El encuentro del Ithaqua (Historia)

Relato de : Marcos Dacosta

Decisión de la ganador del 7º Torneo de Influencia Primigenia : Muork Nicolau

El rechoncho hombrecillo de rasgos orientales caminaba por las vacías calles de la ciudad de Washington, escarcha crujiendo bajo sus botas, calva cubierta por la capucha de un sucio abrigo de invierno. El tiempo y el uso continuado habían ahogado los estridentes colores de la prenda, ahora pálidos y muertos bajo la luz de la luna, los atisbos de naranja, amarillo y verde poco más que una broma privada. Bajo la ajada vestimenta el hombre todavía llevaba el mismo traje azul marino con el que había sido abducido por los cuervos hacía ya demasiado tiempo atrás; estaba deshilachado y lleno de manchas, pero le recordaba su antigua vida, la de verdad, esa en la que tenía un seguro cubículo en las entrañas del edificio de su compañía en Tokyo y una casa a la que regresar cuando los neones se encendían y las calles se tornaban ruidosas.
¿Qué demonios estaba haciendo Umehara tan lejos de su ciudad? Lo cierto es que más que demonios, los culpables eran Tengu. Era por ellos por lo que en esos momentos se encontraba deambulando entre nieve, hielo y ventisca; explorador reticente de una ciudad engullida por un invierno florecido a destiempo. Las sedes del Banco Mundial, el FMI, hasta la piscina reflectante más famosa del mundo  pasaban a su lado y el solo pensaba en lo hambriento que se encontraba. Cruel. No hacía falta entender los nerviosos graznidos de los Karasu Tengu para darse cuenta de que este frío no podía tener un origen natural. El japonés recordaba los inviernos con su abuelo en la montaña cuando era un niño, cómo el blanco arropaba la tierra y los árboles bajo un silencio sereno; días de risas cálidas que eran ahora ecos a duras penas audibles por encima de una extraña sensación de angustia que parecía haberse anclado a su alma. A su alrededor Umehara no veía la promesa de una primavera, sino el fin de su mundo.
Una violenta ráfaga de aire helado le sacó de su ensimismamiento y, tras soltar un gemido de sorpresa, le hizo correr a refugiarse en el umbral de un edificio de apartamentos. El hombre trató de darse calor frotándose los brazos desistiendo al cabo de un minuto. El frío había llegado a Washington para quedarse, y sus huesos no eran excepción alguna. Armándose de valor, decidió asomarse ligeramente y escudriñar el gran fondo blanco en busca de atisbos de edificios con los que orientarse hasta su destino. Como de costumbre los cuervos le habían dejado atrás, saltando de azotea en azotea, graznidos burlones mientras abajo en la calle Umehara lidiaba con callejones sin salida y coches abandonados en la calzada. Fue su señor quien insistió en que el japonés acompañase a los Tengu a investigar murmullos de oráculos en tierras lejanas. A fin de cuentas los cuervos necesitaban un guía en la superficie; el Salaryman sabía que en realidad el término niñera habría descrito su papel con mayor exactitud.
Llevaba tiempo sin oírlos. Los graznidos. Decididamente estaba perdido, las calles de Washington le eran extrañas y apenas contaba con puntos de referencia que le ayudasen a navegar esta ciudad congelada. A su alrededor los altos edificios se perdían en la niebla, las hileras de ventanas huecas recordando al humano los múltiples ojos negros de una araña. Aún quedaba gente, atrapada en el interior de la ciudad bien por miedo o por orgullo. Cuando el frío reclamó las calles y sus habitantes, los ciudadanos respondieron con mantas y sopas calientes. Cuando el hielo entró en las casas y arrulló a muchos que no volvieron a despertar la evacuación de la ciudad se hizo inminente.  Millones de personas congeladas antes de poder escapar. Cuando cadáveres de aquellos infortunados que se habían quedado atrás comenzaron a aparecer a medio devorar por las esquinas de Washington todos cerraron los ojos por temor a recibir la atención de ese invierno con fauces.
¿Qué demonios estaba haciendo Umehara allí?
A lo lejos, entre la tormenta blanca, el japonés adivinó la familiar silueta de la estación, tan solo separada de él por unos cientos de metros que, bajo esas condiciones, bien podían haber sido kilómetros. En su pecho, la sensación de alivio por haberse topado finalmente con el lugar al que él y los cuervos habían sido enviados por su señor, el gran O Tengu, entró en conflicto con el miedo y la angustia que en él despertaba saber que, lo que fuera que le aguardaba en el interior de aquel edificio era algo que no pertenecía a este mundo. O quizá todavía no, y el antinatural frío que había reclamado la urbe y le mordía con más y más insistencia con cada paso que daba era la forma en que aquello que le estaba esperando en aquel lugar trataba de redecorar su nuevo hogar.
Tras varios minutos que se le antojaron eternos,buscando carteles para alguna referencia, eracomo ver una película americana en el cine de su barrio. Pero aparte de tiendas lo único que se repetía una y otra vez eran los carteles de Vota a Muork, “Muork es tu senador””De abogado a Senador” “Carrera meteorica” eran los slogans que distraían su mirada de los cadáveres congelados en cada rincón, de algo le sirvió estudiar inglés después de todo. El candidato de moda en las próximas elecciones. ¿Habría conseguido escapar ese tal Muork? .  Su cara estaba pegada en cada farola, en cada parada de bus, en cada kiosko.
 El hombrecillo se encontró frente a frente con la estación de tren. Cristales rotos, puertas destrozadas, el aullido del viento arrastrando la nieve hacia el oscuro interior. Un escalofrío recorrió a Umahara y, al menos tan solo durante un breve momento, el humano se permitió fingir que había sido a causa del aire gélido a su alrededor. Comenzó a avanzar hacia la entrada de la estación, ojos entrecerrados, vista fija en el suelo. Fue entonces cuando se fijó en una solitaria pluma negra, a medio enterrar por la alfombra invernal. Era de esperar que los Tengu hubiesen llegado a este lugar casi media hora antes. A veces el japonés se preguntaba si a su señor le divertía torturarle  de esa manera, obligándole a lidiar con los peculiares demonios cuervo. Lo más probable es que fuera así. Maldijo de nuevo el día en que se quedó dormido en el metro de Tokyo y despertó en esta pesadilla.
En cuanto puso un pie dentro de la estación de trenes, el antiguo Salaryman supo que algo había salido mal. Terriblemente mal. Una vez dejó atrás las puertas y el ensordecedor temporal, un silencio sepulcral recibió sus primeros pasos en la penumbra. Ni un solo graznido haciendo eco en las vacías salas de la estación, ni el murmullo de un aleteo de negras plumas. Solo un atronador vacío que inundó su mente con un miedo salvaje y descontrolado. Permaneció congelado durante interminables segundos, tan solo su pesada respiración como compañía, resonando entre las losas de mármol y los altos techos abovedados. Se forzó a sí mismo a reaccionar. Puede que fuese un cobarde, pero si de algo no podía acusársele a Umehara era de tener demasiada imaginación. Lo más probable es que los Tengu hubiesen llegado, resuelto lo que tuviesen que resolver en tan tétrica localización y se hubiesen marchado ya a hacer lo que quiera que hiciesen esos malditos cuervos.
Era tentador dar media vuelta y regresar al aún aterrador, pero desde luego mucho más familiar, invierno de Washington, pero asegurarse de que ese lugar se encontraba vacío solo le costaría unos segundos de su tiempo. Además, incluso pese al frío, el humano agradecía encontrarse a refugio de los vientos y la nieve. Tras tomar otra bocanada de aire, el japonés se envalentonó lo suficiente como para romper el silencio.
–¿... Hola? –preguntó una vocecilla, casi un chillido, que al hombre le costó reconocer como propia.
A su alrededor la oscuridad permaneció callada. El japonés lo tomó como una invitación a abandonar ese lugar tan pronto como le fuera posible y ya había comenzado a girarse en dirección a la puerta cuando, del interior de la estación, un estruendo le hizo saltar del susto y volver a prestar atención a las tinieblas. Había sido un ruido pesado al principio y frágil después, como si alguien hubiese lanzado una bola de bolos contra el parabrisas de un coche. Sus instintos le pedían a gritos que abandonase la estación, pero Umehara no podía volver a Tokyo con las manos vacías.
Sus piernas temblaron notablemente mientras trataba de abrirse camino hacia el origen de aquel sonido. Meses con los Tengu en los subterráneos bajo la capital de Japón le habían enseñado a caminar con sigilo por miedo a ganarse la ira del demonio rojo o de sus sirvientes. Tras unos metros en sombras, al final brilló una luz blanca y fría. Una parte del techo de la estación se había venido abajo permitiendo que un rayo de luz revelase lo que ocultaba el edificio. Todo quedó en silencio. Ni siquiera Umehara se atrevió a respirar.
Las estatuas brillaban bajo la claridad, pequeños copos de nieve descendían desde el techo hasta caer sobre ellas con una serenidad tal que casi tornó el horror del japonés en pánico. A algunas les faltaban extremidades, cortadas limpiamente como en el caso de una vieja escultura griega, otras estaban a medio destruir, cristalinas entrañas de un rosa enfermizo brillando cálidas bajo la luz. El humano había encontrado a los cuervos, silenciosos, congelados. Muertos. Todos muertos. Con los ojos abiertos y la mandíbula desencajada, un confuso Umehara se adentró en el bosque de estatuas con pasos bruscos y torpes, alejándose de los ojos muertos, las garras mutiladas y los picos cubiertos de escarcha; plumas congeladas rompiéndose bajo sus botas. Una de los cadáveres congelados se había caído, partes del cuerpo del Tengu repartidas alrededor del tronco, aunque el humano no estaba en situación de deducir que tal vez ese había sido el origen del ruido que le había atraído hasta ese lugar.
Al cabo de unos minutos, el cerebro del hombrecillo fue por fin capaz de abrirse paso a través de la cortina de horror que esa terrible visión había conjurado, sus primeros pensamientos conscientes fueron una plegaria para que aquello que hubiese sido responsable de hacerle eso a los demonios cuervo estuviese lejos, muy lejos, de la estación y, por ende, de Umehara. Tenía que salir de allí y ponerse en contacto con el gran O Tengu, él sabría lo que hacer. Quizá mandar a más Karasu Tengu a encargarse del problema en Washington pero desde luego no a él. El japonés solo quería volver a casa, su señor se lo permitiría. Solo tenía que caminar fuera del edificio y luego seguir hasta dejar el invierno atrás. Con paso titubeante comenzó a dirigirse hacia la entrada tratando de no pensar en el súbito frío que había comenzado a manifestarse. El plan habría funcionado de no ser por una enorme sombra blanca de brillantes ojos rojos moviéndose por el rabillo del ojo del aterrado humano.
Fue entonces cuando Umehara soltó un alarido y comenzó a correr entre las estatuas de hielo que horas antes habían sido sus compañeros buscando poner obstáculos entre él y lo que quiera que fuese la criatura que había atisbado en las sombras de la estación. Su huída le llevó hacia los pasillos de la antigua estación de trenes, llevándose las manos a la boca para sofocar su angustiada respiración, sus botas resbalando en el mármol y el hielo. Intentó forcejear con una puerta de madera, gimiendo con desesperación mientras sus manos golpeaban la madera. Su perseguidor se acercaba, podía sentir el hielo en su sangre. Probó otra puerta. Y otra. Se descubrió gritando presa del pánico. Corrió hacia la siguiente, esta adornada con una enorme señal de prohibido el paso. A la cuarta fue la vencida. Irrumpió en la habitación y cualquier idea sobre cerrar la puerta y bloquear el paso a la criatura simplemente desapareció de su mente.
Extraños símbolos grabados a cuchillo en el suelo; cinco figuras envueltas en túnicas negras formando un círculo postradas ante el arcano grabado dándose las manos unas a otras; recortes de prensa pegados a las paredes y adornados con terribles mensajes escritos en un marrón sangre; algo sobre el Wendigo. Eran cadáveres. Momias. Desecadas por el frío, hueso y tendones bien visibles bajo la piel amortajada. Un grimorio negro abierto parecía presidir tan horripilante escena, vuelto hacia la puerta, como si hubiese estado esperando a que Umehara entrase en la habitación. El japonés se acercó al libro casi como si fuese presa de un encantamiento. No entendía las palabras, pero estas giraban y bailaban en las páginas, su cabeza le dolía. Solo mirar el texto le hacía sentirse enfermo. Una gota de sangre manchó las páginas del libro rompiendo el hechizo, el humano se llevó las manos temblorosas a los ojos, tratando de protegerse del abominable contenido del libro. Cuando las bajó se dio cuenta de que su nariz estaba sangrando.
El hombrecillo dio unos pasos hacia atrás, alejándose de la escena, iba a huir de la ciudad y de los cadáveres congelados, pero sobre todo iba a huir de esos símbolos que le mareaban, de la profunda sensación de maldad que había comenzado a ahogarle. El frío se volvió entonces más cruel, más hambriento. El miedo golpeó a Umehara, líquido caliente bajando por sus piernas, su cerebro incapaz de transmitir orden alguna al resto de su cuerpo. Notó una presencia a su espalda.
No te des la vuelta. No te des la vuelta. No te des la vuelta.
Umehara ahogó un sollozo.