Cambios y Despedidas (Historia)

Cambios y Despedidas

Autor: Marc Simó

Ilustrador: Alba Aragón

Castillo Ryuuguu-joo, Japón. 7 semanas después de la guerra.
 
—¡Tres meses en Haití! ¡Menudas vacaciones y yo aquí encerrada! —exclamó. Trisha giró la postal cuando terminó de leer y la observó con detenimiento. Era una fotografía de una idílica playa de enormes palmeras, arena fina y aguas limpias pero a diferencia de lo que ella hubiera esperado de una estampa como esa... era de noche. 
 
Un extraño escalofrío recorrió su espalda.
 
La playa se perdía entre una frondosa selva en el extremo derecho. Por encima del nivel del mar, el cielo estaba completamente despejado y podían verse miles de estrellas titilantes. En medio, la luna, ocupaba la posición más elevada de la imagen y transmitía un aura de superioridad y dominancia. Por un momento le pareció como si ocultara un temible rostro cadavérico de macabra sonrisa tras ella. La reportera no pudo evitar apartar la mirada y centrarla en la vigorosa hoguera que hacía de contrapunto en el cada vez menos apacible y tranquilo paisaje. 
 
El fuego de la hoguera se movía y crepitaba mientras las dos siluetas, que danzaban suavemente a su alrededor, parecían estar inmersas en un festejo ritual. La luz de la hoguera hacía refulgir sus vestimentas, él con un traje negro y sombrero de copa, ella portaba un vestido largo de color blanco.
 
Un lejano rugido obligó a Trisha a mirar hacia el negruzco bosque tan solo un instante, para cuando volvió su mirada a las dos figuras la danza había terminado y habían girado sus cabezas hacia ella. Sus brillantes ojos blancos refulgían de tal modo que parecía que el resto de la imagen se emborronaba en un oscuro pozo de negrura. Las miradas de aquellos desconocidos se clavaron en su cerebro como afiladas agujas.
 
Se alzó un viento suave desde lo profundo del bosque cargado con más gruñidos y repiqueteos de huesos rotos. Entre los árboles se empezaron a definir algunas siluetas más, se movían de forma tosca y desarticulada, con los brazos en alto y la cabeza torcida, parecían marionetas humanas que se arrastraban tiradas por hilos invisibles. 
 
Sobre el mar, las estrellas se habían apagado y en su lugar unos relámpagos de tormenta dominaban el cielo, bramando y descargando en una anárquica melodía incoherente, entre sus estallidos las sombras de miles de serpientes gigantes esperando, impacientes.
 
Trisha notó cómo se le aceleraba la respiración y su pecho se le antojaba pequeño para contener los fuertes latidos de su corazón. No podía apartar su mirada de aquella cosa pero no quería seguir mirando.
 
<<KONNN>> un golpe seco en el marco de la puerta de su habitación la sacó del trance. 
 
—¡Adelante!—gritó sin pensar. Cualquier visita sería mejor que seguir sola con aquella postal. La puerta se abrió deslizándose entre los muros. 
 
—¿Trisha-san? ¿Estáis bien?—preguntó la diosa dragón desde fuera. 
 
—Eh, no... si... digo si, estoy bien gracias.—Por un instante se replanteó su última afirmación y se secó una gota de sudor frío que recorría su mejilla mientras trataba que sus palabras sonaran convincentes. 
 
—Los <<Shichi Fukujin>> han detectado una alteración de nivel tres en sus constantes vitales y lo han interpretado como una agresión.—La voz de la diosa denotaba cierta preocupación y su mirada escudriñaba los rincones de la estancia con una total falta de protocolo. 
 
—Estoy bien, gracias —contestó recuperando algo de aliento—. Son solo...—Por un instante levantó la postal dudando si debía decírselo, a pesar de que les había <<ayudado>> con todo el tema de Orochi no acababa de confiar en ella.
 
—¿Noticias de su amigo? —preguntó Otohime levantando una ceja mientras examinaba el cartón desde lejos. Por un momento la reportera pelirroja se sintió estúpida por pensar que nadie habría leído la postal—. Por su reacción y según el análisis de los <<Shichi>> no deben ser muy buenas.
 
Las dudas volvieron a asaltar sus pensamientos. Y descargó su rabia contra la mujer vestida de coral y verde–azul que tenía delante.
 
—¿Los <<shichi>>?,¿quiénes son? ¿Me estáis espiando?... ¡Somos nosotros los que no deberíamos fiarnos de vosotros, estábamos muy tranquilos hasta que llegasteis y míranos ahora! —las palabras sonaron todavía más duras saliendo de sus labios de lo que habían sonado en su cabeza.
 
—Esta bien, tienes razón... sígueme...— el rostro de la Diosa se oscureció. Cuando Trisha fue a pedir perdón por su salida de tono, su visita ya se había girado sobre si misma y avanzaba y lejos por el pasillo de madera pulida. 
 
Se adentraron en un ala del palacio a la que se les había negado el acceso a los <<gaijin>>, lo que había generado más sospechas y rencores. La decoración era la misma que la de cualquier otro pasillo, sin embargo tenía un aire mucho más mecánico, metálico, que desconcertaba a la periodista.
 
—¿Por... Porqué... Porqué nos ayudó?—Preguntó Trisha mientras seguían caminando. Al fondo, una luz roja custodiaba una enorme puerta de acero gris que se abrió con un ligero gesto de la princesa.
 
—Aunque pueda parecerlo los dragones y las serpientes no descendemos de la misma familia. —La respuesta cogió por sorpresa a la periodista y la descolocó durante unos segundos. —Mis ancestros, mi padre y yo nos debemos a nuestro pueblo.
 
—¿Su padre? ¿El dios dragón de los mares?—preguntó no muy convencida.
 
—Durante mucho tiempo el almirante Ryujin comandó la Marina Japonesa, parte de la defensa pasaba por impedir que los débiles barcos de nuestro pueblo saltaran a alta mar—explicó—. Nunca te fíes de una Serpiente y menos de una con aires de grandeza. Hemos llegado.
 
—¿Có… —la pregunta se ahogó en su garganta. <<Nunca te fíes de una Serpiente.>>  Las mismas palabras que Pak había escrito en su postal.
 
Otra puerta, custodiada por dos guardias, se abrió con una orden de la diosa. Frente a ellas una gran sala de mando circular parecida a la del Yamato permanecía prácticamente en silencio. El mapa holográfico azul refulgía en el centro mostrando un modelo escala de todo Japón. Se acercó unos pasos para ver mejor. Miles de barras de estadísticas fluctuaban incesantes encima del mapa. Se fijó en una nave de guerra que sobrevolaba la costa y decenas de puntos volando desde la costa de Fukuoka hasta el enorme aro verde que rodeaba el archipiélago.
 
—Intentan hacer un agujero en el muro que nos permita restablecer el contacto con China y el resto del mundo—apuntó la diosa—. Aislados estamos a salvo, pero es una situación insostenible a largo plazo. —La diosa se alejó unos pasos de la mesa central y miró arriba. Del techo, a más de 2 metros de altura, pendían siete enormes cajas metálicas dispuestas en círculo. 
 
Otohime siguió andando alrededor de las cajas alzó su mano y señaló la más cercana. Éste es Ebisu, cogimos la idea de los hindús —aclaró—, y la perfeccionamos. Ebisu es una IA que se ideó y programó para gestionar el control de fronteras. —Trisha asintió como si comprendiera esperando que su guía continuase con la explicación. La diosa señaló la otra caja. —A su lado Daikokuten control económico, allí Bishamonten es el encargado del control de la <<fe>> 
 
—¡Bishamon!—exclamó la reportera. —Ese es el servidor al que se conectó Fox para monitorizar hacia que lado se decantaba la población durante la retransmisión con Orochi.— La diosa sonrió.
 
—Es realmente bueno ese chico... Irrumpió en una sofisticada IA y no lo detectamos hasta más tarde. En otros tiempos le hubieran ejecutado por mucho menos—rió mientras el rostro de Trisha palidecía. —Ella es Benzaiten,  cultura... Hotei, felicidad... y finalmente esos dos son Jurojin y Fukurokuju son unidades de soporte vital que trabajan enfrentadas. 
 
—¿Enfrentadas? —preguntó sorprendida la periodista.
 
—Jurojin piensa en grandes masas de población y Fukurokuju analiza casos individuales... No siempre se ponen de acuerdo. Al principio eran programas individuales e independientes, pero aprendieron a comunicarse entre ellos y ahora gestionan algunas tareas de forma compartida. Cada prefectura  en Japón cuenta con una versión muy simplificada y limitada de este modelo... se instalaron hace más de dos mil  años… Llegamos incluso a dotarlos de cuerpos biónicos… —sonrió con la añoranza del recuerdo de una época más viva y hermosa marcada en sus almendrados ojos. 
 
—Son las siete fortunas. —dijo sorprendida. Trisha no tardó en imaginarse a la joven población del antiguo Japón, tratando de comprender aquellos seres que velaban por ellos, seres distintos a los dioses y a ellos mismos—. Pero... ¿Porqué me explicas todo esto?—preguntó sin dejar de mirar las enormes cajas metálicas que colgaban sobre sus cabezas y los cientos de recortes de prensa, fotografías y notas a mano pegados en superficies.
 
—Fue Fukurokuju el que detectó tu anomalía cardíaca y la ordenó como prioritaria. Parece que las fortunas te sonríen—bromeó la diosa—. Sin embargo durante vuestra actuación con Orochi los sistemas eran más vulnerables de lo normal.
 
—¿Por eso pudo acceder Fox?—preguntó a pesar de saber la respuesta. La diosa dragón asintió con la cabeza.
 
—Gracias a vosotros descubrimos que existía  la vulnerabilidad. Bishamonten apenas estaba funcionando a un 20% de su capacidad normal. Cuando Orochi tomó el mando de Japón alguien modificó sus registros y su programación. Hace apenas unas horas hemos vuelto a cargar el <<backup>>— la Diosa apenas gesticulaba mientras explicaba todo lo ocurrido—. Al hacerlo hemos detectado dos discrepancias importantes entre los archivos. Un importante artefacto de  almacenamiento de Poder ha desaparecido y también han vaciado nuestra mayor reserva.
 
En ese momento Trisha volvió a recordar la postal que todavía sostenía entre sus manos. La miró un segundo antes de hablar.
 
—Pak... dice que un objeto llamado el "Nirvana" ha desaparecido y que alguien o algo ha vaciado todo el Poder residual de los panteones ¿tiene algo que ver? —Trisha se apresuraba por intentar hacer encajar todas las piezas en su cabeza mientras la diosa buscaba las palabras para continuar.
 
—La tecnología del Poder es muy compleja, para simplificar podríamos decir que aprovecha la potencialidad de la mente cuando piensa. Cuanto más se piensa, se cree, se teme… un objeto, una persona o un… dios… más potencial se genera —Trisha permanecia atenta a cada palabra —. Xibalba y Valhalla son de los “inframundos” que mejor supieron rentabilizaban ese potencial, pero todos funcionan con el mismo patrón… el recuerdo de los muertos, el miedo a la muerte, gigantes construcciones que focalizan los pensamientos… Cuanta mayor es la atención hacia estos mundos mayor es su poder.
 
—La guerra... han muerto miles de personas hace muy poco… ese ha debido generar un ¿…potencial…? En los inframundos, ¿no? — Las palabras iban saliendo poco a poco, cargadas de duda y temor a partes iguales—. ¡Deberían estar llenos de Poder!
 
—Y sin embargo no lo están.
 
Provincia de Magadan, Rusia. Tres días más tarde.
 
El muchacho se estaba abrochando el cinturón de seguridad que debía mantenerlo a salvo tras el lanzamiento o mejor dicho durante el impacto. La capsula de salvamento sólo tenía espacio para una persona.
 
La lanzadera tenía que haber podido llegar sin problemas a la costa norte de Rusia tras superar el muro de jade de Orochi, pero algo había salido mal. Ahora, todas las alarmas sonaban a la vez mientras el piloto gritaba a su acompañante que corriera.
 
—¡No cabemos los dos, es peligroso! —gritó el pelirrojo.
 
—¡Entra, rápido, no pienso dejarte aquí! —respondió el joven guerrero de pelo negro—. ¡Salta!
 
Su amigo asintió, tomó impulso y saltó cayendo en el regazo del chico que inmediatamente lo abrazó e inmovilizó contra su pecho. La capsula se cerró y se soltó de la nave con una ruidosa explosión.
 
A medida que caía al vacío la capsula hinchó automáticamente bolsas de gas a su alrededor para amortiguar el impacto. Funcionó. Las bolsas aguantaron contra el suelo y la hicieron rebotar varias veces antes de caer en las frías aguas del río Kolyma.
 
Unos metros río abajo una pareja de ancianos miraban atónitos como la esfera naranja avanzaba perezosa por el río después de haberse desecho de las bolsas grises que habían suavizado la caída.

—Unidad de soporte vital Fukurokuju operativa —dijo una voz metálica—. Detectados dos de dos sistemas orgánicos vivos, sin daños graves. Pauta médica negativa.
 
La esfera arribó bruscamente encallando en la tierra. Tras unos segundos la cápsula color melocotón se abrió por la mitad y el chico pudo salir torpemente, todavía mareado por la caída, sosteniendo en sus brazos a su mejor amigo, se agachó y lo dejó en el suelo. El animal se estiró como pudo con un agudo aullido mientras Momotarō lo acariciaba.
 
—Llegas justo a tiempo— dijo la voz de una mujer detrás de ellos. El joven guerrero y el perro se giraron para ver quien les estaba esperando. Una hermosa chica rubia que vestía pieles nórdicas sobre un vestido rojo los miraba fijamente—. Hace dos meses comencé, sola, como debía, mi viaje. Debíamos encontrarnos, aquí, ahora, como es. Y ya estamos llegando al final del camino, juntos, pronto, como será. —Los ojos de la norna brillaban con un fuego verde cada vez que hablaba del tiempo.—He cruzado toda Europa y no pienso morir hoy, aquí, no. Nuestro hilo es largo aún. Debemos movernos antes de que se ponga el Sol, pronto.
 
—¿Quién eres y porqué debería seguirte? —El chico movió lentamente su brazo hacia la empuñadura que sobresalía de su cinturón.
 
—Soy Verdandi, estoy aquí porque me necesitas y así debe ser, mi objetivo es que tu hilo siga entero, estas persiguiendo un acólito de los Antiguos, un enemigo de todos que ha robado algo de vuestra tierra. Nuestras familias aún no han roto su alianza, seguimos juntos en esto. —Las palabras de la muchacha tocaron las teclas exactas, como si hubiera sabido exactamente lo que tenía que decir para convencerle. —Pero debemos apresurarnos, siguiendo la carretera quedan más de cuatro horas de camino y no mucho más de Sol. Llegaremos justo a tiempo.
 
Momotarō asintió.
 
Como había predicho la bella norna llegaron a un viejo pueblo abandonado cuando todavía había algo de Sol en el horizonte. El pueblo construido en una explanada al lado de la carretera podía contemplarse prácticamente entero desde cualquier punto. Momotarō no contó más de cincuenta edificios en total, separados por jardines tan abandonados y dejados como el resto del pueblo. Tres grandes avenidas paralelas comunicaban con la carretera principal cruzadas irregularmente por cuatro anchas calles.
 
—¿Dónde estamos y qué hacemos aquí?—preguntó el pequeño animal que los acompañaba —. No me gusta el olor de esta zona.
 
—Estamos en Spornoye, Rusia, oficialmente es un pueblo muerto desde 2014 y ese olor son los Monstruos. Tras la Gran Guerra se han hecho fuertes de punta a punta de Europa y se han comenzado a expandir por Rusia —respondió la joven—. Aunque estamos en el otro extremo del país y estamos muy lejos de su núcleo, han empezado a verse algunos por estas zonas. Lo mejor será entrar en esa casa durante unas horas. —Verdandi levantó la pesada manga de pieles para señalar una pequeña casa, mientras ponían rumbo.
 
—¿Monstruos? ¿Te refieres a los Primigenios? — preguntó el guerrero.
 
—No, estos monstruos son de aquí, de la Tierra —concluyó ella.
 
—Pero el informe decía que un sectario había robado las Hina-ningyou y que se dirigía a la Atlántida ¿Crees que las encontraremos aquí?
 
En ese momento una canción de notas lentas y tristes comenzó a sonar por los altavoces de megafonía de todo el pueblo. Momotarō rápidamente recordó las palabras que acompañaban la melodía y se puso a musitar.
 
—<< Akari o tsukema sho bon bori ni
O-hana o-agemasyo momo no hana
Gonin – bayashi no fue daiko
Kyoo wa tanoshii Hina Matsuri. >> —El chico terminó de cantar y miró a los brillantes ojos de la dís nórdica. —Aunque no lo parezca es una canción festiva — aclaró.
 
—Está aquí pero no iremos a buscarle, hoy no. Mañana será un nuevo día. Esta noche debes tratar de descansar, mientras puedas. No logrará desatar el poder de las muñecas, no esta noche. Tampoco comprenderá el secreto del Nirvana, no aún.
 
Esa misma noche, unas horas más tarde.
 
La norna se había ofrecido para hacer la primera guardia pero ni Momotarō ni su compañero canino podían dormir. Ella les había prohibido encender luz o fuego y sólo habían podido comer un poco de arroz frío de sus provisiones de viaje.
 
—Descansad. —Les había ordenado y repetido varias veces a pesar de saber que no le harían caso. Y se habían quedado jugueteando con una pequeña pelota deshinchada en el destartalado y polvoriento salón. Debían ser cerca de las dos de la noche cuando el silencio absoluto interrumpió el pequeño juego que entretenía a los dos viajeros japoneses. Un aullido distante les alertó.
 
—Hoy debería ser 27 de julio, es, a esta latitud el sol saldrá tres minutos después de las tres debemos permanecer vivos hasta entonces —susurró la chica nórdica. Señaló las escaleras que subían al piso de arriba e hizo un gesto con su dedo para que no hicieran ruido.
 
Poco a poco se movieron hasta las habitaciones superiores. La escalera crujía ruidosamente bajo sus pies en contraste al abrumador silencio que envolvía el pequeño pueblo. Nada más terminar la escalera el segundo piso torcía hacia la derecha y se cerraba de nuevo hacia la derecha creando un pasillo paralelo a la escalera en el que había tres puertas de madera entreabiertas antes de empezar de nuevo las escaleras que llevaban a la buhardilla.
 
Verdandi indicó a Momotarō que se metieran en la última habitación y cerró cuidadosamente las puertas de las dos más cercanas a la escalera cuando terminó entro en la última habitación.
 
De nuevo el aullido, esta vez más cercano y tras él, el sonido de un rebaño de monstruos recorriendo las amplias calles abandonadas.  La norna señaló la cama y el chico se metió debajo a regañadientes. Momotarō se sentía algo incómodo por la actuación de la nórdica, esconderse no era una estrategia honorable.
 
—Ellos no son nuestro actual enemigo —susurró la dís, como si supiera en qué estaba pensando su compañero—. Un enfrentamiento abierto con ellos, ahora, revelaría nuestra presencia al sectario y desaparecería con los dos objetos mientras peleamos. No nos lo podemos permitir. Mientras crea que le buscan a él no se moverá de su escondite. —Momotarō accedió a seguir con el “plan” de la norna.
 
Venían de recorrer más de cien quilómetros, estaban cansados y malhumorados pero no podían desperdiciar ni una sola oportunidad. Vladimir estaba ocupado en su propia guerra y la mayor parte de Monstruos se habían quedado en Europa. Solo un pequeño destacamento de apenas dos lobos, tres vampiros y una creación habían sido asignados a esta absurda persecución que ya se alargaba demasiado.
 
Los hombres lobo corrían arriba y abajo por el pueblo, gruñendo, aullando y olfateando mientras los vampiros sobrevolaban la zona buscando señales de su presa. Habían estado persiguiendo a ese maldito humano desde que había pisado Rusia por primera vez y siempre se les escapaba, pero esta vez sería diferente. Le habían dado alcance en ese pequeño poblado. Si esa noche no era lo suficientemente larga sería la siguiente pero no le darían tregua ni una noche más. Aliviarían de su preciada carga a su portador y, quizás, también de su vida.
 
Un lobo aulló detrás de uno de los callejones y los otros monstruos aparecieron a su alrededor unos segundos más tarde. Recordó una vez más las instrucciones, buscaban las muñecas de porcelana y la esfera llamada “El Nirvana” con el humano podían hacer lo que les pareciese. Mientras terminaban las indicaciones el otro licántropo se giró bruscamente olfateando el frío aire de la noche.
 
—Percibo otro rastro— gruñó— tiene unas cuantas horas pero es intenso.
 
—También lo he olido—respondió el primero—. Asegura la zona, puede que sea de alguien de por aquí o puede que alguien más persiga a nuestro amigo. No hemos llegado hasta aquí para volver con las manos vacías. —Las palabras del que parecía el Alfa fueron contundentes.  El Hombre lobo asintió con un gruñido y salió corriendo entre las calles rastreando ese extraño olor.
 
En la habitación Momotarō se encogió bajo la cama cuando la puerta del piso de abajo se abrió con un fuerte golpe a la vez que el frio viento de la noche rusa irrumpía silbando en la estancia. A pocos metros la dis se había desabrochado el manto y lo sostenía con su brazo izquierdo. Miraba al cielo con su mirada verde.
 
—Ahora— susurró a la vez que corría de un tirón la ventana hacia arriba. El ruidoso crujido de la madera quedó completamente enmudecido por el ensordecedor rugir de un trueno que marcaba el inicio de una tormenta que se acercaba. Verdandi enganchó suavemente la capa de la ventana y se escondió en el gran armario empotrado que había en la habitación.
 
Los minutos siguientes pasaron desmesuradamente lentos, el licántropo olfateó la estancia inferior, no cabía la menor duda, los tres rastros que seguía habían acampado en esa casa y el olor seguía escaleras arriba.
 
Cada paso del hombre lobo hacía crujir las escaleras revelando que estaba cada vez más y más cerca. Unos segundos de silencio y la primera puerta de las habitaciones se abrió de un golpe. Otro golpe, la segunda puerta se golpeaba la pared a la vez que empezaba a llover en el pueblo luego, más pisadas. Al entrar en la tercera habitación, volvió a olfatear.
 
Desde su escondrijo, Momotarō podía escuchar su propia respiración compitiendo con los jadeos de la bestia, mientras se acercaba con duras pisadas. Se obligó a contener la respiración para no ser descubiertos.
 
Habían estado en esa habitación lo sabía. Pero el rastro era débil, miró la ventana abierta y gruño enfadado. De dos zancadas cruzó la habitación y se asomó por la ventana a tiempo de ver volar la capa de pieles.
 
Un profundo aullido alertó al resto de monstruos de que tenían compañía. El hombre lobo se aferró al marco de la ventana y saltó en busca de sus presas. La norna abandonó silenciosamente su escondite, la fuerte corriente había camuflado su olor lo suficiente para que su cazador pensara que habían escapado por la ventana, pero el engaño no duraría, tenían que encontrar otro sitio.
 
—Vamos— dijo en voz baja. El chico y su perro salieron arrastrándose. Bajaron las escaleras y se asomaron por la puerta principal. La torrencial lluvia impedía ver más allá de unos metros—. Solo tenemos que escondernos unos minutos más. Luego los vampiros y los lobos se verán forzados a refugiarse. —Los tres corrieron en silencio evitando chapotear en los charcos de agua que empezaban a formarse en la calzada de tierra.
 
A media carrera Verdandi los detuvo con sus brazos, sus ojos volvían a refulgir con el fuego verde, giró la cabeza y les dirigió por una pequeña calle perpendicular, a la vez que una enorme masa informe aparecía brincando por  la calle que acababan de abandonar. La dis señaló un frondoso árbol a unos treinta metros de donde estaban.
 
—Corred—murmuró. Nada más llegar pudieron escuchar como uno de los vampiros pasaba por encima de sus cabezas chillando y maldiciendo.
 
La norna miró al horizonte. Los dos licántropos se acercaban directos hacia ellos por la calle y uno de los vampiros venía en sentido opuesto. Estaban rodeados pero solo faltaba un poco más, solo unos minutos más.
 
—Allí— gritó el guerrero. Uno de los edificios abandonados tenía la puerta rota, si podían llegar y subir hasta el tejado podrían ganar tiempo el tiempo que les faltaba. Esta vez fue la norna la que asintió antes de emprender la carrera.
 
Momotarō cargó contra la puerta rota con su hombro y cedió sin mucho impedimento. La planta baja era una enorme sala de columnas algunas mesas rotas y sillas tiradas por el suelo, las ventanas y las cortinas metálicas de oficina cerraban la estampa, parecía que alguien se había divertido allí. Corrieron sorteando el destrozado mobiliario hasta llegar a las grises escaleras de emergencia y comenzaron a subir.
 
Segundos mas tarde un licántropo llegaba a la escalera siguiendo el rastro de olor. Momotarō y Verdandi se detuvieron para no hacer ruido. <<Shinyuu>>, su amigo, no estaba con él. El hombre lobo se apoyó en la barandilla de metal, el rastro se dividía en dos. <<Clank>> un ruido metálico resonó desde lo más profundo de la escalera y el lobo se decidió, de un salto alcanzó el otro lado de la escalera y comenzó a bajar.
 
—¡Shinyuu, no! —Momotarō no pudo evitar chillar. El hombre lobo se giró sonriente sobre si mismo y comenzó a trepar escaleras arriba. Verdandi tiró del kimono mojado del chico para obligarle a moverse. El licántropo estaba a punto de atraparlos cuando lograron salir al tejado del edificio. <<No podía ser… todavía era de noche, ¿cuánto más iba a durar aquello?>>
 
La puerta del tejado saltó por el empujón del hombre lobo que les perseguía. Del cielo cayeron los vampiros y el otro lobo trepó por la pared del edificio. Estaban rodeados y sin escapatoria. El muchacho desenvainó la katana y se preparó para el combate. En ese momento la dis puso una mano en su hombro para detenerle. Verdandi sonreía.
 
—Ahora es nuestro turno. — En apenas unos segundos el cielo oscuro se fue tornando en un degradado de amarillos y azules que anunciaban la salida del Astro. Los vampiros miraron en derredor antes de alzar rápidamente el vuelo aterrrados en busca de un escondite. Los lobos sabían que con la salida del Sol no tardarían en perder su forma animal y faltos de su fuerza y sus tropas poco podrían hacer contra el guerrero japonés y la chica nórdica, una retirada a tiempo era su mejor opción.
 
Verdandi y Momotarō cayeron de rodillas, exhaustos, pero vivos y dejaron que el Sol les llenara con parte de su fuerza.
               
Un poco más tarde…
 
—Por aquí seguidme. —Durante su distracción Shinyuu había visto al humano y le había seguido hasta otro de los edificios, parecía que lo había estado usando de base de operaciones los últimos días y se había movido para que los lobos no pudieran rastrearlo.
 
—¿Estas seguro de qué era él? —La pregunta no sonaba tan estúpida hasta que la hizo. << ¿Quién más iba a estar en ese maldito pueblo? >> La norna y el muchacho andaban despacio por el estrecho corredor dejando puertas y más puertas tras de si, hasta que finalmente Shinyuu olisqueó el marco de una de ellas y bufó.
 
—Es aquí, pero ahora no esta. —ladró el perro. La estancia era una sala prácticamente vacía. Un par de mantas en el suelo haciendo de cama, un escritorio lleno de papeles y unas estanterías que intentaban simular un altar japonés en el que el hombre había puesto las muñecas sin ningún tipo de orden. En el suelo, delante de las muñecas había tirado un cojín rojo.
 
—Así no funcionan…—resopló el muchacho antes de comenzar a recogerlas. Verdandi se giró hacia el escritorio y sonrió.
 
—El Nirvana —dijo la dis. Cogiendo un artefacto esférico del escritorio y examinándolo con detenimiento.
 
—Salgamos de aquí, antes de que vuelva, ya lo tenemos todo.
 
Una vez fuera el muchacho rebuscó entre su Kimono y sacó una especie de Helicóptero de metal de unos diez centímetros.
 
—Faisán. Lanza coordenadas y que nos vengan a recoger. Hemos terminado. —El dron alzó el vuelo y comenzó a sobrevolar la zona. —En unas tres horas estaremos en casa.
 
Una hora más tarde.
 
—Lo siento señor, aquellos dos chicos se han llevado los objetos. —Antonio se mostraba realmente molesto y preocupado, a pesar de todo lo que se había esforzado durante aquellos tres meses, había robado las muñecas con la ayuda de Orochi, había eludido todos los controles y había logrado escapar de Japón, había encontrado el nirvana, y había recorrido media Europa y toda Rusia, para que ahora entre los monstruos y aquellos dos niñatos lo echaran todo a perder.
 
—Tranquilo —contestó la voz detrás del teléfono—. Han sido tres meses muy duros para ellos y ahora lo serán aún más. Ha caído el Tengu.