El Conclave (Historia)

Autor: Toni Hudd

Ilustradora Aisha Ullah

 
 
Pueblo de Bodmin, Cornwall, Reino Unido.
 
Hacía frío. Mucho frío. Tristán tiritó acuclillado e intentando fútilmente arroparse en su sudadera de dragón. Un viento inclemente siseaba burlas en sus oídos, haciéndolo helarse. No sabía cómo había llegado al medio del páramo Bodmin, sólo sabía que se estaba helando. No tenía nada en los bolsillos, sólo frío, mucho frío. Cualquier movimiento le causaba dolor, y más si se exponía algo de su piel en la cintura o el cuello. Ya no sentía las manos, sólo frío. Aún así se obligó a andar, un paso doloroso tras otro, pese a que no avanzaba. De pronto se encontró en una cueva con fuego, se tumbó sobre la roca, su cuerpo calentándose, y con lágrimas en los ojos dio gracias a los dioses por no dejarle morir de hipotermia.
 
Tristán llevaba horas andando. Era otro día, de eso estaba seguro. El camino no acababa y él iba descalzo. Tenía grietas y heridas en los pies que le escocían quemazones cuando los apoyaba de nuevo sobre la dura roca del camino. Le dolía sobremanera, pero de golpe una familia lo estaba acogiendo, permitiéndole tumbarse en un lecho cómodo, lavándole los pies con agua fresca que calmaba su irritación balsámicamente, y se deshizo en agradecimientos mientras cerraba los ojos.
 
Tristán tenía un arco Cannon relfex y tenía hambre, muchísima hambre. Parecía que no hubiera comido nunca. A penas podía pensar, tal era su hambre. Pero no encontraba ningún ciervo. Estaba de nuevo en el páramo Bodmin, aunque parecía también el jardín del anciano al que había ido a ayudar, y tenía ¡tanta hambre! Justo entonces se cruzó un corzo viejo en su camino, medio cojo. Tristán disparó diestramente con el arco, abatió al animal, y se acercó. Metió las manos en el cuerpo de la bestia, que estaba tomando la misma forma que el monstruo del Páramo que había fotografiado, y comió. Sabía a cheeseburguer. Mientras masticaba se dio las gracias a sí mismo por su talento.
 
Un viejo maestro le estaba enseñando a ser mejor, y Tristán se lo agradeció profundamente. Un tal Arturo, que se parecía a su padre y al director del colegio a la vez, estaba nombrándolo General de Camelot, por su valentía y por su dedicación. Tristán le dio las gracias por reconocer sus méritos.  
 
Habían pasado meses, y Tristán era bueno con el arco y la espada. Tenía vagos recuerdos de que el viejo maestro le había estado enseñando. Ahora debía batirse en duelo con un enemigo terrible, oculto bajo una armadura negra y con tentáculos saliendo de su espalda. Tristán tenía miedo, mucho miedo, pues sabía que el enemigo lo intentaría matar. Pero su adversario puso demasiada fuerza tras el primer golpe, y Tristán lo esquivó y le cortó una pierna. El engendro rugió de dolor, una sensación que Tristán conocía demasiado bien. Le perdonó la vida al terrible caballero negro y le agradeció su torpeza, pues vencer el duelo no sólo suponía vivir, sino la mano en matrimonio de Isa Old.
 
Era la noche de bodas y Tristán no se creía su dicha. Estaba nervioso pero sobretodo feliz. Ya estaba a solas en la habitación con Isa, que a excepción de los ojos, era Morrigan. Ya estaba desnuda con aquel cuerpo perfecto que él había visto caminar sobre el lago. Él también estaba desnudo y se sentía débil e indefenso, pero muy enamorado. Justo cuando ella se acercó suficiente para que él la abrazara, la chica levantó la mano para que se detuviera y le dijo: «No te amo». Todo le dio vueltas a Tristán, su corazón haciéndose añicos, su tristeza y desesperación máximas. Le costaba respirar, se estaba ahogando de desazón y ansiedad. Y ella reía, se reía maquiavélicamente de él por ser tan iluso, era cruel y despectiva con él, que la idolatraba. Pero desde la creciente oscuridad y opresiva angustia, Tristán consiguió decirle cuatro palabras a la mujer: «Gracias por tu sinceridad».
 
Y entonces despertó.
 
―¿Tristán? ¿Me oyes? ―preguntó Myrddin. Tristán asintió. El anciano sonrió y le pasó la mano por la frente con ternura, antes de explicarle―: Llevas tres días inconsciente.
―¿Tres días? ¡Tengo la sensación de haber vivido meses! ―exclamó él, confuso.
―Te induje una especie de…sueño ―comentó Myrddin―, para intentar ahorrarte el dolor. ¿Funcionó?
―Eh…no, no mucho ―contestó Tristán, su pecho aún oprimido por el recuerdo del sueño con Isa/Morrigan, la sensación muy reciente―. Pero gracias igualmente. He aprendido mucho.
―¿De veras? ¿Qué has aprendido, hijo? ―preguntó el anciano con una sonrisa afable.
―A usar el arco y la espada. A perdonar. Pero sobretodo, he aprendido a agradecer.
―Me alegro mucho. ―sonrió Myrddin de corazón. Entonces su expresión y su voz se tornaron severas y amonestó duramente a Tristán―. Aunque mejor te estaría haber aprendido a no tocar cosas que no son tuyas. ¿Sabes cuánto nos has hecho sufrir a todos? ¿Las historias que les hemos tenido que contar a tus padres?
 
Tristán bajó la vista avergonzado. Intentó moverse de la cama en la que estaba, pero ni sus brazos ni sus piernas respondieron. Solo entonces reparó en el gotero que conectaba el suero a una cánula en el dorso de su mano, y en el hombre con coleta que estaba al otro lado de la cama.
―¿Por qué no puedo moverme? ―preguntó con creciente nerviosismo.
―Porque para cuando pudimos parar el veneno del basilisco, tus piernas y brazos ya eran de piedra ―explicó Myrddin con un suspiro―. Estabas hipotérmico, a penas vivo. Hice lo que pude para estabilizarte, pero me temo que si no hubiera llegado por casualidad Pak con una pluma de fénix ni siquiera yo habría podido salvarte.
―¿Fénix? ¿Basilisco? ¿Pak? ―preguntó Tristán―. No entiendo…
―Sí entiendes ―le cortó Myrddin―. Mi tataranieta me ha contado que siempre has creído, y que te cruzaste con una diosa hace unos días. Pues al igual que la Bestia de Bodmin, hay basiliscos, fénix y cosas peores. Y éste es Pak, tu auténtico salvador.
 
El hombre de la coleta esbozó una extraña sonrisa e inclinó muy levemente la cabeza. Tristán estaba muy perdido.
―Ahora descansa ―le ordenó el anciano―. Te irás recuperando. Tus padres creen que estás en un cuartel de policía declarando por unos disturbios y que debes permanecer incomunicado.
―¡¿Pero cómo les has dicho eso?! ―exclamó Tristán horrorizado.
―¿Te he salvado la vida, chico, y me gritas en mi propia casa? ―le contestó Myrddin con una serenidad y a la vez autoridad que desmentían su máscara de afable anciano―. No tengo tan claro que hayas aprendido nada en tu sueño.
―Yo…lo siento ―se disculpó Tristán―. Gracias.
―Descansa ―atajó el anciano, esta vez con más dulzura, y se alejó hablando con Pak.
 
Antes de quedarse dormido, Tristán pudo escuchar algunos fragmentos de la conversación:
―Recuperé Gúngir, pero Ses no quiere unirse a nosotros, por ahora ―dijo el tal Pak.
―Arturo ha traído a tres miembros de su antiguo equipo de rugby, dos policías y un bombero. Muy íntegros los tres ―explicaba Myrddin.
―¿Y Lance? ―preguntó el monje.
―Lance busca apoyo en sus primos Gareth y Gawain Lot. Quiere asegurarse seguidores para cuando me decida a quién entregar la espada.
―¿Lance y Arturo siguen como el perro y el gato?
―Ahá ―afirmó el anciano.
―¿No te da miedo que acaben como tú y M?
―El problema que tuvimos James Moriarty y yo fue querernos demasiado como para ver los fallos del otro. No creo que esto les pase a Lance y Arturo, hehe ―rió Myrddin.
―Maestro, dirás que tu no viste los fallos de M. No puedes culparte a ti mismo por…
―Nadie es del todo inocente, Pak, ni nadie culpable de todo ―le dijo Myrddin. Entonces le cambió el tono, teñido de nuevo de preocupación― Me ocultas algo, alumno mío, ¿estás bien?
―Sí, claro ―mintió Pak, llevándose la mano al símbolo que tenía oculto en el pecho.
 
Tristán cayó de nuevo en el abrazo de Morfeo y no escuchó más.  Cuando despertó vio una mujer preciosa regulando su gotero, pero parpadeó lo que a él le pareció un instante y cuando volvió a abrir los ojos, en su lugar había un chico joven, de su edad más o menos, incluso más pelirrojo que él y sembrado de pequitas.
 
―¡Hombre! ¡Buenos días colega! ―exclamó el chico. Tristán lo miró perplejo y desubicado, así que el joven siguió hablando―. Me llamo Percy, mucho gusto. ¡Oh, lástima! La doctora Ginebra estaba aquí hace unos minutos, le hubiese encantado verte despierto y hacerte preguntas. Además…está buenísima, colega, pi-vo-na-zo.
―¿Sí? ―balbuceó Tristán. Tenía la boca muy seca.
―Sí, tío, de verdad. Ara, que yo me quedo con la nieta del señor Myrddin. ¡Buff!
―He he, enhorabuena ―dijo Tristán, completamente perdido.
―No estamos juntos, aún ―siguió Percy―, pero sólo porque no he podido hablar con ella. ¡No me la quites, eh! ―amenazó.
―No, no, si yo… ―empezó Tristán.
―¡Como me la quites me espero a que recuperes sensibilidad en las piernas y te pincho el dedo pequeño del pie! ―exclamó Percy blandiendo una jeringa y con ojos desorbitados.
―Yo…yo ya estoy desesperadamente enamorado sin posibilidad alguna de otra ―dijo Tristán, intentando tranquilizarlo. Entonces Percy se echó a reir.
―¡Era broma, colega! Hahaha, tendrías que verte la cara.
―Hehe ―rió Tristán nervioso―. ¿Y tú eres enfermero entonces?
―Nah, yo estoy haciendo servicios comunitarios por un percal en los disturbios del sábado noche ―explicó a la vez que Tristán reparaba con horror en el uniforme naranja del chico―. Se suponía que tenía que ayudar al señor Myrddin en el jardín, y mírame, aquí cuidando de un cardo ―bromeó. Tristán rió.
―¿Entonces hubo disturbios aquí, en Bodmin? ―preguntó Tristán. Percy asintió, poniéndose serio, y Tristán siguió―. ¿La liaste mucho?
―Le pegué por la espalda con un tocho en la cabeza a un imbécil que estaba amenazando a una chica…total, que el mamarracho ése es sobrino del diputado de la región y me ha caído el marrón a mí.
―¡Joder, qué putada! ―masculló Trsitán―. ¡Me dan una rabia las injusticias!
―Ya. Pero bueno, el señor Myrddin es majo ―comentó Percy, quitando hierro al asunto―. Y seguro que tiene maría escondida por algún lao ―guiñó el ojo a Tristán y se puso en pie―. Ale, ¡a mejorarse, colega! ―y con eso salió de la estancia.
 
Tristán quedó solo, pensando en Isa y su oportunidad perdida. ¿Cómo iba a creerle? ¿O a darle una segunda oportunidad? Y todo había sido por ella. Con esos pensamientos sombríos se durmió, más por la morfina que por cansancio.
 
Abrió los ojos y allí estaba ella, mirándolo con media sonrisa en la cara.
―Mis sueños me parecen cada vez más reales ―masculló Tristán somnoliento―. Ara ya parece que estés aquí y todo.
―Estoy aquí, Tris ―le contestó Isa un poco confusa―. Pero tienes suerte que mi abuelo me lo haya contado todo, porque ya te vale. Yo como una obsesa todo el día esperando que me dijeras la hora y el sitio donde quedábamos… ¿Sabes cuánto rato estuve preparándome para nuestra cita?
―Lo…lo siento ―contestó Tristán poniéndose muy nervioso. Aún le estaba costando decidirse si esto estaba pasando de verdad o no. No podía pensar con claridad.
―Para una vez que quedo con un chico, me intento poner guapa y…
―Tú siempre estás guapa, Isa ―dijo Tristán sin darse cuenta. ¿Cómo se había atrevido?
Isa sonrió y se sonrojó levemente.
―Te va a hacer falta más que eso para que te perdone ―le dijo, pero no sonaba muy enfadada. Se encaminó hacia la puerta― Voy a avisar al abuelo de que estás despierto.
 
Pero Tristán no estaba nada seguro de estar despierto. Más bien parecía navegar entre un sueño y una pesadilla, con peligro de naufragar y quedarse varado en la realidad desierta.