Contratiempos (Historia)

Autor : Javi Gongora

Odin subió la larga escalinata y entró al edificio por la puerta principal. Cruzó el gran salón hasta llegar a sentarse en su trono. Volvía a estar en Asgard, su tierra, después de la gran derrota.
Derrota, esa es la palabra que le atormentaba desde que los primigenios los hicieron huir. Sabía que no era culpa exclusivamente suya, pero maldecía el no haber hecho más. Seguía en el trono, lamentándose, hasta que momentos después, alzó la vista y vio allí al guardián del puente, Heimdall, erguido y en silencio.
-¿Cuánto rato llevas aquí? -dijo Odín con la voz notablemente cansada. -¿Porque no me has avisado de tu llegada?
-Esperaba que acabaras de pensar. No he querido interrumpir tus pensamientos. La amenaza se acerca. He visto grandes males realzarse en los 9 mundos, pero nunca tal como el que se cierne sobre nosotros ahora mismo. El Ragnarok está al caer. Debemos apresurarnos en reponer nuestras fuerzas.
Odín volvió a bajar la cabeza. Las noticias que traía Heimdall eran lo último que esperaba, o mejor dicho, quería oír. Sabía que de los Estados Unidos podría seguir sacando armamento como había hecho hasta ahora, pero ese armamento no iba a servir contra los grandes seres primigenios. En ese momento, recordó los pactos realizados en el pasado con los enanos forjadores de Nidavellir. Quiso no tener que recurrir a esa opción, pues sabía que alzaría el orgullo enano hasta el día del Ragnarok. Pero no había otra opción si quería tener alguna posibilidad de equilibrar la batalla.
-Heimdall, llama a Thor. Dile que vaya al reino enano de Nidavellir y hable con su rey. Tiene que conseguir convencerlo para que nos forjen armas, como ya hicieron en el pasado.
-Odín, con todos mis respetos -dijo prudentemente- enviar a Thor para tal cometido es un grave error. Thor es impulsivo y poco dialogante, se dejará llevar por sus emociones y acabaremos encontrando a otro enemigo... Esto sin contar que el rey enano no se tome como una ofensa el hecho que hayas enviado a un emisario en vez de ir tú en persona...
La cara de Odín se iba encendiendo cada vez más y más. No le gustaba que le llevasen la contraria ni que le reprochasen nada, y menos ver que lo hacían con razón. No quería ir en persona a Nidavellir pero entendió que Heimdall tenía razón. La única opción que tenía para poder sacar algo positivo de los enanos era ir él en persona, aún arriesgándose a ser la mofa de los enanos hasta el fin de los días.
-Está bien. Iré yo. -dijo Odín. -Abre el puente Bifrost, parto en una hora.
 
Nidavellir, poco después
 
Odín salió del portal. Ya había llegado a Nidavellir. Inspiró profundamente y se adentró en la oscuridad del paraje de las tierras de los enanos <<Era la única opción. El Ragnarok no debe llegar aún>> -volvió a pensar, intentando convencerse que era la única opción de supervivencia.
Siguió andando hasta que divisó a una gran fortaleza, lugar donde habitaba Mótsognir, rey de los enanos. Dejó de caminar y una serie de recuerdos pasados le hicieron estremecer. Cuando se calmó reemprendió el paso.
Caminó durante pocos minutos más hasta que Odín oyó algo moverse. Sabía que lo habrían descubierto, y que probablemente lo estarían siguiendo, pero debido a la pérdida de poder que había sufrido durante la guerra, cuando intentó reaccionar cayó aturdido al suelo.
 
Un rato después, Odín se despertó sentado en una silla. Notaba que estaba atado a una silla. Tardó varios segundos para abrir el ojo y ver que tenía enfrente al mismísimo Mótsognir.
-Hola Odín. Hacía tiempo que no pasabas por aquí. ¿Se te ha perdido algo? Creo que aquí no encontrarás nada con el poco poder que tienes... -dijo el enano en tono jocoso.
Odín no dijo nada. Sabía que no sería bienvenido, pero no esperaba tal grado de hostilidad. Pasaron unos segundos cuando contestó:
-No vengo a establecer disputas, vengo en son de paz.
En ese momento el enano empezó a reír. No esperaba que el gran dios nórdico, el conocido como El Padre de Todos, se arrastrara allí en son de paz.
-Entonces, ¿qué has venido a hacer? No sabía que podías hacer más cosas aparte de luchar, destruir y conseguir enemistades... -contestó Mótsognir cuando pudo parar de reír.
-Vengo a pediros un favor. Un gran mal acecha Y no es un mal cualquiera, pues puede arrasar los nueve mundos. El Ragnarok se acerca y debemos evitarlo. -contestó Odín con convencimiento. -Necesitamos que nos forjéis armas mágicas para pararlo ya que ninguna arma usada hasta ahora ha podido pararlo... -prosiguió Odín, avergonzado.
Mótsogbir hizo una señal a un guardián enano que estaba en la sala, que salió por la puerta este de la habitación.
-¿Que vas a hacer? ¿Dónde ha ido? -preguntó Odín alterado.
-Espera mi viejo enemigo. Dvrger volverá pronto.
Pese a que solo pasaron cinco minutos hasta que el menudo guardián volviese a la sala, a Odín le transcurrió como si hubiesen pasado eones. Cuando El Padre de Todos miró al enano, vio que con el traía una gran espada dorada y brillante. El guardián se la entregó a su rey que la cogió y la blandió. El fino filo de la espada silbó al cortar el viento.
-Esto es lo que necesitáis, ¿verdad? -dijo el enano. -Jamás serán vuestras. Ha llegado el momento que digamos nuestra palabra.
Odín sabía que probablemente los enanos no accediesen a forjarles armas, pero sí que creyó que con una pequeña negociación podría establecer una alianza con ellos.
-No... Esto será el fin... Recapacita Mótsognir, debemos combatir unidos si queremos vencer. -dijo Odín perdiendo la poca dignidad que le quedaba.
-¿Combatir unidos? ¿Igual que nos ayudasteis vosotros en el pasado? -contestó el rey con un tono rencoroso. -Recuerda tus decisiones pasadas, es hora de pagar por ellas. Aunque ahora mismo no te vamos a hacer nada.
Mótsognir entregó el arma a Dvrger, quién salió de la sala. Después de eso, el rey se dirigió a Odín:
-Vete Odín. Dejo que marches libre con una condición: Avisa a todos que la hora de los enanos ha llegado.