Dioses, Demonios y Mortales 2º parte (Historia)

Autores : Oriol Villanueva y Toni Hudd

Antigua Babilonia, 100Km al sur de Baghdad.

 

Tiamat observaba las obras de reconstrucción desde la terraza más alta de los Jardines Colgantes. Estaba continuando la labor que empezó Saddam Hussein de desenterrar y restaurar la ciudad donde la adorasen en los albores de la humanidad. No había sido su objetivo, ella quería destruir, no construir, pero su esposo respiraba mejor aquí, entre las exóticas plantas de cada rincón del globo, y era el lugar perfecto para establecer su base. Además, su llegada había revolucionado la situación en Iraq. Las tropas norteamericanas aún presentes habían intentado atacarles, y los Igigi los destrozaron asaltándoles en la noche. Las historias de dragones, hombres león y otros monstruos inmunes a las balas corrieron como la pólvora entre los soldados estadounidenses, y sumado el ataque de Ithaqua a Washington, el senador Muork aprovechó para traerlos de vuelta a casa. Así que el pueblo iraquí contemplaba a Tiamat y su hueste como auténticos salvadores del invasor occidental y del fanático yihadista, pues las fuerzas del Estado Islámico también recularon ante la presencia y el poder de otros dioses que no eran el suyo.

 

Así que Tiamat se estableció allí mientras su hueste se desperdigó desde Afganistán hasta Siria y el sud de Arabia Saudí, sembrando el caos y la destrucción con el fin de atraer la mirada y lágrimas de Amaterasu. Para colmo de la ironía, había humanos uniéndose a ella, clamando que también querían venganza contra los opresores que ellos habían tenido, y mutilándose la cara con implantes y tatuajes para asemejarse a Igigi. Los que no querían luchar construían para ella, o alimentaban a su hueste e intentaban sanar a Apsu. Enlil lo dirigía todo desde la cumbre del Etemenaki, poniendo especial empeño en la Puerta de Ishtar, intentando así conquistar a la bella diosa sumeria. Sin embargo hasta ahora sus intentos habían sido en vano. Pero había algo que no entendía. ¿Si todo iba tan bien por qué sentía tal desasosiego en su interior?

 

―¡Qué bonitas son tus tierras, Tiamat! Y parecidas a las mías ―musitó Thot de fondo.

―Silensssio, pollo ―le cortó la matriarca Sumeria.

―Cuando piensas en las maravillas que la humanidad es capaz de hacer por nosotros, es difícil no considerarlos como hijos, ¿no? ―siguió el sacerdote egipcio.

―¡He dicho que callesss! No me engañarás con tu sabiduría de pergamino.

―Mi sabiduría de pergamino podría curar a tu marido… ―dejó ir el Dios Ibis. Tiamat quedó muda un momento, como cada vez que consideraba esa posibilidad.

―Si lo hasesss, te liberaré y no atacaré las tierras egipciasss ―ofreció ella.

―Yo sólo no puedo, necesito ayuda.

―¿De Ra? ―preguntó ella.

―Sí ―asintió él y, tras una pausa, añadió―, y de Amaterasu.

―¡Jamásss! ―rugió Tiamat repentinamente enfurecida―. ¡La traidora debe soportar agonía hasta el fin de los tiemposss!¡Mis niñosss sufrieron por su culpa!¡Debe gritar y llorar de locura y desesperación!

«Y llora, créeme que llora» ―pensó Thot, pero en voz alta se limitó a decir―: ¿Y los sumerios que tienes encerrados también deben sufrir?¿Tus hermanos?

―¡Nos abandonaron! ¡Nos traicionaron! ¡Claro que deben sufrir!

―¿Y yo también te he traicionado? ―preguntó Thot.

―Tú has vivido cómodamente durante mis milenios de tortura ―escupió ella amárgamente, girándose a mirar la media luna en el cielo estrellado.

 

Thot se puso en pie y la siguió.

―Orgullosa ―dijo―. Osada. Inconformista y seductora. Un peligro andante, pero justa, leal y, por encima de todo, valiente. ―Tiamat se giró para mirarle―. Todo eso se decía de ti en la Atlántida, Tiamat, la Gran Brigadista Igigi. ¿Pero envidiosa? ¿Rencorosa? ¿Despiadada? Eso jamás. Recuerdo más que cualquier atlante, y la Tiamat que yo conocía en Lemuria…

―¡La Tiamat que conocías en Lemuria está muerta! ―gritó ella, abalanzándose sobre él y bramando a un palmo de su cara de pájaro―. ¡Murió en esa celda día tras día, semana tras semana, durante diez mil años! ¡Diez mil! ¡Morí de dolor en las sesiones de tortura, morí de miedo en las noches de pesadilla, morí de angustia al ver a mi marido siempre a un suspiro de la muerte y morí de pena con los llantos de mis niñosss! ―abofeteó a Thot, derribándolo, e hizo una pausa, sus hombros subiendo y bajando con las pesadas respiraciones, sus ojos humedeciéndose―. Yo soy la nueva Tiamat, y soy todo dolor y odio. Son las únicas emociones que me quedan.

―Y sin embargo amas ―le susurró el Ibis Sagrado desde el suelo―. Amas a tus niños y a tu marido… ―dejó de hablar.

 

Tiamat cayó de rodillas y empezó a sollozar. Las lágrimas corrían por sus mejillas azuladas y salpicaban sus colas de dragón. El cabello rojizo se le pegó a la cara, y la tristeza y desesperación que había contenido dentro de sí se le escapaba por los ojos y la garganta a raudales. Thot se puso en pie y se le acercó lentamente. Con sumo cuidado le puso las manos en los hombros y le susurró:

―Vayamos a ver a Ra. Curemos a Apsu, y ataquemos a los primigenios. Y si quieres podemos intentar borrar tus recuerdos, que olvides los tormentos que has sufrido…

―¡Jamás! ―gritó ella, poniéndose en pie y atajando su pesar―. El dolor me hace quien soy ―espetó y se enjuagó las lágrimas.

―¡Mi Señora! ―llegó una voz desde la puerta. Mushussu entró entre las columnas de la terraza, lianas y enredaderas haciendo de cortinas―. Mi Señora, han atrapado a Lilith. Bastet y una mortal llamada Nitocris, y la han llevado a Egipto. Supongo que quieren interrogarla para saber dónde tenemos a Thot y los Annunaki.

 

Tiamat se giró y sonrió malévolamente al dios Ibis.

―De acuerdo, pollo ―le siseó―. Iremos a ver a Ra. Y tú nos dirás exactamente dónde y cómo entrar, o incendiaré tu país hasta los cimientos a mi paso. ¡Mushussu! Reúne a las tropas. Marchamos a la guerra.

―¡Sí, Ummu!

 

 

Las Nuevas Pirámides de Ra, Egipto.

 

Con Cleopatra e Isis de embajadoras en Nueva York en la sede de las Naciones Unidas y El rey Escorpión junto a Horus organizando el contingente de soldados para la batalla contra los primigenios, la misión de vigilar y proteger a Lilith había caído en manos de Tutankamón, el joven no rey no estaba solo, Hathor estaba con el y era quien se encargaba de interrogar a la diosa sumeria. Seis días y seis noches sin descanso intentando encontrar algo de cordura y de sentido a las palabras de Lilith. Hathor como diosa madre y del amor era toda dulzura. Pasaba horas con Lilith hablándole dulcemente incluso cuando está se dejaba la acunaba en sus brazos intentando sanar las heridas de su alma. Por desgracia en otras muchas ocasiones la diosa sumeria sufría ataques de furia que acababan con la estancia destrozada.

 

Lilith estaba recluida en los aposentos inferiores de la Gran Pirámide de Ra donde no había ventanas, día y noche los guardias comandados por Tutankamón guardaban sus puertas y solo Hathor o el propio Ra podían entrar. Lilith estaba despierta esa noche, como tantas otras veces, las pesadillas no la dejaban dormir más de unas horas, manteniéndola en un duermevela constante, la presencia de Hathor la calmaba de forma que solo descansaba en su regazo. Pero ya hacia rato que la diosa egipcia se había ido y Lilith estaba a solas, no podía ver el cielo pero sabía que había luna de sangre, lo sentía, algo iba a ocurrir...

 

Ra también se sentía inquieto, desde una enorme balconada contemplaba la luna de sangre con el ceño fruncido, Bastet permanecía a su lado como su fiel guardaespaldas y fue está quien percibió unas figuras aladas que se acercaban desde el este.

 

-¡Deprisa mi señor! ¡Alguien se acerca al acecho de las sombras y no creo que sean amigos! Bastet había sacado sus cuchillos y de un salto se había alzado sobre la barandilla dispuesta a saltar sobre las figuras. Ra por su parte había alzado su cayado iluminando el cielo por un instante como si fuese de dia. Ambos pudieron contemplar a las tres figuras aladas. Mushussu, Ugallu y Lamassu se abalanzaron sobre ellos y no tuvieron tiempo para ver que por tierra otros más cercaban la Gran Pirámide.

 

Los gritos de terror resonaban por toda la pirámide, los guardias sorprendidos por la hueste sumeria no pudieron hacer nada, todos y cada uno de los soldados cayeron asesinados a manos de los sumerios que además se daban un festín con su carne, Tutankamón había retrocedido con los guardias que quedaban vivos custodiando la puerta de las estancias de Lilith. Seth había hecho acto de presencia finalmente y estaba arrojando toda la furia del desierto sobre Kusarikku, Lahamu y Lahmu que le impedían entrar en la Pirámide. Kingu sabía que no disponía de mucho tiempo antes de que los egipcios recuperasen terreno, así que ordeno a Ereshkigal y Girtablullu que buscasen una salida lejos de Seth y se dirigió a por Lilith.

 

Su mera visión con sus dos cabezas de Dragón hizo temblar a los guardias y al propio Tutankamón, pero todos alzaron sus armas y cargaron contra el. Kingu dio buena cuenta de los guardias con una llamarada de fuego tan intensa que casi les funde los huesos, Tutankamon viendo que era imposible atacar al sumerio con armas cortas tomó una larga lanza y un escudo para protegerse del fuego, valientemente asestó estocadas una y otra vez mientras Kingu esquivaba con una cabeza y con la otra atacaba, desgraciadamente para el rey niño su cojera no jugaba a su favor y un tropiezo mientras intentaba colocarse detrás de Kingu resulto fatal. Bajo un instante la guardia y el escudo y fue todo lo que Kingu necesito para derribarlo. La muerte del Faraón fue rápida, Kingu era un guerrero y el joven había luchado bien y con valor. No hubo crueldad en su muerte. Cuando abrió las puertas de la prisión de Lilith está salió volando y gritando de alegría, el olor de la sangre y el ruido de la batalla la habían excitado.

 

Kingu ordeno retirada y los egipcios por orden de Ra no les siguieron.

-Mi señor..- Bastet estaba furiosa y herida, aunque no de gravedad, tenía cortes y magulladuras por todo el cuerpo. Ra en cambio estaba perfectamente, solo su semblante serio y su mirada de profunda tristeza señalaban lo que acaba de ocurrir.

 

-No vamos a seguirles mi fiel Bastet, Tienen a Thot y no arriesgaremos su vida. No somos sus enemigos antes o después se darán cuenta.-

 

Seth permanecía en silencio mudo de furia, como habían osado atacarles, había estado apunto de acabar con la vida de esa monstruosidad de Kusarikku pero Ra le había detenido en el último momento y le había ordenado que le dejara escapar como al resto. Sin decir nada se convirtió en una pequeña tormenta de arena y marchó de las estancias de Ra pensando que si volvía a cruzarse con los sumerios, no habría nada que pudiera impedirle cobrarse su justa venganza.

 

 

Mushussu corrió rápido sobre las dunas e informó a Tiamat de lo ocurrido. La Matriarca Sumeria sonrío complacida con el relato del enfrentamiento entre Kingu y Tutankhamon. Los sumerios eran tan diestros en el combate en el desierto como los egipcios, y además los habían cogido por sorpresa. Casi se arrepentía de no haber liderado ella a sus tropas, pero se había quedado con Enlil vigilando a los Annunaki presos. Todos estaban amordazados y engrilletados, y les habían clavado un gancho carnicero a cada uno en el hombro, para que Tiamat pudiera arrastrarlos en la parte posterior de su Carro de la Tormenta. A su lado en el carro, sobre unos cojines, yacía Apsu.

 

―¿Crees que Ra se rendirá ante mi cuando vea lo que he hecho con su ejército? ―le preguntó Tiamat a Thot, que contemplaba la escena con horror.

―Creo que, si se lo pides, te perdonará. Podrá entender lo que has pasado ―contestó Thot ausentemente.

―¡No quiero su perdón! Quiero que me ayude a vengarme de Amaterasu ―dijo ella entre dientes apretados.

―Eso no lo hará nunca ―afirmó Thot bajando la mirada y negando con la cabeza―. «Tanta destrucción, tantas vidas…» ―pensó.

―No me gusta que me contraríesss, pollo ―gruñó ella amenazadoramente.

―Tampoco te gustaría que te mintiese ―masculló él.

―Cierto ―dijo la matriarca. A lo lejos vio como Ereshkigal y sus demonios escoltaban a Lilith al exterior y se retiraban organizadamente hacia su posición. Parecía ilesa y los egipcios no les perseguían.

 

Tras una pausa contemplativa, Tiamat dijo:

―He decidido que voy a dejarte marchar, pollo.

Thot arqueó la ceja y la miró perplejo, su largo pico entreabierto.

―No quiero que Ra siga secuestrando a los míosss, ―explicó ella―, y ya le he infligido suficiente daño. Así que corre a su lado y dile que si ama a sus súbditosss no moleste a los Igigi. Mis enemigos son Hastur y Amaterasu, así que entre nuestros pueblos puede haber paz.

―¿Estás en peligro de volverte misericordiosa, Tiamat? ―preguntó Thot incrédulo.

―¡Vete antes de que cambie de opinión! ―le rugió ella.

―De acuerdo, pero con una condición. Cuando quiera volver a tu lado me lo permitirás ―dijo El Constructor.

―¿Por qué ibas a querer volver, Thot? ―preguntó Enlil desde el otro lado del carro.

―Porque Tiamat ha estado sola durante diez mil años. No pienso abandonarla ni un día más, no ahora que me necesita.

―¡¿Qué yo te necesito?! ―rugió ella―. ¡Mírame, pollo! Soy más poderosa de lo que jamásss fui, ningún enemigo se resiste a mi hueste y poco a poco me voy vengando de todos los causantes de mis malesss. Dime, pollo, ¿por qué iba a necesitarte?

―Tal vez tú no me necesites ―dijo Thot con calma―, pero la Tiamat que conocí en la Atlántida sí. Tú eres el primer enemigo que se le resiste y pienso ayudarla en todo lo que pueda. Adiós, Ummu.

 

Tiamat se debatió mudamente entre dos mundos, dos caminos a seguir, pero al fin apretó los dientes y gruñó: ―Adiós, pollo ―mientras el sacerdote se alejaba lentamente entre las dunas hacia las Tres Nuevas Pirámides.