El Caballero de Conrwall II parte (Historia)

Autor : Toni Hudd
Ilustradora : Aisha Ullah

Pueblo de Bodmin, Cornwall, Inglaterra.
 
Tristán miró el móvil por décima vez en menos de un minuto. Se había estado mandando whatsapps con Isa Old, y aunque la última frase no incitaba a una respuesta inmediata, él estaba ansioso por ver si ella decía algo más. ¿Se había pasado mandándole el emoticono del beso con el corazón? ¡Él sólo había querido un beso normal, pero le pareció soso! ¡¿Por qué todo era tan complicado?! A sus quince años, Tristán creía saberlo todo acerca de todo, menos del amor. Se levantó de la cama y dio unos pasos por la habitación, incapaz de serenar su corazón. Era viernes noche, ¡ya faltaban menos de veinticuatro horas para su cita con Isa! Aún no se lo creía. Tal era la dicha que sentía que le daba igual estar castigado sin semanada y sin salir de la habitación por haber sido expulsad del colegio. ¿Qué se pondría mañana? ¿Dónde irían? ¿Y si se quedaba sin cosas graciosas que decir? ¿Y si realmente no era una cita y ella sólo quería ayuda con los deberes? Le entró el pánico una vez más, y se sentó en el ordenador. Tecleó “cómo hacer una cita perfecta para una chica” en google y leyó todo lo que encontró, incluso los resultados de la segunda página. Entonces trazó un plan:
 
«Primero el cine» ―pensó―, «así podemos hablar de la película si nos quedamos sin otro tema de conversa. Luego gofres para merendar e ir a comprarle algo de ropa; así, aunque no quiera quedar nunca más conmigo, pensará en nuestra cita cuando se lo ponga. Vamos a patinar sobre hielo con el vale de comprar ropa, cenamos en un sitio al que no haya ido y damos un paseo por el páramo de camino a casa, así puedo hacerme el valiente. ¡Todo controlado! Pero…¡mierda! ¿Cómo voy a invitarla a todo eso?»
 
Abrió su cajita de ahorros en la que había veintiséis míseras libras. Había metido cien en la cuenta del banco la semana anterior, pero sus padres no le dejarían sacarlas, no después de la expulsión. Y las fotos de la Bestia del Páramo Bodmin que había vendido a la prensa se las pagaban a treinta días. ¿Qué podía hacer? ¿Subastar su colección de miniaturas de Arturo y caballeros por ebay? Lo consideró un momento, pero se vio incapaz de traicionar así a sus inertes amigos de plástico. Un ruido lo alertó, una especie de «uh-uuh». Se giró hacia la ventana y vio un precioso búho real aposentado sobre la repisa. El ave lo miró con aquellos grandes y sabios ojos, y levantó el vuelo, perdiéndose en la noche. Tristán corrió a la ventana y se apoyó sobre el marco, pero no consiguió verlo de nuevo. Sin embargo, al levantar la mano, se percató de un papel que se le había enganchado a la palma. Era un papel antiguo, casi amarillento. Lo desenroscó y leyó:
 
«Anciano busca joven para ayudar con tareas domésticas y el jardín. Bien remunerado. Interesados presentarse en el número 5 de Castle Close, en Castle St., Bodmin.»
 
¿De dónde había salido este papel? ¡Qué importaba! ¡Era perfecto! Tristán se acostó pensando en la preciosa Dama que se le había aparecido en el lago, Morrigan. Los dioses Celtas habían vuelto, él había fotografiado a la Bestia de Bodmin y tenía una cita con Isa. La vida no podía ser mejor.
 
Mañana siguiente.
 
La vida no podía ser peor. Por la televisión anunciaban que los disturbios que asolaron Reuino unido tras la destrucción de Paris, Madird, Washington y el Cairo se habían extendido a Cornwall, y amenazaban con un toque de queda que estropearía su cita. Además, dado que por nervios no se durmió hasta pasadas las cinco de la mañana, no se había despertado hasta las diez, insólito en él, así que apenas podría ganar dinero trabajando para el anciano de Castle St. Y en cualquier caso nada de eso importaba porque le había salido un grano horrible en medio de la frente que haría que Isa no quisiera ni mirarlo. ¿Por qué era todo tan injusto?
 
Tristán se puso la camiseta de la Flor de Lis, la sudadera de dragón y los tejanos sucios del día anterior, reciclando calzoncillos y calcetines para no perder más tiempo, y salió corriendo por la puerta sin siquiera desayunar. Llegó despeinado y sudoroso al número 5 de Castle Close, la única casa de cul-de-sac, una construcción pre-victoriana de piedra gris y con un jardín selvático. «La que me espera»― pensó Tristán, abrió la verja metálica y entró. Si hubiera estado más calmado tal vez hubiera reparado en las figuras de hierro que componían la valla: un caballero y un mago peleando con un dragón, y dos grandes M en los pomos. Subió por el camino y picó a la puerta, que también tenía una M grabada con florituras. Mientras esperaba le pareció ver el mismo búho asomar la cabeza en una caseta para pájaros en un árbol del jardín, pero pudo haber sido solo una ilusión óptica.
 
La puerta se abrió con un graznido y Tristán vio la cara de un hombre mayor, con una larguísima barba blanca y cabello a juego. Andaba con un largo bastón que más parecía un cayado y vestía lo que podría perfectamente ser una batamanta.
―¿Sí, joven?
―Buenos días, señor ―dijo Tristán con educación―. Mi nombre es Tristán y he venido por el anuncio de ayudarle con las tareas y el jardín.
―¡Ah, excelente, excelente! Yo soy Myrddin ―se presentó tendiendo una temblorosa mano― adelante, adelante.
―¿No prefiere que le llame señor…? ―preguntó Tristán, esperando oír el apellido del anciano.
―Todos los hombres somos iguales ante el destino, joven ―contestó él―. Todos nacemos, todos morimos. Los títulos nos marcan diferencias ficticias, nos separan en vez de unirnos. Llámame valiente si lo soy, o sabio si te lo parezco, pero jamás señor.
―Sí, señor…Myrddin ―se corrigió Tristán.
―Pareces hambriento, ¿quieres comer algo? ―preguntó el anciano guiándole hasta la cocina.
 La casa era enorme, una auténtica mansión, pero con muchas puertas cerradas y muebles ocultos bajo sábanas.
―No, gracias, estoy bien ―mintió Tristán por educación. Justo entonces su estómago rugió.
―Tu barriga te delata, chico. No está bien mentirle a un anciano ―le amonestó amablemente Myrddin―. Vamos, te prepararé algo y charlaremos.
 
Entre los dos hicieron té y tostadas, huevos revueltos, salchichas y beicon, tomates fritos, una lata de judías Heinz y hash browns, y hablaron largo y tendido sobre muchas cosas, ambos sintiéndose tan cómodos como abuelo y nieto.
―¿Qué te ha parecido el referéndum de Escocia? ―como siempre, Myrddin hacía las preguntas.
―Me parece bien que hayan podido decidir ellos, pero también me alegro de que se queden ―contestó Tristán con la boca llena―. Tenemos que estar unidos, defendernos los unos a los otros, y más en esta época.
―¿Defendernos? ¿Te preocupa que nos ataquen? ―preguntó el anciano.
―Decían en la tele mientras me vestía que anoche hubo disturbios incluso en nuestro pueblo, gente saqueando por miedo al fin del mundo. Siempre habrá quien necesite que se le defienda, y somos los que podemos defender los que debemos hacerlo.
―¡Ojalá hubieras estado aquí anoche! Me entraron a robar, ¿sabes? ―comentó Myrddin.
―¿De veras? ―preguntó Tristán consternado―. ¿Y está usted bien? ¿Se llevaron algo de valor?
―Sí, estoy bien, yo estaba de paseo por el páramo. Y no, no se llevaron nada de valor, solo dinero.
―¿Mucho?
―No existe mucho dinero, sólo el suficiente ―afirmó el anciano. Tristán no estaba de acuerdo, pero se acababa de quemar la lengua con una salchicha y no quiso discutir―. Así que me sabe mal, pero tendré que pagarte tu trabajo de hoy mediante transferencia ―concluyó Myrddin.
 
Tristán se atragantó del susto.
―¿Estás bien, joven? ―preguntó Myrddin.
―Sí, sí, es sólo que esperaba poder cobrar hoy en metálico ―dijo Tristán con gran pesar.
―¡Oh, vaya! Bueno, si quieres irte lo entenderé. Es solo que necesitaba una espalda joven para sacar las ortigas y…
―Me quedaré, señor Myrddin, no se preocupe ―afirmó Tristán. «No había tal cosa como mucho dinero, solo el suficiente». La frase le había marcado.
―¡Excelente! ―exclamó el anciano―. Manos a la obra, pues.
 
Durante las siguientes tres horas Tristán arrancó ortigas, podó, recogió hojas, cortó césped, regó, y finalmente entró a dentro. Al no encontrar a Myrddin decidió sacarle brillo a la enorme mesa redonda que había en el gigantesco comedor, un mueble tan exquisito y fantasioso como el que más. Después se acercó al manto de la chimenea y estudió un cáliz que había allí, dorado y con diamantes de varios colores incrustados, de inigualable belleza. La tentación le llevó a levantarlo, pero en cuando se dio cuenta de lo que la parte más perversa de su mente estaba pensando, lo dejó de nuevo en el sitio repugnado consigo mismo. Al dejarlo se oyó el mecanismo de una cerradura, y una pequeña puerta que había parecido pared se abrió al lado de la chimenea. Tristán entró dentro con pasos cautelosos y allí estaba Myrddin, que se giró de golpe.
―Así que no quisiste llevarte el cáliz, ¿eh? ―sonrió―. Suerte, no hubieras llegado muy lejos.
―Je je ―rio Tristán incómodamente, intentando suavizar la tensión de la situación. Miró a su alrededor, buscando algo que comentar, y lo que más captó su atención en la pequeña sala fue el enorme cuadro que ocupaba una pared entera. Pintado al óleo sobre el lienzo se veía a dos jóvenes, uno vagamente parecido a Myrddin y ya con barba, aunque castaña, y el otro con un ojo de cada color. Ambos tenían una florida letra M pintada bajo el busto―. ¿Es usted de joven? ―preguntó Tristán.
―Sí ―contestó el anciano, y fue la primera vez en toda la mañana que Tristán lo notó triste de verdad.
 
Sonó el timbre y se rompió el hechizo de silencio que había caído entre ellos.
―Voy a abrir, espera aquí ―dijo Myrddin, y salió del pequeño cuarto al comedor y hacia la puerta de la casa.
Tristán iba a salir también cuando vio un diente que parecía de Tiranosaurio Rex. Lo tocó con asombro y felicidad, puso su dedo sobre la punta y se pinchó. Miró perplejo como brotaba una perla de sangre de su yema, y solo entonces leyó la plaquita en la base de madera sobre la que estaba el diente.
 
«DIENTE DE BASILISCO, AVALON, s. XIII»
 
«¡Cómo mola! ¡Si parece de basilisco de verdad!» ―pensó Tristán, y entonces notó un escalofrío brutal, y la respiración se le empezó a entrecortar al acelerársele el corazón.
Salió del cuarto y cruzó el comedor con pasos cada vez más tambaleantes, como aquella vez que le habían dejado beber en la comunión de su prima. Chocó contra la mesa redonda y contra el marco de la puerta. Empezó a sudar febrilmente pero se notaba frío, cada vez más frío, y el corazón le latía desbocadamente pero algo lo estaba estrangulando, a su corazón, a sus pulmones y a él. El dedo pinchado y la mano le quemaban, los calambres subiéndole y bajándole por el brazo. ¡Tenía que encontrar a Myrddin y pedirle ayuda! Escuchó cómo el anciano hablaba con el hombre que había picado a la puerta:
 
―Merlín, ya he encontrado a Lancelot ―decía la voz nueva.
―¡Excelente! ―contestó el anciano―. A mi Pak me ha escrito desde Nueva York. La O.N.U. no va actuar contra los dioses ni autorizar armas nucleares. Y él irá a Sigtuna, Suecia, a buscar Gúngnir. También cree que un exagente de la Orden, un tal Ses, podría unirse a nosotros.
―Merlín, ¡el Cónclave intentamos proteger a la humanidad y a los indefensos! ¡La Orden son unos locos asesinos despiadados! ¿Cómo vamos a aceptar…?
―Después de ti, Pak es mi mejor y más brillante alumno. Debemos confiar en él ―atajó Myrddin.
 
Tristán apenas podía moverse. Se recostó contra la pared y lucho por cada bocanada. Se notaba cada vez más paralizado, incluso su corazón se estaba apagando. Su visión se nublo, se tornó oscura y moteada de puntos blancos.
 
―¿Y el joven del que me hablaste? ―estaba diciendo el nuevo.
―¿Tristán? Está aquí ―susurró Myrddin―. Ven, te lo presentaré.
El anciano y el recién llegado doblaron la esquina y le vieron.
―Tristán, éste es Arturo ―anunció Merlín.
 
Eso fue lo último que oyó Tristán antes de desmayarse.