Dioses, Demonios y Mortales (Historia)

Autor : Oriol Villanueva y Lucia Vieco
Ilustradora : Irene Paz

Montañas del Hindu Kush, Afganistán.

 

Nitocris contemplaba el paisaje absolutamente extasiada. La belleza del ocaso la cautivaba de tal manera que se sentía capaz de romper a llorar de un momento a otro. Aquel paraje en calma, el silencio perturbado únicamente por el vuelo de un halcón, era con probabilidad lo más hermoso que sus ojos habían visto durante miles de años.

 

Bastet la observaba en silencio, respetando su momento de paz, al tiempo que repasaba mentalmente su viaje, el cual les había ocupado un día completo sobrevolando Arabia Saudí, Irak e Irán, hasta llegar a Afganistán. Nitocris estaba maravillada y jamás había volado antes. La diosa gato no podía culparla por su excitación, incluso ella misma se encontraba prendada ante la visión de aquel nuevo mundo, tras milenios de exilio.

 

No estaban solas, un pequeño contingente de cinco soldados de élite egipcios y otros cinco afganos capitaneados por Farouk Eid, quien, con su equipo, se había ofrecido voluntario para la misión. El joven capitán había sido un héroe durante la primavera egipcia y también cuando El Cairo cayó frente al ataque primigenio. El por aquel entonces teniente, había luchado con valor; su arrojo y su atractivo rostro le habían convertido en uno de los hombres mas populares del momento. Su lugarteniente afgano, por el contrario, no era una estrella en su país ni tampoco era un hombre atractivo. De edad indeterminada, Mustafá Karger tenía un rostro duro, surcado de cicatrices y arrugas. Sus ojos, azules y profundos, miraban con la frialdad de quien ha rebasado las barreras del sufrimiento y es incapaz de sentir pena, miedo o compasión.

 

Karger y su equipo habían estado reconociendo el perímetro y regresaban cubiertos de polvo, con gesto serio. Bastet y el capitán Eid se acercaron al afgano en busca de información. Nitocris se unió a ellos en el último momento, intercambiando una mirada y una tímida sonrisa con Farouk.

 

-Es todo muy extraño.- Comenzó Karger. –Como sospechábamos, a dos kilómetros al este había un campamento talibán, estas montañas están plagadas de ellos, pero el lugar esta vacío, no queda ni un alma. Y el único rastro que hay indica que vinieron a la montaña y ya no han vuelto a salir. De eso hace, como poco, unos cinco días.-

 

Bastet alzó la mirada hacia la montaña, había visto una abertura de pequeño tamaño, unos metros por encima de donde se encontraban ahora, y sospechaba que en el interior de la cueva hallarían no solo a aquellos hombres, sino también a ella.

 

–Por el tamaño del campamento, ¿cuántos hombres crees que vivían allí?- Karger miró a la diosa gato y respondió muy seguro: -Unos veinte, armados y bien alimentados, tenían cabras o al menos eso parecía, ya que por las huellas también las metieron en la cueva-.

 

-¿Qué extraño, ha habido bombardeos por esta zona?- Pregunto Eid.

 

  • No. Esta zona se encuentra demasiado al norte, es de las más apartadas y hace mas de seis meses que no hay enfrentamientos por aquí. Seguramente estos hombres guardan un arsenal oculto en las cuevas y solo por eso están aquí. Tampoco ha habido lluvias por la zona, así que no tengo idea de por qué decidieron subir y meterse ahí.- Miró a Bastet y a Nitocris fijamente y después volvió a hablar. –Supongo que huían de algo. O de alguien.

 

 

Los cuatro alzaron la vista hacia la montaña pensativos. Pronto lo descubrirían.

 

 

 

 

Tres horas más tarde, Nitocris y el resto del equipo se adentraban en la cueva. Desde fuera, su reducida abertura parecía indicar que se trataba de un lugar angosto y pequeño, sin embargo, una vez se encontraron dentro, pudieron comprobar cómo la cueva se ensanchaba más y más, bifurcándose en profundos pasadizos que penetraban el interior de la montaña.

 

Desde que Nitocris regresase al mundo de los hombres, Bastet se había convertido en su amiga y mentora. Le había proporcionado conocimientos sobre aquel mundo desconocido para ella y la había preparado para su misión. Debía encontrar a uno de los dioses sumerios que habían regresado a la tierra y llevarlo con vida ante Ra, eso era de vital importancia pues la vida del dios Thot dependía de ello. Ignoraba los peligros que podría depararle su camino, del mismo modo que desconocía cómo reaccionaría el dios sumerio al ser reclamado, pero se sentía feliz y segura junto a Bastet y Eid, quien siempre le sonreía y hacia que se sonrojara con sus bromas tontas. Incluso la seriedad de Karger la reconfortaba, ese hombre lucharía y moriría por ellos. La misión no podía fracasar.

 

La cueva era inmensa, profunda y oscura. Demasiado grande, se había lamentado Bastet. Tras una primera exploración por los innumerables pasadizos que la surcaban, decidieron dividirse en dos grupos. Nitocris iría con Karger y tres hombres más por la gruta oeste; Bastet y el Capitán Eid Irian junto a otros tres por el lado este y los otros cuatro permanecerían en la caverna central vigilando que nadie entrara o saliera. El camino era estrecho y frío, caminaron durante horas o eso le pareció a Nitocris. Karger avanzaba a la vanguardia, como siempre, caminando deprisa, ágil y seguro como si fuera capaz de ver en la oscuridad.

 

Nitocris habría deseado pertenecer al equipo de Eid, estar cerca de él y que le cogiera de la mano como acababa de hacer Karger...-¡Tonta!- ¿Cómo podía pensar en semejantes estupideces en un momento como este? No la habían devuelto a la vida para que flirteara con mortales, debía traer sano y salvo al dios que habían venido a buscar, quien seguramente se encontraba escondido y asustado en alguna parte de la cueva.

 

Confusa y molesta consigo misma, no se había percatado de algo que Karger sí había visto, sangre seca en las paredes. Desde el final del túnel emanaba un tenue e inconfundible hedor a carne muerta, un olor tristemente familiar para Karger. Por primera vez, la inquietud de ser la presa y no el cazador había cruzado por su mente. Sin perder más tiempo, dio aviso por radio al equipo de Bastet y a los que hacían guardia en la entrada, para después quitar el seguro a su AK-47.

 

Ninguno de ellos estaba preparado para el horror que las profundidades de la montaña les deparaban. Según avanzaban, el olor a muerte y putrefacción se intensificaba, el camino se iluminaba a cada recodo y un sonido tenue y rítmico llegaba a sus oídos desde el final del pasadizo.

Un gemido, no de dolor o angustia, sino de placer, provenía de las profundidades. Karger se volvió un momento, desconcertado, hacia Nitocris y avanzó en primer lugar hacia la entrada de la caverna.

 

En el transcurso de su vida había contemplado cientos de horrores, pero nunca nada como aquello. En el centro de una caverna enorme llena de restos humanos y de animales descuartizados, algo que tiempo atrás había sido una mujer, se contoneaba gimiendo de placer encima del cuerpo de un hombre muerto. La mujer se encontraba desnuda, salvo por algunas tiras de cuero que cubrían fragmentos aislados de su piel mortecina. Sus pechos se movían arriba y abajo, cubiertos de sangre seca, al igual que su boca. Era increíblemente hermosa, de no ser por los prominentes cuernos de carnero que brotaban de su cabeza, tras el nacimiento del oscuro cabello. Sus manos, también ensangrentadas, reposaban sobre el torso despedazado del hombre al que estaba montando y una enorme serpiente se deslizaba por su cuello. Un grito de horror escapó de la garganta de uno de los hombres de Karger que huyó corriendo y rezando. Aquel alarido provocó que Lilith dejara de moverse y gemir, al tiempo que abría los ojos de par en par, unos ojos rojos como la sangre que bañaba su cuerpo. –No es una diosa- Pensó Nitrocris-, es un monstruo surgido del peor de los infiernos.

 

Lilith sonrió a la comitiva de Karger, mostrando unos afilados y aterradores colmillos, y desplegó sus alas de murciélago, enormes y negras como la noche. Sin pensarlo dos veces, Karger abrió fuego con su rifle y a los pocos segundos sus hombres lo imitaron, mientras Nitocris permanecía atónita y aterrorizada, su cuerpo tembloroso pegado contra la pared. Lilith esquivó las balas como un destello, era tan veloz que cuando sus uñas afiladas desgarraron la traquea del soldado, este ni siquiera parpadeó. Karger dio a sus hombres la orden de abrirse para no ofrecer un blanco fácil a aquella bestia, pero no sirvió de nada. El segundo hombre murió cuando Lilith le atravesó el cráneo con la púa de su ala izquierda.

 

Todavía batiendo sus alas, se posó a la salida de la gruta, relamiéndose la sangre de los labios y mirando con avidez a Karger y Nitocris. La joven reina egipcia supo que aquella sería con toda probabilidad su última oportunidad para llevar a cabo su misión y, cayendo de rodillas, se postró ante Lilith.

 

-Mi diosa, mi nombre es Nitocris, reina de Egipto. Me han enviado a buscaros para llevaros frente a Ra.- Agachó la cabeza en señal de sumisión, con las manos alzadas en una suplica.

 

Lilith la observó intensamente mientras parecía tratar de hacer memoria. Cuando finalmente habló, Karger y Nitocris pudieron comprobar que su voz era más parecida a la de una bestia que a la de un ser humano. –Ra... sí, le recuerdo... Él tenia que venir a buscarnos... ¿Por qué no lo hizo?- Su voz se apagó suplicante cuando, ante la estupefacta mirada de Nitocris, escondió su rostro entre sus manos y comenzó a sollozar.

 

Nitrocis se alzó y dio un paso hacia ella, conmocionada por contemplar el llanto de una bestia semejante. En ese momento, Lilith batió sus alas elevándose varios metros del suelo y lanzando un alarido ensordecedor: -¡POR QUÉ NO VINO A BUSCARNOS! -y se abalanzó sobre la reina.

 

Karger, con rapidez, apartó a Nitocris de un empujón. Acto seguido logró disparar contra la diosa, sin embargo no sirvió de nada. Esta le embistió desde arriba con sus cuernos, destrozando su cráneo y cuando su cuerpo tocó el suelo, ya estaba muerto.

 

Nitocris supo que había llegado su final, sin embargo, en ese mismo momento, desde las sombras del corredor que conducía a la caverna, surgió Bastet, seguida de Eid y de algunos hombres. Bastet contempló a Lilith, que saboreaba extasiada la sangre fresca de Karger. Dio un paso al frente, aparentemente serena, pero sintiendo la tensión hasta el último de sus músculos.

 

–Lilith, escúchame, debes venir conmigo. Ra y el resto de dioses te están esperando-

 

-Yo también esperé, esperé mucho tiempo y nunca vinisteis, ¡NUNCA! –Desplegó nuevamente sus alas y se abalanzó contra la diosa gato. Pero Bastet estaba preparada y fintó hacia la derecha, encaramándose de un ágil salto a la espalda de Lilith, desde donde rasgó una de sus alas haciéndole perder el equilibrio y caer de bruces contra el suelo.

 

-Deprisa Eid, trae las cadenas de Hefesto para retenerla.

 

El capitán comenzó a encadenar a Lilith, que chillaba y se retorcía tratando de escapar de Bastet, quien estaba tan centrada en su presa que no vio venir a la serpiente hasta que fue demasiado tarde. La fiel mascota de Lilith se abalanzó sobre el rostro de la diosa gato, eso fue todo lo que necesitó Lilith para desplegar sus alas nuevamente, derribar a Eid y lanzarse contra la salida de la cueva.

 

Sin embargo esta vez los reflejos acompañaron a Nitocris. La reina se interpuso en el camino de la diosa, empuñando la jepesh egipcia que tiempo atrás le había entregado Horus y lanzó un tajo contra Lilith, que la esquivó con facilidad. De un solo golpe derribó a Nitocris, arrebatándole el arma y alzándola sobre su cabeza con la intención de decapitarla.

 

En ese momento, desde el suelo, Eid gritó: ¡NOOOOOO!-. Lilith se giró, confundida, para ver cómo Eid la miraba suplicante.

 

– ¿La amas?- La diosa soltó el jepesh con la mirada perdida. –Yo también amé hace mucho tiempo. Pero él no vino a buscarme, no vino…

 

Lilith, súbitamente desolada por aquel recuerdo, se encogió sobre sí misma. De cuclillas en el suelo, se abrazaba las rodillas con los brazos y sus alas envolvían su cuerpo, al tiempo que de sus ojos brotaban lágrimas de sangre. No vio venir una figura entre las sombras que blandía una enorme piedra. Bastet dejó caer la roca sobre la cabeza de la diosa, con una fuerza que habría sido capaz de matar a un humano, pero que en Lilith sólo provocó una súbita inconsciencia.

 

-Deprisa, tenemos que encadenarla antes de que despierte, el viaje de vuelta va a ser muy largo.

 

Nitocris recogió su espada y vio cómo Bastet recogía la serpiente de Lilith. –¿También tenemos que llevarla ante Ra?

 

Bastet esbozó su habitual sonrisa felina. –No. Voy a hacerme un cinturón.-