Mitos Renacidos XVIII: Desaparecidas

Desaparecidas

de LaAnjannaBrenna

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Estás ausente….

Zenoc, sentado en el estrecho asiento del autobús, observaba el paisaje distraído. Las palabras de Sara le hicieron volverse hacia Ella sonriendo. 

- Es la impaciencia. Necesito llegar ya.

Parecía que llevaba toda una vida de viaje y tan solo hacía unas 12 horas que había salido de su casa. Evidentemente no era demasiado tiempo, pero siendo sinceros Zenoc llevaba años esperando ese viaje. Casi una vida…Los progenitores de Zenoc, egipcios inmigrantes establecidos en  Madrid desde que  su primogénito  tenía tres años, hicieron de éste un enamorado de la cultura de su país natal. Hacía unos meses había terminado sus estudios del Master en Lengua y Civilización del antiguo Egipto y fue entonces cuando sus ahorros de toda la vida fueron destinados a comprar los billetes necesarios para acudir a observar in situ una de sus mayores obsesiones, el templo de Hathor en la ciudad de Dendera. El convoy en el que viajaba les dejaría en  Qena y debido a que los horarios no cuadraban, hasta el día siguiente no visitaría el templo de la Diosa Vaca. 

 - Hay algo en la vía que interrumpe el paso. Nos detenemos -  La mirada  de Zenoc se cruzó con la de Sara.  Ella intentó acercar el rostro hacia la ventanilla desde la que su compañero de estudios no quitaba ojo a lo que ocurría en la cabecera del  minibús. Allí unos hombres armados apuntaban a la luna delantera del vehículo mientras su compañero encañonaba, a través de la ventanilla abierta, al conductor.

 - ¿Ladrones? …- No lo se, esto no me gusta nada. Sara cámbiame de asiento y cúbrete el cabello con el velo Sara no dudó ni un instante en seguir las instrucciones de Zenoc.  Antes de viajar a Egipcio se habían hecho eco de la creciente oleada de secuestros por todo el país a manos de diferentes grupos tribales e incluso se sospecha que a  manos de Libios, estaba realmente asustada.

El conductor del transporte no tuvo más opción que la de abrir las puertas de acceso al interior del autobús. Por ellas subieron, visiblemente alterados,  cuatro hombres armados que dando  golpes y gritos hicieron bajar a los varones  del vehículo.  Zenoc intentó protestar, pero de nada le sirvió el conocimiento de la lengua ni su evidente procedencia egipcia. Lo  único  que consiguió fue un fuerte golpe en la cabeza al intentar forcejear con uno de los asaltantes. Una vez   tomaron tierra, los asaltantes les hicieron colocarse de rodillas de cara  al arcén de forma que no podían ver que pasaba en el autocar.

Tan solo escuchaban las exaltadas  voces  de los agresores que iban rifándose  el turno para probar la mercancía. Zenoc sentía ardor en la franja herida. Llevó sus manos hacia la zona para cerciorarse  que no había sangre. Gracias a los Dioses estaba seco. Uno de sus compañeros de cautiverio se lanzó, en un intento desesperado por proteger a la mujer que había dejado sentada,  a golpear al hombre que les apuntaba con su fusil. Inmediatamente su cuerpo inerte cayó al suelo envuelto en el golpe secó que les dejó a todos la sangre helada. Parecía que iban muy en serio y  que no saldrían de ninguna de las maneras bien parados.

Y de repente, el tiempo pareció detenerse. No sabía muy bien como ni cuando sintió aquella especie de serenidad. Como si hubiese entrado en otra dimensión y no se hubiera dado cuenta de lo ocurrido, cuando volvió en sí   aquellos hombres  permanecían quietos atados  a los asientos del autobús.  Buscó con la mirada ansiosa a Sara, pero no la veía. Ni a Ella ni a las otras mujeres que le acompañaban en el vehículo.

Corrió desesperado buscando aquí y allá. No podían estar muy lejos del lugar. ¿Cuando tiempo había pasado? Los otros hombres tampoco parecían haber visto ni escuchado nada. Una carcajada, alguien se estaba divirtiendo con todo aquello. Una voz femenina  que  parecía proceder  de las mismísimas piedras  a los lados de la carretera y la Fugaz visión de una mujer de pelo negro peinado como antiguamente lo hacían las mujeres egipcias , un halo de resplandor sobre la cabeza y aquellas extrañas ropas.

 - Juraría que era la Diosa Hathor - les diría Zenoc a la policía de Qena y estos estallaron en carcajadas.