Mitos Renacidos IX: Acertijos en las Tinieblas

Acertijos en las tinieblas

de Marcos Dacosta

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El transcurrir de los milenios no significaba nada ante el sagrado deber que le había sepultado en las tinieblas desde los viejos tiempos. No tenía interés ya por recordar cómo, de haber medido el tiempo en amaneceres y atardeceres, había pasado a hacerlo en granos de arena derramándose de las oscuras grietas del techo; y cuando hasta la arena misma entendió que lo que aguardaba en esa olvidada cámara no pertenecía al mundo natural y dejó de intentar reclamar ese tenebroso hueco en su seno, el guardián decidió entonces separar los siglos en parpadeos de piedra, inmóvil frente a la tumba de su señor.
A su errática memoria de ser inmortal venían los aromas de las flores frescas que hombres devotos y temerosos depositaban en jarras de arcilla roja junto a las paredes del templo, fragmentos de liturgias entonadas hace milenios por cientos de sacerdotes diferentes se mezclaban unas con otras en su cabeza, como también lo hacían las respuestas de los hombres sabios, valientes o ambiciosos que ante él se habían postrado, y cuyos huesos había visto convertirse en polvo para abrazar la arena a lo largo de demasiados parpadeos. En ocasiones esas memorias casi cobraban vida propia y la noche interior de ese pequeño reino al margen del mundo se llenaba de colores y voces que duraban tan solo hasta que el guardián reparaba en ellas para difuminarse dejando solo atrás ecos y confusión.

 Tardó varios meses, quizá años, no podría estar seguro, pero el guardián reparó al fin en los mudos golpecitos contra la piedra, un repiqueteo constante que le hizo girar la cabeza, tras incontables siglos, y fijar así su mirada en la pared de la que provenía el nuevo sonido a fin de prestarle a ese fenómeno toda la atención que merecía. Poco a poco otros ruidos fueron floreciendo. Voces en lenguas extranjeras, palas desplazando arena, gruñidos de bestias desconocidas que hacían temblar el polvo de hueso. Ladrones de tumbas que venían a perturbar el descanso de aquel a quien el guardián debía obediencia eterna. Sin embargo el tiempo le había dado al vigilante la paciencia del desierto, y este permaneció impertérrito en su peana de arenisca esperando, sus ojos clavados en la pared por donde, de un momento a otro, dos mundos volverían a encontrarse por primera vez desde hacía más de cinco milenios.

 El primer rayo de luz atravesó la oscuridad hasta impactar en la pared contraria, cortando las sombras a su paso, desnaturalizadas con la irrupción del casi blanco, polvo milenario arremolinándose en el claroscuro e indicando con su baile la presencia de una nueva corriente de aire. Con lo que casi parecía ser delicadeza, el pesado bloque de piedra cubierto de jeroglíficos fue arrastrado poco a poco, la luz marcando su contorno mientras la arena caída en cascadas a su alrededor. El eco de las primeras voces humanas en ser escuchadas dentro de la cámara tras el silencio de los milenios sonó a alegría y celebración, aún cuando el guardián no pudo entender las palabras que articulaban tales emociones. La excitación de los hombres al otro lado de la pared continuó durante varios minutos hasta cesar de súbito, un silencio nervioso imponiéndose en donde antes solo había habido euforia. El vigilante advirtió como algo entró en su cámara, una suerte de serpiente negra de cuya cabeza surgía un potente halo de luz con el que inspeccionaba el lugar. No, no era un ser vivo y no hedía a la magia de los rivales de sus señores. Cada movimiento de la falsa serpiente, ahora en apariencia embelesada con una de las paredes de la cámara, era respondido por excitados susurros de los hombres quienes, entendió el eterno vigilante, se servían de esta para observar el lugar.

 La luz se posó entonces sobre el guardián, quien no alteró su postura o su expresión, devolviéndole la mirada al aparato y a sus dueños a través de la cámara de este. Varios chillidos de sorpresa llegaron nítidos hasta los oídos de la esfinge. Las lenguas podían ser extrañas, pero reconoció en aquellos hombres la misma admiración con la que antaño los devotos se referían a él desde la puerta de los templos. Permitió que la luz de la falsa serpiente siguiera explorando su cuerpo durante varias horas más.

 Tardaron varios días en atreverse a entrar en la cámara por sí mismos, mascarillas blancas sobre la boca, cámaras de vídeo  ojos llenos de maravilla. Dos fueron los mortales que se adentraron en la guarida del guardián y, en tan sagrado lugar, a meros metros del lugar de reposo de un dios, cada una de sus palabras, de sus pisadas, de sus ahogadas expresiones de sorpresa se tornaba ensordecedora dentro de la sala. La esfinge decidió aguardar y continuar observándoles, insegura de qué hacer ante unos bárbaros que, tras irrumpir en una cámara sagrada repleta de hermosas estatuillas y valiosas reliquias, en lugar de saquearla musitando plegarias para evitar atraer sobre sí la ira de los dioses, deciden estudiar los objetos sin atreverse siquiera a tocarlos.

 - Esa estatua parece que nos esté mirando –dijo con una risa nerviosa una muchacha rubia y entrada en kilos con la cara quemada por el sol mientras iluminaba a la esfinge con su linterna-.

 - Este lugar impresiona mucho, ¿ves esas vasijas? Todas tienen corazones en su interior. Demasiados para un solo faraón –respondió un hombre alto de piel morena y pelo canoso-. Por lo que puedo leer, esta tumba parece pertenecer al primer monarca de una dinastía completamente nueva. Fíjate, lee esta parte, ¡podría ser el origen de alguno de los dioses egipcios!

 La muchacha pasó con cuidado su mano enguantada por los jeroglíficos, leyéndolos en voz alta. Advirtieron ambos entonces un movimiento a sus espaldas y se tornaron justo a tiempo para contemplar cómo la estatua de la esfinge se erguía en toda su terrible belleza y sacudía las capas de arena y polvo que la habían recubierto a lo largo de los evos. El guardián permaneció en su peana, contemplando a los aterrorizados arqueólogos.

 - ¿Qué es un ladrón de tumbas que no roba de los muertos y lee los signos de los sabios? –preguntó el guardián con voz feroz en egipcio antiguo, sus ojos posados en ambos mortales, dispuesto a juzgar si merecían la muerte por su atrevimiento.

 El mentor y la pupila se miraron entonces entre sí, incapaces de responder a la criatura con cuerpo de león y cabeza de hombre. Esta bajó de la peana con un grácil movimiento felino y se acercó a ellos con la misma majestad de un león a punto de caer sobre una presa herida de muerte. El hombre se atrevió entonces a balbucear.

 - ¡Escribas! –respondió con la única palabra que conocía más o menos capaz de describir su ocupación como catedrático.

 La esfinge arrugó su cara, claramente disgustada con el casi incomprensible acento del hombre, pero se detuvo de nuevo, paciente, como un gato observando algo interesante al otro lado de la ventana.

 - ¿Qué es un escriba que profana las tumbas de los dioses? –contestó el eterno vigilante con otra pregunta, volviendo a moverse hacia ellos, sintiendo la arena y el polvo de hueso crujir con suavidad bajo sus patas.

 Esta vez los dos estudiosos tardaron en responder, la hambrienta esfinge a menos de un paso de distancia. El hombre enmudeció del miedo y la reverencia. La muchacha contestó por él.

 - ¡Escribas! ¡Escribas de pasado! –chilló sin casi atreverse a mirar de nuevo a la figura mitológica que había decidido salir del silencio de las edades para hablar con ellos antes de devorarlos.

Y el guardián entendió. Y se detuvo. ¿Era ya el tiempo de que sus señores volviesen? Sí, podía sentirlo. Podía olerlo en los temblorosos escribas que se apartaban de él apretándose contra la pared del fondo. Estaban a punto de intentar escapar hacia la salida cuando notaron como, a sus espaldas, el muro comenzaba a moverse con lentitud.
- ¿Quiénes regresan tras haber sido olvidados por los creyentes y sepultados por el desierto? –preguntó por última vez la esfinge antes de que los mortales se diesen la vuelta y posasen sus ojos sobre uno de los antiguos dioses.