave está en el material del que están hechos: oricalco.”
“El metal que cayó del cielo.” – murmuró Pak.
“¿Conoces nuestra lengua?” – preguntó el guerrero colibrí sorprendido.
“Solo palabras. Estaba estudiando posibles localizaciones de oricalcos cuando despertasteis, señor.” – le aclaró el monje. “Mi Maestro sí habla vuestra lengua. Si le encontrásemos…”
“No hay tiempo.” – urgió Amaterasu.
“Pues iré a Suecia entonces, a la Antigua Stiguna. Allí está Gúngnir, creo, la Lanza de Odín.” – dijo Pak.
“Espléndido.” – sonrió Amaterasu. “Midori-chan, ¿tú podrías seguir las indicaciones de Huitzilopochtli? Uno de sus hermanos ha oído rumores de donde podría estar mi espejo. Además está cerca de aquí, en Méjico.”
La primera Ashigaru asintió.

“Yo voy contigo.” – le susurró Trisha a Pak.
“Prefiero que vayas con Midori.” – le sugirió él. “Estarás más segura. Además, será difícil colarse en Suecia. Ya sabes cómo están las fronteras escandinavas.”
“Yo te ayudaré con eso.” – afirmó la diosa japonesa. “Pero solo podré llevarte a ti.”
Pak asintió.
“Ten cuidado.” – le susurró Trisha al monje mientras le daba otro abrazo. Él le besó titubeantemente la frente. Se sonrieron.
 
Sonó una melodía y vieron que Amaterasu estaba tocando su ocarina. La música se intensificó hasta parecer tomar forma corpórea. Hubo un destello cegador y la canción tomó un timbre diferente, como el cantar de un pájaro.
Cuando Trisha consiguió abrir los ojos, frunciendo el ceño por la luminosidad, entendió porqué: había aparecido un ave preciosa, con plumas de jade, cielo y fuego, y una larga cola.
“Éste es Houhou, el renacido,” – explicó la diosa Sol, - “cuyas lágrimas son las mías. Él te llevará.” – le dijo a Pak.
El monje tragó saliva, cogió la bolsa que había traído desde Barcelona, se aproximó al ave, alargó titubeante un brazo hacia las llamas que envolvían a la criatura y, de pronto, ambos desaparecieron en un nuevo destello de luz cegadora.

“¿Y nosotras?” – preguntó Trisha emocionada, recordando historias de fénix mágicos y basiliscos.
“Vosotras podéis ir en coche.” – dijo Huitzilopochtli sin malicia.
“Yo me encargo de llevarlas.” – se ofreció Tayron.
“Y yo de cuidarlas.” – gruñó Fox.
“¡Perfecto!” – exclamó el dios colibrí. “Os daré más detalles por el camino.”
“Mucha suerte, amigos míos.” – les deseó Amaterasu. “Esperemos que el sol acabe brillando.”  - mascullando para sí misma mirando el cielo gris por la ventana.